Revista Latina de Comunicación Social 51 – junio - septiembre de 2002

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 5º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
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El "Homo videns" de un intelectual combativo (Giovanni Sartori) o de cómo emplear el pensamiento para cambiar el mundo

Lic. Concha Mateos Martín ©
Doctoranda en Ciencias de la Información en la Universidad de La Laguna
cmateos@ull.es

Si abres el libro de Giovanni Sartori "Homo videns. La sociedad teledirigida" (1), estate atento a los dos brazos que van a saltar de entre sus páginas para cogerte por los hombros y zarandearte un poco mientras en el aire titilen advertencias de este talante: ¡Vamos, chaval! ¿es que no te das cuenta? Espabila un poco, desamodorra tu sensibilidad intelectual, que se está desquebrajando la fibra que nos permite ahora mismo a ti y a mí conversar a través de este texto, aunque estemos lejos, aunque alguno de nosotros esté muerto.

Pensamiento combativo

El ensayo de Sartori es un ensayo combativo, pensamiento combativo, como era combativo el rock de The Clash en los ochenta. Música para no dejar las cosas igual. Reflexiones para mover las conductas. Ni unos ni el otro se conforman. Por eso abren las compuertas de su energía intelectual y atizan al entendimiento de quien osa (opta por) ponerse al alcance de su discurso.

No colabores. Reacciona. Esto es un mensaje de alarma. Así lo confiesa desde el prefacio del libro el propio Sartori. Por eso, antes de repasar los contenidos es necesario que consideremos el hecho mismo de que este ensayo haya sido redactado.

Le pague quien le pague (una empresa, un cliente particular, una institución pública con dinero de los impuestos de los ciudadanos y ciudadanas contribuyentes), el analista, el intelectual, obtiene de la sociedad, de la colectividad, la venia de poder vivir de su pensamiento. La venia y los medios para que lo haga, los medios materiales. En definitiva, la pasta y el confort. En las universidades, en los centros de investigación, en las fundaciones, en sus despachos particulares, los pensadores trabajan con su músculo pensativo, así como los albañiles trabajan con sus bíceps en las tripas de los edificios en construcción. Unos y otros obtienen del entramado socioeconómico los valores de cambio con los que adquirir sus bienes de vida y consumo. Unos y otros, intelectuales y albañiles, devuelven a la sociedad el fruto del esfuerzo de sus músculos. Gracias, entre otros, a los albañiles el hombre vive mejor que en una choza. Y gracias a los intelectuales también mejora... ¿el qué?

Ésa es la pregunta. A diario, pensadores y pseudo pensadores de (casi) todas las latitudes del planeta (pero sobre todo de las latitudes del mundo blanco, occidental y enriquecido) llenan la pantalla de sus ordenadores con ideas emergidas de las corrientes subterráneas de su reflexión y de su análisis; observan, analizan, estudian, comparan, conectan, desarrollan y alumbran, se supone, un plano de conocimiento. A veces, después de ese esfuerzo además publican lo pensado y ganan un dinero y una fama, y un prestigio, por lo publicado.

Sartori no ha hecho con "Homo videns" nada distinto a lo que acabamos de describir. Ha hecho justo eso, como tantos intelectuales. Pero ha hecho además algo más: se ha arriesgado. Le ha echado un órdago al futuro. Se ha arriesgado a que dentro de quince años se le pueda tachar de alarmista, desmesurado, exagerado, torpe, confundido y confundidor. Es decir, se ha arriesgado a que sus predicciones futuribles no se demuestren (porque no sea posible o porque no se desee reconocerlo) y caduquen como los yogures y el queso fresco.

Se ha arriesgado a que se enfaden aquellos a los que directamente interpela en su libro para que reaccionen: los padres, los educadores, los periodistas, los empresarios de la información. Literalmente se refiere a ellos en distintos momentos del libro y les señala su lasitud, su comportamiento irresponsable, su pereza o su abotargamiento en el desarrollo de las funciones que ejercen, a saber, educar a los más jóvenes, servir información de calidad, diseñar el modelo educativo, formar a los periodistas...

No tiene miedo Sartori de que se le enfaden, no tiene miedo y además tiene ganas de agitar las tranquilas aguas de la autocomplacencia de tantas personas que intervienen en la formación de los hombres y mujeres que tienen que habitar el futuro de nuestro mundo vidente e inteligente.

Sartori no se conforma con componer un pensamiento decorativo, de consumo fácil y cómodo. No se conforma con que le paguen por entretener la mente de los que demandan ideas sin consecuencias, ideas para consumir leyendo en el sofá, ideítas que no lleguen a la conciencia, que dejen vivir en paz. No se conforma.

Frente a los confortuales

Muchos intelectuales se han acomodado a una tarea de reflexión ornamental sin entrar en avatares agitadores, sin proyectar ni una línea de acción o comportamiento recomendable desde los resultados de sus análisis. Son los confortuales, pensadores del pensamiento como alfombra de elevación que separa a los divos de la masa, que distingue a los inteligentes y superiores, que les aparta de todo compromiso y de todo riesgo de recomendar una acción que puede resultar fallida. No se arriesgan. Analizan lo que hay o hubo, dicen, y allá lo que se haga ahora.

¿Para que nos sirven estos intelectuales?

A veces, ellos mismos responden que sirven para aportar visiones y, ya con ellas servidas, que los demás hagan lo que les parezca que haya que hacer. Ocurre, sin embargo, que los demás no suelen ser obreros del músculo del pensamiento y no siempre está en manos de los demás establecer el vínculo entre esas visiones y la acción, el qué hacer de cada día. Ese vínculo es la tarea de los intelectuales.

Un intelectual de integridad no olvida ese apartado, porque es su deuda con el mundo que le paga por ser intelectual.

Y Sartori no lo ha olvidado. El Homo videns habla sobre la evolución de un proceso cultural en el que el hombre como Homo sapiens se está deteriorando y además de indicar los centros de actividad en los que se está generando ese deterioro, además de señalar esos centros y sus responsables, traza también líneas de comportamiento necesario para corregir o evitar el destrozo anunciado.

Se equivocará o no, resultará efectivo o no, le rechazarán o no. Pero ha cumplido con su contrato intelectual de procurar que el pensamiento de quienes mejores condiciones tienen para pensar pueda convertirse en energía para la vida, para transformarla.

Sartori manifiesta que asume abiertamente esta suprafunción cuando en el prefacio a la segunda edición italiana dice "tal vez exagero un poco, pero es porque la mía quiere ser una profecía que se autodestruye, lo suficientemente pesimista como para asustar e inducir a la cautela", (Pág. 17). Sin duda, además de observar, analizar y descubrir, Sartori sabe que hay que comunicar contundentemente el conocimiento elaborado.

Mesura, congruencia, equilibrio y humor

Una vez considerado el sentido global del texto de Sartori en el seno del discurso público, su intencionalidad y su significado intelectual, vamos a repasar los contenidos. La tesis central de Sartori es que el acto de telever está cambiando la naturaleza del hombre, el Homo sapiens se apaga y prevalece el Homo videns.

A lo largo de las páginas de este ensayo se van desarrollando las causas de esta mutación, el significado antropológico que conlleva, las consecuencias vistas y previsibles, los responsables y las posibles actuaciones pertinentes para detener el deterioro que acarrea tal mutación.

Nuestro análisis de estos contenidos lo hemos asimilado en cuatro enunciaciones:

- El libro de Sartori no es una pataleta apocalíptica para demonizar la televisión.

- Sartori desarrolla la tarea analítica hasta el último bucle de la coherencia: señala errores, analiza consecuencias y, no se le olvida, traza orientaciones de acción, no encierra al lector en una cárcel de crítica desesperativa (que sólo suele producir, por aguda que sea, desánimo y apatía, conformismo en última instancia y mantenimiento del status quo).

- La hipótesis central opera de forma equilibrada vertebrando toda la estructura del libro, que se cierra con armonía sobre la herida abierta por el análisis.

- Es un pensamiento positivo, un ensayo positivo, activo no vencido por el estado de las cosas, y además, vierte su mirada sobre el objeto de análisis con la suficiente serenidad como para permitirse ironizar y sonreír.

Por tanto, es mesurado en la crítica, congruente en el procedimiento intelectual (coherencia analítica), equilibrado en la disposición de los argumentos (claridad estructural) y lúcido para encontrar salidas a la situación, incluidas las salidas de la ironía y el buen humor.

Vayamos uno a uno apreciando estos cuatro aspectos.

Crítica sin demonización

Sartori critica sin piedad. Pero sabe que la televisión no es el demonio y encierra posibilidades interesantes y enriquecedoras para el hombre. Sartori no es un apocalíptico que se oponga a la tecnología y a su evolución con la furia de los destructores de máquinas del siglo XIX.

Sartori llega a reconocer afirmaciones como que es cierto que la televisión entretiene y divierte. Y lo amplía: el Homo ludens nunca ha estado tan satisfecho y gratificado –afirma–. Pero –añade– ese dato positivo concierne a la televisión espectáculo. Y, no obstante, si la televisión transforma todo en espectáculo, entonces la valoración cambia.

En la misma línea podemos encontrar reflexiones como ésta: "... la pregunta es: ¿en qué sentido la televisión es "progresiva", en cuanto que mejora un estado de cosas preexistentes? La televisión beneficia y perjudica, ayuda y hace daño. No debe ser exaltada en bloque, pero tampoco puede ser condenada indiscriminadamente." (Pág. 46).

En más de una ocasión, Sartori recuerda las posibles aportaciones que el vídeo (concepto en el que él incluye en general la comunicación audiovisual: televisión, vídeo, cine) puede hacer a la cultura. Las recuerda y al lado recuerda también las consecuencias nefastas que acarrea el telever.

No se opone a lo que comúnmente se denomina progreso. Pero no olvida alertar sobre la necesidad de controlarlo. Frente a quienes defienden la supuesta democracia de un medio que es capaz de llegar a todos sin exigirles conocimientos extraordinarios (la imagen se ve tan sólo con no ser ciego, no requiere más alfabetización del espectador), él recuerda que el progreso cuantitativo no es en sí progreso, pues también una epidemia o un tumor es mayor cuanto más se extiende pero no por ello es mejor ni mejora. Lo cuantitativo no evita, dice él, el deterioro de la capacidad de entender, es decir, porque llegue a más personas no quiere decir que las personas entiendan mejor.

Y de igual modo con otra comparación muy eficaz explica que el desarrollo tecnológico también ha producido polución vinculada al progreso y sin embargo se ha considerado lógico y razonable intentar controlar y eliminar la contaminación, sin que ello signifique que se está en contra del progreso, sino más bien al contrario.

Para Sartori, no siempre la televisión es la responsable de todos los males de la televisión. Cuando en el punto cuatro del capítulo cuatro nos habla de la Competencia y Auditel, deja bien claro que sin la contaminación y el combate entre telediarios, sembrado por la medición de audiencias, sin esa medición, se producirían una liberación de la tiranía de ir a por la máxima cantidad indiscriminada de público, con lo cual, se daría opción a diversificar las calidades de los programas. El combate por la audiencia indiscriminada máxima ha sido desencadenado por Auditel y hace que los productores de televisión marginen a los públicos que desean otro tipo de información. Pero, además, y ésa es la paradoja que refleja Sartori para los que apoyan estas mediciones de audiencias sólo atentas de la cantidad de público, además esos datos indiscriminados impulsan a procurar que nos vea y sea quien sea; por tanto, que se haga esfuerzo audiovisual para poder ponerle publicidad ante las narices a públicos que no pueden comprar nada. Es decir, una inversión de costes totalmente idiota para la televisión comercial.

Pero donde más se aprecia el talante mesurado de su crítica quizá sea en la gran atención que ofrece en el libro a los argumentos contrarios a sus tesis. Hay páginas enteras dedicadas a considerar los argumentos críticos que se le han planteado a sus ideas. El apartado seis, titulado Contradeducciones, dentro de la primera parte, dedicada a la Primacía de la imagen, está totalmente dedicado a exponer los planteamientos que se le han presentado en contra y lo que él argumenta frente a ellos.

Esta actitud dialogante con sus detractores se había ya apreciado en el prefacio, donde, como hemos visto, respondía a quienes le acusan de apocalíptico con aquel argumento de que él quizá exageraba, sí, con el fin de ser una "profecía que se autodestruye", es decir, exageraba con la intención de asustar tanto que la sociedad se movilizase para prevenir lo que él anunciaba con tal alarma. En definitiva, que se reconoce un margen razonable de exageración para provocar la respuesta que logre hacer inútiles sus previsiones. ¿Se puede ver acaso otro exceso menos excesivo?

Procedimiento congruente

El telever deteriora nuestro capital intelectual humano, nuestra capacidad de manejar conceptos, abstracciones, ideas no visibles. Y este deterioro transforma nuestra relación con el mundo y nuestra capacidad de gestionar política, social, cultural y económicamente las condiciones de nuestro entorno. El vídeo nos ciega en lo conceptual y por ello nos atrofia. Y Sartori no se corta la lengua a la hora de señalar los centros responsables de esta ceguera teledirigida: padres, educadores, universidad, periodistas, medios de comunicación, formadores de periodistas y empresas de comunicación, principalmente.

Veamos un ejemplo. En el capítulo segundo, dedicado a "La opinión teledirigida", el apartado tres se centra en el análisis de los sondeos; el título lo indica directamente: "El gobierno de los sondeos". Ahí, Sartori afirma sin ambigüedad que está en desacuerdo con el poder otorgado a los sondeos.

"Creo que somos muchos los que estamos de acuerdo –aunque sólo lo digamos en voz baja– que la sondeodependencia es nociva, que las encuestas deberían tener menos peso del que tienen, y que las credenciales democráticas (e incluso "objetivas") del instrumento son espúreas. A lo cual respondo que los sondeos nos asfixian porque los estudios no cumplen con su deber. Los pollsters, los expertos en sondeos, se limitan a preguntar a su quidam, cualquiera que sea, "¿qué piensa sobre esto?", sin averiguar antes lo que sabe de eso, si es que sabe algo. Sin embargo, el núcleo de la cuestión es ése." (Pág. 81).

Tampoco este crítico se corta la lengua a la hora de proponer líneas de trabajo para corregir esas "distorsiones".

"Está claro que el pollster comercial no tiene ningún interés en verificar cuál es la consistencia o inconsistencia de las opiniones que recoge; si lo hiciera, sería autodestructivo. Pero los centros de investigación y las instituciones universitarias tendrían el estricto deber de colmar esta zona de oscuridad y confusión, verificando mediante fact-finding polls (encuestas de determinación de hechos) y entrevistas en profundidad el estado y el grado de desconocimiento del gran público. Sin embargo, se callan como muertos. Y de este modo convierten en inevitable algo que se podría evitar" (Pág. 82).

Como vemos, no se trata de una crítica catastrofista, no se trata de una actitud lamentativa y rendida. Sartori analiza el estado de la cuestión y propone, abre alternativas correctivas, no para echar abajo todo lo aportado por la tecnología y el desarrollo, sino para corregir sus excesos o epidemias. Sartori no detiene su esfuerzo analítico en la constatación de un mal, va más allá, busca responsables, y tampoco se detiene ahí, va más allá, propone soluciones. Su proceder intelectual no se conforma con ser de papel, con habitar en el vientre de los libros, va más allá, se proyecta en el mundo ejecutivo en el que habitan los hombres y las mujeres, sus contemporáneos y sus iguales. Es, por tanto, un intelectual al que le hemos dado tiempo para pensar y nos devuelve el fruto de su pensamiento exprimido hasta la consecuencia práctica más tangible. A fin de cuentas, nada más coherente con sus tesis de fondo: el hombre que piensa bien vive mejor. Él ha pensado y ha procurado formular propuestas de vida mejor.

Y él nunca lo expresa de ese modo (el que piensa bien vive mejor), pero lo entendemos así cuando dice que el hombre que maneja conceptos es capaz de pensar y el hombre que es capaz de pensar es capaz de gestionar la realidad sociopolítica. Por eso, su alarma es tan sonora: el hombre que se alimenta de telever (el Homo videns) deja de pensar bien. Sólo tenemos que conectar los enunciados de las dos últimas frases y salta sola la chispa que alumbra el empobrecimiento anunciado.

A Sartori no le faltan las ideas para proponer cambios que mejorarían las cosas. En la página 177, ya en el último capítulo, cuando los efectos de la medición de audiencias y la lucha por la audiencia masiva, que conduce a rebajar la calidad de los informativos, llega a afirmar respecto a la televisión comercial que "Si lo considera un coste improductivo, que los elimine. Total, es un servicio que está asegurado por el servicio público". Y sigue más adelante, ante la tendencia a que todos llenen los informativos con crónica negra, rosa, deportiva o dulzona, en definitiva, crónica emotiva o de entretenimiento: "La alternativa sensata es ofrecer en cambio, informativos separados: uno de información sería y otro de información frívola".

Se podrá estar de acuerdo o no, pero él propone soluciones sin parar:

"Decía que para encontrar soluciones hay que empezar siempre por la toma de conciencia. Los padres, aunque como padres ya no son gran cosa, se tendrían que asustar de lo que sucederá a sus hijos: cada vez mas almas perdidas, desorientados, anómicos, aburridos, en psicoanálisis, con crisis depresivas y, en definitiva, "enfermos de vacío". Y debemos reaccionar con la escuela y en la escuela. La costumbre consiste en llenar las aulas de televisores y procesadores. Y deberíamos en cambio vetarlos…" (Pág.154).

Esta forma de conducir el extremo del pensamiento hacia la acción demuestra una profunda confianza en el conocimiento y en el ser humano. La confianza activa de un hombre al que no podemos llamar pesimista, sino entusiasta. La confianza activa de un hombre que no sólo publica un libro para ser el emisor de un acto de comunicación sino que confía además en que el receptor reaccione, produzca una respuesta, es decir, confía en que el libro dialogue con lectores. Un libro así sólo lo publica alguien que cree en lo que está haciendo. Y la pregunta es ¿podemos pensar lo mismo de todo lo que leemos a diario?

El mercado editorial está plagado de fósiles agazapados tras un título atractivo y una portada marketizada que protege cien o doscientos gramos de palabras escritas sin flujo vital, palabras en el límite de la normativa sintáctica y del decoro.

Sartori analiza, prefigura y prescribe. Punza, saca muestra, procesa y medica. Desde nuestro punto de vista completa con valentía el procedimiento de un pensamiento combativo y vital. Congruente.

En otras páginas el lector encontrará una actitud semejante con las otras instituciones criticadas (el periodismo, la educación...). Sartori critica el bajo nivel de formación intelectual de los trabajadores de televisión, critica la miopía y el cinismo de las compañías que tratan de justificar la baja calidad de su programación adjudicándole a la audiencia la responsabilidad de tener un gusto así de bajo. Las intervenciones de corrección en estos casos pasan necesariamente por una formación más cualificada y más completa. Pero, en todo caso, el autor no titubea a repartir responsabilidades: "Si las preferencias de la audiencia se concentran en las noticias nacionales y en las páginas de sucesos es porque las cadenas televisivas han producido ciudadanos que no saben nada y que se interesan por trivialidades" (Pág. 90). En definitiva, una alimentación de trivialidad produce individuos demandantes de trivialidad y a la larga ahí reside la gravedad del problema: no en que se fabriquen productos televisivos triviales, sino en que se fabriquen consumidores triviales. Ésa es, una vez más, la mutación de la que nos habla Homo videns.

Enlazando con esta reaparición de la tesis central, pasemos ahora al tercer aspecto que nos hemos propuesto: la armonía estructural del análisis.

Armonía argumentativa

Ya hemos visto cuál es la hipótesis central de partida del ensayo: el telever está mutando la naturaleza del hombre.

Desde esa espina dorsal argumentativa Sartori va engarzando colorarios de consecuencias y transformaciones producidas de forma colateral a partir del hecho central de la mutación sapiens-videns.

El capítulo primero se ocupa de la mutación del entender, de la capacidad de comprensión y trata entonces los problemas que se vinculan a la educación de los niños que crecen en el universo del telever y se convierten en vídeo-niños eternos, siempre dependientes de la imagen que no permite entender, pero hace creer cosas.

En el capítulo dos, la mutación colateral que aborda es la del vídeo-gobierno, y los problemas vinculados a la creencia de que la televisión informa. Aquí Sartori desmonta los mitos de la información servida por el telever y la diferencia entre ver y comprender.

En la primera parte, por tanto, describe el deterioro de la capacidad de manejar conceptos y en la segunda describe el deterioro de la capacidad de estar informado y de distinguir lo verdadero de lo falso. Las derivaciones de la hipótesis central se van engarzando unas en otras de forma coherente. Muestra de ello es el párrafo de cierre de la segunda parte, en el que después de haber analizado lo qué es y cómo se producen la desinformación, la subinformación y la mentira del telever, enlaza las nuevas conclusiones con las conclusiones del primer capítulo:

"El vídeo-dependiente tiene menos sentido crítico que quien es aún un animal simbólico adiestrado en la utilización de los símbolos abstractos. Al perder la capacidad de abstracción, perdemos también la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso." (Pág. 196).

De igual modo, en el tercer capítulo trata del deterioro de la calidad democrática.

Analiza de qué modo la hegemonía de la imagen ha modificado el oficio político y ha generado un sentimiento político más que un entendimiento, dado que la imagen interpela directamente a la emoción, a la pasión.

"El saber es logos, no es pathos, y para administrar la ciudad es necesario el logos. La cultura escrita no alcanza este grado de "agitación". Y aún cuando la palabra también puede inflamar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que la imagen. Así pues la cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del Homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivada, provocada por la imagen, solivianta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así los agrava". (Pág. 119-120).

Este capítulo se cierra con la imagen del Homo insipiens, incapaz de sostener y alimentar el mundo creado por el Homo sapiens.

Y se abre paso ya al cuarto y último capítulo del ensayo que volverá a cerrar con la misma idea cargada de nuevos matices, es decir, ¿podrá el hombre del telever administrar la herencia del Homo sapiens? Este último capítulo se titula "Apéndice", a pesar de que mantiene la misma estructura y similar extensión que los tres primeros. Pero en cierto modo recoge y amplia planteamientos de los tres anteriores. Recuerda expresamente que su lógica es consecuencial y recoloca al lector de nuevo ante el enunciado central del ensayo: que el primado del ver y de la imagen empobrece el conocer y del mismo modo debilita nuestra capacidad de gestionar la vida en sociedad. Todo el capítulo gira en torno a esta idea: la debilidad del ciudadano, de la democracia, de la capacidad de entender lo que ocurre a nuestro alrededor. Y la debilidad de un sistema que promueve el autogobierno a hombres y mujeres que confiesan que no saben nada de las cosas del gobierno y que no les interesan los programas que pueden hacerles saber. O sea, que se impone la ignorancia, y además voluntaria.

De modo que todo el ensayo de Sartori es como una rotunda afirmación que se desarrolla parcialmente en cada uno de los apartados y siempre en torno a su espina dorsal argumentativa: un hombre que pierde la capacidad de abstracción es incapaz de racionalidad, y es por tanto un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el Homo sapiens.

En torno a ese eje se engarzan con pertinencia todos los demás conceptos. Lumpen intelligencija: la que hemos fabricado con los diplomados educativos, proletariado intelectual sin ninguna consistencia intelectual (Pág. 151). Los medios de comunicación y especialmente la televisión son administrados por la subcultura, por personas sin cultura. El pensamiento insípido. El Homo insipiens, promovido por una tele que premia la extravagancia, la insensatez, el absurdo.

En ese afán por clarificar el encadenamiento de la argumentación y conducir de forma consecuencial sus disertaciones, Sartori pone gran cuidado en surtir al lector de guías o índices interiores que le refresquen el recuerdo del esquema general de hipótesis. En la página 70, en la 71, en la 109 encontramos ejemplos de esas guías. Y en la 160: "Dicho esto, el libro traza dos recorridos. En el primero se va del vídeo-niño al vídeo-adulto. En el segundo se va del ciudadano a la democracia...".

A la coherencia argumental el autor añade esa coherencia expositiva que tanto contribuye a que los lectores asimilen con mayor eficacia los contenidos.

Optimismo crítico con humor

Sartori habla muy seriamente sobre una pérdida dramática para la supervivencia de la estructura social humana. Y no escatima advertencias, "Pero aunque no desespero, tampoco quiero ocultar que el regreso de la incapacidad de pensar (el postpensamiento) al pensamiento es todo cuesta arriba. Y este regreso no tendrá lugar si no sabemos defender a ultranza la lectura, el libro y, en una palabra la cultura escrita." (Pág.153).

La lectura cuesta más que el consumo de imágenes. La lectura cuesta porque lleva tiempo, atención, concentración, esfuerzo, soledad, y, sobre todo, aprendizaje. Hay que aprender a leer, a distinguir, a detectar claridad, contradicciones, lógicas, contrastes... Se trata de un ejercicio permanente de identificación de semejanzas y diferencias. Para Sartori es fundamental recuperar la lectura, porque sin ella no recuperaremos al Homo sapiens –en aquellos casos en los que esté amenace estar perdido–.

Frente a ese esfuerzo, el consumo de imágenes se ofrece instantáneo, sencillo, sintético, fácil, fascinante y seductor a primera vista. Pero se trata de una forma de acceder a datos que renuncia al vínculo lógico y a la secuencia razonada.

Es duro. No lo duda Sartori. Pero esa dureza no le hace rendirse en sus propuestas de acción:

"Pero los que todavía son pensantes tienen que denunciar la irresponsabilidad e inconsciencia de las cada vez mayores legiones de vendedores de humo que olvidan que la ciudad en la que vivimos y viviremos no es "naturaleza" (una cosa dada que está ahí para siempre), sino que es de cabo a rabo un producto artificial construido por el Homo sapiens". (Pág. 197).

Esa cita la encontramos en la penúltima página. A lo largo de todo el ensayo no ha desfallecido su afán de proponer. Y un hombre que formula propuestas de futuro es un hombre que cree en lo que ha de ocurrir, en lo que aún no ha ocurrido. Es un hombre cargado de optimismo. Y no podemos aplicar a Sartori aquel chiste de que el optimista es un pesimista mal informado. No, Sartori nos ha planteado los inconvenientes y su furor frente al proceso duro de deconstrucción del Homo sapiens. Sartori está muy bien informado de la gravedad de la situación. Pero su fuente de buen humor y propuestas no flaquea:

"Los periódicos harían mejor si dedicaran cada día una página a las necedades, a la fatuidad, la trivialidad, a los errores y disparates que se han oído en la televisión el día antes. El público se divertiría y leería los periódicos para "vengarse" de la televisión, y tal vez de este modo la televisión mejoraría" (Pág.155)

"¿Déjà vu? ¿Es una cosa ya dicha y sabida? Desgraciadamente quien me ataca así no aporta pruebas, no cita, y por tanto no me hace saber de dónde y de quién habría yo copiado. Yo empiezo por el hombre como "animal simbólico" y el hilo conductor de mi análisis es un hilo semántico. Mas a quien me ataca con el fácil estribillo del "esto es cosa sabida", este hilo conductor se le escapa por completo. Quizá sea porque quien así me contradice es ya un vídeo-animalote para el cual la semántica es una influencia asiática o a lo mejor la mujer de Semántico" (Pág. 161).

Nos parece que con todo esto queda suficientemente ilustrada la carga de ironía y optimismo que va contenida en las páginas de "Homo sapiens". Este ensayo no es el de un intelectual catastrofista que se da por vencido.

En el último párrafo, este talante combativo queda tan patente que no nos podemos resistir a cerrar con él este texto. En esas líneas finales Sartori habla del "novismo", esa atracción desesperada por correr hacia lo nuevo, un correr que más podría resultar un huir, de nosotros mismos probablemente. Y éstas son las dos frases finales:

"Hoy día, si no "superas", si no adelantas o saltas la valla, no existes. Arriesgándome a no existir, yo prefiero resistir"

Nota

(1) "Homo videns. La sociedad teledirigida", de Giovanni Sartori. Madrid, Taurus, 1998. 3ª edición, 2001.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Mateos Martín, Concha(2002): El "Homo videns" de un intelectual combativo (Giovanni Sartori) o de cómo emplear el pensamiento para cambiar el mundo. Revista Latina de Comunicación Social, 51. Recuperado el x de xxxx de 200x de: http://www.ull.es/publicaciones/latina/2002cmateosjunio5107 .htm