Ámbitos 5, Sevilla, 2º semestre de 2000

Los estudios de la audiencia: una visión crítica desde la economía política

José A. Vela Montero ©

Grupo de Investigación en Estructura, Historia y Contenidos de la Comunicación

 

RESUMEN

El autor expone y analiza desde una perspectiva diacrónica la evolución de los estudios culturales desde su nacimiento hasta la actualidad. En especial, este estudio descriptivo se centra en el proceso y las consecuencias del abandono del análisis sociológico marxista y, en concreto, de los postulados de la economía política. Un abandono que, en la práctica, tiene como consecuencia la incapacidad de los estudios culturales para llevar a cabo su objetivo original y fundamental: la transformación social.

ABSTRACT

This article analyses the development of the cultural studies from its birth until present time. Especially, this descriptive study is focus in the process and the consequences of the abandonment of the sociological Marxist analysis and, in short, of the postulates of the political economy. An abandonment that, in the practice, it has as consequence the inability of the cultural studies to carry out their original and fundamental objective: the social transformation.

Palabras claves: estudios culturales, audiencia, economía política, revisionismo, determinismo, productos mediáticos.

Key Words: Economics, Revisionism, Determinism, Media Products.

Las relaciones entre la economía política y los estudios culturales es uno de los aspectos más conflictivos –y a la vez más sugerentes y significativos- de los estudios culturales desde que esta disciplina fuera fundada por Raymond Williams. Simplificando –quizás en exceso- los términos del debate, podemos decir que la clave de la discordia entre las posturas científicas en liza es el desplazamiento de la economía política que se ha operado en el seno de los estudios culturales. En un afán de desprenderse del "lastre" que constituía el determinismo económico –principio axial de la sociología marxista tradicional-y en un proceso que se asemeja más a un movimiento pendular que a una evolución en la disciplina, los estudios culturales de los últimos años se han centrado en las cuestiones de la recepción y la creación de significados por la audiencia.

Paralelamente, han dejado al margen las circunstancias que rodean a la producción y distribución de los productos simbólicos, es decir, el contexto en el que se elaboran y distribuyen los productos de la cultura: el modo de producción capitalista y el sistema de libre mercado. Al dar de lado a estas cuestiones analizadas por la economía política, los estudios culturales se han incapacitado a sí mismos para alcanzar los objetivos originalmente fijados: la democratización de la cultura y la transformación social. En otras palabras, para asumir los objetivos transformadores de los estudios culturales es necesario encardinar la economía política en el análisis del sistema cultural. Así lo entiende Graham Murdock cuando afirma:

"Puesto que es necesario que cualquier estrategia para el cambio sepa dónde aplicar la presión y qué se debe presionar, el hecho de trazar las conexiones entre las prácticas particulares y las condiciones que las mantienen es un punto de partida indispensable". (1)

Los estudios culturales en sus orígenes: una dimensión política y transformadora

En su concepción original, los estudios culturales surgieron, a fines de la década de los 50, como un proyecto político que pretendía una democratización profunda y real y, en última instancia, una transformación de una sociedad sumida en la vertiginosa evolución que, por aquel entonces, estaban posibilitando las nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación de masas. Como apuntan Marjorie Ferguson y Peter Golding:

"El proyecto de los estudios culturales siempre ha sido, explícitamente, de alguna manera una intervención en la vida política, una contribución para desenmascarar la ideología y la liberación de la opresión de aquellos que estaban sujetos a su poder represivo". (2)

No en vano, la generación de fundadores de los estudios culturales –entre los que destacan Raymond Williams y Richard Hoggart- estaba muy ligada a la Nueva Izquierda Británica. Por tanto, los objetivos que se proponían alcanzar los estudios culturales tenían un marcado carácter político y consistían, básicamente, en movilizar a la clase obrera, conseguir una plena democratización de la cultura popular articulada en torno a los medios masivos de comunicación y, de este modo -y como colofón del proceso- alcanzar la transformación social que otorgara el poder político e intelectual a la clase trabajadora. En palabras de Nicholas Garnham:

"La profunda confianza de los estudios culturales en la obra de Raymond Williams y Richard Hoggart fue, en primer lugar, la revalidación de la clase obrera británica o la cultura popular contra la elite, la cultura dominante, como parte de un movimiento político mayoritariamente socialista y de oposición. Por consiguiente, los estudios culturales dieron por sentado una estructura particular de dominación y subordinación y consideraron que su tarea era de legitimación ideológica y movilización. Se consideraron, claramente, parte de una gran batalla política". (3)

El medio para conseguir dichos objetivos era desarrollar los estudios culturales, los análisis críticos de la, hasta el momento, ignorada cultura popular, al objeto de concienciar a la clase obrera del valor, magnitud e importancia de su propia cultura. En este sentido, el denominado «Centro de Birmingham» y, en concreto, uno de sus máximos exponentes, Williams, puso de relieve la necesidad, de cara a la consecución de estos objetivos, de implementar las consideraciones de la economía política en los análisis de la cultura popular y de los productos mediáticos que llevan a cabo los estudios culturales. En esta línea, y como muestra evidente de la importancia que tenía la economía política para esta primera generación de estudios culturales, Williams establece que todo producto cultural tiene dos dimensiones inextricablemente unidas: la parte simbólica (consumo) y la parte económica (producción). Al señalar que estas dos dimensiones no deben ser nunca consideradas de forma aislada, el autor toma partido por la necesidad de implementar los análisis de la economía política en los estudios culturales y, de este modo, llama la atención hacia los efectos perjudiciales de abstraer la cultura de su contexto sociopolítico. Los estudios culturales, por tanto, comenzaron haciendo hincapié en la necesidad de que la cultura se investigase en el seno de las relaciones sociales de producción propias del sistema económico en la que se produce, se distribuye y consume. Sin las aportaciones de la economía política, es decir, sin tener en cuenta la producción, codificación y distribución de productos simbólicos y los intereses existentes tras dicha producción, esta disciplina no podría cumplir sus objetivos políticos de democratización y transformación social. En la actualidad, muchos autores siguen reivindicando el componente eminentemente político de los primeros estudios culturales como elemento decisivo para encarar los retos derivados de ser un proyecto político. En este mismo sentido se expresa Garnham:

"Quisiera poner de manifiesto que los estudios culturales como empresa política importante es insostenible desde el exterior de su problemática fundadora. Se puede ver con claridad en las obras contemporáneas de los estudios culturales británicos y norteamericanos que la mayoría de sus actuales profesionales aún asumen, incluso aseveran, que son una empresa política, en su mayor parte, oposicional" . (4)

El determinismo marxista: planteamientos y revisiones

"Aquellos que ridiculizan el determinismo económico son aquellos cuyas vidas no están determinadas económicamente" . (5)

Karl Marx señalaba que los medios de producción y las relaciones que contribuyen a la reproducción material de la existencia humana (relaciones de producción) constituyen la base determinante de todas las restantes estructuras. En otras palabras, de las fuerzas y relaciones de producción, así como del modo en que son organizadas socialmente en las diferentes épocas históricas –es decir, la estructura económica de un modo de producción dado- es de donde surgen todas las instituciones de la superestructura (la familia, el estado, el sistema educativo, la religión, la ideología, las costumbres, la legislación, los medios de comunicación, etc.). He aquí los elementos que constituyen el "modo de producción" y las relaciones que establecen entre sí: una infraestructura económica y una superestructura ideológica, que es determinada por aquella. Marx establece con total precisión esta relación marcada por la determinación entre la superestructura y la infraestructura en el contexto del modo de producción:

"La totalidad de [las] relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, sus cimientos reales, sobre los cuales se erige una superestructura legal y política y a la que corresponden unas formas definidas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso general de la vida social, política e intelectual". (6)

Marx también identifica el fenómeno de la "falsa conciencia" como resultado de la determinación de base económica sobre la superestructura. La "falsa conciencia" plantea el problema de que, en el ámbito supraestructural de las ideas, del valor, de la conciencia, el hombre puede generar una visión, una experiencia sobre su situación y sus condiciones materiales de existencia que puede no corresponder con la verdadera situación determinada por las relaciones y condiciones de producción en las que se halla inserto. Se trataría, pues, de que la propia conciencia y experiencia humanas a través de las cuales el hombre puede explicar la realidad que le rodea y dar sentido a su propia existencia, al estar determinadas por las circunstancias de la producción material, en lugar de propiciar a la clase obrera un conocimiento liberador, la confunde y desorienta distorsionando la verdadera percepción de la realidad y posibilitando, por tanto, la perpetuación de las condiciones de explotación y desigualdad inherentes y necesarias al orden de producción capitalista. Es en este sentido en el que Marx explica la "falsa conciencia" en términos de determinación económica, aludiendo al hecho de que, determinado por las condiciones y relaciones de producción, los hombres (la clase trabajadora) son "descentrados por las condiciones concretas en que viven y producen y dependen de condiciones y circunstancias que no han hecho ellos [y de relaciones que tampoco han establecido] y en las que entran involuntariamente (...) porque los hombres no pueden ser autores colectivos de sus acciones". (7)

Por lo tanto, Marx concluye diciendo que los términos de la conciencia y la experiencia a través de los cuales los hombres dan sentido a su mundo y toman conciencia ("falsa") de su situación, no les pertenecen a ellos, sino a las clases poseedoras de los medios de producción material que, en consecuencia, poseen también los medios de producción mental, lo que determina que las ideas de esta clase poseedora y dominante sean, a su vez, las ideas dominantes de su tiempo, las cuales producen y distribuyen entre los individuos de toda la sociedad a fin de contribuir al mantenimiento, funcionamiento y perpetuación del orden capitalista dominante. Es aquí donde radica el principio de determinación de lo económico sobre lo ideológico, principio axial de las relaciones base-superestructura en la teoría marxista clásica, y lo que, en consecuencia, explica la razón por la que los términos de la experiencia y la conciencia de los hombres –determinadas por las condiciones de producción- no reflejan nunca con fidelidad su verdadera situación, sus verdaderas condiciones de existencia material.

Murdock y Golding señalan acertadamente que Marx y Engels están planteando tres cuestiones muy importantes. En primer lugar, que el control sobre la producción y distribución simbólica o intelectual está concentrada en manos de la clase que domina los medios de producción material. En segundo término, y como resultado de ese control, que la visión del mundo de esta clase poseedora se distribuye de forma privilegiada, llegando a dominar el pensamiento de las clases subordinadas. Y, finalmente, que este dominio ideológico tiene asignada la función primordial de perpetuar las desigualdades de clase que sirven a los intereses de reproducción del orden productivo capitalista . (8)

No obstante, y pese a la importancia que reviste el concepto de "determinación económica", en el marco concreto de los estudios culturales dicho concepto necesita una redefinición, una nueva reinterpretación que permita a la disciplina desembarazarse del lastre del reduccionismo economicista y, sobre todo, que haga posible volver a atar las amarras de los estudios culturales a los muelles firmes y rigurosos de la economía política.

Sólo redefiniendo el concepto de determinación en un sentido más abierto, laxo y complejo, que nos hable de marcos o límites genéricos y no de correspondencias ineludibles y necesarias o de efectos plenamente previsibles, se podrá no sólo recuperar las imprescindibles aportaciones con las que la economía política contribuye a los análisis de la cultura (aportaciones de las que, por otra parte, los estudios culturales decidieron prescindir en su abandono de la sociología marxista), sino también la potencialidad explicativa de los análisis sociológicos marxistas.

Williams expresaba una idea similar en cuanto al principio de determinación al señalar que ésta no podía ser nunca (como pretende la teoría marxista ortodoxa) un conjunto de causas que establece un control absoluto con resultados totalmente previsibles. Por el contrario, Williams entendía la determinación de base económica como los límites definidos entre los cuales las prácticas sociales superestructurales se desarrollan influidas en gran medida por la base, pero sin llegar en ningún momento a estar totalmente controladas por los elementos de la estructura económica. Las prácticas sociales supraestructurales pueden, de este modo, estar sujetas a una serie de límites (económicos) y sometidas a un conjunto de presiones, pero nunca estarán totalmente controladas ni, en virtud de la determinación, llegan a ser absolutamente previsibles . (9)

De esto se deduce que debemos entender la base económica de la estructura social como factor determinante, en primera instancia, de la vida o el sistema cultural, sin descartar, en consecuencia, la existencia de otros varios factores en la conformación de dicho sistema cultural. Así lo reconocen Murdock y Golding cuando afirman:

"(...) la economía política no es el único determinante del comportamiento de los medios y, en este sentido, no sostenemos una tesis de puro determinismo económico. Sin embargo, al centrarnos en la base económica, indicamos que el control de los recursos materiales y su cambiante distribución es, en última instancia, la más poderosa entre las muchas palancas que trabajan en la producción cultural". (10)

Así pues, de estos planteamientos se deriva que las condiciones de la producción material serían el punto de partida imprescindible para realizar cualquier análisis cultural. Aceptando este nuevo concepto de determinación, la economía política reaparece en los estudios culturales como un elemento vital para explicar el cómo y el por qué de la organización del sistema cultural, así como el modo de transformarlo.

Estudios culturales y "revisionismo": el desplazamiento de la economía política en los estudios de la recepción

Pese a todos estos intentos por redefinir el concepto de determinación económica, fue precisamente el rechazo sistemático hacia dicho determinismo (piedra de toque del análisis marxista) lo que, fundamentalmente, propició la nueva reorientación (y revisionismo) de los estudios culturales hacia lo que se ha dado en llamar «estudios de la recepción» o «estudios de la audiencia», una nueva tendencia que ha lastrado a la disciplina con la incapacidad para analizar de forma global los fenómenos culturales al centrarse de forma exclusiva en las microcuestiones de la audiencia y de la recepción, dejando a un lado las macroprocesos referentes al contexto de la producción y la distribución de los productos culturales, es decir, obviando e ignorando las cuestiones de la economía política. Murdock expresa esta idea citando a Stuart Hall:

"Lo que ha resultado del abandono del economicismo determinista no ha sido una forma de pensar alternativa en las cuestiones acerca de las relaciones económicas sus efectos (...) sino, en su lugar, un gigantesco y elocuente mentís. Como si, puesto que lo económico en el sentido más amplio, definitivamente no ‘determina’, como antes se suponía que hacía, el movimiento real de la historia ‘en última instancia’, ¡éste no existiese en absoluto!". (11)

Se produce, de esta forma, un desafortunado movimiento pendular en el seno de los estudios culturales: para desembarazarse de la pesada rémora que supone el determinismo economicista, que cierra prematuramente el debate sobre los productos mediáticos al considerarlos simplemente una mera expresión o reflejo "determinado" por las condiciones materiales de producción (es decir, por la infraestructura económica del modo de producción), los nuevos estudios de la recepción acometen una profunda revisión teórica y metodológica en virtud de la cual, no sólo reniegan del determinismo marxista, sino también de los presupuestos de la economía política.

En resumidas cuentas, el problema fundamental radica en que los nuevos estudios de la recepción han abandonado los planteamientos sustentados por la economía política bajo el pretexto del rechazo al principio de determinación, "supuestamente" inherente (según la interpretación revisionista) al análisis de la economía política, es decir, al estudio de las condiciones de producción y distribución de los productos mediáticos. En otras palabras, en la desenfrenada carrera que emprenden los estudios culturales desde la modernidad a la posmodernidad (y desde el compromiso político izquierdista al apoliticismo neoliberal), la economía política hubo de pagar, con su ostracismo, los pecados (determinismo, reduccionismo, economicismo, cosificación estructural) del análisis sociológico marxista.

Puede decirse –sintetizando- que este movimiento pendular, esta nueva tendencia de los estudios culturales hacia unos estudios de la recepción centrados exclusivamente en el análisis de la interacción lector-texto, con la audiencia como objeto de estudio exclusivo y predilecto, arranca originalmente de tres premisas que dieron lugar a una nueva orientación en la disciplina, orientación que no se corresponde para nada con los objetivos políticos y transformadores del proyecto original de Williams. Estas tres premisas son la denuncia del determinismo económico marxista, el rechazo a las tesis marxistas sobre la ideología dominante y la reivindicación de la audiencia como agente activo en el seno de la relación con los medios masivos de comunicación.

Sin embargo, debido a la exageración y desproporción de los términos, y a la falta de rigor en sus planteamientos, los estudios de la recepción entraron, de este modo, en un callejón sin salida similar a aquel del que pretendían escapar. Huyendo del reduccionismo que suponía para el análisis el determinismo economicista y la dominación ideológica, que cerraban prematuramente el debate de la cultura popular al ignorar las acciones y prácticas de los sujetos por considerarlas producto de la determinación de las condiciones económicas imperantes en la estructura, el movimiento revisionista se precipitó a otra vía muerta que cerraba igualmente en falso el análisis de la cultura al aceptar cualquier práctica cultural del sujeto como "liberadora" o "creativa", sin plantearse las cuestiones referentes al valor o a la capacidad transformadora de dichas prácticas, y sin abordar, paralelamente, el análisis de las condiciones en las que se generan los productos mediáticos, negando así la potencialidad de estas condiciones para ejercer, no ya una determinación total, sino una influencia más o menos directa o abierta sobre la audiencia. En otras palabras, de la mano de los estudios de la recepción, la cultura popular ha pasado de ser el simple reflejo de las condiciones de producción material de un sistema económico, a ser la expresión de la "resistencia" y la "creatividad" de una audiencia totalmente "autónoma" y "soberana", frente a unos medios de comunicación "plurales" e "impotentes" para influir en la sociedad. Todo ello ha sido posible porque –como ya hemos apuntado- el rechazo (lógico y necesario) a los planteamientos excesivamente reduccionistas del determinismo marxista, derivó (de forma injustificable) en la supresión de los postulados de la economía política, imprescindibles para el análisis de los productos mediáticos. Imprescindibles por cuanto desvelan de qué forma y en qué medida dichos productos están estructurados (no determinados) por el sistema de producción dominante y, por tanto, en qué medida están concebidos para propiciar, en el momento de la decodificación, la reproducción de la ideología dominante o, al menos, del conjunto de valores y actitudes que definen y sustentan al sistema capitalista.

En concreto, el cuestionamiento revisionista del concepto de ideología dominante (cuestionamiento propiciado, en gran medida, por el redescubrimiento de las tesis de Gramsci sobre hegemonía y poder) constituyó un nuevo y duro ataque a las almenas de la sociología marxista y, por extensión, a los planteamientos de la economía política. El resultado de esta pretensión de desvincular las condiciones materiales de producción –por un lado- de la ideología dominante –por otro- y de relativizar ésta en exceso (hasta el punto de sostener que, en la práctica, no existe la dominación ideológica), viene a ser el mismo que el que se deriva de llevar hasta el extremo la crítica a la determinación de base económica y la reivindicación de la autonomía de las prácticas y acciones sociales del sujeto: el empobrecimiento, la despolitización, la "conservadurización" y el encastillamiento de los estudios culturales en unos métodos de análisis que, desprovistos de la economía política, apenas tienen nada que aportar a la comprensión de la cultura popular.

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