Estudios de la recepción: fundamentos y limitaciones

Todos estos planteamientos revisionistas en el seno de los estudios culturales fueron gestándose a lo largo de los años 70 para eclosionar, finalmente, a principios de los 80. Hasta bien entrada la década de los 70, el tema de la audiencia fue prácticamente desestimado por muchos teóricos de la comunicación y de la cultura a favor del análisis de las cuestiones relativas a la base económica que establecía los marcos y parámetros en los que se generaban los productos simbólicos, unos productos a los que se suponía la capacidad de ejercer una determinada influencia y de producir unos ciertos efectos sobre los receptores. Sin embargo, a partir de la década de los 80 –y coincidiendo significativamente con el auge en gran parte de Occidente de las doctrinas económicas y políticas conservadoras encabezadas por los gobiernos Reagan y Thatcher- se produjo un florecimiento de los estudios centrados en la recepción y en la audiencia. Tras la década de los 70, rotas las esperanzas de transformación social alimentadas durante esos años, un amplio sector de los estudios culturales abandonó las cuestiones ideológico-políticas y volvió los ojos hacia la cultura popular como arma alternativa para la victoria final sobre la hegemonía de la clase dirigente, ya que dicha cultura tenía como atributos la rebeldía, la vitalidad y el espíritu de oposición y resistencia. Se estaba gestando, de este modo, una nueva perspectiva en los estudios culturales en virtud de la cual, lo político equivalía a lo personal: la caída en el pozo del populismo era ya un hecho. Esto suponía una retirada desde los planteamientos políticos de los estudios culturales originales ya que, al extender un manto de silencio sobre las condiciones materiales de la producción cultural y tomar la cultura popular como objeto exclusivo del análisis cultural, los estudios de la recepción aceptaron subirse al carro de la tendencia posmoderna, sustituyendo, así, la política y la sociedad por la cultura popular. De este modo, la búsqueda de una supuesta resistencia y creatividad de la audiencia se convirtió en una auténtica necesidad. Como refleja irónicamente Todd Gitlin:

"Quizá [las masas] eran libres, o realmente disentían, aunque estuviesen en casa, sentados en el sofá. Si ‘la revolución’ se había alejado hasta el punto de hacerse invisible, era deprimente presenciar la victoria de una cultura hegemónica impuesta por medios de comunicación, fuertes y prácticamente irresistibles. ¡Qué tranquilizador era detectar la ‘resistencia’ que saturaba los poros de la vida cotidiana!" . (12)

La "autonomía" de la audiencia refuta –según la tendencia revisionista- el concepto de medio de comunicación entendido como vehículo a través del cual circulan y se reproducen los discursos dominantes. Paralelamente, surge una nueva imagen de la sociedad en la que el poder para dotar de sentido a dicha sociedad, en lugar de ser atributo de una ideología dominante difundida a instancias del grupo hegemónico, está amplia y "pluralmente" difundido.

En contra de estos planteamientos, el propio David Morley (destacada figura dentro de la corriente revisionista de los estudios culturales) advierte que, pese a que las tesis marxistas sobre la ideología dominante pecan bastante de ingenuidad y aunque cualquier discurso hegemónico es necesariamente ambiguo, incompleto y contradictorio, no se deben abandonar las cuestiones referentes al poder de los medios en brazos de las tesis sobre la "actividad" de la audiencia y sobre las rutinarias lecturas "resistentes" . (13)

En líneas generales, los nuevos estudios de la audiencia han sufrido –desde el sector radical de los estudios culturales- multitud de contraataques académicos en varios frentes que, a la postre, están relacionados entre sí. Hasta el momento, hemos puesto en tela de juicio el abandono de las macrocuestiones de la economía política en favor de un análisis que, centrado exclusivamente en los microprocesos propios de la recepción, busca reivindicar la "autonomía" y "actividad" de la audiencia. Esta crítica está íntimamente relacionada con la denuncia de las nuevas tendencias populistas de estos estudios de la recepción, derivadas del hecho de haber colocado en el centro del análisis a la cultura popular en detrimento de los medios de comunicación y de las condiciones materiales en las que se generan los productos culturales.

La supuesta "autonomía" de la audiencia (baluarte teórico del nuevo revisionismo de los estudios culturales) ha sido duramente contestada –y desde diferentes perspectivas- desde la crítica radical. Frente a las tesis revisionistas, que sostienen que los grupos económica e ideológicamente dominantes no influyen en el proceso de comunicación que se establece entre medios de difusión y audiencias, la tendencia radical sostiene que el orden socioeconómico establecido ejerce un poder efectivo en dos momentos clave del proceso comunicativo: en la codificación y en la descodificación.

En cuanto a la codificación de los productos culturales por las industrias de la comunicación, cabe destacar que estos textos no son tan abiertos y ambiguos como se pretende, sino que se concretan en lo que se ha dado en llamar "polisemia estructurada". En virtud de este concepto, los símbolos denotativos del texto propician unas determinadas interpretaciones por las audiencias (decodificaciones privilegiadas) que no son fruto exclusivo de su competencia como receptores generadores de sentido, sino que responden a una serie de lecturas preferentes hacia las que los productores del texto orientan –mediante "marcas de lectura"- a la audiencia con el fin último de favorecer sus intereses como grupo hegemónico. Hall opina que, aunque los textos son susceptibles de tener más de una interpretación y pese a que no existe ninguna ley que garantice la elección por el receptor de la lectura preferencial o dominante, no se puede ignorar que los textos están "estructurados en dominancia" por la industria de la cultura, industria que a su vez forma parte del sistema de producción capitalista. Por lo tanto, y en el contexto de la producción, la codificación ejerce un efecto "sobredeterminante" en momentos posteriores a la recepción. Morley expresa así estas consideraciones sobre la codificación de los productos mediáticos:

"Las audiencias no ven sólo lo que quieren ver, ya que un mensaje (o programa) no es simplemente una ventana abierta al mundo, sino que es una construcción. Aunque el mensaje no sea un objeto con significado real, lleva en sí mecanismos significadores que estimulan ciertos significados, o incluso, un significado privilegiado, y suprimen los demás: se trata de las ‘conclusiones directrices’ codificadas en los mensajes" . (14)

En lo relativo a la descodificación llevada a cabo por la audiencia, la corriente crítica de los estudios culturales afirma que los receptores no tienen un repertorio indefinido de discursos de los que valerse para generar significados a partir de los productos culturales. Por el contrario, es la posición socioeconómica de los sujetos receptores en la estructura social la que, por lo general, determinará los tipos de discursos a los que pueden acceder, lo cual determina a su vez la gama de lecturas que pueden inferir de los textos mediáticos. Lo que está sobre el tapete es la cuestión del capital simbólico y el capital económico, puesta ya de relieve por Roland Barthes: frente a la desproporcionada confianza de los "revisionistas" en la actividad generadora de sentido de la audiencia, lo cierto es que el capital simbólico de los sujetos está estrechamente vinculado –en términos de proporcionalidad directa- con el capital económico. Plantear, pues, como hacen los estudios de la recepción, que la audiencia es activa y genera significados a partir de cualquier texto cultural en el contexto de la recepción sin tener en cuenta los condicionamientos y limitaciones que, en este sentido, establecen las condiciones materiales de producción, es decir, el orden socioeconómico capitalista, equivale a levantar un inmenso gigante con pies de barro.

Las cuestiones relativas a las lecturas "resistentes" y al valor político o transformador de éstas constituyen otro interesante tema de debate que el sector radical de los estudios culturales se ha ocupado convenientemente de poner también en solfa. La presunción, por los estudios de la recepción, de que las interpretaciones presuntamente resistentes de los textos simbólicos están más extendidas que la subordinación o la reproducción de significados dominantes, no sólo implica poner en cuestión tesis excesivamente simplistas sobre los efectos ejercidos por los medios o concepciones demasiado absolutas sobre la ideología dominante. Implica, sobre todo, proclamar la ausencia de toda influencia mediática y de todo condicionamiento y limitación ejercido por el contexto económico-productivo. Desde el más estricto sentido común, Garnham refuta estas tesis revisionistas sobre la incapacidad del sistema socioeconómico de influir o estructurar los productos mediáticos:

"¿Acaso alguien que haya producido un texto o una forma simbólica cree que la interpretación es completamente aleatoria o que el placer no puede ser usado con fines manipuladores? Si el proceso de interpretación fuese completamente aleatorio y, por consiguiente, tuviésemos que renunciar completamente a la noción de intencionalidad en la comunicación, la especie humana habría abandonado la actividad hace ya bastante tiempo" . (15)

La crítica más pertinente a este respecto es llamar la atención sobre el hecho de que, sin analizar las condiciones económicas de la producción cultural no puede haber lecturas resistentes por la audiencia. Por expresarlo en términos esquemáticos, la resistencia es un concepto, por definición, dual, de tal forma que resistir implica siempre –aparte del sujeto resistente- la existencia o participación del objeto ante el cual se ejerce la resistencia. Por tanto, una lectura resistente –en el contexto de la recepción de la cultura- opone resistencia frente a una serie de valores que, codificados en el texto y a través de su consumo, se intenta imponer a las audiencias por los codificadores. Estos valores codificados en el texto son los elementos constitutivos de la ideología dominante cuya existencia y naturaleza, a su vez, está estrechamente vinculada y delimitada por las condiciones materiales de la producción, es decir, por el orden económico imperante en una determinada sociedad. En consecuencia, si la tendencia revisionista sostiene que los productos culturales no ejercen ningún tipo de influencia sobre la audiencia, porque no contempla el poder del sistema de producción para estructurar de forma dominante los textos, o –por decirlo de otra manera- si los estudios culturales no creen que los textos contienen sentidos preferentes codificados en el momento de la producción y tendentes a mantener en las conciencias de los receptores los valores y la ideología de los grupos hegemónicos (es decir, tendentes a difundir una "falsa conciencia"), ¿ante qué ejercen resistencia las lecturas resistentes? ¿Contra qué elementos se alza la oposición y la resistencia que, presuntamente, mana de la interpretación de la audiencia creativa?. Como sostiene Morley:

"(...) cuando se nos presenta un ejemplo de una lectura de resistencia (o de oposición), debemos preguntarnos: ¿una resistencia a qué?, porque una noción de resistencia o de oposición sólo adquiere sentido sobre el fondo de cierta concepción de una ideología dominante o una serie de sentidos establecidos de algún modo". (16)

De lo expuesto se deriva que la resistencia no puede ser valorada por sí misma como un acto progresista y liberador, sino que debe someterse a un análisis que dilucide si la resistencia o el placer, fruto de la descodificación de un producto cultural, socava o, por el contrario, reproduce la dominación cultural. Para ello resulta indispensable conocer los sistemas de dominación que emanan de las condiciones materiales de producción y que estructuran los productos culturales.

Otro tema sujeto a crítica –en el contexto de los estudios de la recepción es el del valor de las prácticas culturales y, en especial, de las "lecturas resistentes" de la audiencia. Si se asumen los objetivos políticos y transformadores de los estudios culturales, la discriminación de las prácticas culturales, en función de su aportación a la desestabilización del orden ideológico dominante, es un factor esencial del análisis cultural. Sin embargo, lejos de asumir esta premisa, los estudios de la recepción han llegado a una conclusión errónea: "La audiencia produce significados a partir de los productos mediáticos de la cultura de masas, ergo la cultura de masas es un elemento positivo". Esta conclusión cercena toda posibilidad de transformación del orden cultural establecido, ya que de ella se infiere que los productos mediáticos son "valiosos" en la medida en que son populares. Es decir, la cultura de masas es popular (o sea, tiene éxito) porque es valiosa, de la misma forma que su valor se explica en términos de popularidad. De esta curiosa tautología se infiere una terrible paradoja: si la popularidad es la medida que determina el valor de un producto cultural (o de la cultura de masas en general) y la cultura popular es susceptible de difundir sentidos que sostienen la estructura de dominación ideológica, tenemos como resultado que aquello que constata que el receptor está subordinado –la popularidad- confirma, a su vez, el valor de las elecciones culturales de éste. Al no tomar una distancia crítica con respecto a su objeto de estudio –es decir, la cultura popular- los estudios de la recepción han caído en la autocomplacencia populista frente a la cultura de masas. Ello ha hipotecado su aptitud para hablar acerca de la dimensión política de la cultura, al tiempo que ha acercado sus posturas a la ideología hegemónica (o pensamiento único) que se esconde tras esta cultura de masas. Morley cita a Tania Modleski para expresar esta idea:

"Inmersos como están en su propia cultura, casi enamorados de su objeto, con frecuencia [los estudios de la recepción] parecen incapacitados para tomar la necesaria distancia crítica de él. El resultado es que pueden terminar escribiendo involuntariamente verdaderas apologías de la cultura de masas y abrazando la ideología de esa cultura" . (17)

Esto explica por qué el revisionismo cultural no es capaz de admitir que existen prácticas culturales no ya sólo pobres y limitadas en cuanto a alcance político, sino, incluso, prácticas que contribuyen a la sustentación de las estructuras de dominación, al tiempo que retrasan y obstaculizan el cambio social. Por tanto –y dando por sentado que no todos los sentidos generados por la audiencia a partir de los productos mediáticos son en sí mismos expresiones de poder político- la verdadera "lectura resistente" (es decir, su potencial político) debe rastrearse mediante su sometimiento a los juicios de valor que determinen hasta qué punto tales prácticas culturales facilitan la transformación social o, por el contrario, reproducen y perpetúan las estructuras de dominación. La tendencia revisionista mantiene, justamente, el criterio opuesto: diluye las cuestiones de juicio en el lodo de la "diferencia", asumiendo acríticamente que la "diferencia" entre las distintas prácticas culturales es un valor en sí mismo, con lo cual se abandona el proyecto crítico y político de los estudios culturales. Perder de vista cuestiones como ésta, favorece la argumentación de entelequias tales como la que –en lo relativo a la audiencia- permite establecer una equivalencia entre el "poder" de generar sentidos y el "poder" político-ideológico. Y, a su vez, establecer esta precipitada asociación evidencia el desconocimiento, por los estudios de la recepción, de que el poder para decodificar un texto no es equiparable, de ninguna forma, al poder de los medios para estructurar los sentidos de los productos mediáticos que constituyen la cultura de masas.

Para cerrar esta revisión crítica de los estudios de la audiencia no podemos dejar de subrayar el cada vez más acusado proceso de integración de estos estudios en el ámbito de la ideología conservadora y de la Nueva Derecha política que accedió al poder político en Occidente a principios de la década de los 80. En efecto, todas las características que definen la naturaleza de los estudios de la audiencia apuntan hacia una creciente identificación entre estos y las teorías políticas y sociales de la derecha neoliberal.

Un primer punto de contacto entre la tendencia revisionista de los estudios culturales y el neoliberalismo económico –basamento ideológico del modo de producción capitalista- radica en la inestimable colaboración que aquella tendencia ofrece a esta corriente ideológica para dejar al margen del análisis las cuestiones relativas a la producción económica, lo que permite sostener, falazmente, la indeterminación total de las prácticas culturales de la audiencia. Con ello, el capitalismo logra mantener intacta su legitimación, en la medida en que las consideraciones macroestructurales –es decir, las aportaciones de la economía política- que evidencian cómo los productos mediáticos están influidos por el sistema de producción capitalista a fin de difundir una serie de ideas, valores y significados en consonancia con la ideología del bloque de poder dominante, son invariablemente relegadas a un segundo plano.

Otro punto de contacto entre revisionismo cultural y conservadurismo político lo constituye la proclamación, por los estudios de la recepción, de la "soberanía del consumidor" que, en la línea del más puro pluralismo conservador, pretende hacer ver que el individuo es el mejor juez para dilucidar el valor de los productos culturales. Al asumir esta propaganda neoliberal y convertirla en la piedra angular de todo su edificio teórico, los estudios de la audiencia hacen el juego al sistema económico capitalista. Paradójicamente, al afirmar el poder de la audiencia para defenderla del orden socioeconómico imperante, el revisionismo ha conseguido justamente lo contrario, es decir, sacrificar a los sujetos de la audiencia a los intereses económicos del capitalismo. Al hacer prevalecer la condición de "consumidor", los estudios de la audiencia han satisfecho las exigencias productivas del capitalismo. En efecto, el rol de "consumidor" es tanto más útil a los intereses del capitalismo por cuanto que, en oposición al concepto de "subordinado" o "explotado", facilita la despolitización de las acciones y prácticas sociales de los sujetos, así como el mantenimiento del orden social. Hablar en términos de "consumidores" es renunciar a la categoría de clase social en el análisis de la cultura, ya que consumidores son tanto los explotadores como los explotados. Disimuladas, de este modo, las contradicciones sociales bajo el manto del consumo (práctica que iguala socialmente a poseedores y desposeídos), el orden capitalista se asegura su mantenimiento sustituyendo la oposición de los sujetos productores explotados por la aceptación de los sujetos consumidores. Garnham percibe esta pretensión, de la estructura económica capitalista, de sustituir al problemático "productor explotado" por el dócil "consumidor soberano". El hecho de que los estudios de la audiencia se centraran más en el consumo que en la producción "se ha interpretado políticamente en manos de la derecha cuyo asalto ideológico ha sido estructurado, en gran parte, por el esfuerzo para convencer a las personas de que se construyan a sí mismas como consumidores en oposición a productores". (18)

La pertinencia de la economía política: un ejemplo práctico

Para pasar del plano teórico -en el que hemos venido abundando a lo largo de estas páginas- a un nivel más práctico y constatar, de este modo, la importancia de la economía política en el análisis cultural, podemos recurrir al ejemplo de un producto cultural concreto, en este caso, la película norteamericana "Los demonios de la noche". El film, protagonizado por Michael Douglas y Val Kilmer y ambientado en el África colonial decimonónica, cuenta la historia de una pareja de leones que, lanzados a una orgía de sangre, se dedican a devorar a los trabajadores indígenas que están construyendo una vía de ferrocarril, con la consiguiente extensión del pánico por toda la región. Ante esta situación desesperada, Val Kilmer, que interpreta al ingeniero encargado de ejecutar las obras de infraestructura ferroviaria, y Michael Douglas, un cazador profesional, colaboran codo con codo –con la ayuda de un indígena local- para acabar con el terrorífico dúo felino.

Hablando en términos de niveles de lectura (recurriendo, de este modo, a la clasificación de Yuri Lotman), podemos constatar que en el primer nivel (en el nivel superficial), el espectador decodifica el film extrayendo el sentido de que el ingeniero y el cazador (ambos de raza blanca) pretenden librar a la gente nativa de un peligro terrible y devolver la tranquilidad y la prosperidad a esas tierras. Es decir, el primer nivel de lectura se concreta en términos simples de héroes protagonistas (los hombres blancos) y villanos antagonistas (las fieras). Sin embargo, es en el segundo nivel de lectura (el de la estructura profunda del texto, cuyo sentido es más difícil de desentrañar que el del primer nivel) donde, centrando el producto cultural (la película) en el contexto de las condiciones económicas de su producción, obtenemos una interpretación alternativa. En este caso, el hombre blanco deja de ser el héroe salvador de los indígenas para convertirse en el paradigma de la explotación y del expolio de unos hombres y una tierra a los que quiere sacar el máximo partido económico. A partir de aquí, podemos interpretar que el ingeniero joven quiere acabar con los leones no para salvar las vidas de sus trabajadores sino para terminar de construir la vía de ferrocarril, que no es un factor de progreso para esa tierra –como se pretende hacer ver en la película- sino un instrumento para facilitar la explotación a través de la optimización del sistema de transportes que ha de llevar las materias primas desde el interior, donde son extraídas, hasta los puertos para su posterior viaje a las industrias de la metrópoli colonial. Para completar el análisis, cabría identificar la figura del guía indígena con la imagen del nativo sumiso y colaboracionista del que el poder imperialista extranjero se sirve para imponer su dominio sobre el resto de la población, ubicándolo en puestos de responsabilidad dentro de la administración local.

El sistema de producción en el que se ha generado la película –y sobre el cual la economía política llama la atención en el análisis de los estudios culturales- determina en gran medida unos valores ideológicos que, codificados en el producto cultural, propician que la lectura patente (primer nivel de lectura) predomine sobre la lectura latente (segundo nivel). Esta película es un producto típicamente hollywoodiense y, por tanto, norteamericano. Siendo, pues, Estados Unidos el paladín del imperialismo económico y del colonialismo cultural es normal, pues, que se codifique este producto cultural de acuerdo a una serie de valores constitutivos de una ideología dominante derivada del sistema de producción económica imperante. De este modo, la codificación (o estructuración en dominancia) a la que se somete a este texto en el momento de su producción, propicia que la interpretación sociológica de este film se diluya en una simple confrontación entre héroes y villanos, al tiempo privilegia un determinado significado, una lectura preferente: la de que los efectos del colonialismo son beneficiosos no sólo para los poderes económicos metropolitanos, sino también para los propios pueblos colonizados. Sin embargo, el contraste entre los dos niveles de lectura del film queda patente al recurrir a otras interpretaciones sobre el fenómeno colonial:

"El objetivo de política económica colonial, a través de la construcción de infraestructuras de carreteras y ferrocarriles, era vincular únicamente las minas y las plantaciones con los puertos y aeropuertos, con la aquiescencia de una minoría de indígenas. Se buscaba una eficiente administración, una explotación máxima de los recursos y el mantenimiento del orden, sin preocuparse del cuidado de la economía local" . (19)

Conclusión

La principal conclusión que cabe extraer de las reflexiones expuestas en estas páginas es la de que el objetivo político y emancipador de los estudios culturales requiere, más que el simple análisis de las prácticas culturales, la indagación de las condiciones político-económicas que rodean y dan forma a dichas prácticas. Para alcanzar este objetivo político es imprescindible el concurso de la economía política desde una posición no ya secundaria sino central. Éste es, en definitiva, el principal argumento de estas páginas: la necesidad del reencuentro y la colaboración de los estudios de la audiencia y de la economía política crítica sobre la base de la centralidad de ésta como parte integral y fundamental de unos estudios culturales comprometidos con la subversión de los valores y del orden capitalista, y con la transformación del sistema cultural y de la sociedad en general. Sirva para ilustrar esta idea la contundente afirmación de Nicholas Garnham:

"Para trasladar y cumplir las promesas de su proyecto original, los estudios culturales ahora necesitan reconstruir los puentes hacia la economía política que quemaron en su precipitada huida hacia los placeres y las diferencias del posmodernismo" . (20)

Bibliografía

- CURRAN, James; GUREVITCH, Michael y WOOLLACOT, Janet (coordinadores): Sociedad y comunicación de masas, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.

- CURRAN, James; MORLEY, David y WALKERDINE, Valerie (compiladores): Estudios culturales y comunicación, Paidós, Barcelona, 1998.

- FERGUSON, Marjorie y GOLDING, Peter (editores): Economía política y estudios culturales, Bosch, Barcelona, 1998.

- KABUNDA, Mbuyi: "Europa-África: Nueva colonización política, militar, cultural y económica" en Autogestión, núm. 34, junio-julio 2000, Grupo Soli-daridad.

- MARTÍN-BARBERO, Jesús: De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, Gustavo Gili, Barcelona, 1987.

- MARX, Karl y ENGELS, Friederich: La ideología alemana, Universitat de València, Valencia, 1994.

- MATELART, Armand y Michèle: Historias de las teorías de la comunicación, Paidós, Barcelona, 1997.

- MORLEY, David: Televisión, audiencias y estudios culturales, Amorrortu, Buenos Aires, 1996.

Notas

  1. MURDOCK, Graham: "Comentarios de base: las condiciones de la práctica cultural", en FERGUSON, Marjorie y GOLDING, Peter (eds.): Economía política y Estudios culturales, Bosch, Barcelona, 1998, p. 168.
  2. FERGUSON, Marjorie y GOLDING, Peter: "Los estudios culturales en tiempos cambiantes: introducción", en FERGUSON, Marjorie y GOLDING, Peter (eds.): op. cit., p. 32.
  3. GARNHAM, Nicholas: "Economía política y la práctica de los estudios culturales" en FERGUSON, Marjorie y GOLDING, Peter (eds.): op. cit., pp. 122-123.
  4. Ibídem, p. 123.
  5. SIVANANDAN, A., citado por MURDOCK, Graham: art. cit., p. 182.
  6. MARX, Karl, citado por MURDOCK, Graham y GOLDING, Peter: "Capitalismo, comunicaciones y relaciones de clases", en CURRAN, James; GUREVITCH, Michael y WOOLLACOT, Janet (coords.): Sociedad y comunicación de masas, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 26.
  7. HALL, Stuart: "La cultura, los medios y el efecto ideológico", en CURRAN, James; GUREVITCH, Michael y WOOLLACOT, Janet (coords.): op. cit., p. 362.
  8. Cfr. MURDOCK, Graham y GOLDING, Peter: art. cit., pp. 25-26.
  9. Cfr. MURDOCK, Graham: art. cit., pp. 177-178.
  10. MURDOCK, Graham y GOLDING, Peter: art. cit., pp. 31.
  11. HALL, Stuart, citado por MURDOCK, Graham: art. cit., pp. 181-182.
  12. GITLIN, Todd: "El populismo antipolítico de los estudios culturales", en FERGUSON, Marjorie y GOL-DING, Peter (eds.): op. cit., p. 82.
  13. Cfr. MORLEY, David: "Ortodoxias teóricas: textualismo, constructivismo y nueva etnografía", en FERGU-SON, Marjorie y GOLDING, Peter (eds.): op. cit., p. 221.
  14. MORLEY, David: "Populismo, revisionismo y nuevos estudios de la audiencia", en CURRAN, James; MORLEY, David y WALDERDINE, Valerie (comps.): Estudios culturales y comunicación, Paidós, Barcelona, 1998, p. 422.
  15. GARNHAM, Nicholas: art. cit., p. 127.
  16. MORLEY, David: Televisión, audiencias y estudios culturales, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, p. 66.
  17. Ibídem, pp. 60-61.
  18. GARNHAM, Nicholas: art. cit., p. 127.
  19. KABUNDA, Mbuyi: "Europa-África: Nueva colonización política, militar, cultural y económica" en Autogestión, núm. 34, junio-julio 2000, p.
  20. GARNHAM, Nicholas: art. cit., p. 122.

(Recibido el 2-11-2000, aceptado el 28-11-2000)

FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Nombre del autor, 2001; título del texto,

- En Ámbitos 5, Revista Andaluza de Comunicación, Universidad de Sevilla, 2º semestre de 2000, y

- en Revista Latina de Comunicación Social, número 43, de julio-septiembre de 2001, La Laguna (Tenerife), en la siguiente dirección telemática (URL):

http://www.ull.es/publicaciones/latina/2001/latina43julio/36vela.htm

y también en:


http://www.ull.es/publicaciones/latina/ambitos/5/36vela.htm