Revista Latina de Comunicación Social
La Laguna (Tenerife) - febrero 2002 - año 5º - número 47
D.L.: TF - 135 -
98 / ISSN: 1138 5820
http://www.ull.es/publicaciones/latina
ÁMBITOS. Nº 6. 1 er
Semestre de 2001 (pp. 95-106)
La «historia de vida» periodística, un género poco usual en la prensa española
Dr. Antonio López Hidalgo ©
Periodista y profesor en la Facultad de Ciencias de
la Información de Sevilla
En los últimos años, el periodismo ha recurrido con asiduidad a los géneros periodísticos biográficos. Lo ha hecho no sólo el periodismo escrito, sino también el periodismo radiofónico y el televisivo. Los manuales sobre géneros periodísticos, sin embargo, le han dedicado hasta el momento muy poca atención. Uno de estos géneros es la historia de vida periodística, poco usual en la prensa española, aunque cada día más presente en los suplementos dominicales de los diarios nacionales.
In the last years the media has resorted frequently to the biographic
journalistic genres. This has been done not only by the written media, also the
radiofonic and Tv. The manuals about media genres, nevertheless, have dedicated
until the moment very little attention to him. One of these kinds is the
history of the journalist life, not usual in the Spanish press, although is
present every day more in sunday supplements of national newspapers.
Palabras claves: Redacción
Periodística/ Géneros periodísticos/ Géneros periodísticos biográficos/ Géneros
periodísticos de interés humano.
Key Words: Editing journalistic/Journalistic genres/ Biographics
journalistic genres/Journalistic genres of human interes.
Los géneros periodísticos
biográficos cada día son más comunes en los diarios, pero los estudios y
manuales que abordan su estudio, sin embargo, son escasos. Algunos de estos
géneros, como la entrevista de creación o entrevista-perfil han sido abordados
académicamente desde múltiples puntos de vista. El reportaje-perfil o reportaje
biográfico, bastante menos, si bien es cierto que las obras sobre géneros
periodísticos lo citan, aunque brevemente, en los capítulos relativos al
reportaje. Otros géneros, como el perfil, muy usual en la prensa diaria,
brillan por su ausencia en estos manuales. Ningún autor tampoco, salvo José R.
Vilamor (1), establece diferencias entre perfil y semblanza.
Pocos hablan de la
biografía. En los últimos años, sin embargo, han visto la luz algunos trabajos
sobre la necrológica como género periodístico. En España, sin embargo, ninguna
obra hace referencia a la historia de vida periodística, un género bastante
inusual en nuestra prensa. Será este último género periodístico el que nos
ocupe en las siguientes páginas.
El término «historia de
vida» se utiliza con asiduidad en Latinoamérica, sobre todo en Argentina.
Autores como Sibila Camps, Luis Pazos, Jorge B. Rivera o Julio Ardiles Gray
hacen referencia a estos textos periodísticos en sus obras. En España, por el
contrario, tanto los manuales sobre géneros y estilos periodísticos como los
referidos a redacción periodística, ya sea en prensa, radio o televisión eluden
este término a la hora de denominar este género biográfico. Cierto es también
que algunos manuales tampoco aluden a estos textos periodísticos denominándolos
con otro sustantivo. Su existencia en nuestra bibliografía se traduce en
ausencia. Como se ha dicho, este género periodístico no es demasiado usual en
las páginas de nuestros diarios, pero sí es verdad que lo hemos podido
encontrar de manera casi furtiva en nuestras lecturas matinales de fines de
semana.
Sibila Camps y Luis Pazos
distinguen todavía entre biografía e historia de vida. Afirman que la historia
de vida es una biografía ampliada de una persona y que, como consecuencia,
puede incluir datos inéditos, informaciones sobre aspectos íntimos y
precisiones sobre:
* descripción física;
* forma de vestirse y
de peinarse (incluye adornos y accesorios, perfume que usa, cómo se maquilla);
* carácter (incluye
su forma de expresarse a través del lenguaje, de los gestos y de la mirada);
* si es homosexual,
drogadicto o alcohólico;
* sentimientos
(miedos, dudas, obsesiones, depresiones; ilusiones y pasiones; frustraciones;
un sueño que le resulta representativo o reiterativo);
* creencias
(convicciones religiosas y políticas);
* costumbres
(preferencias en música, libros, cine, teatro y televisión; «hobbies», deportes
que practica; cómo es un día cualquiera en su vida);
* su vivienda actual
(ubicación, descripción del barrio o zona; si es casa o departamento;
dimensiones, antigüedad, mobiliario, decoración y adornos, personal doméstico,
mascotas);
* su familia:
- sus padres y
hermanos (origen sociocultural, ocupación o profesión, afinidades);
- su propia familia:
estado civil, cónyuge, hijos, nietos, sus ocupaciones y/o estudios);
* el lugar donde se
crió (paisaje, actividades, viviendas y comercios);
* recuerdos de
infancia (la casa natal, juguetes preferidos y entretenimientos, el primer día
de clase, el mejor amigo, relación con los familiares);
* recuerdos de
adolescencia (el/la primer/a novio/a, el descubrimiento del sexo, los paseos,
el comienzo de su vocación);
* enfermedades que lo
marcaron;
* el momento más
feliz de su vida y el más desdichado;
* todo tipo de
anécdotas (viajes, accidentes, encuentros que le resultaron determinantes);
* amigos, compañeros
de estudio y de trabajo, enemigos;
* su muerte:
- si murió, en qué
circunstancias; cuáles fueron sus últimos deseos y sus últimas palabras;
- si aún vive, cómo
se le imagina, cómo desearía que fuera.
Obviamente, estos dos
autores advierten que una historia de vida no debe contener todos los aspectos
de esta enumeración tentativa. Según el biografiado, el periodista podrá optar
por unos u otros, pues siempre dependerá de diversos factores, además del medio
para el que se escribe y del enfoque elegido por el periodista, como son: la
persona a quien se hace referencia y la actividad a la que se dedica; las
circunstancias por las cuales se incluye esa historia de vida; o la sección en
la que se publicará (2).
Pero una historia de vida
es mucho más que una biografía. O en todo caso no deja de ser algo distinto.
Camps y Pazos, por ejemplo, no estudian el lenguaje y la estructura de este
género periodístico, y ahí radica, para empezar, una de las principales
características que diferencian a la biografía de la historia de vida. El
método para elaborar este último género utiliza como método la entrevista
periodística. Partiendo de la grabación de ese diálogo, el periodista obtiene
del personaje entrevistado los datos biográficos necesarios para elaborar su
historia de vida. Pero obtiene no sólo datos, fechas, anécdotas, vivencias
cruciales en su vida, frustraciones y sueños, también ha grabado el tono de la
narración, el ritmo de sus confesiones, la aventura intransferible de la
literatura oral. La vida está grabada en una cinta de casete, pero ésta no sólo
aporta una enumeración de datos vivenciales, también contiene un trozo de
tiempo congelado, una conversación que tuvo en otro tiempo pretérito y que la
tecnología nos permite ahora conservar el documento como si ese tiempo se
hubiera parado para siempre.
El periodista necesita
todavía realizar algunas operaciones para que esa historia recobre la vida
perdida en el papel impreso. Para ello, el periodista desgraba la conversación,
pero a la hora de redactarla elimina las preguntas y conserva el texto como si
fuese un monólogo. Sólo hay que limpiar el texto resultante de algunas
impurezas, como muletillas, repeticiones innecesarias, pero siempre conservando
el tono narrativo, conservando la riqueza oral de la narración, porque esa
riqueza se trasvasa a la escritura.
1. Reportaje e historia
de vida
Hay que distinguir, no
obstante, entre reportaje e historia de vida. Distinguir sobre todo entre
alguna modalidad del reportaje. El primer libro de Gabriel García Márquez, como
todos sabemos, no fue una novela, sino un reportaje. Relato de un náufrago es
un reportaje en el que el protagonista, es decir el náufrago, Luis Alejandro
Velasco, narra en primera persona los diez días que estuvo a la deriva en una
balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las
reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el
gobierno y olvidado para siempre. El escritor colombiano cuenta la historia en
primera persona, quien habla es el náufrago, pero García Márquez no ha
respetado el texto en su integridad. El relato que ha resultado es fruto de una
entrevista exhaustiva, pero también de un estilo periodístico que es el del
propio autor. La misma técnica que en «Relato de un náufrago» utilizó en otros
reportajes también narrados en primera persona como es el caso de «La aventura
de Miguel Littín clandestino en Chile». En la introducción al texto lo
confiesa: «El estilo del texto final es mío, desde luego, pues la voz de un
escritor no es intercambiable, y menos cuando ha tenido que comprimir casi
seiscientas páginas en menos de ciento cincuenta. Sin embargo, he procurado en
muchos casos conservar los modismos chilenos del relato original y respetar en
todos el pensamiento del narrador, que no siempre coincide con el mío»(3).
En un artículo titulado
«Sofismas de distracción» (4), García Márquez cuenta cómo escribió «Relato de
un náufrago»: «Relato de un náufrago está más cerca de la crónica, porque es la
trascripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona
por el único que la vivió. En realidad es una entrevista larga, minuciosa,
completa, que hice a sabiendas de que no era para publicar en bruto sino para
ser cocinada en otra olla: un reportaje. No tuve nada que forzar porque fue
como pasearme por una pradera de flores con la posibilidad suprema de escoger
las mejores. Y esto lo digo en homenaje a la inteligencia, el heroísmo y la
integridad del protagonista que con justicia fue el náufrago más querido del
país».
Y añade el Premio Nobel:
«No usamos grabadoras, porque las mejores de aquel tiempo eran tan grandes y
pesadas como una máquina de coser, y el hilo magnético se embrollaba como
cabellos de ángel. Aun hoy sabemos que son muy útiles para recordar, pero nunca
hay que descuidar la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su
voz, y a veces todo lo contrario. Tuve que tomar notas en un cuaderno de
escuela, y eso me obligó a no perder una palabra ni un matiz de la entrevista,
y a tratar de profundizar a cada paso. Gracias a esos cuidados, tropezamos de
pronto con la causa del desastre, que hasta entonces no se había dicho: la
sobrecarga de aparatos domésticos mal estibados en la cubierta de una nave de
guerra. ¿Qué fue esto sino una entrevista exhaustiva en más de veinte horas de
interrogatorios para averiguar la verdad? Sin embargo, yo la había conocido
mejor que el lector en un cuento contado de viva voz con suspensos diarios: un
relato fascinante».
El procedimiento utilizado
por Gabriel García Márquez para elaborar estos reportajes está basado en el
mismo procedimiento que Julio Ardiles Gray emplea para elaborar sus historias
de vida. Ambos parten de la entrevista, entendiendo ésta como método de acceso
a las fuentes, como un método para obtener la información. Pero mientras en el
reportaje el autor reelabora el texto y el producto final es fruto de su propio
estilo, en las historias de vida, sin embargo, la voz del entrevistado no
desaparece, sino que se muestra al lector como un monólogo en el que el
periodista ha sabido no sólo contar una historia de vida sino que ha respetado
cómo su protagonista ha contado su propia historia.
2. El pionero de las
historias de vida
En su obra «El periodismo
cultural»(5), Jorge B. Rivera incluye una entrevista con Julio Ardiles Gray,
considerado pionero en la utilización periodística de la «historia de vida».
Narrador, dramaturgo y periodista, además de maestro rural y profesor de
Literatura, Ardiles Gray fue uno de los fundadores del movimiento «La Carpa»
(1944), en Tucumán. Formó parte del equipo periodístico de «La Gaceta» de dicha
provincia, y también trabajó en «La Opinión» de Buenos Aires. Entre sus obras,
cabe destacar «Tiempo deseado» (1944), «Los amigos lejanos» (1956), «Vecinos y
parientes» (1970), «Personajes y situaciones» (1989) y «Delirios y quimeras»
(1993). En la entrevista mencionada, que se reproduce a continuación, Ardiles
Gray habla de sus historias de vida, cómo las concibió y cuáles deben ser sus
características principales:
«- ¿Cuál es el origen
de sus «historias de vida» periodísticas?
- Yo vengo de una
región de narradores populares, la mayoría de los cuales lo hacía en verso. La
región de Monteros, en Tucumán, ha sido el venero más grande de Carrizo, cuando
hizo los Cancioneros. Casi todas las glosas son prácticamente historias, pero
además están los narradores en prosa, que alrededor de una mesa, de un fogón,
cuentan cosas, muchas de ellas tradicionales, y otras inventadas, agregadas...
Con ese bagaje de cultura popular vine a Buenos Aires ya muy grande, pasados
los cuarenta años. Me acuerdo que comencé a trabajar en 1967 en «Primera
Plana». Hacía una sección que copiábamos o levantábamos de «LExpress», la
revista francesa, y que se llamaba «LExpress va plus loin avec...». Acá le
pusimos «Primera Plana va más lejos con...» Fulano o Mengano. Ya se había
inventado el grabador de casete; el primero que yo tuve fue un Philips... Me
mandaron a entrevistarlo -sería en marzo del 67- a Miguel de Molina. Yo le hice
las preguntas, y de pronto vi que era un narrador sensacional; un gitano, como
era él, que contaba con una gracia, con un salero, toda su infancia... Me dije:
¿por qué le tengo que poner mi pregunta?... Acá hay un fenómeno que es del narrador
popular, que también existe en Buenos Aires, con mayor amplitud, porque de
pronto descubrí que había vidas muy ricas, como las de los inmigrantes
europeos, españoles, judíos expulsados, ex soldados de la del 14, que sabían
contar muy bien (aunque otros no sabían contar). Llegó el momento en que yo iba
a hacer la experiencia con todo ese material... y cierra «Primera Plana» en el
68, con Onganía. En ese ínterin aparecen dos libros de Miguel Barnet:
«Biografía de un cimarrón» y «La canción de Rachel», que él levantaba con
grabador. Además ya había aparecido «Los hijos de Sánchez», de Oscar Lewis, y
me dije «Acá no hace nadie este trabajo», y justo me llama Timerman para «La
Opinión». Dirigía el suplemento el gran poeta Juancito Gelman. Un domingo yo me
fui a una villa miseria y encontré una vieja tucumana -ahí en la villa de
Retiro- que me contó con lujo de detalles cómo es un incendio en una villa
miseria. Lo desgrabé sin las preguntas y le busqué un título, que era
«Historias de vida», y la primera que salió en junio del 71 se llamó
precisamente «El incendio», y de ahí en más aparecieron prostitutas de puerto,
corredores de auto, como Gálvez, fileteros, etcétera, hasta llegar a un
fenómeno muy curioso: me encontré con dos combatientes de la guerra del Chaco,
un boliviano y un paraguayo, que habían peleado en las trincheras, uno de un
lado y otro del otro, en Fuente Boquerón. Esto lo titulé «La guerra de los
pobres». Así empezó el éxito de estas «historias», que yo hacía casi todos los
domingos. Hasta que empezó un poco la envidia a quererme manotear la sección.
Paco Urondo hizo una cosa, el «Gordo» Soriano hizo otra, y yo me enojé con Juan
Gelman... Después Tomás Eloy Martínez me dio más manija para trabajar. Ésta es
la génesis de las «historias de vida».
- Por qué eligió ese
tipo de personajes, y qué valor cultural poseían, desde su perspectiva?
- Descubrí que la
forma de fijar una narración no es sólo la escritura. La escritura fue lo más
largo que hubo. El analfabeto no podía registrar. Era el monje, el letrado, el
que registraba. Hay un fenómeno en la fijación de la narración: la velocidad
con que se piensa respecto de la velocidad con que se escribe. La velocidad del
pensamiento es mayor, es simultánea con el habla. Para escribir hay que
aprender a que la mano vaya siguiendo el pensamiento, y esa tarea de reducción
que se empieza en la escuela primaria es muy lenta, y es para privilegiados. En
cambio, el analfabeto que sabe narrar, con el grabador piensa, habla, cuenta
con todas las leyes de la narratología. Si uno analiza la graduación, la
gradación de un narrador popular, descubre que es la misma que la de un cuento
de Flaubert... Me di cuenta de que yo hacía la tarea de «fijar» en el grabador
y de «desgrabar» hacia la letra. Cumplía un paso previo hacia la letra, pero
conservando el acento, la sintaxis del narrador, los giros populares... Me di
cuenta también de que había una mina de oro en esta gran ciudad, que hacía a su
historia y a su sociología... Se podían ver las corrientes migratorias e
inmigratorias, tanto desde el interior como desde el exterior, hacia Buenos
Aires, las aventuras de la gente que había venido a principios de siglo... Me
dije: «Voy a ponerme a trabajar, porque hay muchos protagonistas de la historia
del teatro argentino que se nos van a morir y cuyo testimonio se perderá porque
no han escrito». El primer trabajo que hice fue el de Milagros de la Vega, hice
sus memorias; después empecé a entrevistar a otros protagonistas de la revista,
del teatro por horas, del cine, como Quartucci, Marcos Caplan, etcétera. Eso se
publicó en un libro titulado «Historias de artistas contadas por ellos mismos»,
un tomo de 400 páginas con cerca de treinta protagonistas, cuyos testimonios de
otro modo se hubiesen perdido. Tanto es así que ahora veo que cuando se muere
algún viejo aparece mi «historia de vida» en la necrológica. La usan como
fuente de información. Eso sería parte de la historia. La parte sociológica era
cómo vinieron los inmigrantes del exterior, o los «cabecitas negras» en la
época de nuestra pequeña revolución industrial; por qué vino, por qué se asentó
acá... Me encontré con casos increíbles como el de Anastasio Quiroga, un coya
de la Quebrada que fabricaba instrumentos, como sicus, quenas, erquenchos,
charangos... y que además hacía música (la que lo descubrió fue Leda
Valladares). Él era albañil de profesión, y vivía en Tortuguitas, donde había
reproducido el paisaje de Jujuy en un terrenito que había comprado, de 30 x 30.
Ahí había hecho un cerro, había plantado un cardón y había levantado una casa
de piedra con techo de paja brava, y vivía en Jujuy... pero en Tortuguitas. Él
me contó varias historias, además de su biografía... Los cuentos son fábulas
que tienen ínsita una cosmogonía que explica la creación del mundo, cómo
nacieron los árboles, los pájaros, etcétera.
- ¿La realización de
«historias de vida» requiere alguna destreza o conocimiento especial?
- Sólo grabar y
limpiar un poco. El narrador casi siempre tiene muletillas que son molestas.
Hay otras que no lo son, que hacen a la narración, como por ejemplo «como le
iba diciendo, amigo». Eso es un encanto que hace al estilo del narrador.
Desgrabo tratanto de conservar, en lo posible, el estilo oral en la escritura.
- ¿Existe alguna
dificultad específica?
- Hay que encontrar el narrador. Hay gente que no
sabe contar. Una vez, para hacer una historia oral del fútbol, entrevisté a
viejísimos jugadores, pero eran de una limitación tan grande que no les pude
sacar nada. Lo mismo me pasó con un griego que me contó la guerra con los turcos,
pero tampoco le pude sacar mucho. El secreto es que el que narre tenga riqueza
oral, porque esa oralidad se trasvasa a la escritura; lo que queda de rico es
la oralidad en la escritura: el color, lo que va contando, su estilo de
narrador...
- ¿Cuál fue su
«historia» más lograda?
- La que me produjo
mayor encanto es «La guerra de los pobres»: la historia de esos dos tipos que
no se conocían y que habían cambiado disparos... ¡contada con una ingenuidad!
Era como si el «Aduanero» Rousseau, en vez de pintar, te contara cosas.»
3. Una historia de
vida: la última ejecución por garrote vil
En España, el género de la
historia de vida es bastante inusual. No obstante, se pueden encontrar algunos
ejemplos, incluso bastante significativos. El periodista de «El Correo de
Andalucía» Francisco Gil Chaparro cultivó este género, aunque sólo alcanzó a
publicar cuatro o cinco historias. El día 2 de marzo de 1997, en la página 4 de
este diario sevillano, aparecía una de estas historias, concretamente la de
José Morillo Parrón, oficial de la Audiencia de Sevilla. En la entradilla, el
periodista presenta al personaje. Ésta decía así: «El 2 de marzo de 1974 -hoy
se cumplen 23 años-, el verdugo sevillano José Moreno, nacido en el barrio de
Triana, ejecutó por garrote vil al último ajusticiado por este procedimiento en
España. Ocurrió en la prisión provincial de Tarragona, y la víctima fue el
súbdito alemán Heinz Chez, que había matado a un guardia civil en el camping
Cala DOques. en Tarragona. José Moreno salió de Sevilla el día anterior a la
ejecución, después de que José Morillo Parrón, oficial de la Audiencia, le
comunicara, de parte del presidente de la Audiencia, que tenía que ir a un
viaje. José Morillo guarda aún el garrote en el edificio de la Audiencia
sevillana y cuenta cómo vivió esos días y cómo era el verdugo.»
A partir de aquí el
periodista deja la palabra a José Morillo para que cuente la historia de la
última ejecución por garrote vil. Cuenta la historia como quien habla en la
calle a un grupo de personas. El tono descriptivo del narrador y el aire
dramático de la historia permiten al lector acercarse sin tropiezos a un texto
contado con sencillez y humanidad. El lector queda atrapado con la primera
vuelta de tuerca. Reproducimos a continuación sólo la primera parte del texto.
Así contó José Morillo aquella vivencia:
«Fue en el mes de marzo de
1974. Cuando ocurrió esto de Tarragona, el presidente de la Audiencia me dijo:
«Pepe, hay que ir a buscar al verdugo». Y yo respondí: «Ahora mismo». Y me
encajé en su casa. «José, ¿qué?, ¿qué pasa?, ¿hombre, qué pasa?». Y yo le dije:
«Nada, que tenemos que salir de viaje, que nos han mandado llamar de
Barcelona». «¡Vaya tela, con la hora que es!», me respondió. «Que hay que salir
urgente», le volví a decir, «que hay que tomar el primer avión, que esto y que
lo otro». Él se dirigió a su mujer y le dijo: «Niña, espérate que vamos a tomar
una copa». Salió a la calle, y me preguntó: «¿Qué ocurre?». Y yo le comuniqué
que teníamos que ir a Tarragona a una faenita.
Era por la tarde. Vinimos
a la Audiencia, y estaba el presidente en su despacho. «Señor presidente, que
ahí está el ejecutor. ¿Quiere usted que pase?». Y me respondió: «No, no, no».
El verdugo se quedó sentado en el vestíbulo de la segunda planta de la
Audiencia. El presidente, que no lo vio a él, me dijo que nos fuéramos y que
sacáramos dos billetes de avión. Claro, yo le pregunté: «¿Y para qué dos
billetes?». «Para que lo acompañe usted». «¿Pero cómo voy a acompañarlo, don
Antonio? ¿Yo quién soy para ir a acompañarlo? Que le pongan una escolta de
policía o algo, pero yo ¿cómo voy a acompañarle a este señor?».
Bueno, se sacaron los
billetes, y cuando regresamos a la Audiencia, cambiaría de impresión o algo, el
caso es que me llamó por teléfono para que se descambiaran los dos billetes, y
a continuación se puso de acuerdo con el jefe superior, y al día siguiente, a
las siete de la mañana, salió el verdugo en una ranchera de Policía desde la
Jefatura Superior, en la Gavidia, con tres o cuatro agentes. Yo, antes, había
cogido el trasto -el garrote-, que lo tenía yo guardado, se lo di, y nos fuimos
a la Jefatura. Cuando llegamos allí, dijimos que el jefe superior nos estaba
esperando, y nos hicieron esperar un momento. Bajamos a los calabozos, donde
tenían ya la ranchera, metimos el cacharro en la parte de atrás y me
preguntaron si yo iba también con él. Y yo respondí: «No, solamente he venido a
acompañarlo hasta aquí». En fin, se fueron para Tarragona en coche.
A los dos días, a las seis
y media o siete de la mañana, llamaron a mi casa, que está dentro de la
Audiencia. «¿Quién es?». «Abra usted, de Jefatura». Abrí y me dijeron: «Aquí lo
tiene usted». Estaban el verdugo y el garrote. Yo les dije que esperaran un
momento, que se lo iba a comunicar al presidente. Lo llamé a su vivienda, que
estaba arriba de la Audiencia, le conté que el ejecutor ya había regresado con
la Policía y que estaba todo en condiciones, y me mandó decirles que se podían
retirar y que muchas gracias. «Y al ejecutor le dice usted», me comunicó, «que
pase y que ordene sus cosas».
Salimos ya a la calle y me
dijo el verdugo: «Vamos a tomar un cafelito». Nos fuimos a la estación de
autobuses, tomamos un cafelito y me dijo: «Vamos a comprar la prensa». Y en la
prensa pues ya venía la noticia de la ejecución. Lo que ocurre es que se
publicó que el ejecutor era de Badajoz, y él me comentó: «No son embusteros.
Dicen que ha sido de Badajoz, y he sido yo, Pepe». Claro, yo le pregunté:
«¿José, pasaste miedo o algo?». «¡Qué va! Las que me echen», me dijo. «Pasé un
poco de apuro», añadió, «porque al poner el garrote, la víctima tenía el cuello
muy pequeño, y al darle con el tornillo no se abrazaba con la anilla
delantera». Tuvo que quitar el garrote, liarle con una cuerda un trozo del saco
donde llevaba el aparato para hacerle un ajuste, para que llegara al cuello, y
ya lo hizo. Ése es el trozo de saco que el garrote tiene todavía puesto. Este
cacharro está igual, igual que tal como lo trajo». Yo le dije: «¿Y te pusiste
capucha o algo?». «Ni capucha ni na», me respondió. Porque en la caja donde
llevaba el garrote iba una capucha de ésas que sólo se ven los ojos y echada
para atrás.
Este hombre podía tener 61
o 62 años cuando murió, hace ahora uno o dos años de eso. Era casi de mi edad.
Cuando se publicó que el ejecutor era de Badajoz, era para camuflar la
historia, claro. Pero la última ejecución que se hizo en España con un garrote
fue con el que está todavía en la Audiencia de Sevilla y con un verdugo de
Sevilla, aunque se llevó a cabo en la cárcel de Tarragona. Poco después se abolió
la pena de muerte, y ya no se ejecutaron a más personas en España por garrote.
A mí, cuando el presidente
de la Audiencia me dijo al principio que yo tenía que ir con él a Tarragona, no
me hizo ninguna gracia. Imagínate. El verdugo no tenía otra posibilidad, estaba
obligado, pero yo no pintaba nada allí. La prueba de que él tenía que ir era
que, hasta para ir al servicio, iba detrás un guardia. En todo momento, hasta
que me lo dejaron otra vez en la Audiencia, no lo dejaron libre ni un instante.
Ellos salieron en la ranchera de Sevilla, llegaron a la cárcel, ejecutaron y se
volvieron.
El verdugo se llamaba
Pepe, Pepe Moreno. Vivía en Nervión. Era bajito, con la cara ancha. Su único
trabajo era éste. Él venía todos los meses, le pagaba el habilitado y se
marchaba. Nadie, salvo yo y el habilitado, Antoñito, sabíamos qué era. Los días
que venía a cobrar, me llamaba a casa y me decía: «José, vamos a tomar un
café». Yo charlaba mucho con él. La primera y única ejecución que él hizo fue
ésta, la de Tarragona. Mira, ni su mujer sabía que él era verdugo. Su profesión
decía que era la de viajante. Cuando nos fuimos de su casa aquel día, la mujer
le preguntó que qué tiempo iba a tardar, y él le contestó que no lo sabía, que
tenía una entrevista en Barcelona. Y ya está.»
4. Historias de vida
para la prensa dominical
No es fácil la redacción
de una historia de vida. El periodista debe buscar en el entrevistado, en el
personaje protagonista de la historia, la capacidad de narrar. Mientras más
rica sea esta actitud, más rico será el relato escrito. Aun así, el periodista
debe dejar a hablar a su personaje. Dejarlo hablar cuando éste ha callado.
Darle en el papel escrito el tono, la agilidad de la palabra oral. El principal
papel del periodista es precisamente saber callar su propia voz para escuchar y
dejar impresa la voz del entrevistado. Sólo eliminar muletillas, repeticiones,
pero saber conservar su identidad ahora que ha callado, ahora que nos regalado
sus vivencias.
Desde entonces, el
protagonista real es un personaje que el propio periodista ofrece al lector. No
inventándolo, sino rescatándolo de la realidad, del momento fugaz del
encuentro. No todo queda grabado en la cinta de casete. El periodista debe
traducir al papel impreso ese rastro que se pierda en el documento oral y que
sólo un buen rastreador de perfiles humanos es capaz de rescatar y de conservar
para siempre en la prensa.
En España, estas historias
de vida sólo las podemos encontrar en los suplementos dominicales de los
diarios. En ocasiones, el redactor las agrupa temáticamente bajo un mismo
título, con una entradilla e introducción comunes. A partir de ahí, reproduce a
continuación las distintas historias de vida, autónomas unas de otras pero
entrelazadas para que el lector pueda conocer distintas experiencias.
Un ejemplo es el publicado
por Ignacio Carrión en «El País Semanal» el día 29 de abril de 2001, páginas 52
a 59, con el título «He sido maltratada». La propia actualidad,
desgraciadamente, empuja al periodista en este caso a seleccionar el tema. En
la entradilla, ya lo apunta: «Cada semana, una mujer muere en España asesinada
por su marido, compañero o novio. Seiscientas mil españolas confiesan haber
sufrido malos tratos alguna vez en su vida. Éste es el testimonio de seis de
ellas, refugiadas en una casa de acogida, de sus miedos y esperanzas». En la
introducción, Carrión describe la casa, con una capacidad para 36 personas,
dependiente de la Junta de Andalucía, y cuenta cómo viven las mujeres acogidas
en ella. A continuación, recoge los seis testimonios de mujeres maltratadas. La
que reproducimos es la historia de vida de Rocío Santos, 40 años de edad,
casada, con tres hijos y nivel socioeconómico bajo. Éstas son sus palabras:
«Me pega y luego llora.
Así ha sido el infierno. Llevo 23 años pensando en dejarlo. Hasta que al final,
en enero pasado, di el paso. Antes me iba y volvía. Ahora no quiero volver. De
novios me trataba mal. Pero sólo al casarnos empezó a pegarme. Tenía que
seguirle la corriente cuando se ponía nervioso. Me decía que lo habían
maltratado cuando se quedó huérfano y lo metieron en un colegio siendo pequeño.
Su frase preferida era: Yo no quiero a nadie, no puedo querer a nadie. Ha
sido preciso irme. Se quedó con él una de mis dos hijas gemelas. La otra se fue
con una tía. Me llamó la que estaba con él y me dijo que le había pegado un
puñetazo en la boca. Después de ese golpe, ha venido a vivir conmigo. Lo ha
denunciado. Yo misma he puesto muchas denuncias, pero luego he ido a
retirarlas, por miedo, por lástima. Me amenazaba con matarme. Me he tenido que
poner en tratamiento psiquiátrico. Y él buscó a otra mujer a través de una
agencia matrimonial. Una vez me tiró sobre la acera, en la calle. Me pateó. Una
vecina me llevó a su casa. Pero en casa, luego de pegarme, me violaba. Lo suyo
era que me pegara a las cinco de la tarde, y por la noche, cuando venía a casa,
me violaba. Una noche me sacó un cuchillo. Le dije: Por favor, vamos a
separarnos. Su respuesta fue tirarme a patadas de la cama. Salí descalza y en
pijama a la calle. Era el 31 de diciembre. Había gente celebrando el fin de
año. Unos jóvenes avisaron a la Policía Municipal. La pareja, un hombre y una
mujer, subieron al piso conmigo para que recogiera mis cosas. Me trajeron a un
convento y, al día siguiente, fui a la casa de acogida, donde estuve un mes y
medio. Estaré en él hasta el juicio. No me cobran nada. No podría pagar.
Trabajo haciendo limpieza seis horas en una casa. No tengo nada, aunque la
mitad de la casa en la que se quedó mi marido es mía. Pero me ha dicho que
antes que dármela, la quema y me mata. Tengo mi coche allí. Tampoco me lo puedo
llevar. Trabajé siempre y le daba el dinero. Me obligaba a hacerle incluso las
cuentas de mis pequeños gastos. Me pegaba y decía que lo hacía porque yo era
mala y lo merecía. Y acabé creyéndolo. Ahora veo que he sido maltratada
injustamente. Y que la injusticia sigue: él está allí y yo en la calle.
Prefiero que no sepa dónde estoy. Quiere quitarme a la niña, la de ocho años,
la que está conmigo. Lo último que me ha dicho es que como entre por mi culpa
en la cárcel, me mata. Y lo puede hacer. Por eso no quiero que sepa dónde
estoy. Toda la vida me ha hecho sentir culpable. En dos ocasiones he visto la
muerte muy cerca. Pero creo mucho en Dios y en mis hijas. Espero el juicio dentro
de cuatro meses. Con mucho miedo.»
(Recibido
el 22-2-2001, aceptado el 2-3-2001)
NOTAS:
(1) VILAMOR, José R.: Redacción periodística para la generación digital. Editorial Universitarias, Madrid, 2000, pág. 405.
(2)
CAMPS, Sibilia y PAZOS, Luis: Op. cit., págs. 146 y 147.
(3) GARCÍA MÁRQUEZ,
Gabriel: La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile. Ediciones El País,
Madrid, 1986, pág. 8.
(4)
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel: «Sofismas de distracción» en: Sala de prensa. Web para
profesionales de la comunicación iberoamericanos. http://www.saladeprensa.org/art201.htm,
15 de marzo de 2001.
FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO DE
LATINA EN BIBLIOGRAFÍAS:
Nombre del
autor, 2002; título del texto, en Revista Latina de Comunicación Social, número
47, de febrero de 2002, La Laguna (Tenerife), en la siguiente dirección
telemática (URL):
http://www.ull.es/publicaciones/latina/2002/latina47febrero/4702lopez.htm