El concepto de la comunicación: El cristal con que se mira
Dr. José Cisneros
Profesor de la Universidad de las Américas-Puebla (México)
RESUMEN
En el presente artículo se
retoma la discusión acerca del sentido del concepto de comunicación desde el
enfoque de los investigadores estadounidenses frente al sentido que le dan
autores como Jürgen Habermas y Antonio Pasquali, planteando las consecuencias
sociales del uso
de uno u otro enfoque.
ABSTRACT
In this paper the author asume the
discussion between the sense of the concept of communication in U.S.
researchers against the point of view of Jürgen Habermas and Antonio Pasquali,
and the social consequences of the use of one or another sense.
Palabras
claves: Comunicación/Persuasión/Entendimiento.
Key
Words: Communication/Persuasion/Understanding.
Introducción
En la III Bienal
Iberoamericana de Comunicación celebrada del 8 al 10 de noviembre de 2001 en
Cholula, Puebla, México, Enrique Guinsberg afirmó que el consumo de medios en
la sociedad actual es necesario, puesto que representa una fuente simbólica de
satisfacción para los usuarios; sin embargo, enfatizó la necesidad de
replantear el estudio de la comunicación desde una perspectiva crítica (Diez,
2001:7). Y es precisamente este reto académico de replanteamiento del estudio
de la comunicación con sentido crítico el que dio origen hace tres años al
trabajo que ahora se presenta y cuya finalidad es:
Rediscutir
hoy una pieza clave de la investigación de la comunicación, el propio concepto
de comunicación, con sentido crítico y más allá, y más acá también, del uso y
consumo de medios técnicos.
El
asunto de volver discutir el concepto de comunicación no es trivial, puesto que
de la forma en que se concibe el proceso de comunicación dependen
sustancialmente las acciones del investigador, su enfoque heurístico y su
estrategia metodológica, y, consecuentemente, sus posteriores construcciones
teóricas, sus encuentros y desencuentros. Lo mismo puede decirse de las
prácticas comunicativas cotidianas de cada individuo, del diseño de estrategias
de los llamados comunicadores, y de los procesos sociales y políticos en
general que cada día más requieren la injerencia de los profesionistas de la
comunicación.
Finalmente,
los conceptos son nuestros lentes para mirar tanto las prácticas científicas
como los procesos cotidianos, y cuando menos requerimos saber qué tipo de
lentes y qué graduación estamos usando para observar las prácticas de
comunicación.
Las
ideas centrales que a continuación se presentan, forman parte de mi tesis
doctoral sobre Comunicación y democracia: La participación actual y potencial
de las organizaciones civiles en las radiodifusoras del municipio de Puebla,
presentada en la facultad de Ciencias de la Información en la Universidad de la
Laguna, en Tenerife, Islas Canarias, España, y han sido revisadas y
complementadas especialmente para el presente artículo.
El
contexto social del replanteamiento del concepto de comunicación
Vivimos
en el mundo una dinámica de destrucción sistemática de la vida a causa, como en
los viejos cuentos, de la acumulación desmedida de la riqueza en unos cuantos
hombres que, como en los peores despotismos, excluyen a todos los demás. La
guerra que los políticos duros y los militares de los Estados Unidos libran
ahora contra el fantasma del terrorismo generado por ellos mismos, y que tratan
de enrolar en sus filas a todos los gobiernos del mundo que dependen de su
hegemonía, no escapa a esta lógica. Los intereses petroleros, el gas y el
mercado de la droga son un buen botín para proceder a destruir a los afganos,
con millones de inocentes civiles incluidos. Esta ha sido la historia de la
sociedad hasta nuestros días, y hay quienes, como el filósofo Ciorán (1992), no
le ven remedio a la situación y asumen, como consecuencia lógica, el deterioro
inevitable de la especie humana. Otros, como Erich Fromm, ven en El amor a la
vida (1992) la alternativa para llevar a cabo una Revolución de la esperanza
(1982). Pero, independientemente de lo que pueda ocurrir, el final de la
historia, antes como ahora, depende de todo lo que como sociedad hagamos o
dejemos de hacer. Esta es la cuestión, lo mismo en la dimensión social mundial
que en los asuntos locales; lo mismo en el ámbito ecológico del planeta que en
el patio de la casa; lo mismo en las acciones de guerra que en el saludo al
vecino. Pero lo que hagamos depende, evidentemente, de los que conozcamos, y
conocemos lo que procesamos o construimos en la mente y a través del lenguaje
(Piaget, 1989; Maturana, 1987). Conocemos lo que distinguimos, distinguimos lo
que alcanzamos a ver, y vemos lo que los conceptos de nuestra cultura nos
permiten observar. Por ello, como se ha mencionado, son tan importantes los
lentes conceptuales, las ideas previas que tenemos antes de mirar.
El
presente trabajo se enfoca a reabrir la discusión sobre el concepto de
comunicación, rescatando el sentido de este proceso como un mecanismo de
entendimiento entre los hombres, a distinguirlo de la persuasión y el
adoctrinamiento que los llamados medios de comunicación masiva (MCM) difunden
como el único sentido posible de las prácticas comunicativas. Se discute aquí
la necesidad de entender la comunicación como sustento de la participación
equitativa y de la toma de decisiones compartida. Se busca construir unos
cristales más nítidos que nos permitan distinguir los procesos comunicativos
enfocados a la construcción de acuerdos entre todos y al rescate de la vida,
como algo muy distinto, por ejemplo, del manejo de las conciencias en función
del poder de unos cuantos que no dudan en sacrificar ni la naturaleza, ni las
culturas diferentes, ni la vida humana.
Este
artículo consta de siete partes. Se empieza por plantear el debate entre las
ideas de persuasión y entendimiento referidas al sentido de la comunicación,
para luego detallar tres enfoques teóricos de la comunicación:
positivista-funcionalista, crítico y una tercera opción
(Habermas-Pasquali-Paoli); en quinto lugar se analiza la función de los medios
desde la perspectiva del entendimiento; en sexto lugar se vinculan los procesos
de comunicación al funcionamiento biológico del ser humano, y se termina
señalando algunos desarrollos conceptuales pendientes que se desprenden del
análisis realizado.
1:
LA COMUNICACIÓN, A DEBATE
El
término comunicación, llevado y traído hasta la saciedad en nuestra época, se
emplea lo mismo como sinónimo de infraestructura para el transporte, que para
señalar canales o medios electrónicos de vinculación, para referirse a los
discursos políticos y comerciales, o bien como recurso de la proximidad física,
administrativa, intelectual o afectiva. Los trabajadores académicos hemos sido
incapaces de generar un consenso respecto de su empleo más preciso, no digamos
ya en nuestras sociedades, sino incluso en nuestro propio ámbito profesional.
Pero dada su trascendencia, como ocurre con el concepto de democracia, es
indispensable insistir en su discusión.
Se
presenta a continuación una confrontación entre dos sentidos del concepto, que
en mayor y en menor medida, respectivamente, han sido desarrollados durante el
siglo que recién terminó: La persuasión y el entendimiento.
Origen
y divergencias: Persuasión vs. entendimiento
¿A
qué nos referimos cuando empleamos el concepto de comunicación? Históricamente
se han dado cuando menos estos dos sentidos al concepto de comunicación: como
persuasión y como entendimiento. Ambos con implicaciones muy divergentes tanto
en el análisis de los fenómenos como en el manejo de procesos y prácticas
comunicacionales.
Por
persuasión nos referimos a la acción y efecto de persuadir o persuadirse. Y
persuadir lo entendemos como inducir, mover, obligar a uno a con razones a
creer o hacer una cosa. Por entendimiento significamos inteligencia o sentido
que se da a lo que se dice o escribe. Pero también concebimos por entendimiento
la capacidad de comprender o llegar a un acuerdo. Donde comprender significa
encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro (Real
Academia Española de la Lengua, 2000).
El
concepto de comunicación más difundido es el que la considera como persuasión,
puesto que su historia es muy larga, ya que va del siglo IV antes de nuestra
era, con Aristóteles, al siglo XX con los sociólogos de Estados Unidos. Veamos:
De
Aristóteles a los sociólogos estadounidenses
Aristóteles
(1968), como lo hizo con muchos temas de nuestra cultura occidental, es quien
primero aborda de manera sistemática la conceptualización de las prácticas de
comunicación en su libro sobre Retórica. Y su abordaje resulta muy interesante,
ya que comienza por vincular a la retórica con la práctica de la virtud y la
búsqueda de la verdad, al afirmar que no conviene convencer a nadie de las
cosas reprobables, sino para que no nos pase por alto cómo es y para qué,
cuando otro se sirva injustamente de estas mismas razones, sepamos deshacerlas.
Y agrega:
Así,
pues, que la retórica no es de ningún género definido, sino que es como la
dialéctica, y que es útil, es evidente; y que su fin no es persuadir, sino
considerar los medios persuasivos para cada caso, como en todas las demás
artes
(Aristóteles:
1968,34).
Aquí
vale la pena detenernos un momento para aclarar lo que para Aristóteles era
dialéctica, a diferencia de Kant, Hegel y Marx. Para El Estagirita, dialéctica
(discurrir) era el arte del debate mediante preguntas y respuestas y, a
diferencia del pensamiento demostrativo, es un proceso crítico en el que se
encuentra el punto de partida de los principios de cualquier investigación
(Runes: 1981,96-97).
De
ahí que tanto la dialéctica como la retórica para Aristóteles consistían
básicamente en una técnica, o incluso un método de razonamiento y de expresión
para sustentar argumentos virtuosos y verdaderos, así como para deshacer
razones injustas. En otras palabras, ni la dialéctica ni la retórica eran una
ciencia, no estaban enfocadas a un contenido determinado, sino comprometidas
con el discernimiento verdadero:
La
retórica, por así decirlo, parece ser capaz de considerar los medios de
persuasión acerca de cualquier cosa dada, por lo cual también decimos que ella
no tiene su artificio en ningún género específico determinado.
De
manera que la retórica viene a ser como algo que ha crecido junto a la
dialéctica y al estudio de las costumbres o caracteres, al cual sólo es justo
denominar política
(Aristóteles:
1968,35-37).
Y
política, para Aristóteles, era la virtud práctica, que buscaba el bien de los
ciudadanos. Todavía más: la política era la máxima virtud, porque buscaba
formar a los hombres para hacer el bien. De manera que la retórica representaba
un camino o método para discernir y sustentar argumentos virtuosos, deshacer
las razones injustas, y buscar la verdad en función del bien de los demás. La
retórica para Aristóteles era un arte, como señala Rafael Hernández (1995), una
tekné, no una ciencia, no una epistemé.
Como
puede apreciarse, el sentido que Aristóteles daba a la retórica estaba
claramente definido, en función de la búsqueda de sustento para los argumentos
verdaderos, destrucción de los falsos, y práctica de la virtud. Significado muy
diferente del que en nuestro siglo le atribuyeron a la Retórica de Aristóteles
los sociólogos norteamericanos, como Raymond Nixon (1963), por ejemplo, quien
asume la retórica como el primer tratamiento científico de la comunicación:
pero además la reduce a la búsqueda de todos los medios posibles de
persuasión. Expresión que parece dar luz verde a sus colegas para estudiar y
desarrollar todas las técnicas posibles para persuadir a los receptores de la
comunicación, independientemente de la ética de sus fines.
Aristóteles
había analizado diferentes clases de argumentos procurados por el razonamiento,
unos argumentos referidos al carácter de quien habla; otros para situar al
oyente en cierto estado de ánimo, y otros en relación con el mismo discurso o
tema (Aristóteles, 1968:36). Raymond Nixon dejó de lado los argumentos para
hacerse cargo, a nombre de Aristóteles y desde una lectura por demás
reduccionista, de los tres elementos básicos de la comunicación:
La
persona que habla El discurso que
pronuncia La persona que escucha
QUIÉN
dice QUÉ
a QUIÉN
(Nixon:
1963,13)
Y
a partir de esta interpretación de los planteamientos de Aristóteles, en
Estados Unidos de Norteamérica se empezaron a desarrollar conceptualizaciones
sobre el fenómeno de la comunicación de manera recurrente.
A
partir de 1930 se reunieron un grupo de profesionistas (Lazarsfeld, Lewin,
Lasswell y Hovland) dedicados a los estudios sobre procesos electorales
(sociólogos, psicólogos, antropólogos, politólogos, etc.), que focalizaron sus
investigaciones en los recién nombrados procesos de comunicación, por lo que
les llamaron, y ellos aceptaron ser llamados, los padres de la comunicación.
Arrogancia aparte, Lasswell retoma el modelo de Aristóteles interpretado por
Nixon, y le incorpora dos elementos más, fruto de sus observaciones científicas
(Schramm, 1972):
Lasswell:
QUIÉN dice QUÉ en qué CANAL a QUIÉN con qué EFECTOS
Si
bien Aristóteles, en La retórica, asumía el sentido de virtud y verdad, y el
canal de la conversación era privilegiadamente la palabra hablada, los
investigadores norteamericanos están preocupados por la selección de los medios
de difusión masiva a emplear y sus resultados prácticos: qué efectos pueden
lograrse en los electores. Aquí, la inversión económica que significaba una
campaña electoral, exigía la medición de resultados en los votos a favor. La
virtud y la verdad no eran categorías que importaran. La persuasión, el
convencimiento, sí. Lo que para Aristóteles era un medio de la retórica en
función de la virtud, los argumentos para la persuasión, para los estudiosos
norteamericanos es la persuasión que se convierte en un fin intrínseco de la
comunicación.
De
esta manera el concepto moderno de comunicación social, queda ligado per se a
un fin pragmático: la persuasión. Más eficaz mientras más se sobreentiende,
cuando su valor en relación a las finalidades sociales no está sujeto a duda.
Así,
ya ubicados en la búsqueda, no de la verdad y la virtud, sino de todos los
medios posibles para la persuasión, los llamados padres de la comunicación se
dedican a perfeccionar su modelo conceptual. Raymond Nixon en los años 50
vuelve a tomar el esquema aristotélico modificado por Lasswell y le incorpora
dos elementos más: las intenciones con las que se emite el mensaje y las
condiciones en que se recibe:
Raymond
Nixon (1963):
QUIÉN
dice QUÉ en qué CANAL a QUIÉN con qué EFECTOS
Con
qué INTENCIONES bajo qué
CONDICIONES
Aquí
también vale la pena detenerse un poco para precisar algunas razones por las
cuales resultaba relevante para Nixon la inclusión de esos dos nuevos elementos:
las intenciones del emisor y las condiciones en las que el receptor capta el
mensaje.
Cuando
Raymond Nixon decidió incorporar los dos nuevos elementos al esquema de
comunicación, ya había pasado la Segunda Guerra Mundial, y los investigadores
norteamericanos habían sido sorprendidos por el manejo tan contundente y eficaz
de los medios de información por parte de los nazis, para lograr conductas
homogéneas de absoluta determinación en el pueblo alemán a favor de Hitler.
Como dice Jean-Marie Domenach (1966):
Hitler
y Goebels transformaron la propaganda moderna. Hitler logra sobreexcitar, en lo
más profundo de la masa, el odio y el ansia de poder. La propaganda deja de
estar ligada a una progresión táctica para convertirse en una táctica en sí.
(Entre
muchas otras cosas) Todo el mundo ha oído hablar del redoble del tambor que
acompañaba a Hitler cuando ascendía a la tribuna en el Congreso de Nürenberg, y
del teclado que había en el atril para cambiar la iluminación a su gusto. Esta
es la razón del éxito de la propaganda nazi en la masa alemana: el predominio
de la imagen frente a la explicación, de lo sensible brutal frente a lo
racional (Domenach: 1966,35-37).
Desde
entonces, concluye Domenach, e independientemente de cualquier ideología, en la
propaganda política ya no se trata de razonar sino, antes que nada, de
convencer para vencer.
De
este modo, Nixon y los investigadores norteamericanos de la comunicación,
advierten la necesidad de ampliar el trabajo sobre la disposición y manejo del
discurso que hará el emisor a partir de sus intenciones, y la importancia de
las condiciones físicas y psicológicas idóneas en las que el oyente recibirá el
mensaje, para asegurar que actúe en consecuencia con las intenciones del
emisor. Así, la persuasión se consolida dentro del modelo norteamericano de
comunicación como su sentido y meta connatural al concepto.
Investigadores
como David K. Berlo, pero sobre todo Wilbur Schramm (1986) y su famosa tuba, no
sólo detallan el proceso de comunicación como persuasión, sino que ponen
énfasis en estudiar al receptor como objeto de persuasión, de manera que se le
pueda cercar para convencerlo en función de un determinado fin, ya sea
electoral, comercial o ideológico. Como menciona Ricardo Homs (1995), la más
importante preocupación de todo comunicador (es) la posibilidad de que (su)
mensaje no logre persuadir al público deseado.
De
ahí que los comunicadores en lo sucesivo busquen cualquier técnica que permita
obtener del receptor la conducta deseada por el emisor, inclusive el uso de
mensajes subliminales, sean humanamente legítimos o no, lícitos o ilícitos en
una sociedad determinada. Apunta Homs:
La
persuasión subliminal es un modelo comunicacional sui géneris, de contenidos
inducidos inconscientemente, en que el receptor se encuentra indefenso, sin
poder ejercer el elemental derecho de resistirse al impacto (Homs: 1995,137).
A
partir de los investigadores norteamericanos y la difusión de sus ideas, se
empiezan a desarrollar múltiples estudios acerca del llamado proceso llamado de
comunicación, pero sin cuestionarse en modo alguno su sentido persuasivo.
Prácticamente no importa la base ideológica o política desde la que se enfoque
el análisis de la comunicación, casi todos los estudios dan por sentado que la
meta natural de la comunicación es la persuasión. Veremos a continuación una
síntesis de las principales teorías acerca de la comunicación que se
desarrollaron desde finales del siglo XIX hasta el presente.
Múltiples
enfoques teóricos y crítica de la comunicación como ciencia
La
gran mayoría de las teorías de la comunicación, además de asumir de alguna
manera el sentido del concepto como persuasión, no se refieren explícitamente
al estudio del proceso de comunicación como fenómeno general que se desarrolla
en todo tipo de relación entre los hombres, sino que concentran su atención
principalmente en la llamada comunicación social, y especialmente en el uso
eficaz de los medios de difusión colectiva, denominados medios de comunicación
masiva (MCM).
En
México, por ejemplo, las investigaciones sobre la comunicación que Raúl Fuentes
Navarro (1988) ha venido registrando sistemáticamente y que datan desde 1956
hasta la década de los 90, están enfocadas mayoritariamente a los medios
masivos, y en orden de importancia, a la televisión, la prensa, la radio, el
cine y las nuevas tecnologías.
La
mayor distinción que se ha establecido entre las diferentes teorías respecto al
uso de los medios, es entre el enfoque positivista-funcionalista y el enfoque
crítico, como se indica en el cuadro siguiente.

¿A
qué se refieren cada una de estas teorías? Cada una de ellas destaca diferentes
elementos del proceso de comunicación, o los interpreta desde la perspectiva de
enfoques teóricos más generales (no de comunicación), sobre todo sociológicos.
A continuación se expone una síntesis esquemática de estas teorías, con base en
el libro Teoría e investigación de la comunicación de masas, de José Carlos
Lozano (1996).
2:
ENFOQUE POSITIVISTA-FUNCIONALISTA
Teoría
de la sociedad de masas
Esta
teoría surge en la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX,
y en ella las audiencias son concebidas como conglomerados de individuos
aislados, irracionales, ignorantes y manipulables. Por lo tanto, las masas son
susceptibles de ser influenciadas por los llamados medios masivos de
comunicación (MCM).
(Federico
Nietszche, José Ortega y Gasset) De acuerdo a estos pensadores, es negativo
propiciar una mayor participación de las masas incultas en los destinos de la
sociedad. Las masas deben asumir su condición subordinada y mediocre. La
sociedad debe ser dirigida por los intelectuales cultos. Consideran negativo
promover una cultura vulgarizada.
Teoría de la aguja hipodérmica (o bala mágica )
Los
individuos de las masas, aislados, perciben del mismo modo los mensajes de los
medios y responden más o menos de la misma manera.
Funcionalismo
De
acuerdo a la teoría funcionalista, un sistema social se mantiene cohesionado
con ciertos valores básicos compartidos por todos sus miembros. Por otro lado,
el sistema se compone de diferentes partes (gobierno, industria, banca,
iglesia, etc.) interrelacionadas y enfocadas a satisfacer las necesidades
sociales.
(Lasswell,
1948) Los medios masivos de comunicación cumplen las funciones siguientes:
1:
La supervisión del entorno. Ejemplo: la circulación de noticias.
2:
La correlación de las distintas partes de la sociedad que se manifiestan.
3:
La transmisión de la herencia social de una generación a la siguiente.
Charles
Wright, en 1954, agrega una cuarta función:
4:
El entretenimiento.
Influencia
personal
La
influencia de las personas sigue siendo determinante para los medios.
(Lazarsfeld)
La información no impacta directamente en los individuos, sino en sus líderes,
y de éstos en sus seguidores.
Sociología
de la producción de mensajes
De
acuerdo con este planteamiento, se estudian las condiciones complejas en que se
producen los mensajes y que determinan que ciertos mensajes se difundan y otros
no.
(Lazarsfeld,
1975) Los editores de los periódicos juegan un rol determinante para la
información social. Ellos seleccionan unas noticias (sólo 10%) y otras no
(90%). Los lectores reciben esas pocas noticias, sólo se quedan con algunas de
ellas y rechazan el resto.
Efectos
Dado
que los medios no impactan como se pensaba en la teoría de la aguja hipodérmica
o bala mágica, se empieza a estudiar con más detalle cuáles son realmente los
efectos de los medios.
La
pregunta inicial de ¿Qué hacen los medios en la audiencia? se cambia por:
¿Qué hacen las audiencias con los medios?, y se descubre que los medios sí
ejercen influencias sutiles y a largo plazo:
Los
medios influyen en las cogniciones de los individuos
Las
cogniciones influyen paulatinamente en las actitudes, y
Las
actitudes posteriormente se reflejan en las conductas.
A
través de los medios se cultivan concepciones compartidas sobre la realidad en
públicos muy diversos. Lo que cuenta es la constante exposición, a la TV por
ejemplo, y no cada programa por separado.
Lo
importante es la exposición masiva común a mensajes repetitivos durante un
plazo largo por parte de públicos heterogéneos.
Reconsiderando
el planteamiento de la teoría de la aguja hipodérmica, la teoría del
establecimiento de agendas propone que los MCM no dicen a los receptores qué
deben pensar acerca de un tema determinado, pero sí le dicen acerca de qué tema
deben pensar algo.
3:
ENFOQUE CRÍTICO
Teoría
de la sociedad de masas
Desde
el enfoque crítico también se considera que las masas son susceptibles de ser
influenciadas por los llamados medios masivos de comunicación, y por lo tanto,
manipulables. Pero las propuestas a las que se llega son diferentes a la del
enfoque funcionalista, como se verá enseguida:
(Adorno,
Horkheimer, Marcuse: 1930-1970) Estos autores denuncian que los llamados medios
masivos de comunicación están al servicio de las clases dominantes y manipulan
ideológicamente a los individuos, generándoles una falsa conciencia de que
viven en una sociedad justa y democrática. Y aunque, lo mismo que los
aristócratas, critican la vulgarización de la alta cultura y defienden el arte
genuino, proponen que las masas deben luchar por subir al poder y dirigir la
sociedad, lo cual también les dará acceso a la cultura.
Esta
teoría se ocupa de estudiar la propiedad y el control de los medios. Concluye
que los medios realmente no buscan dar respuesta a las necesidades sociales,
sino ofrecer grandes audiencias a sus anunciantes, sin importar el contenido o
la finalidad social. Lo que importa realmente es el lucro y el enriquecimiento,
aunque para ellos también es necesario el control de las ideas que se difunden.
Dependencia
Aquí
se plantea que los medios en los países del llamado tercer mundo no sólo están
sujetos a la propiedad y el control de las clases dominantes, sino que además
sus estrategias, equipos técnicos y contenidos son dependientes de la
producción de conocimiento y materiales audiovisuales e impresos que se generan
en los países industrializados.
Basada
en la propiedad de los medios, esta teoría analiza los desequilibrios y desigualdades
en los flujos internacionales de mensajes. Concluye que este flujo informativo
busca generar una civilización de consumo, por encima de las fronteras
nacionales, y los beneficiarios de este negocio resultan los empresarios cuyas
industrias generan los productos y servicios culturales, y que además poseen el
control de los MCM.
Hegemonía
Antonio
Gramsci a principios de siglo aportó una visión menos esquemática de la
sociedad que los marxistas ortodoxos dividían en la oposición radical de dos
clases fundamentales: capitalistas y proletarios, para plantear la necesidad de
las clases dominantes por lograr la aceptación de su posición entre las clases
subalternas. Propone que esta aceptación se logra mediante el consenso de todos
los grupos, y en cuyo logro los intelectuales tienen el rol principal. De este
modo, la dirección y el control de la sociedad logrados por consenso,
constituye la hegemonía de una clase. En este contexto, los medios tienen la
función de los intelectuales: generar consensos en favor de la clase dirigente.
Esta
teoría de la comunicación establece la autonomía relativa de las instituciones
superestructurales (Iglesia, escuela, medios de difusión, etc.) respecto de la
clase dirigente. Evidentemente, en la labor de dichas instituciones prevalecen
los intereses de la clase hegemónica, pero a condición de tomar en cuenta
intereses y necesidades de las clases subalternas, pues sólo de esta manera
conservan su legitimidad.
Los
autores de estos estudios ubican el texto (mensajes, medios ) en el contexto de
la cultura y las prácticas culturales. Es decir, ubican la función de los MCM
dentro de una lucha de las clases y los grupos sociales por lograr la
hegemonía.
Con
una visión más optimista que los estudiosos del imperialismo cultural,
consideran que la gente común y corriente, respecto de los MCM, puede:
Resistir
los valores dominantes
Reinterpretar
los mensajes
Crear
su propia cultura y sus significados
Consideran
que los receptores no necesariamente hacen una lectura dominante de los
mensajes masivos, sino que también pueden hacer una lectura negociada, e
incluso una lectura oposicional. Sin embargo, asumen que la autonomía de las
clases subalternas para realizar esta lecturas también es relativa.
Hasta
aquí, la síntesis esquemática de las teorías de la comunicación más relevantes
en el campo académico. Y como puede observarse, tanto en las teorías planteadas
desde el enfoque positivista-funcionalista, como las que se proponen desde el
enfoque crítico, se percibe una mínima evolución del concepto de comunicación
desde un significado de persuasión hacia uno que implica mayor participación de
los receptores, sin que necesariamente se plantee de manera explícita el
sentido de la comunicación como entendimiento, puesto que el sentido de la
persuasión continúa siendo el dominante.
La
importancia de los llamados medios de comunicación masiva (MCM), hoy día está
fuera de toda duda. Como dice Eliseo Verón (1995): los acontecimientos
sociales existen sólo en la medida en que los medios de comunicación masiva los
constituya como tales, apoyados en el sagrado principio de la objetividad (que)
actúa como eje de la representación del mundo a la que dicen adherir(se) los
medios de comunicación. En estas circunstancias, Verón llama la atención, para
estudiar hasta qué punto los medios masivos de comunicación se han convertido
en el lugar en que nuestras sociedades industrializadas producen nuestra
realidad. Afirma Eliseo Verón:
Los
acontecimientos sociales no son objetos que se encuentran ya hechos en alguna
parte en la realidad, y cuyas propiedades y avatares nos son dados a conocer de
inmediato por los medios con mayor o menor fidelidad. Sólo existen en la medida
en que los medios los elaboran (Verón: 1995,II).
De
ahí la importancia de considerar el estudio de los llamados MCM. Sin embargo,
ellos no agotan el sentido de los procesos de comunicación en los diferentes
grupos humanos. Efectivamente, los acontecimientos sociales son construidos en
cuanto acontecimientos por los medios como institución productora de
información para el consumo masivo, pero no ocurre lo mismo con la vida
cercana. Los medios nos construyen la realidad lejana, pero no la que tenemos
al lado, en el barrio, en el pueblo, en la casa, en la colonia. Los hechos
sociales que los medios toman como base para sus construcciones, en el vivir
cotidiano, nos llegan de otra manera.
Por
ejemplo, la legalización del fraude llamado Fobaproa en México, nos repercute
en desempleo, altos impuestos y bajo salario para la vida en el barrio, en el
pueblo, en la casa y en la colonia. Sus naturaleza socioeconómica dista mucho
de la construcción que como noticia le dan los medios, y sus efectos negativos
en la vida cotidiana son mucho más duraderos, por años y décadas, que la
vigencia del acontecimiento como noticia.
De
ahí la necesidad de pensar la comunicación antes y después de los MCM. La
necesidad de repensarla desde otra perspectiva, más amplia y más profunda, y no
sólo desde las teorías de los medios masivos.
Sobre
la inexistencia de una ciencia de la comunicación
Dice
Miquel de Moragas:
La
importancia social de este fenómeno (los medios masivos) generó la
correspondiente estructura académica en todo el mundo. Esto hizo que se
introdujera el espejismo de que se estaba ante una nueva ciencia social, cuando
lo que era propio de la investigación en comunicación (...), eran los
condicionantes teóricos y metodológicos que se derivaban de la elección de su
propio objeto (Moragas: 1984,41)
Y
aunque Moragas termina aceptando que el conjunto de ciencias sociales empleadas
en el estudio de los medios constituyen precisamente las ciencias de la
comunicación, ello no resuelve correctamente la dimensión epistemológica de
estas ciencias respecto de su objeto, pues, como apunta López Veneroni (1989):
La
relación cognoscitiva que se puede establecer respecto de los medios no es la
de la investigación, sino de la explicación.
Demostrar,
por ejemplo, que los medios acortan el ciclo de producción de plusvalía o que
constituyen aparatos ideológicos del estado, ayuda a constatar un hecho propio
de un sistema específico, que ya se había plantado y que es independiente de
los medios; la aparición de éstos no lo revela, es decir, no lo aporta, so
pena de afirmar que la comunicación radica en acortar el ciclo de la producción
de plusvalía o que se constituye como aparato ideológico del estado.
Lo
que en realidad se hace es explicar los medios, no investigarlos (López:
1989,29).
Habrá
quien argumente, desde el punto de vista metodológico, que la investigación
tiene como uno de sus niveles la explicación, junto con la descripción y la
exploración. Pero, según entiendo, a lo que se refiere López Veneroni es al
sentido epistemológico que tiene el uso de la investigación, por un lado, y la
aplicación de teorías, por el otro. Lo cual queda más claro en esta afirmación
de García Lozano:
El
proceso de investigación es en sentido contrario al de la explicación. Ésta va
de la teoría y condiciones iniciales a los fenómenos o problemas (como es el
caso de los problemas de comunicación ); aquella va de los problemas a la
teoría. En la explicación se trata de resolver un problema o de explicar un
fenómeno. En la investigación se trata de crear o descubrir una teoría
(García: 1976,60).
Efectivamente,
en la tradición de los estudios de comunicación, lo que se ha venido haciendo
es tratar de explicar cómo operan y/o cómo operar mejor los medios de difusión
masiva. Y las construcciones de esquemas, diagramas y términos específicos,
tienen el sentido de entender y explicar lo que ocurre, no de fundamentar los
conceptos básicos desde un planteamiento epistemológico particular de la
comunicación.
Desde
este ángulo cabe decir que no hay ciencia, o en todo caso, teoría científica
razonablemente bien desarrollada, sin alguna semántica subyacente, la cual es
de naturaleza filosófica en cuanto por lo menos constituye un campo en el
cual han tenido lugar tradicionalmente los debates filosóficos, especialmente
los de naturaleza ontológica, metafísica y epistemológica (Ferrater: 1976,50).
Aclara
López Veneroni respecto a las diversas actividades que se realizan en el campo
disciplinario de la comunicación:
No
queremos decir que estas actividades no tengan validez, sino que su validez no
radica en la cientificidad, justo porque no lo requieren, de la misma manera
que para pilotear un avión no se necesita ser fisicomatemático especializado en
aerodinámica, o para escribir literatura o periodismo se deba ser lingüista o
filólogo consumado.
Si
bien el conocimiento y el quehacer científicos no son los únicos conocimientos
o quehaceres válidos, ni son la única forma de conocimiento o quehacer, una
disciplina que se quiera científica y la determinación científica de un
fenómeno sí están sujetas a un conjunto de consideraciones y observaciones que
no pueden nacer de la improvisación, limitarse a las suposiciones, ni
establecerse a partir de un criterio de inmediatez puramente práctica (López:
1989,31).
Como
dice Hegel: toda ciencia es una ciencia de lo necesario, no de lo accidental.
Desafortunadamente la discusión sobre la sustentación filosóficoepistemológica
de una ciencia de la comunicación ha sido desdeñada incluso por la mayoría de
los ya numerosos académicos de esta disciplina, quienes hemos preferido estudiar
asuntos más prácticos, como los condicionantes, el funcionamiento y los efectos
de la parafernalia mediática, sin cuestionar siquiera los conceptos
tradicionales básicos de comunicación e información.
Pero
como podemos ver claramente, el concepto de comunicación empieza antes y más
acá de los llamados MCM, históricamente como parte de nosotros, y va mucho más
allá de ellos: a la configuración de nuestra vida en sociedad y de nuestro
futuro. Los medios en tanto objeto de estudio, como dice Veneroni, no nos
alcanzan a revelar la verdadera determinación de lo comunicativo, sea porque la
esconden o porque no la implican. Por lo tanto, conviene abordar el concepto
de comunicación desde otras perspectivas, como la que descarta la persuasión
como naturaleza de lo comunicativo y le reconoce el sentido de entendimiento
entre los hombres. Veamos:
4:
LA CONSTRUCCIÓN DE OTRA OPCIÓN: HABERMAS-PASQUALI-PAOLI
Jürgen
Habermas (1993), en su trabajo sobre Teoría de la acción comunicativa,
distingue tres tipos de acción racional con arreglo a fines, entre las cuales
ubica precisamente la acción comunicativa, como se expone enseguida:

¿En
qué consiste cada uno de estos tipos de acción racional con arreglo a fines
definidos por Habermas?
Acción
Instrumental: Se refiere a la manipulación de cuerpos en movimiento orientada a
la consecución de un fin. Las reglas de la acción instrumental sirven para la
solución de tareas técnicas.
Acción
Estratégica: Aunque también se orienta al éxito, la acción estratégica no se
mide por la consecución directa de un fin, sino por la influencia que se logra
sobre las decisiones de un oponente racional.
Acción
Comunicativa: La acción comunicativa no se coordina por cálculos egocéntricos
de intereses (éxito), sino a través del entendimiento. En la acción
comunicativa se logra un saber común, que funda un acuerdo, como reconocimiento
intersubjetivo de pretensiones de validez susceptibles de crítica.
Cuando
se logra un entendimiento, conduce entre los participantes a un acuerdo. El
acuerdo descansa sobre una convicción común. Las convicciones compartidas
intersubjetivamente vinculan a los participantes en términos de reciprocidad.
Es
importante ver con más detalle, las acciones sociales con arreglos a fines,
puesto que de este modo es posible diferenciar con mayor precisión el concepto
de acción comunicativa. Empecemos por la acción estratégica:
De
acuerdo con Habermas, la Acción Estratégica se subdivide en Acción abiertamente
estratégica y Acción estratégica encubierta.
Acción
abiertamente estratégica
La
acción abiertamente estratégica es aquella en la que uno de los participantes
(podemos llamarle aquí emisor ) declara explícitamente el fin que pretende
lograr en su oponente racional (podemos también llamar a éste, receptor); es
decir, el primero (emisor ) señala abiertamente la decisión que desea que tome
el segundo (receptor ) mediante su influencia.
Ejemplos
muy claros de la acción abiertamente estratégica, los constituyen los anuncios
comerciales y la propaganda electoral. En los primeros, el anunciante pretende
influir en la decisión de compra del consumidor potencial; en la segunda, los
estrategas de la campaña electoral buscan influir en la decisión del votante o
elector en favor de su candidato. El fin de la acción abiertamente estratégica
lo define el primer participante para influir en el segundo. No interesan los
fines ni la concepción particular que el segundo pueda tener respecto del
primero, lo que importa es influir en su decisión; en una palabra, persuadirlo.
Y si para lograr este fin hay que investigar al segundo participante, como en
nuestros ejemplos es el caso de los estudios de mercado y el marketing
político, pues se hará para ajustar la estrategia, pero no para cambiar de
fines.
Acción
estratégica encubierta
En
la Acción estratégica encubierta, el fin de influir en el oponente racional
sigue siendo el mismo, pero no declarado abiertamente. Más aún, el fin de
influir en el oponente racional se disfraza o disimula como si fuera una acción
no estratégica, sino comunicativa. Su validez declarada pretende establecerse
en función del beneficio del oponente racional. Ejemplos sobran: La amiga que
influye en una mujer para que rompa con su pareja y pueda la primera acceder a
dicha pareja. El sacerdote que simula comprender el dolor de la anciana rica
para obtener jugosas donaciones. La mamá que influye en el pequeño para que
elija un juguete más barato. En todos los casos la estrategia del primer
participante (emisor) está predefinida y clara para él, pero no a los ojos del
segundo participante (receptor), quien asume una relación falsamente
comunicativa como verdadera.
De
la Acción estratégica encubierta pueden distinguirse todavía dos variantes en
la concepción de Habermas: El engaño inconsciente y el engaño consciente.
El
engaño inconsciente está definido por Habermas como una comunicación
sistemáticamente distorsionada. Es decir, a pesar de que el primer participante
tiene una estrategia predefinida, pretende y cree estar desarrollando una
acción comunicativa en favor del segundo o los segundos participantes. Tal es
el caso de los predicadores religiosos, fundamentalistas o no, autoconvencidos
de la obligación de salvar a sus hermanos; pero ocurre lo mismo con algunos
militantes políticos o participantes en grupos de toda índole, incluso
familiares.
El
engaño consciente, puede definirse específicamente como la manipulación de una
persona por otra, donde la persona manipuladora induce a la persona manipulada
a tomar decisiones que benefician a la primera, pero haciendo creer a la
segunda que se trata del beneficio de ésta. Más aún, el éxito de la
manipulación por parte de la persona manipuladora, consiste precisamente en
convencer a su oponente racional de dos ideas falsas: que se está desarrollando
entre ellas una acción comunicativa, y que ésta tiene como fin beneficiar a la
persona manipulada, aunque en realidad se beneficia la persona manipuladora.
Sobran los ejemplos. Otra forma que emplea Jürgen Habermas para caracterizar la
acción estratégica consiste en la Acción dramatúrgica.
Acción
dramatúrgica
Por
acción dramatúrgica se entiende la interacción entre un agente o actor que hace
presentación de sí mismo, y un grupo social que se constituye en público.
El
actor suscita en su público una determinada imagen, una determinada impresión
de sí, revelando su subjetividad de forma más o menos calculada con miras a esa
imagen que de sí quiere dar.
Todo
actor o agente puede controlar el acceso público a la esfera de sus propios
pensamientos, sentimientos, actitudes, etcétera, a las que sólo él tiene acceso
privilegiado. El concepto central de autorrepresentación significa, no un
comportamiento expresivo espontáneo, sino la estilización de las propias
vivencias, efectuadas con vistas a la imagen que uno quiere dar de sí a un
espectador.
La
acción dramatúrgica está dirigida a un público que, sin percatarse de
intenciones estratégicas, se imagina estar asistiendo a una representación orientada al entendimiento.
La
acción estratégica en general, pues, implica una relación asimétrica en la cual
uno de los participantes establece los fines, define los argumentos y planea su
comportamiento para convencer a su oponente racional de que tome una
determinada decisión que beneficia al primero.
El
concepto y los esquemas de comunicación, entendida como persuasión, consignados
antes, cabrían perfectamente dentro de la definición de acción estratégica de
Habermas, pero no podría considerarse acción comunicativa.
Habermas
analiza claramente las diferencias entre acción estratégica y acción
comunicativa. Y entre otras consideraciones, define que:
1:
No se puede establecer un vínculo comunicativo cuando la convicción de uno se
induce en el otro. Ni siquiera con la mejor intención, como en los casos del
profesor o la madre de familia.
2:
Puede haber un acuerdo inducido por influencia externa: gratificación ($),
amenaza, sugestión o engaño. No por propia convicción. No por entendimiento. La
influencia jefe-empleado, por ejemplo.
3:
Puede haber relaciones interpersonales entre los sujetos que actúan
orientándose a su propio éxito, pero están reguladas por el intercambio
económico y el poder, a través del mercado o de relaciones de dominación. En
este caso la sociedad de las personas se presenta como un orden instrumental.
¿Corrupción y prostitución?
No
basta, entonces, intercambiar mensajes, ya no digamos enviarlos
unidireccionalmente, para desarrollar una acción comunicativa, pues el fin de
una acción asimétrica no permite generar acuerdos libres, por convicción propia
entre los participantes. ¿Qué implicaciones tiene, pues, la acción comunicativa
?
Acción
comunicativa
Como
se ha expuesto arriba, la acción comunicativa no se coordina por cálculos
egocéntricos de intereses (éxito), sino a través del entendimiento. En la
acción comunicativa se logra un saber común, y se reconocen pretensiones de
validez susceptibles de crítica. La acción comunicativa no implica un
pensamiento homogéneo por supuesto, sino que las convicciones compartidas
vinculan a los participantes en términos de reciprocidad.
En
términos de Habermas:
El
concepto de acción comunicativa, fuerza u obliga a considerar a los actores
como hablantes y oyentes que se refieren a algo en el mundo objetivo, en el
mundo social y en el mundo subjetivo, y se entablan, recíprocamente a este
respecto, pretensiones de validez que pueden ser aceptadas o ponerse en tela de
juicio (Habermas: 1993,493).
Cada
actor que se orienta al entendimiento, propone Habermas, entabla tres
pretensiones de validez:
De
que el enunciado que hace es verdadero.
De
que la acción pretendida es correcta.
De
que la intención manifiesta del hablante es, en efecto, la que el hablante
expresa.
El
acuerdo de los actores a que se refiere Habermas no estriba en las conclusiones
del intercambio simbólico (ni siquiera en la aceptación de las pretensiones de
validez, las cuales pueden cuestionarse), sino que se apoya en la reciprocidad
de la acción y su orientación al entendimiento. Es por ello que, en la acción
comunicativa, necesariamente se llega a un saber común, fundado en ese acuerdo,
aun cuando las conclusiones y decisiones a las que cada uno de los actores
arribe sean diferentes.
El
entendimiento aquí no se interpreta estrictamente como decodificación de
signos, sino más allá, como coordinación de acciones que permite a los actores
interpretar de una nueva manera, más rica, su contexto. Y sobre esa
interpretación cada uno puede tomar sus decisiones.
Como
puede apreciarse, el concepto de acción comunicativa implica una relación seria
y profunda (aunque no por ello menos placentera) de los actores, a quienes,
como dice Habermas, fuerza u obliga a considerarlos como hablantes y oyentes
que se refieren a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo
subjetivo.
Bajo
la consideración anterior, es comprensible que para muchos investigadores y
académicos que hemos estructurado el pensamiento con base en las teorías de la
comunicación desarrolladas a partir del estudio del funcionamiento y operación
de los medios masivos, y que asumimos el concepto de comunicación como
persuasión, el concepto habermasiano de acción comunicativa nos puede parecer
idealista, o pretender que no se da en la vida real, como si la única realidad
comunicativa fuera la mediada tecnológicamente. Pero, como hemos visto en la
crítica de la existencia o no de una ciencia de la comunicación, la pretensión
de construir el concepto de comunicación sólo a partir de los medios masivos
como objeto de estudio, resulta cuando menos parcial, si no es que equívoca. De
ahí la importancia de seguir indagando otros abordajes conceptuales como el de
Habermas. Y precisamente un estudio muy cercano al de Habermas es el que
realiza Antonio Pasquali (1990), investigador venezolano, a propósito del
concepto de comunicación.
El
concepto de comunicación según Antonio Pasquali
Dice
Pasquali:
Por
comunicación o relación comunicacional entendemos aquella que produce (y supone
a la vez) una interacción biunívoca del tipo del con-saber, lo cual sólo es
posible cuando entre los dos polos de la estructura todo transmisor (T) puede
ser receptor (R), todo receptor (R) puede ser transmisor (T),
independientemente de si en esta relación existen o no medios físicos o
electrónicos (M):
T-R (M) R-T
No
hay comunicación ni relaciones dialécticas de otro tipo con la naturaleza y la
materia bruta, sino cualquier otra forma de relación monovalente:
utilitarística, energética, etc. (Pasquali: 1990,47-63).
Las
coincidencias entre el concepto de Pasquali y Habermas saltan a la vista en la
cita anterior. Entre las más evidentes tenemos que:
1:
Ambos consideran indispensable la interacción biunívoca (Pasquali), la
reciprocidad (Habermas) entre los actores o transmisores-receptores del proceso
de comunicación o acción comunicativa.
2:
Ambos descartan que exista tal proceso de comunicación con la naturaleza o la
materia bruta, sino que con ellas consideran únicamente una relación
monovalente (Pasquali) o instrumental (Habermas). Los sistemas cibernéticos,
por ejemplo, con todo y su feed back, o las máquinas interactivas, tendrían que
ubicarse en esta relación monovalente.
3:
Ambos reconocen que en la acción o proceso comunicativo existe un con-saber
(Pasquali) o saber común (Habermas). Lo cual dista mucho de la acción de
persuadir o inducir un supuesto acuerdo o una decisión de una persona a otra.
La
única diferencia con Habermas (que no contradicción ni disidencia) que se
percibe en la primera cita de Pasquali, consiste en que éste considera
explícitamente la posibilidad, mas no la necesidad, de que en el proceso
existan medios físicos o electrónicos. Es decir, la posible existencia de esos
medios está subordinada al proceso de comunicación y no al revés, como parece
asumirse en otras concepciones mediáticas, como la de McLuhan (1971, 1993), por
ejemplo.
Respecto
de esta preponderancia de los actores humanos en el proceso de comunicación,
Pasquali es muy explícito al afirmar que:
Los
únicos entes capaces de suscitar tipos de comportamiento auténticamente
comunicacionales (que no intercambio mecánico de informaciones-estímulo) son
los seres racionales. Comunicación es, pues, un término privativo de las
relaciones dialógicas interhumanas, o entre personas éticamente autónomas
(Pasquali: 1990,49-50).
Y
respecto de la interacción biunívoca (o reciprocidad, en Habermas), agrega:
Sólo
es auténtica comunicación la que se asienta en un esquema de relaciones
simétricas, en una paridad de condiciones entre transmisor y receptor, y en la
posibilidad de oír uno al otro o prestarse oídos (Heidegger), como mutua
voluntad de entenderse (Pasquali: 1990,51).
En
las dos citas anteriores ratificamos las coincidencias entre Pasquali y
Habermas:
4:
La orientación o finalidad de la comunicación es el entendimiento voluntario,
libre.
5:
Este entendimiento se basa en un acuerdo de principio que entre otras cosas
permite llegar a un con-saber o saber común.
6:
Acuerdo que se da entre personas éticamente autónomas (Pasquali), es decir, con
sus propios y respectivos valores, con sus respectivas pretensiones de validez
(Habermas), dispuestas a establecer un vínculo entre ellas.
A
partir de las seis primeras coincidencias entre Habermas y Pasquali enunciadas
anteriormente, es posible construir un concepto de comunicación, muy distinto
al concepto mediático vinculado a la persuasión, que nos puede aportar una
nueva manera de mirar las prácticas comunicacionales, mediadas o no
técnicamente. No obstante, vale la pena considerar con más detenimiento una
séptima característica común de los conceptos de comunicación propuestos por
Habermas y Pasquali, esto es: su dimensión ética.
Validez
de las diferencias
Tanto
Jürgen Habermas como Antonio Pasquali establecen de entrada la validez de las
diferencias entre los actores de la comunicación, así como la necesidad de
confrontar sus propios valores y pretensiones de validez en un mutuo acuerdo e
intercambio recíproco, bivalente.
Sin
esta validez de las diferencias, el mutuo acuerdo y el intercambio recíproco,
cualquier transmisión y recepción de mensajes, así sea en ambos sentidos pero
de forma asimétrica (es decir, condicionada), podrá existir una acción
instrumental o estratégica, pero nunca un auténtico proceso de comunicación
(Pasquali) o acción comunicativa (Habermas).
¿Cómo
esperar que el presidente Fox de México entienda la ética indígena de los
zapatistas, o Bush a los talibanes, por ejemplo? Sólo con una auténtica
disposición al entendimiento, pero no con acciones dramatúrgicas (además de las
acciones de guerra) a las que tanto se inclinan ambos. Esta es la importancia
de la dimensión ética del concepto de comunicación de los autores mencionados.
Y es precisamente, en esta dimensión ética del concepto de comunicación, donde
resulta oportuno retomar las observaciones de un tercer investigador académico:
Antonio Paoli (1994).
Antonio
Paoli
Dice
Paoli: La comunicación es establecer la conciencia profunda del mutuo respeto,
y dar respeto es dar valor. Dar valor es reconocer lo que de verdaderamente
valioso tiene el ser humano.
La
verdadera comunicación es reconocer el valor en nosotros. Y dar valor es
generar verdad.
Verdad
no es un dato, verdad es el reconocimiento del valor del otro y cuando otro se
siente reconocido en su ser valioso.
Al
evocar en común el valor, se abre la comunicación. Cuando la conciencia es
profunda en este mutuo valer, entonces estamos en un momento de comunicación
(Paoli, 1994).
Desde
la perspectiva de Paoli el respeto y el reconocimiento del valor del otro, y
del nuestro, saltan a la vista como generadores de verdad y de comunicación. El
mutuo respeto y el mutuo valer, y la conciencia de ello, como condicionantes de
la comunicación. Es decir, no podría pensarse un proceso de comunicación en el
cual, a pesar del intercambio de palabras o cualquier tipo de mensaje entre los
seres humanos, se careciera de respeto por el otro, o el otro careciera de
respeto por uno. La comunicación implica entonces considerarse recíprocamente
valiosos en tanto seres humanos.
Por
supuesto, el grueso de la llamada comunicación masiva no resiste la prueba ni
del respeto ni del reconocimiento del otro como ser humano valioso, puesto que
en su dinámica lo que importa es que el otro sea básicamente consumidor.
Consumidor de mensajes, mercancías e ideologías, pero no un interlocutor
éticamente autónomo, y mucho menos un ser humanamente valioso. No por ello, es
necesario aclararlo, la llamada comunicación masiva deja de ser útil y
necesaria, pero tendría que llamarse de otra manera: difusión masiva, por
ejemplo, o proceso de persuasión directamente, o de información, aunque en este
tercer caso habría que hacer muchas otras consideraciones respecto al concepto,
pero como proceso de comunicación en la dimensión ética antes mencionada, el
manejo actual de los medios masivos no se ubica.
La
aportación de Paoli a las propuestas de Habermas y Pasquali resulta muy
congruente y nos permite pensar la comunicación desde el ser humano, no desde
los medios. Ello nos lleva de inmediato a pensar que los medios, como toda la
tecnología de que disponemos, puede utilizarse a favor o en contra de los seres
humanos. La comunicación no, por lo menos en los términos de estos tres autores.
Integrando
de primera intención las ideas centrales de Habermas, Pasquali y Paoli, el
concepto de comunicación viene a ser algo más que un simple intercambio de
mensajes que cualquier ser vivo, animal o planta, o incluso muchas máquinas,
puede realizar. La comunicación desde estos autores es una acción o proceso
mucho más profundo, privativo de los seres humanos, donde la dimensión
operativa del intercambio de mensajes se da dentro de otras dimensiones que
implican la voluntad de entenderse, como sentido; el mutuo acuerdo, la creación
de conocimiento y de verdad, como productos; la validez de las diferencias, el
intercambio recíproco, el mutuo respeto, el mutuo valer y la conciencia de
ello, como condición ética.
Habrá
quien afirme que el anterior es un concepto complejo y difícil de llevarse a
cabo. Sí, por supuesto que es complejo y difícil como pueden serlo las ideas de
democracia, libertad y justicia. Y precisamente como estos conceptos, la
comunicación así definida resulta indispensable de buscarse, si se valora la
vida de todos los seres humanos.
Por
lo que respecta a las supuestas prácticas de comunicación de los demás seres
vivos, células, plantas y animales, una vez ubicados en el concepto de la
comunicación humana orientada al entendimiento, igual que en el manejo de los
medios masivos, habrá que categorizarlas de otro modo, sin restarles
importancia en absoluto, pero estableciendo las claras diferencias con respecto
a la comunicación humana.
En
resumen: El concepto de comunicación antes planteado no se asume como una
sustancia que pueda asociarse a otras entidades (como los medios, por ejemplo),
sino como una acción generada por los seres humanos que tienen la voluntad de
entenderse, por lo que establecen un acuerdo de principio en cual se reconocen recíprocamente
como seres humanos valiosos, se respetan en cuanto tales y valoran sus
diferencias y autonomía ética, desarrollan un intercambio recíproco de mensajes
que los lleva a crear un nuevo conocimiento y una verdad conjunta, así como un
vínculo que los compromete recíprocamente, teniendo mutua conciencia de todo
ello.
Una
pregunta que surge entonces es: Desde la perspectiva del entendimiento, ¿cómo
considerar a los llamados MCM?
5:
MEDIOS PARA ¿LA COMUNICACIÓN?
Con
base en la discusión del concepto de comunicación antes expuesta, y asumida
ahora como la propuesta más valiosa en el presente trabajo, no es posible
considerar que los llamados medios masivos son, por naturaleza, medios para la
comunicación, y mucho menos asumirlos como medios de comunicación, como si la
comunicación fuera una sustancia con la que ellos han sido elaborados.
Ahora
bien, si los medios masivos no son para o de la comunicación, entonces ¿qué son
los estos medios, y para qué se utilizan?
De
entrada, en su dimensión material, los medios son herramientas tecnológicas que
permiten a los hombres difundir sistemáticamente señales o mensajes a grandes
distancias con la finalidad de que sean recibidos por una gran cantidad de
personas, en forma simultánea o diferida.
Cada
uno de los medios (prensa, cine, radio y televisión, Internet, entre los más
utilizados) tiene su propio lenguaje (escrito, fonético, visual, audiovisual y
otras combinaciones) y sus enlaces técnicos (aparato emisor y aparato receptor,
entre otros). Cabe mencionar que, estas características de los medios, no
garantizan que sus mensajes necesariamente sean recibidos por las personas, y
mucho menos, por una gran masa de personas, sino que ello depende de muchos
otros condicionantes: información previa, tiempo, interés o necesidad,
disposición, etc., sin considerar además las condiciones físicas y culturales.
La
consideración que se hace de los medios como masivos, tiene que ver con una de
las finalidades que sus propietarios (en la sociedad capitalista) o
administradores (en un régimen socialista) le han venido asignando
históricamente. Esta finalidad consiste en hacer llegar mensajes, datos e
ideas, de manera expedita a una gran cantidad de personas consideradas masa, en
tanto reciben el mismo mensaje de manera atomizada, es decir, cada uno por
separado.
Más
aún, Mario Margulis (1982) considera que gracias al asombroso poder de difusión
de los medios, ha sido posible que pequeños grupos de especialistas, en función
de sus intereses y de sus mandantes, impongan formas culturales dominantes a
toda una sociedad. Puesto que si la cultura, entendida como el conjunto de
respuestas colectivas a las necesidades vitales, deja de ser producto de la
interacción directa de los grupos humanos, los hombres se convierten en
consumidores de las respuestas sugeridas por los especialistas de los medios.
Lo cual relega a los receptores de los mensajes masivos precisamente al papel
de consumidores de productos culturales, y en nuestro sistema capitalista estos
productos culturales son considerados, desde su origen, como mercancías para
obtener ganancias.
Como
puede apreciarse, la idea de medio masivo es básicamente una categoría
construida desde la visión de quien controla su manejo. Y se refiere a una
herramienta tecnológica cuyos propietarios y administradores destinan para ser
utilizada en la difusión de mensajes preparados por sus especialistas para ser
enviados a una gran cantidad de personas considerados receptores, y que habrán
de consumir dichos mensajes. Cualquier respuesta de los receptores, será
considerada por los emisores, únicamente en función del consumo de los mensajes
(retroalimentación o feed back), no como mensajes diferentes y valiosos desde
la perspectiva propia de las personas que ellos consideran solamente como
receptores. Por ejemplo, si el mensaje se refiere a la promoción de un producto
o servicio, la respuesta a considerar básicamente será la compra o no de dicha
mercancía. Si el mensaje es electoral, lo que importa es si el receptor dará su
voto o no por el candidato anunciado. Toda respuesta distinta, original, desde
las propias necesidades, intereses y forma de ver el mundo de cada uno de los
receptores por separado, o en grupo, no tiene mayor consideración en los
emisores, a menos que signifique una amenaza para éstos en su control del
medio.
Resumiendo
ideas antes expuestas, los llamados medios masivos de comunicación, ni pueden
considerarse masivos por su naturaleza tecnológica, a priori, ni están siendo
utilizados para la acción comunicativa en nuestra sociedad. Son herramientas
tecnológicas con posibilidad de ser empleadas para la difusión de mensajes
elaborados por especialistas (lo cual sí se acostumbra desarrollar con mucho
éxito) y destinados a una masa de receptores (cantidad de personas que se
pretende consuman los mensajes en forma atomizada).
Por
otra parte, las personas que se asumen como receptores de la difusión masiva,
aceptan su papel de consumidores atomizados de mensajes elaborados por
especialistas, y a quienes sólo pueden responder ocasionalmente en función del
consumo o no del mensaje recibido. Por supuesto, esta no es la única posición
que puede asumirse en la recepción de los mensajes. Existen otras, como lo han
planteado distintos autores (Mattelart, Martín-Barbero, Orozco, etc.), y que
pueden ir desde la actitud crítica hasta la apropiación del mensaje y del mismo
medio, como lo han hecho los indígenas neozapatistas en México con la Internet.
Pero por ahora es necesario únicamente dejar en claro que un medio masivo no lo
es por naturaleza, sino por una finalidad definida en su uso, y que esta
masividad, de entrada, hace referencia a una exclusión de los receptores como
interlocutores, relegándolos al papel de consumidores de los mensajes
previamente elaborados por especialistas. Lo cual, por supuesto, niega el
proceso de comunicación en cuanto intercambio de mensajes con la mutua
voluntad de entenderse y valorarse recíprocamente, entre otras
características.
Sin
embargo, habrá que considerar que los medios de difusión colectiva también
pueden ser utilizados en procesos de acción comunicativa. Las estaciones de
radio de la ciudad de México lo demostraron durante el terremoto de 1985
poniendo en contacto familiares aislados, convocando personas y promoviendo la
aportación de maquinaria y recursos para el rescate de vidas, etc. Ejemplos
como éste abundan en otros tiempos y lugares. Los medios en tanto herramientas,
por supuesto que pueden usarse para el mutuo entendimiento. Lo que les da el
uso actual de vendedores masivos para públicos atomizados son las relaciones
económicas y políticas asimétricas que padecemos. Y esas relaciones
asimétricas, entre otras cosas, se ocultan detrás del concepto de
comunicación-persuasión asumido en los medios, dando la apariencia de un mundo
armónico en el que los medios están al servicio de la sociedad, y no ésta al
servicio de la comercialización de los dueños de los medios y de los discursos
del poder. Quedan como asuntos pendientes, por supuesto, desarrollar en la
práctica y en lo conceptual otros usos específicos de los medios desde la
perspectiva de la comunicación-entendimiento.
6:
LA COMUNICACIÓN Y LA BIOLOGÍA DEL SER HUMANO
El
análisis lingüístico, social y filosófico que Habermas realiza en su Teoría de
la acción comunicativa (1993), encuentra correspondencia con la dimensión
biológico-filosófica que le confiere Maturana a la práctica comunicativa.
Efectivamente,
Humberto Maturana (1987) considera que la comunicación tiene una fundamentación
biológica en la necesidad de lo que él llama acoplamientos de tercer orden. Los
acoplamientos de primer orden se refieren a las relaciones de las células y los
de segundo orden a las vinculaciones de los organismos metacelulares, mientras
que la fenomenología de los acoplamientos de tercer orden, como la del hombre,
se basa en que los organismos participantes satisfacen sus ontogenias
(historia de sus cambios estructurales sin perder su organización unitaria)
individuales fundamentalmente mediante sus acoplamientos mutuos en la red de
interacciones recíprocas que conforman al constituir las unidades de tercer
orden (Maturana:1987,129), interacciones que van desde la reproducción sexuada
hasta la acción comunicativa.
En
otras palabras, sin estas interacciones recíprocas de acoplamientos mutuos, el
ser vivo no satisface su onteogenia y muere. De ahí, por ejemplo, que los
ancianos o los desempleados de nuestra sociedad capitalista sientan que se les
mata, social y biológicamente, en el momento que se les excluye y no se les
permite satisfacer sus ontogenias individuales en acoplamientos mutuos de la
red de interacciones recíprocas de la unidad de tercer orden (la sociedad) en
la que existen.
Del
mismo modo, al menos en la generalidad y por ahora, operan los medios sociales
de información. En la medida que a diversos actores sociales se les aísla de
esa red mediática de interacciones recíprocas, como es el caso de los
vendedores ambulantes o los deudores de la banca, en esa medida se pretende
eliminarlos: dejan de existir, como diría Eliseo Verón (1995), al menos
pública y simbólicamente. Más aún, en tanto los medios no permiten las
interacciones recíprocas, sino que únicamente realizan acciones de difusión
unidireccional, están eliminando o tratando de eliminar a todos los actores
sociales no participantes. Por ello también surgen los medios alternativos como
las radiodifusoras piratas o los periódicos clandestinos.
Una
de las razones claras del éxito de la guerrilla zapatista es que no se dejaron
excluir por los grandes medios nacionales. Sino que se hicieron y se siguen
haciendo presentes en la interacción social a través de amplias redes de
acoplamientos de tercer orden. Por ello siguen vivos y en diálogo con el
resto de la sociedad. Esta es la trascendencia, tanto en lo individual como en
lo social, de concebir la comunicación como una necesidad de acoplamiento de
tercer orden.
De
ahí también la pertinencia de la dimensión ética que tanto Paoli como Pasquali
reconocen en la práctica comunicativa. Pues no se trata únicamente de la
posibilidad deseable de lograr una relación madura y respetuosa, además de
voluntaria y libre, entre personas excepcionales, sino que está en juego la
sobrevivencia misma y el desarrollo o muerte (afectiva y social) de los seres
biológicos. No se trata de concebir la comunicación-entendimiento como si se
tratara de una especie de práctica mística, sólo accesible excepcionalmente
para unos cuantos iniciados, sino que estamos hablando del desarrollo de un
mecanismo indispensable para la supervivencia y el crecimiento de los seres
humanos éticamente autónomos.
Finalmente,
la concepción de la comunicación, sea como persuasión o como entendimiento, nos
lleva necesariamente a mirar la realidad o el mundo de una determinada manera,
muy distinta una mirada de otra. Por ejemplo, podemos considerar a la política
como el dominio y control sobre el otro a través de la persuasión (marketing
político), o concebirla como un ejercicio de decisiones compartidas para el
bien de los ciudadanos que se valoran y se apoyan recíprocamente a través del
entendimiento. Mirar a la sociedad con desconfianza, en el primer caso; o
participar en ella con esperanza, en el segundo.
Tal
es la trascendencia del cristal conceptual a través del cual visualizamos la
comunicación. Con esa forma específica de ver las cosas construimos nuestro
conocimiento de los otros y nuestros proyectos, personales y sociales; nuestro
andar en el mundo como especie.
7:
DESARROLLO CONCEPTUALES PENDIENTES
Existen,
por supuesto, otras posibilidades de construir el concepto de comunicación que
por ahora no hemos explorado. Se podría partir, por ejemplo, de la antropología
cultural para responder a las necesidades vitales de un grupo social frente a
la naturaleza y ante la necesidad social de ser-con -los-demás, y llegar a
plantear la comunicación como una práctica cohesionadora indispensable. O bien,
podría enfrentarse filosóficamente la divisa existencial de
estar-arrojado-en-el-mundo mediante el desarrollo de la vida dialógica de
Bajtin. E identificar vida humana y comunicación. O enriquecer una deriva teórica
con todos estos enfoques y los aportes de la comunicación-entendimiento.
Pero
aún sin darse a la tarea de descubrir una nueva veta, rica y trascendente para
la construcción del concepto de comunicación, hace falta desarrollar múltiples
aspectos de las prácticas comunicativas definidas hasta el momento, de modo
que, además de obtener un conocimiento mayor de este fenómeno, nos permitan
trascender y relativizar al obsesivo estudio del uso de los medios.
Un
desarrollo particular importante, y que sólo ha sido empezado a ser abordado
desde la psicología, es el que se refiere a la comunicación interpersonal. La
profundización y ampliación del conocimiento acerca de los procesos de
entendimiento físico, biológico, afectivo, verbal, no verbal, político y
existencial entre los seres éticamente autónomos, es un mar en espera de ser
navegado desde la perspectiva de la acción comunicativa, por ejemplo.
Otro
tanto podemos decir de los procesos de entendimiento en la convivencia
familiar, donde la autonomía ética es cuestionada por la dependencia económica
y afectiva, e incluso física, de los hijos hacia los padres; o por la demanda
sexual de los cónyuges; o por el peso de las tradiciones en la familia extensa.
No
es menos importante analizar la dinámica de entendimiento o no entendimiento o
crisis de entendimiento entre diversos grupos. Desde grupos laborales hasta
grupos políticos, civiles o religiosos. Especialmente en nuestra sociedad
neoliberal individualista resulta fundamental descubrir y solucionar los
problemas de participación, respeto a la pluralidad o disidencia, así como la
necesidad de construir la unidad de acción social mediante la participación. Lo
común es la dirección autoritaria, la participación utilitaria en lo personal o
el desmenbramiento del grupo. Desconocemos la dinámica del entendimiento
participativo entre seres diferentes.
Otro
desarrollo sumamente interesante y necesario es el que se refiere al
entendimiento social entre los grupos sociales de diferentes ámbitos
geográficos para mejorar la vida en común. Es decir, ¿cómo retomar la vida
comunitaria de una determinada población, ya sea en el ámbito local, regional,
nacional o internacional? El desarrollo de las tecnologías de información ha
sido enfocado socialmente como una ampliación de mercados desde la perspectiva
económica capitalista, a pesar de que esos medios dan para mucho más que para
la estrategia globalizadora. Pero se requiere analizar las prácticas
no-mercantiles y solidarias entre ciertas comunidades especializadas,
ecológicas, políticas, científicas o académicas por ejemplo, para generar
modelos que puedan ser aplicados a la comunidad en su conjunto. Así lo ha
expresado también el Dr. Cebrián, investigador de la Universidad Complutense de
Madrid en la III Bienal Iberoamericana de Comunicación (Serafín:2001,6).
En
fin, desde la perspectiva del entendimiento hace falta desarrollar un nuevo
modelo de comunicación política que frene la clientelización del marketing
político enfocado a vender a los candidatos a puestos de elección popular como
si fueran papas fritas (¿no lo son?, preguntaría Mafalda, del dibujante
argentino Quino), y genere una dinámica de diálogo permanente para el diseño,
la autoconducción y la evaluación de los proyectos públicos.
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(Recibido
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