Julio Camba, una lección de periodismo

 

 

Fermín Galindo: “Julio Camba, unha lección de xornalismo”

 

Santiago de Compostela, Ediciones Lea, 2002

 

75 pp.

 

ISBN: 84-95444-27-5.

D.L.: C-891 / 02

 

 

Reseña de Concha Mateos Martín

 

 

 

El Dr. Fermín Galindo Arranz, profesor titular de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Santiago de Compostela, nos presenta en este libro una biografía de uno de los periodistas más interesantes del panorama español del pasado siglo, Julio Camba, corresponsal que fue de Abc, el que tenía  “el secreto de la prosa ligera y centelleante”, en el decir de otro gallego ilustre, el novelista Gonzalo Torrente Ballester.

 

Decir que ésta es una biografía es mucho decir, no ya solo por el número de páginas del libro, sino porque “de la vida de Julio Camba no se sabe gran cosa”, más allá de lo que han ido contando sus innumerables amigos.

 

En el prólogo, el catedrático de la Universidad de Vigo Manuel Fernández Areal señala que Julio Camba estaría encantado de saber que un profesor universitario (Fermín Galindo, el autor) ha leído todos sus artículos, para confeccionar este libro que nos aproxima a la biografía literaria del gran periodista, cuyo último domicilio en Madrid no fue otro que una habitación del Hotel Palace, lo que ya da una idea del personaje, entre botarate, solitario y periodista de cuerpo entero. De él dijo el celebrado articulista González Ruano que “Camba se consideraba a sí mismo como periodista y sólo periodista”, más allá de las etiqueta de intelectual o escritor que hiciera uso de las páginas del diario para comunicarse con la sociedad.

 

Según el prologuista del libro, este sentimiento de Camba acerca de su conexión con el ser periodista dice mucho del personaje, porque “en tiempos de Camba, ser periodista era poca cosa, desde el punto de vista de los literatos, sin querer comprender esos literatos que literatura y periodismo no sólo son actividades diferentes, sino que para ser bien periodista hay que sacudir ordinariamente “os reberetes de literato”.

 

Fermín Galindo eligió a este personaje para mantener vivo su ejemplo entre los futuros periodistas, un personaje que –según Fernández Areal--  fue ”un gran periodista, un periodista excepcional, con grandes dotes de observador, con sentido crítico, con amor a la libertad de expresión, con sentido del humor y con gran respeto por los demás”.

 

El origen de este libro fue el trabajo titulado “Julio Camba, una lección de periodismo”, que el autor divide en tres partes:

 

1 - “Sobre Julio Camba”.-- una corta biografía del articulista, de su temperamento y algunos episodios de su vida, tan llena de anécdotas y episodios singulares. En este primer apartado se incluye el subcapítulo “Caramba, Camba”, que en principio iba a dar título al libro. Este primer apartado se cierra con una cronología del personaje, de especial interés, al tratarse de una persona de la que no existe una biografía formal.

 

2 – “Julio Camba y el periodismo”.-- donde el autor, después de rastrear casi todos los artículos de Camba, muestra el pensamiento del articulista en materias como censura y libertad de prensa, sobre la objetividad, acerca del sensacionalismo, el uso de las fuentes y sobre el oficio del periodista. Aquí, Galindo incluye algunos artículos inéditos sobre el personaje, donde destaca el texto de Francisco de Cossio “Humor y poesía”.

 

3 – Bibliografía sobre Camba.-- el libro se cierra con una extensa bibliografía, que se tuvo que recortar para esta edición, patrocinada por el periódico Diario de Pontevedra.

 

Joven indómito, Julio Camba abandona su tierra a la edad de 16 años y emprende viaje a Argentina, como un emigrante más y la cabeza llena de sueños y proyectos. Allá escribió una novela corta titulada “El destierro”, publicada en 1907 en la colección “El cuento semanal”, que dirigía otro personaje del siglo XX, Eduardo Zamacois. En ese texto habla al parecer por primera vez de su cariño hacia la idea anarquista, aunque más tarde acabara como periodista de Abc: “Lo maravilloso era abstraerse por un momento de la conversación general en cualquier tertulia y pensar qué cosa rara y grande se habría propuesto el Destino al citar en un mismo punto del universo a hombres de tan distinta especie. A un francés, que fabricaba anteojos para ver los eclipses; a un estudiante ruso; a un barítono italiano; al doctor Creak, millonario inglés, y a mí, que soy natural de Villanueva de Arosa, un pequeño pueblo de la provincia de Pontevedra, adonde no ha llegado aún –tal vez por dificultades postales— la noticia del noúmeno ni la del fenómeno. La Anarquía nos había encantado a todos, porque la anarquía era para nosotros, más que una concepción filosófica, un entretenimiento sentimental”.

 

Este extremo de su aparente filiación (¿) anarquista va a tener importancia, porque en la deportación de Camba desde Argentina a España va a parecer esa idea, de forma aparatosa. Después de unos años en aquel país hermano, deseó regresar a España sin medios para hacerlo. Cuando se enteró de que el gobierno argentino había decidido deportar a los anarquistas, gritó un “Viva la anarquía” en el lugar adecuado, para ser detenido y reexpedido a Europa, hacia el puerto de Barcelona, desde donde siguió a Madrid.

 

En las tertulias madrileñas se va dando a conocer y conoce a autores de postín literario,  Rubén Darío, los hermanos Machado, Pío Baroja y a su paisano Ramón María del Valle Inclán. En esos tiempos madrileños escribe en periódicos anarquistas. En ésas estaba, cuando un día de hace casi un siglo yendo caminando en compañía de Ortega Munilla se encontró por la calle en Madrid con Leopoldo Romeo, director del diario “La Correspondencia de España”. Éste le dijo sobre la marcha “¿Se iría usted a Costantinopla?”, donde aquellos días había noticias por el malestar social que se respiraba en sus calles. Camba no lo dudó ni un instante. Y ahí empezó su leyenda, la del periodista aventurero, “analista de caracteres, naciones y culturas” (Pág. 19). Fue tan rápida la fama que anegó a nuestro personaje, que cuando trabajó para el diario La tribuna, los voceros de la calle lo anunciaban así: “Julio Camba, léanlo en La Tribuna”.

 

Por todo eso no extrañó mucho que el fundador del diario conservador Abc, Torcuato Luca de Tena, lo llamara para que escribiera en sus páginas, lo que sucedió en 1916. Allí demostró su conversión “en un maestro, en un escritor con un asombroso poder de síntesis, de observación e ironía”. Esto significa, entre otras muchas cosas, que estamos ante un periodista lleno de humor, que marcaba las charlas diarias en bares y cafés madrileños y que tan bien ha sabido recoger Fermín Galindo en este librito, que hace las delicias de quien lo lee, pues se refresca en un periodismo de vida cotidiana fresco y gratificante.

 

Algo visionario, este gallego que más que celta se quería dar a conocer como íbero, que no iba de gallego por la vida, sino de persona sin más, sin etiquetas regionales o nacionales –todo muy en línea con aquellos aires ácratas que conoció en Argentina--, escribió en “Sus mejores páginas” esta profecía del globalismo actual: “El mundo ha ido poco a poco perdiendo su alegre y pintoresca variedad y hoy podríamos decir que todos somos unos por obra y gracia de la aviación, el cine, la radio, los antibióticos, la coca-cola, el nylon, el plexiglas, los pucheretes a presión  tantas otras cosas, unas buenas y otras malas. Hoy todos somos unos y por ello, al reunir estos artículos escritos por los años 109 y 1914, yo recuerdo con nostalgia, y un poco a la manera de Jorge Manrique, la época en que éramos diferentes”. (Pág. 37)

 

Después de conocer tantos países en sus viajes periodísticos, con regímenes tan diferentes, Julio Camba siempre demostró su aversión a cualquier tipo de censura y se manifestó siempre como un gran defensor de las libertades en prensa, sin perder siempre el gran humor característico en él. En uno de sus famosos textos, el titulado “Sobre el calamar”, deja claro todo esto, cuando deja escrito: “El calamar se parece al periodista en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y e que se defiende con la tinta. Cuando se siente descubierto, y entonces es cuando echa mano de la estilográfica, instantáneamente se disuelve en el agua un gran chorro de tinta. ¿Qué nos dice en aquel mensaje el calamar? No se ve nada. No se entiende nada. Para evadir nuestra persecución, el calamar ha lanzado el rostro un largo artículo de fondo y se ha escabullido. Dos, tres, cuatro columnas de negra prosa flotan por un instante en el líquido elemento, y o no hay opinión en el fondo de los mares, o esta opinión debe de conmoverse poco. ¡Dichoso calamar que puedes escribir lo que se te antoje sin tener que entendértelas con la previa censura! Feliz compañero en la prensa submarina”.

 

El autor del libro deja claro el don de la ironía que poseía su sujeto de estudio, cuando afirma (Pág. 44): “Julio Camba tenía una mirada simpática cara a todas las cosas, incluso su propio trabajo, que despierta la simpatía en los lectores. Busca el contraste entre una visión normal de las cosas, racionalizándolas al máximo, para después reducirlas al absurdo. El estilo de Camba desborda alegría y su humorismo resulta  atractivo y agradable. En sus artículos descubre la capacidad del lector para llegar más allá de los párrafos en blanco ...”. Y repite estas palabras de Camba sobre la ironía: “La ironía, en efecto, viene a ser a modo de un lenguaje de clave que sólo se puede utilizar con aquellas personas que conozcan su secreto y si el ironista hablado fracasa con tanta frecuencia, a pesar de ayudase de toda clase de gestos, ademanes y  guiñadas de ojo, ¿cómo no va a fracasar el ironista escrito, que no tiene a su disposición ninguno e estos recursos auxiliares? ...”.

 

Escritor pausado, siempre le molestó verse molesto por las prisas que rodeaban, sobre todo cuando escribía desde fuera de Madrid. Dijo: “Ortega dice que cuando se viaja no se pueden escribir artículos. Eso también lo he dicho yo, pero los directores de periódicos nunca compartieron mi opinión...”.

 

Como se ve, nos encontramos ante unas páginas que poco a poco van dibujándonos a uno de los más importantes periodistas del pasado siglo.