La sociedad humana se articula fundamentalmente en función de las unidades convivenciales, los grupos, las asociaciones, las organizaciones de distinto tipo y las comunidades. Somos una especie social y la relación forma parte de nuestras condiciones básicas de funcionamiento. La construcción de la individualidad, de la identidad y de la autonomía es posible en el marco de nidos o soportes sociales (como la familia o el propio Estado de Bienestar).
Los procesos de desarraigo, de desintegración y de ruptura de la cohesión social tienen unos costes económicos y sociales muy elevados y deben ser conocidos y valorados. Entre otros motivos, porque es en la reestructuración de esos ámbitos convivenciales (hoy cada vez más plurales) donde es posible generar nuevos espacios de relación e interacción social.
La crisis de las sociedades contemporáneas se manifiesta de muchas maneras. La fragmentación, la ruptura de los tejidos sociales, la pérdida de apoyos sociales ante los diversos avatares de la vida y la propia soledad, además de otros desajustes sociales, están afectando seriamente a muchas personas. Sus condiciones de calidad de vida y bienestar son precarias y los cambios (en especial, los derivados del proceso de Globalización, desarrollo de la cultura de consumo y el modelo de urbanismo establecido) incrementan su vulnerabilidad y generan riesgos aún no evaluados suficientemente, pero que se consideran crecientes.
Por otro lado, la recuperación de las redes y tejidos sociales es esencial para la prevención de la problemática social, para promover democracias de tipo participativo (apelando a la condición de ciudadanía) y como condición estructural de la formación de sociedades más humanas, justas y saludables.
En estos momentos de importantes transformaciones sociales es necesario tener recursos humanos altamente especializados, de modo que estos profesionales sean capaces de dar respuesta a las continuas necesidades sociales que genera el cambio social.