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Una sesión de Campus América presenta dos estudios sobre si la niebla y la lluvia pueden ser indicadores de cambio climático

martes 10 de octubre de 2017 - 18:12 UTC

Ponecia de un experto en ecosistema de niebla

La Sección de Biología de la Universidad de La Laguna acoge uno de los seminarios de Campus América, concretamente el dedicado a presentar proyectos sobre la sensibilidad de los recursos naturales ante el cambio climático. En la sesión del martes 10 de octubre fueron presentados dos proyectos focalizados en dos ámbitos geográficos muy concretos: el comportamiento de niebla en la costa del desierto de Atacama, en Chile, y la lluvia en el archipiélago canario.

Los participantes fueron Camilo del Río, geógrafo especializado en el estudio de la niebla como recurso de la Pontificia Católica Universidad de Chile, y Pablo Máyer, geógrafo que trabaja en el estudio de las precipitaciones de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

El investigador chileno explicó que en la costa de Atacama hay una presencia fuerte de nubes densas que, en estaciones concretas del año, y dada la interacción de agentes como la temperatura del agua o el aire, generan amplios campos de niebla susceptibles de ser recolectadas con unas redes específicamente diseñadas para ello.

Esto propicia un ecosistema particular, done se ha desarrollado una especie vegetal denominada Tillandsia Iandbecki, conocida como “clavel del aire”, caracterizada por no tener raíces y, por tanto, absorber la humedad de manera aérea. Se distribuyen en zonas muy esporádicas y concretas, cuya ubicación el equipo de Del Río ha estudiado, y su desarrollo depende directamente de la mayor o menor presencia de niebla.

Su investigación ha tratado de discernir si el declive de esta planta en este desierto puede ser un indicador del cambio climático tan claro como puede serlo el deshielo de los glaciares. Pero, si bien es cierto que se está detectando un retroceso de su población, también lo es que hay estudios que demuestran que, a largo de los últimos 3.000 años, esta especie ha ido apareciendo y despareciendo por épocas. De este modo, el ponente no se aventuró a señalar si esta desaparición actual está directamente relacionada con el cambio climático o si es un episodio más de esta tendencia histórica documentada.

Al margen del estudio de esta planta, el geógrafo chileno explicó la metodología utilizada para estudiar este ecosistema concreto, para lo que se utilizan desde drones a imágenes por satélite, pasando por la instalación de franjas de luces led distribuidas por la trayectoria por donde se mueve la niebla. Estas luces se activan de noche –que es cuando más niebla se da- y, mediante la grabación de imágenes en time-lapse, es posible saber a qué altura está y qué grosor adquiere la niebla, simplemente observando qué luces son tapadas por la masa húmeda, ya que cada lámpara de led está colocada en intervalos de cincuenta metros de altura.

Lluvias en Canarias

Pablo Máyer ofreció una charla en la que trató de resumir el comportamiento de la lluvia en Canarias, que es particularmente inestable e irregular, por lo que resulta bastante difícil de analizar. De hecho, explicó que, mientras en otras zonas del mundo bastan con registros pluviométricos de 30 años para realizar una caracterización fiable de las precipitaciones, en el caso de algunas zonas de Canarias, se necesi-taría de unos 150 años para tener la exactitud requerida.

El geógrafo se detuvo a analizar los cuatro parámetros que se suelen emplear para describir la lluvia: distribución territorial, regularidad, concentración e intensidad. Sobre el primero, ya es evidente que no es lo mismo la precipitación que se puede dar en las medianías de La Palma, con registros de 1.200 milímetros al año, que en Fuerteventura, con 200 milímetros anuales. Las islas occidentales son las primeras en recibir los frentes fríos y también repercuten las condiciones del relieve, como su altitud y orientación.

Si hay una característica particular de Canarias en lo referente a su pluviometría, es, según Máyer, su irregularidad, pues se pueden dar años muy lluviosos seguidos por otros muy secos. Por eso, precisamente, sería necesario contar con series de datos muy largas, para poder establecer un patrón.

Así, en referencia al cambio climático, señaló de manera muy cauta que los indicadores parecen señalar una tendencia a la disminución de las precipitaciones. Pero a renglón seguido, matizó que, dado el irregular comportamiento de la lluvia, no se podría afirmar fehacientemente que esa tendencia se fuera a mantener en el tiempo.

Hay datos más fiables sobre la concentración de las lluvias: el 50% cae en invierno, el 27% en otoño y el 20%, en primavera, mientras que en verano es casi residual. Pese a ello, los datos indican que en los episodios de precipitaciones más intensas, que superan los 200 milímetros en 24 horas, se suelen dar en noviembre, que es aún otoño, y que, además, es en dicho mes cuando hay muchas probabilidades de que se produzca un gran temporal cada dos años, según indican las estadísticas que maneja este geógrafo.


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