Revista Latina de Comunicación Social 39 – marzo de 2001

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 4º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
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[enero de 2001]

El celebrante, estudio sobre comunicaciones interpersonales, algunos aspectos

(2.610 palabras - 6 páginas)

 

Lic.Susana Sanguineti ©

Profesora de la Universidad Nacional de Río Cuarto (Argentina)

Conocimiento intersubjetivo en la interacción

En las relaciones cotidianas, cuando un individuo llega a la presencia de otros, éstos tratan de adquirir información acerca de él. Todo lo relacionado a ese individuo les interesará: su forma de vida, su posicionamiento económico y social, su particular forma de ser, su forma de relacionarse.

Las informaciones obtenidas del otro ayudan a definir la situación y permite entonces un conocimiento si bien fragmentado a veces suficiente para actuar en consecuencia a las respuestas que se esperan obtener. Serán sus acciones las que influirán en esa definición.

A veces, el individuo actuará intencional y calculadoramente tratando de brindarle a los otros unas determinada impresión que es la que él está dispuesto a mostrar para lograr sus objetivos en la relación. Pero también puede ocurrir que lo haga no en espera de una determinada respuesta sino por ser su acción la respuesta a la historia del grupo al cual pertenece. Puede ocurrir también que el cumplimiento de las tradiciones de su rol lo lleven a dar una impresión que él no estaba dispuesto a brindar.

Si los otros conocen al individuo por experiencias previas, pueden tal vez predecir su conducta.

Pero tal vez esa posibilidad de predecir la conducta del otro deviene también del hecho de considerar que la sociedad está organizada sobre la premisa de que todo individuo posee ciertas características sociales, que hacen a sus características individuales, y que son conocidas por los otros en la interacción cara a cara. Por poseer esas características sociales tiene "derecho moral" a esperar que otros lo valoren y lo traten de un modo apropiado, siempre que en realidad sea lo que alega ser. De esta forma renuncia a toda demanda a ser lo que él no parece ser.

Intentaremos ahora acercarnos a una definición de interacción a través de los autores consultados.

Interacción es "la influencia recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuando se encuentran ambos en presencia física inmediata" (1).

Pero además podría definírsela como la interacción total que se efectúa cuando un conjunto dado de individuos se encuentra en presencia mutua continua; "el término encuentro serviría para los mismos fines" (1)

Volvemos entonces a ese individuo que en la interacción va cumpliendo roles, va significando, va actuando.

El hombre, lo seguiremos llamando individuo, conoce más sobre mí mismo que sobre el otro. Sin embargo, cuando reflexiona solo puede captar sus actos pasados. La autoconciencia no puede ser captada sino en modo pretérito

"El mismo acto de reflexionar es posible únicamente si el objeto sobre el cual se reflexiona forma parte del pasado, aun que este sea el pasado inmediato." (2)

En cambio nuestro conocimiento del otro es la captación de una "simultaneidad" vivida, un ahora y no un recién. Se experimenta al mismo tiempo el decir del otro y nuestro escuchar.

Esta simultaneidad es la esencia de la intersubjetividad, pues significa que capto la subjetividad del alter ego al mismo tiempo que vivo en mi propio flujo de conciencia. "En estos términos, se puede definir al alter ego como el flujo subjetivo de pensamiento que puede ser experimentado en presente vívido (...)" (3)

Nuestros semejantes son amplios espectros de alter egos albergando todas las posibilidades de intersubjetividad.

Ahora bien, cuando el hombre encuentra al otro actuando en un determinado medio con su situación biográfica particular, y su propio acervo de conocimientos, sabe que es otro singular, que debe comprenderlo como ser humano, lo cual significa que sus acciones ponen en relación el mundo de ambos; que significan algo para él tanto como para el otro. En ese conocer de los dos, de "nosotros", reside la tipología de la intersujetividad, la del conocimiento intersubjetivo, socializado. El mundo todo es entonces un mundo cultural intersubjetivo. Es un mundo de cultura porque, el mundo de la vida cotidiana es " una textura de sentido que debemos interpretar para orientarnos y conducirnos en él", (4) trama originada en las acciones humanas e instituidas por nuestros semejantes.

En esa textura coexisten ámbitos de sentido finito que siendo distintos e inconexos pueden ser atendidos como reales aun cuando aparentemente se alejen del ejecutar cotidiano que es el arquetipo de la experiencia de la realidad.

En esa realidad eminente se sitúa el individuo operando físicamente en el mundo donde encuentra resistencia tanto en sus semejantes como en las cosas. Esta es la forma en que se inserta en el mundo exterior, interactuando, asumiendo y actuando sus roles.

El rol del hombre que celebra

Hay momentos en la vida del hombre en que elige transitar por un ámbito de sentido finito que cobra importancia extrema durante varias semanas al año, para luego finalizar casi abruptamente hasta su reaparición al año siguiente. Nos referimos a la celebración del carnaval.

Podría calificarse ese ámbito como compleja textura de sentido donde se entrelazan mitos antiguos y nuevos, demencia y extrema lucidez, ámbito al cual es difícil "ingresar" digamos.

Dice Schutz: ( ) Pero ninguna forma de transformación permite pasar sin dificultades de un ámbito a otro ( ). (5)

En una breve síntesis trataremos de encuadrarla históricamente.

El carnaval es la época del año, variable en fecha, que comienza el domingo anterior al miércoles de ceniza, día en que a su vez comienza la cuaresma; es decir, los 46 días anteriores a la resurrección de Jesús. La iglesia en esos días prescribe ayuno rememorando los 40 días que ayunó el señor.

Como la fecha de la resurrección es variable, resulta que la del carnaval también lo es. Este hecho influye tal vez en la relación directa que se establece entre la fiesta religiosa y la pagana. Esa relación deriva también de la etimología de la misma palabra carnaval, que en latín significa adiós a la carne.

Tanto Cortázar, como Anita Seppilli hacen mención de las palabras del papa Gregorio Magno al referirse al domingo que coincidiría con nuestro carnaval actual: "domenica ad carnes levandas" (37) que luego se abrevió en "carnevalem", "carnevale y "carneval", hasta llegar al nombre actual.

Esto hace pensar que la fiesta se originó en la Edad Media, que fue posterior al cristianismo y que podría haber surgido como rebeldía contra los preceptos rígidos de la iglesia de esa época. Su celebración se entronca con festividades paganas muy antiguas y por lo tanto conserva las características de los ritos antiguos, la fisonomía de fiesta orgiástica.

La fiesta surge como oposición a la cotidianeidad. A los trabajos de todos los días, a la monotonía de jornadas siempre iguales, se opone la efervescencia de la fiesta. A los gestos medidos, a la palabra producto de la reflexión se contrapone un desborde del gesto, de la lengua, del actuar general del hombre.

Pero si bien por simple observación podemos describir fiesta como la concurrencia de gente desaforada, ruidosa, que establece relaciones con los demás fundamentalmente a través de su cuerpo en una actuación distante a la de los roles de la tranquilidad cotidiana, en otro corte de observación podemos decir que la fiesta es un juego de oposiciones entre lo profano representado por la cotidianeidad y lo sagrado representado por la fiesta. Podríamos (con muchas dudas) agregar que el ámbito de sentido de la fiesta es una modificación del ejecutar cotidiano (arquetipo de la realidad) y que se presenta en un juego de oposición.

Dice Callois refiriéndose a lo sagrado y lo profano, que es una gloria para Durkheim haberlo reconocido como explicación capital de las fiestas.

(...) en relación con lo sagrado, lo profano sólo presenta caracteres negativos: en comparación parece tan pobre y desprovisto de existencias como la nada frente al ser (...). Los dos son necesarios para el desarrollo de la vida: el uno como medio en que ésta se desenvuelve, el otro como fuente inagotable que la crea, la mantiene y la renueva. (6)

Estas explicaciones ayudan a comprender el rol que el hombre adopta durante la celebración.

Durante la celebración y sus vísperas en aquellos lugares donde el carnaval es una manifestación ininterrumpida y de proporciones casi masivas, los individuos toman varios cursos de acción que descubren los roles que desempeñan:

  1. los que no participan y se encierran en sus hogares en una casi negación de la festividad (acción negativa o latente)

  2. los que la observan casi obsesivamente desde las pantallas de su televisión (acción negativa o latente.).

  3. Los que participan - el celebrante- que en su accionar, canta, hace gestos grandilocuentes, y fundamentalmente baila. Este accionar es manifiesto.

Podemos decir que unos y otros responden a propósitos.

Nos ocuparemos de ese celebrante cuya acción es manifiesta .

En general, podemos decir que la expresividad del individuo y, por lo tanto, su capacidad para producir impresiones implica dos tipos distintos de actividad significante: la expresión que da y la expresión que emana de él.

"El primero incluye los símbolos verbales -o sustitutos de éstos- que confiesan usar y usa con el único propósito de transmitir la información que él y los otros atribuyen a estos símbolos". (7)

El segundo comprende un amplio rango de acciones que los otros, pueden tratar como sintomáticas del actor y considerar probable que hayan sido realizadas no con "ánimo de comunicar información".

Este segundo tipo de expresión, la no verbal, la más teatral y presumiblemente involuntaria, es la que realizan los celebrantes.

Ahora bien, dado que el baile es la acción privilegiada podríamos decir que el rol del celebrante en cierta forma implica el rol de bailarín.

El bailarín tiene un cuerpo con determinadas proporciones, experiencias sensoriales, sentimientos, propósitos.

Si en un corte de análisis lo visualizamos como instrumento artístico, a los propósitos del espectáculo, ninguna de estas características tienen real importancia porque para el receptor solo importa lo que de él puede verse.

Y lo que de él puede verse es la secuencia de acción y en oportunidades, diferenciados, algunos de sus movimientos significantes que llevarán al receptor a interpretar globalmente la acción aunque no esté totalmente realizada.

"Sus anhelos se reducirán a lo que movimiento y ademán revelen" dice Arheim. (8)

Sus propósitos, como los del arte en general, es transmitir el objeto estético.

Pero el celebrante en su rol de bailarín en un claro intento de interacción con los otros, abre las manos, extiende los brazos, los llama, se ofrece, los enlaza por la cintura, lleva al otro a ejecutar figuras de baile con él, le sonríe y lo hace sonreír y se encuentran en el baile, en el real sentido de "enconter" que habíamos esbozado en el punto anterior.

El baile es atemporal dice Arheim. Si en el baile no hay pasado, presente ni futuro en sus distintas fases, pero sí una lógica en su desarrollo, una pertenencia a un contexto organizado que trasciende el tiempo pero que inevitablemente despunta en el rol del celebrante en esa relación de intersubjetividad que establece con los otros que lo va convirtiendo en persona.

Dice Goffmann

(...) cada uno de nosotros desempeña un rol Es en estos roles donde nos conocemos mutuamente, es en estos roles donde nos conocemos a nosotros mismos. Al fin, nuestra concepción del rol llega a ser una segunda naturaleza y parte integrante de nuestra personalidad. Venimos al mundo como individuos, logramos un carácter y llegamos a ser personas. (9)

También en su rol de celebrante el hombre además de cantar, embriagarse, contorsionarse, relacionarse en muestras de afectividad, se disfraza. En ese momento, sobre el rol de celebrante se superpone otro rol: el de aquello que el hombre quiere ser y que a veces solo emerge en el terreno de lo sagrado de la fiesta.

(...) el disfraz puede ser concebido como reflejo del aspecto distinto que las cosas y seres expresan en el mundo, con su individualidad, teniendo sus raíces en la unidad primordial y originaria. Así, cada parcela del ser se disfraza para constituir un aparente ente autónomo. (10), dice Cirlot. Podemos comprenderlo más cabalmente si volvemos atrás sobre la significación de la fiesta.

Se presenta también como una actualización de los primeros tiempos del universo, del Urzeit, de la época en que se crearon las cosas todas. Un tiempo en el que el mundo no tenía su forma actual, tiempo situado al principio y fuera del devenir.

En esa época vivían los antepasados divinos cuya historia relatan los mitos. No habían fijado todavía leyes ni normas, y en ese tiempo lo extraordinario era normal, lo sobrenatural se escondía tras lo sensible. La plasticidad del universo permitía que cada cual fuera lo que quería ser: hombre, mujer, pez o ave, astro o tierra y la forma cambiante que se adoptara no admitía la vejez ni la muerte.

Tal vez, solo tal vez, cuando el hombre se disfraza en la fiesta, anda buscando su propia y única forma eterna, aquello que es su sí mismo más verdadero, la persona, el yo que quisiera ser. "Probablemente no sea un mero accidente histórico que el significado original de la palabra persona sea máscara", dice Goffmann.

Además, si consideramos junto con Schutz que "el sistema de significatividades que nos gobierna en la actitud natural se basa en la experiencia básica de cada uno de nosotros: sé que moriré y temo morir" (11), el sistema significativo de la celebración del carnaval se vuelve transparente:

El hombre que celebra sufre de esa ansiedad fundamental por la total comprensión que experimenta de su propia mortalidad. Ese conocimiento impreso en la realidad eminente de la vida lo trasciende.

Es en la fiesta en su rol de celebrante donde intentará conjurar el desgaste, la decrepitud, la muerte.

La fiesta es justamente la actualización de ese mundo mítico anterior al cosmo al que nos referíamos en párrafos anteriores. En ella, el hombre se acerca a fuerzas todopoderosas, siempre vigentes en lo sagrado que re-crearán su mundo desgastado.

Así entonces, el exceso y el desenfreno, por magia simpatética (o antitética) legitimado en lo sagrado de la fiesta, reviven el tiempo de oro y caos del Urzeit, producen "una abertura en el gran tiempo "como lo denomina Dumézil.

Si el hombre en su rol de cotidianeidad, en su medida y cautela, basándose en los fundamentos del orden no logró hacer desaparecer el tiempo desgastador, que -a través del hombre en su rol de celebrante de la fiesta por excelencia-, reine el exceso, el desenfreno, el movimiento sin fin, fundamentos del caos donde la muerte no existía.

Para que esto se cumpla, en la fiesta, el hombre en su rol de rey del carnaval muere.

Para renacer en una forma joven, ni mancillada, ni corrompida, ni desgastada.

Para asegurarles a los otros hombres juventud, poder, eternidad.

Para que el grano vuelva a renacer.

BIBLIOGRAFIA

(1) GOFFMAN, Erving. La presentación de la persona en la vida cotidiana. Ed. Amorrortu. Bs. As.1959. pág. 27.

(2) SCHUTZ, Alfred. El problema de la realidad social. Amorrortu. Ed. Bs As.1962 pág. 20.

(3) Schutz. op. cit. pág. 20 y 21

(4) Ib. 41.

(5) Ib. 28.

(6) CAILLOIS, Roger. El hombre y lo sagrado. Méjico Fondo de la Cultura Económica. 1942. pág.14.

(7) Goffmann op. cit. pág.14.

(8) ARHEIM, Rudolf. Arte y percepción visual. Ed. Universitaria de Bs. As.1962

(9) Goffmann op. cit. pág.31

(10) CIRLOT, Juan Eduardo, Diccionario de símbolos Ed. Labor. Barcelona. 1978

(11) Schutz op. cit. pág. 30.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Sanguineti , Susana (2001): El celebrante, estudio sobre comunicaciones interpersonales, algunos aspecto. Revista Latina de Comunicación Social, 39. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/2001/latina39mar/112susana3.htm