Revista Latina de Comunicación Social 50 – mayo de 2002

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 5º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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La tiranía de la apariencia en la sociedad de las representaciones

Dra. Marta Martín Llaguno ©
Dra. en Comunicación Pública
Profesora de Deontología Publicitaria y Teoría General de la Información de la Universidad de Alicante 

"No había hombres menores de treinta y cinco años, y eran pocos losque no superaban los cuarenta. El tipo de mujer que no estaba representado era el de las que no son ni muy jóvenes ni muy viejas, las que ya han producido su primera capa de grasa subcutánea, las que relucen con una rotundidad rolliza y una tez sonrosada...".
Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades, P. 323
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Resumen

En un momento en el que la persecución de la belleza corporal está propiciando la aparición de nuevas epidemias sociales (como los trastornos de alimentación o los comportamientos compulsivos relacionados con la estética), en este texto se examinan las dos vías por las que, según la autora, los medios de difusión contribuyen en la actualidad a consolidar la "tiranía de las apariencias": su tecnología y sus agendas.

En primer lugar se presenta una reflexión sobre el impacto de la comunicación audiovisual en el pensamiento contemporáneo. Se sostiene la tesis de que la imagen personal ha cobrado valor porque vivimos en una "sociedad de representaciones" en la que sólo lo que se observa tiene importancia. La tecnología mediática ha potenciado el lenguaje visual frente al oral y nos ha transformado en "animales videntes" con un modelo plástico de entender el mundo y con un concepto ontológico del hombre en el que el físico (lo que se ve) adquiere un valor casi absoluto. Por otra parte, la técnica ha democratizado el anhelo de la estética personal al hacer que gran parte de los ciudadanos mantengamos una interacción privada y personal con los cánones de belleza corporal.

En segundo lugar, se admite que las agendas mediáticas (que fijan estereotipos, ungen al atractivo personal de utilidad material y social y confieren valores económicos y trascendentales al cuerpo) influyen en los conocimientos, las actitudes y los comportamientos relacionados con la estética de los ciudadanos. Pero se mantiene la hipótesis de que estos mensajes son producto de un complejo sistema de influencias, y no de la decisión autónoma de la comunicación social como institución. En este contexto, el artículo delimita los elementos que participan en la exégesis de la apariencia, haciendo una disección del discurso mediático en tres niveles: el individual, el organizacional y el lógico.

La dictadura de la estética personal conduce a una sociedad cada vez más irracional y que es necesario desmantelar poniendo en marcha una revolución cultural (con nuevos valores, actitudes y comportamientos). Este texto concluye que tal vez este proceso pueda iniciarse a partir de la reflexión y la actuación sobre los medios.

El punto de partida: El "sentido de la belleza"

La definición de la belleza en general -y, más en concreto, de la belleza que aquí nos ocupa, el atractivo personal - ha atraído el interés de múltiples pensadores a lo largo de toda la historia. Demarcar la noción y encontrar la receta de este atributo no es fácil, y, como sostiene Mead (1881: 63), "la realidad es que todos los intentos sólo han conseguido obscurecer el concepto, y que hoy por hoy aunque no sepamos lo que es, sí que hay ciertas cosas relacionadas con la belleza que pueden guiar la discusión".

Parece existir un consenso generalizado en que el atractivo personal es un constructo social multidimensional. Afirma Lloyd que "no es un objeto, sino un valor y, como cualquier otro valor, requiere para su existencia de una relación extrínseca con alguna persona en cuya conciencia emerge /... / la belleza no es una cualidad innata al objeto[o a la persona], sino una propiedad percibida con respecto a ella por otra" (Lloyd, 1923: 225). Quiere esto decir que la belleza personal es un intangible, que no depende tanto del sujeto en que supuestamente reside, como del que juzga.

El atractivo no se percibe nunca como una cualidad absoluta y unidimensional, sino como una propiedad compleja, vinculada tanto a rasgos materiales (cuerpo) como comportamentales (moral) (Englis y Solomon, 94: 2) [1]. Tenemos reacciones innatas ante determinados trazos físicos, -por ejemplo, la separación de los ojos y las cabezas grandes suscitan ternura (Berry y McArthur, 1985)-, pero lo cierto es que los juicios estéticos y éticos tienen mucho menos de material que de cultural.

Nuestra capacidad para identificar algo o alguien como atrayente o atractivo, nuestro "sentido de la belleza" (Perrault: 1683), no es una condición material o una facultad estática, sino una competencia adquirida que vamos alcanzando mediante hábitos y conocimientos a través de experiencias individuales, grupales y sociales. "Aprendemos a apre-hender la belleza", y al margen de las respuestas físicas innatas, todas las entidades que configuran nuestra realidad histórica influyen, directa o indirectamente, en los juicios éticos y estéticos que hacemos y en el ideal personal al que aspiramos o que preferimos. Así, no se puede entender la evolución histórica del canon de belleza o de atractivo personal sin una la reflexión sobre los valores y lógicas personales, grupales y sociales de cada civilización.

Los valores culturales son, en efecto, cardinales para la conformación de los juicios y preferencias de cada momento. Pero en la medida en la que éstos no son innatos, sino que se adquieren, las vías por las que - y el modo en que- se transmiten resultan también cruciales. Probablemente, la difusión de un "modelo de hombre", y en consecuencia de un "modo de entender el atractivo personal", es más importante que su originalidad, o su bondad, puesto que es lo que contribuye a su estandarización. Sólo si un canon llega directa o indirectamente a un buen número de personas tendrá efectos verdaderamente trascendentales.

El determinismo tecnológico de la cultura mediática: la vigencia de la imagen y la democratización de la estética

A lo largo de la historia ha habido múltiples concepciones -éticas y estéticas- del atractivo y la perfección personal. Sin embargo, mi hipótesis es que sólo aquellas imbuidas de valores fácilmente transmisibles a través de los canales de comunicación estandarizados en cada momento han tenido una notable repercusión pública.

El ideal de belleza personal prevalente en la sociedad occidental durante años fue el espiritualista, no sólo por ser el heredero de la tradición clásica y por haberse propugnado por instituciones de poder como la Iglesia, sino también porque se adecuó fácilmente a unos canales de difusión, más propios para la transmisión de contenidos que de continentes.

En efecto, en la era preindustrial, los juicios de valoración se divulgaban individualmente o en grupo sobre todo a través de narraciones orales, manuscritos e impresos y obras artísticas. Por estas vías, los valores inmateriales tenían más posibilidades de difusión, irradiación y traslación que los plásticos. A través de parábolas, anécdotas, fábulas o historias fácilmente asimilables y recordables -primero orales y después escritas- era fácil inculcar recetas y condiciones para aumentar virtudes teologales y cardinales, y hacer que estas normas se asimilaran y corriesen entre el pueblo iletrado. Sin embargo, no resultaba tan sencillo transmitir masivamente criterios estéticos. Los iconos, y obras de arte, que plasmaban cánones corporales (Pérez Gaulí, 2000: 10), eran indivisos, irreplicables e inamovibles y difícilmente divulgables. En consecuencia, sus efectos resultaban geográficamente muy circunscritos y demográficamente muy selectos. El estatismo de los valores estéticos, impuesto por la tecnología, hacía también difícil su asimilación privada por la mayoría de la gente, y su transmisión interpersonal.

En este contexto, no resulta extraño que el concepto de excelencia humana, con ayuda de la religión, se popularizase vinculado más a la moral que a la estética. Las únicas virtudes a las que el conjunto de la población, y no sólo unos afortunados, tenían acceso eran las prácticas y las éticas. En este sentido, los patrones corporales existían, pero los condicionamientos tecnológicos hacían que su difusión fuese sumamente discreta, y que difícilmente pudieran erigirse como modelos individuales a seguir, porque la interacción unipersonal y continua con ellos estaba reservada a unos pocos. La belleza corporal se concebía más como un medio que como un fin, y servía fundamentalmente para enfatizar la belleza espiritual (sobre todo en corrientes ascéticas) porque "la cara era un reflejo del alma" [2]. Así, durante mucho tiempo el atractivo personal se asoció más a los valores comportamentales que a los corporales y el cuerpo se presentó como una realidad relativamente irrelevante, coyuntural, innata, funcional, estática y con poca posibilidad de modificación al que, en todo caso, había que controlar y mortificar en aras a alcanzar la belleza del espíritu.

Aunque la superación intelectual del espiritualismo idealista por el materialismo positivista comenzó en el siglo XVIII, no fue hasta la llegada de la revolución industrial cuando la estética, como lo habían hecho antes la ética y la espiritualidad con ayuda de la religión, se popularizó. Fue con el auge de las clases medias, y el desbordamiento de la demanda por la oferta de productos cuando el sistema capitalista necesitó "impulsores del consumo", y entonces esta cualidad material se convirtió en un valor fundamental en todos los campos. El diseño (múltiple) usurpó, en buena medida, la función del arte (único) y a medida que la tecnología fue dando a la luz distintos inventos, el deseo de adquirir, de poseer, de "ser" elementos estéticos (al igual que antes había sucedido con la necesidad de "ser" elementos morales y espirituales) se fue transmitiendo (en buena parte por razones económicas) al grueso de la población.

Desde el primer cuarto del siglo XX, los mass media, sobre todos los visuales, jugaron un papel fundamental en esta maniobra. Como canales de difusión idóneos para los valores plásticos, primero la fotografía y luego el cine (como medios de masas) fueron potenciando el poder de la imagen. Al permitir su replicación y su movilidad, hicieron posible también que el icono se introdujera poco a poco en la vida privada, y favorecieron una interacción más íntima, continua y masiva con los cánones corporales que la que se daba cuando éstos se plasmaban en el arte. La Mona Lisa o el Rafael, expuestos en un palacio o museo, podían servir de guía pública, pero difícilmente de guía personal para el conjunto de la población. Pero las fotografías de prensa o publicitarias o cinematográficas empezaron a entrar en los hogares, y las imágenes de las actrices, actores y modelos comenzaron a competir casi a diario con un buen número de esposas y maridos.

Sirviéndose de esta naturaleza plástica y esta capacidad de traspasar la intimidad de los medios, y del potencial de venta de la estética, la publicidad comenzó a "democratizar" la belleza corporal (como antes había hecho la religión con la belleza moral o espiritual) al suscitar el anhelo y ofrecer las recetas para la consecución de un físico perfecto a todas las clases (incluso las menos privilegiadas). La belleza física comenzó a presentarse no ya como un medio, sino como uno de los fines de la realización personal. A partir de mediados del siglo XX, el ciudadano occidental comenzó a trasladar su búsqueda de perfección personal del contenido al continente.

Este proceso, iniciado en los años veinte, se ha visto acelerado por la revolución tecnológica de estas últimas décadas. La aparición del entorno virtual, a partir de la popularización de la televisión y recientemente con la estandarización de la Internet, ha supuesto la transposición mental definitiva de la realidad a la pantalla: lo relevante no es lo que hay o lo que se es, sino lo que se ve (especialmente a través de los medios). El resto, si existe, no es lo esencial. Como afirma Sartori (1998: 11) "en la sociedad teledirigida, en la que todo es visualizado y efímero, cualquier tipo de imagen ha multiplicado su valor".

Sostiene Verdú (2000) que "mientras crece la sociedad de las apariencias aumenta la importancia de las representaciones". A mi juicio, la relación es la inversa: en buena parte porque ha crecido la sociedad de las re-presentaciones y ha aumentado tanto la importancia de la apariencia, ya que nuestro modo de juzgar el entorno es definitivamente el visual. Como indica Quiroga (2000), la "cultura mediática" ha implicado un condicionamiento en la producción de significados por la existencia de las tecnologías y los medios. La televisión, como afirma Sartori (1998: 36), (y a mi juicio también los demás medios audiovisuales) se han convertido en "un instrumento antropogenético, un medio que genera un nuevo ánthropos, un nuevo tipo de ser humano", y frente a los animales simbólicos que fuimos durante mucho tiempo (cuando por nuestros esquemas mentales lo natural era primar lo trascendente), nos hemos convertido hoy en esencia "en animales videntes" (Sartori, 1998: 26). Esta nueva naturaleza nos impone también una nueva relación con nuestra existencia y un nuevo concepto de nuestra persona. Si la imagen es hoy la única posibilidad de ser, el cuerpo, como sostiene Verdú (2000), aparece como "la única fórmula de transacción con los otros y la vía de identificación con nosotros mismos".

En este contexto, hemos trasvasado en buena parte nuestro deseo de perfección espiritual o moral por un deseo de perfección físico y la "ética de la estética" ha alcanzado su punto crítico. Siguiendo a Baudrillard (1974: 195) podríamos decir que parece que la sociedad virtual ha impulsado el proceso de "descomposición del valor fundamental llamado "alma", en torno al cual se organizaba todo el esquema individual de salvación y el proceso de integración social" en detrimento de la construcción de otro valor vinculado al cuerpo llamado "imagen", que se presenta como la herramienta idónea para la perfección personal, la relación con el otro, y la existencia. El continente no es un indicio del contenido, sino que hoy es ya también el contenido. La cara no es un reflejo del alma, sino que deviene en el propio alma, en la persona en sí. Se da la paradoja de que lo importante no es lo que somos, sino cómo nos presentamos.

La tiranía de la apariencia, y de la estética como camino de salvación externo se ha ido así gestando al amparo del modelo visual de pensamiento social que ha generado la tecnología de la fotografía, el cine, la televisión e Internet a lo largo de medio siglo.

Los medios como exegetas de la apariencia personal

La contribución de los medios al paroxismo de la estética personal no se limita a la revaloración de la imagen. La fotografía, el cine, la televisión, Internet... no sólo nos muestran que hay que pensar y valorar la estética personal; también nos dictan cómo hay que pensarla, y valorarla. Como entidades de máxima competencia en cuestiones visuales y virtuales, los medios son paideía (Sartori, 1998: 36), y transmisores de las fórmulas para alcanzar una buena apariencia. De la misma manera que en la cultura espiritualista la religión definía las recetas y las guías para salvar el alma, en la sociedad de las representaciones los medios son forjadores, exegetas y garantes de los cánones estéticos, y propagan las fórmulas y guías para preservar un físico deseable.

La publicidad, la información y la ficción muestran inevitablemente looks personales cargados de connotaciones comportamentales, morales y sociales. También nos van haciendo asimilar desde niños, automáticamente, sin que nos demos cuenta y sin que podamos escapar, las pautas e imperativos necesarios para conseguir una imagen aceptable, y las recetas para alcanzar la felicidad (delgadez, armonía, atractivo sexual, fitness, pureza biológica, lozanía, vigor, higiene, juventud, moda...). La prensa, la radio, y la televisión nos bombardean con dietas que invitan a adelgazar y a rendir culto al cuerpo, con noticias, cuñas y spots sobre clínicas y sistemas de adelgazamiento, con fórmulas crecepelo, anticelulíticos, depiladores, wonderbras y yogures que te purifican por fuera y por dentro. Las teleseries nos muestran cuáles son los atuendos que hay que llevar, qué colores impone esta temporada, y de qué manera la moda sirve para expresar niveles profesionales e ideológicos. Las pantallas se llenan de mujeres esbeltas que sirven de reclamos para la venta de coches, y de hombres musculosos y bronceados que encarnan el sentido de bebidas refrescantes. Las cadenas se llenan de personajes que presentan programas por ser apuestos, y los informativos de ejecutivas y políticas cuya delgadez se identifica con la actividad, la suficiencia y la voluntad y de políticos cuyas canas son sinónimas de experiencia. Los programas del corazón nos inundan de veinteañeros y veinteañeras que han conseguido ascender en la escala social porque se han emparejado a mujeres y hombres populares que se desviven por su lozanía, su potencia sexual y su juventud.

Diversos expertos apuntan acusadoramente a estos contenidos mediáticos como los agentes de una incipiente crisis del sistema causada por la sublimación de la apariencia (Gordon, 1994; Toro, 1996; Rivière, 1998; Taylor et al., 1998; Pinhas, Toner, Ali, Garfinkel, Stuckless: 1999...) entre otras cosas porque los efectos individuales, grupales y sociales perniciosos de algunos de estos discursos están ampliamente estudiados y probados (Silverstein et al. , 1986; Toro, J., Cervera, M. y Pérez, P. ,1988; Andersen, A. y DiDiDomenico, 1992; Hamilton, L. Y Waller, G. 1993, Shaw, J, 1995; Stice, E., Schupak-Neuberg, E., Shaw, H. y Stein, R. , 1994).

Sin embargo, en estos momentos hace falta dar un salto adelante e iniciar una reflexión sobre cómo se puede modificar este discurso irracional que está propiciando importantes disfunciones.

Dado que los contenidos publicitarios, informativos o de ficción no son producto de los medios como entes autónomos, sino el resultado de selecciones, y recontextualizaciones de la realidad hechas por distintas personas e instituciones, para entender el porqué de un determinado mensaje es necesario hacer una disección del proceso de construcción del discurso mediático en tres niveles, el individual, el organizacional, y el lógico [3]. Sólo de esta manera se podrán aislar y modificar los factores que están favoreciendo el mito de la estética y los cánones de belleza mediáticos en la actualidad.

a.              La disección del discurso que media: el encuadre sociocognitivo de la apariencia

Todo mensaje que maneja -directa o indirectamente- un discurso visual o verbal sobre la imagen corporal está influido en su origen, en cierta medida por los "patrones éticos y estéticos" y por las inferencias psicológicas que de ellos deriva un profesional de la comunicación [4]. Se ha demostrado que los periodistas, editores de moda, creativos, diseñadores... no son tabula rasa, sino que, como dicen Kinder y Sander (1990), se enfrentan a la realidad con unas "estructuras internas de la mente que ayudan a ordenar y dar significado a la realidad de la que son testigos". Los creadores del discurso público no sólo tienen unas preferencias con respecto a lo corpóreo o a lo material (por ejemplo, una especial atracción por las "narices aguileñas", por las "personas esbeltas" o por la "raza caucásica"), sino también una serie de construcciones mentales relacionadas con determinados rasgos o arquetipos físicos (los "chatos son tontos", los "obesos vagos", y las "personas de color sucias") que transfieren a sus mensajes y que dependen, en buena medida, de factores estructurales (género, nivel socioeconómico, formación, religión...).

Las preferencias y las creencias de estos profesionales tienen mucho valor porque intervienen en la selección inicial de estereotipos, fisionomías y looks y en los valores que a ellos se atribuyen en los medios. En este sentido, todo individuo (incluido el comunicador) selecciona el material para sus mensajes de acuerdo con sus predisposiciones y expectativas, y es probable que reelabore todo aquello que no se ajuste a sus esquemas para acomodarlo a necesidades e intereses personales, o que en última instancia, simplemente lo rechace [5]. De esta manera, los creadores del mensaje público pueden ser considerados "selectores culturales" (Englis y Solomon, 94).

Existen diversos estudios en nuestro país sobre las características ideológicas y socioeconómicas en algunos de sectores de la comunicación (Diezhandino, Bezunartea y Coca, 1994) y sobre los efectos que éstas tienen en los discursos de actualidad o de política (Canel y Sánchez-Aranda, 1999). Pero no hay ninguna investigación empírica en el mundo latino sobre cómo influye esta impronta personal en la construcción del discurso mediático del atractivo y la imagen, en la presentación sistemática de algunos cánones, y en la exaltación de determinados valores (juventud, delgadez, fuerza, moda) frente a otros.

El trabajo que comprobó por primera vez la importancia del enfoque sociocognitivo de los selectores culturales, en el discurso de la belleza y la apariencia, fue llevado a cabo por Solomon y Ashmore en 1992 en el ámbito anglosajón. Estos autores verificaron puntualmente que las editoras de las principales revistas de moda norteamericanas partían de unos esquemas mentales sobre la fisonomía femenina que les guiaban a la hora de ubicar a determinados estereotipos de mujeres sistemáticamente en sus mensajes (Solomon y Ashmore, 1992: 23). Las periodistas identifican seis patrones de belleza posibles entre las modelos profesionales: la clásica-femenina (rasgos perfectos, especialmente cara), la belleza mona (rasgos aniñados), la sexy (exuberante y sexual), el estereotipo de belleza de la chica de al lado (look natural, atlético y sin cosméticos), la belleza exótica-sensual (rasgos no caucasianos) y la moderna (caracterizada por la artificialidad y la actitud provocadora). Para cada uno de estos arquetipos hacían unas inferencias psicológicas (sobre atributos y características comportamentales) distintas, y con base en estas decidían qué patrón era el ideal para promocionar determinados productos y no otros. Así, algunos esquemas de belleza, (por las cualidades personales que connotaban) eran idóneos para los anuncios de determinados perfumes e imposibles de utilizar en los anuncios de otros (the beauty match-up hypothesis). En un estudio posterior con adolescentes, Ashmore y Solomon (1996) evidenciaron además que las asociaciones que se hacían para cada estilo de belleza y para cada propiedad corporal fluctuaban significativamente según el género. Por ejemplo, para hombres y mujeres la belleza mona (aniñada) reflejaba buenos atributos internos, pero la belleza sexy se asociaba para las chicas con mujeres amorales y poco interesantes, mientras que para los chicos, que consideraban la sexualidad como un componente importante en la belleza femenina, no.

Aunque estas dos investigaciones supusieron un hito y arrojan alguna luz, sería necesario seguir profundizando en esta cuestión. Por ejemplo, ¿se hubieran hecho las mismas asociaciones entre producto y modelo en los medios si las editoras hubieran sido editores? ¿Y si en lugar de haber sido americanas, hubieran sido españolas? ¿Se reproducen estos esquemas sociocognitivos en otros ámbitos y en otros formatos al margen de la prensa de moda? ¿Influyen estas diferencias personales en los discursos mediáticos finales?

Entender el significado que dan nuestros creativos, guionistas, diseñadores o periodistas a ciertos atributos físicos (como la altura, la delgadez, la fuerza, el color de la piel o la calvicie), temporales (como la juventud, la madurez, la vejez) y estructurales (como el género, el dinero o el poder) puede explicar porqué el abanico de esquemas y valores que conforman las apariencias deseables en los medios es tan estrecho. Conocer las características y la composición del colectivo de "selectores culturales" nos puede ayudar a dar razón, por ejemplo, a muchos discursos discriminatorios por razón de género, por razón de raza, por razón de peso o por razón de pelo.

b.              La disección del discurso que media: el encuadre organizacional de la apariencia

Pero el encuadre de la apariencia en el discurso mediático no sólo lo hacen los profesionales a escala individual, sino que en el ámbito organizacional y profesional, las instituciones mediáticas imponen unos esquemas determinados para el procesamiento de los mensajes. Así, si a nivel micro (o específico), la selección de los modelos personales puede no ser idéntica, puesto que depende en parte de la idiosincrasia de cada individuo (no "todos las prefieren rubias" ni "todas los prefieren millonarios"), el "modus operandi" de los medios hace que, a nivel macro, estas discrepancias se difuminen. Las empresas de la comunicación podrían ser consideradas las "organizadoras funcionales" del panegírico a la imagen.

En efecto, para capturar y convencer a las audiencias, la prensa, la radio y la televisión tienen que dotar a sus productos (anuncios, series, noticias...) de intangibles como el humor, la inteligencia, el morbo, la credibilidad, la estética... En este sentido, sobre todo en el ámbito visual, los valores plásticos e inmediatos –que no requieren de tiempo ni de reflexión para ser apreciados– tienden a ser usados con mucha más insistencia que aquellos que exigen de esfuerzo para su evaluación (como "la inteligencia" o "la experiencia"). El discurso mediático con determinados formatos estaría así, de partida, desequilibrado a favor de la exaltación y veneración de lo atrayente por fugaz y sensual, frente a lo seductor por duradero e intangible. En este contexto, y ante una cultura en la que prevalece el efecto halo de que lo que es bonito es bueno (Dion, Berscheid, Walster, 1972) la buena apariencia, el atractivo físico, sería como se ha expuesto, un valor funcional para la publicidad, la ficción e incluso la información.

Partiendo de esta base, sí es cierto, sin embargo, que los arquetipos personales que se suelen presentar unos mensajes u otros no son siempre los mismos, sino que varían en función del objetivo que se pretende conseguir con ellos (informar, vender o entretener).

Para cada organización, como afirma Gitlin, existen "patrones persistentes de cognición, interpretación y presentación de la selección, énfasis y exclusión, por los cuales los creadores de símbolos organizan rutinariamente el discurso verbal o visual" (Gitlin, 1980: 7). Pues bien, la apariencia tiene una utilidad, y se maneja funcionalmente de distinta manera, dependiendo de cada medio, de cada sector, de cada formato, de la tradición o de las rutinas compartidas por una profesión que van a verse indiscutiblemente reflejados en el discurso final que se produzca. Estos sesgos organizacionales han sido ampliamente analizados en los mensajes relacionados con la información de actualidad o la comunicación política en el ámbito anglosajón (véase Wolf, 1994: 209 y Tuchman, 1978 y, en España, Canel, 1997), pero pocas veces se han utilizado para estudiar cómo se maneja la estética personal en el discurso mediático y en otros ámbitos como el publicitario o el de ficción.. Sin embargo, dan la explicación de porqué hay determinados cánones o patrones que se exaltan o se evitan puntualmente en los medios [6].

Pongamos un ejemplo de cómo puede condicionar el encuadre organizacional el tratamiento de la apariencia en un ámbito concreto como el de la publicidad. En este sector (en el que interactúan esquemáticamente cuatro elementos: el anunciante, la agencia, el medio y el receptor) la utopía, en sus tres modalidades eutopía, outopía, o sintopía es una fórmula tradicional para la transmisión de ideas. (Feliu, 99). Los anuncios eutópicos buscan despertar el deseo a través de realidades idílicas e ideales. En este caso, la perfección física (en el más estricto de los sentidos) aparece, como un eje central y por eso se sirve de modelos (sobre todo femeninas) físicamente perfectas. Los anuncios sintópicos buscan la adhesión suscitando, no el sentimiento de anhelo, sino la sensación de superación con el entorno recreado y, por eso, se sirven de estereotipos físicos anodinos y alcanzables que emulan realidades posibles en circunstancias concretas. Finalmente, los anuncios outópicos pretenden despertar sensación de verosimilitud, presentando realidades de ninguna parte adaptables a todas y así tienden a enfatizar la estética onírica (casi a-corporal, con modelos asexuados, atemporales y a-mórficos), capaz de atraer en todas las sociedades en general, y en ninguna en concreto. Para cada producto, para cada sector, para cada audiencia el discurso publicitario hace un uso distinto de la utopía, y se atiene a unas reglas del juego que son difíciles de transgredir. Los anunciantes de perfumes se sirven a menudo de discursos utópicos y probablemente sean reacios a usar en sus spots a modelos prototípicas de los anuncios de detergentes (totalmente sintópicos). Esta actitud es lógica, porque este encuadre organizacional (que depende de la tradición del sector) de permite que los receptores demos sentido al mensaje. (Por su forma los conocemos).

Sin embargo, estas "útiles" reglas implícitas se convierten fácilmente en peligrosas porque al mantenerse en el tiempo y entre medios, y presentar modelos redundantes generan estereotipos y pautas de "normalidad" y "anormalidad" con respecto a la estética. Así, en aras a la consecución de unos objetivos puramente organizacionales (informar, vender o entretener) los medios pueden propiciar la intolerancia, y la falta de flexibilidad con respecto a la imagen. Todo aquello que, presumiblemente, no ayuda a conseguir sus fines no se incluye en sus discursos, por tanto, no aparece en la realidad virtual y visual y, en consecuencia, acaba por convertirse en la opinión pública en desviado o ajeno. Y todo aquello que ayuda, aparece vinculado a unos valores funcionales. Habría que reflexionar sobre si, al margen de la materialidad y la evidencia, muchas normas estéticas (a menudo irracionales) nos llegan de un mundo virtual creado con unos fines concretos.

c.              La disección del discurso que media: el encuadre de las lógicas dominantes

Pero el discurso mediático no es sólo el resultado de la acción individual (del comunicador) o grupal (de las instituciones) sino también de estructuras y relaciones interorganizacionales más profundas (Entman., 1993). Si la imagen personal y el físico se venera y se mitifica reiteradamente en las pantallas, y si los medios ofrecen insistentemente determinadas recetas, y no otras, para conseguir un cuerpo, una fisonomía o un estilo específico es porque algunas lógicas dominantes de la sociedad también lo hacen (en buena medida porque les interesa).

En efecto, la industria, el sistema político, el sistema científico, las elites intelectuales tienen sus propias visiones sobre el valor del ser humano y de su apariencia. Como fuentes suministradoras de la materia prima para los medios que son, pretenden que la información, la publicidad y la ficción transmitan a través de sus discursos composiciones de lugar específicas sobre cada cuestión.

Hay una concepción tradicional de los medios como arenas públicas, que hace pensar que existe una constante competencia entre los valores y los encuadres concretos de las cuestiones para aparecer en la agenda mediática, que por otra parte ofrece un tiempo y un espacio limitado [7]. La presentación de un asunto bajo una perspectiva concreta supone la elusión de otras dimensiones del problema que quedan ocultas a la opinión pública en un momento determinado. Por tanto, a través de los discursos más asiduos en los mass media es posible detectar qué actores e intereses han tenido éxito en dominar la agenda, es decir cuáles son las lógicas dominantes de la nuestra sociedad actual.

No es mi objetivo describir el modelo de atractivo físico que divulgan los medios. Sin embargo, vale la pena detenerse en analizar dos patrones de pensamiento cada vez más presentes en la sociedad, que han avalado poderosamente la vigencia de la imagen, y sobre todo han conferido un valor extremo al cuerpo a través de los medios.

3.3.2.     La lógica capitalista: el cuerpo como un consumible más y la belleza como capital social

La belleza ha sido entendida por la lógica capitalista como un importante valor signo que, como sostiene Baudrillard, "hace vender". En este sentido, coincido con este autor en que las fuerzas del mercado han impulsado, a través de los medios, la entelequia de la liberalización del cuerpo para poder explotar racionalmente a los seres humanos con fines productivistas. Para poder sacarle rédito, la industria (sobre todo de la moda y la belleza) ha necesitado "liberar" y emancipar", en una palabra "redefinir" el cuerpo como un ente en el que poder "invertir narcisísticamente" (1978: 194) y lo ha hecho sobre todo a través de la publicidad y la ficción [8]. "Ha sido necesario que el individuo se considere a sí mismo como objeto, como el más bello de los objetos, como el material de intercambio más preciado para que pueda instituirse a nivel desconstruido/... / un proceso económico de rentabilidad" (Baudrillard, 1978: 194).

Para este proceso, dirigido a la explotación mercantil del físico, han resultado de gran utilidad dos ideas que el discurso mediático ha ido divulgando poco a poco: en primer lugar, la consumibilidad del cuerpo, y en segundo lugar, la analogía de la belleza con el capital social.

En efecto, al dictado sobre todo de la industria de la belleza [9], los medios han encuadrado de forma casi grotesca el organismo humano como un ente emancipado, independiente, moldeable e inconcluso que debemos controlar, transformar, perfeccionar y domar. El cuerpo ideal no sufre, no siente, no tienen necesidades fisiológicas, no huele, no excreta, no se reproduce, no envejece y, por supuesto, no muere... El cuerpo ideal es en definitiva el artificialmente natural: aquel en el que se invierte. En este contexto, han creado la necesidad de purificar, aseptizar, eugenizar, conservar, inodorar, estirar, decolorar, depilar, en una palabra culturizar el organismo en estado bruto [10]. Este discurso mediático ha ido calando con más fuerza y ha fomentado el espejismo de que se puede desvincular a nuestro organismo de sus funciones gestáltica, orgánica y biológica, si invertimos en recetas mágicas [11].

 Pero el encuadre mercaderil de la apariencia no está sólo en esta consumibilidad del cuerpo, sino también en la enfatización de la rentabilidad de la belleza, y de la imagen como capital (pecuniario y social). En efecto, se nos han ido convenciendo de que la adaptación al patrón estético socialmente deseado (a la imagen personal trabajada y artificialmente natural) es un atributo esencial para la venta de la persona. Así, los medios se han ido haciendo eco de informaciones sobre las cifras astronómicas ganadas por las 10 mejores Top models [12], por las actrices de moda o por las "caras de la noticia", estamos ya acostumbrados a los rankings de estilo, de elegancia, de belleza para hombres y mujeres exitosos...

Los medios encuadran la buena imagen no sólo como una forma de capital económico sino también como una forma de capital social. Haciéndose eco de lo que han comprobado empíricamente diversos estudios [13], los anuncios, los programas de variedades, los debates y la ficción nos hacen ver que los "jóvenes" y los "guapos" trabajan, se divierten y se relacionan mientras que los que envejecen, se deterioran (estéticamente), son calvos, obesos o excesivamente flacos, están abocados al fracaso. Aquellos que no "dan en cámara" o tienen algún defecto físico (como los discapacitados) o no caben en la "realidad visual" o, como afirman Saldaña y Vila (1999: 614) "se presentan [en ésta] como personas con problemas de desenvolvimiento personal o social".

El asentamiento y la instauración de la tele-sociedad permite augurar el endurecimiento de la tiranía de la imagen y, en consecuencia, el afianzamiento de la industria de la moda y de la estética. A medida que nuestros contactos personales sean cada vez más privados, y nuestros contactos por pantalla cada vez más públicos, estaremos obligados a construirnos un organismo adulterado, descafeinado y desnatado, o como decía Virilio (1998) un telecuerpo, que nos permita no ser, sino aparecer más guapos.

3.3.2.      La lógica de la ciencia frente a la lógica de la vida: el cuerpo sempiterno y restaurable

La otra lógica que ha potenciado el "mito mediático de la apariencia", y sobre todo, el discurso del "culto al físico", ha sido la de la ciencia, en especial la de la biomedicina y la biogenética. La presencia creciente de este sector en los medios ha favorecido, en estas últimas décadas, el espejismo social de que controlando el organismo humano es posible vencer las leyes de la naturaleza y superar hipotéticamente la muerte (o lo que es lo mismo, prolongar indefinidamente la vida). Si la trascripción mediática de la lógica capitalista libera al cuerpo y lo transforma en un consumible, la trascripción de la lógica médica, paralelamente lo venera, lo hace sempiterno, y en consecuencia lo convierte en la esencia, en el centro de nuestra existencia.

Todo paradigma científico dominante genera, a la larga, un modelo de pensamiento social. En este sentido se podría decir que la cultura del culto al cuerpo tiene sus orígenes remotos en las propuestas mecanicistas que hizo Descartes mucho antes de que existieran los medios de comunicación de masas, y que permitieron empezar a considerar el cuerpo como una máquina. La adaptación de esta filosofía a la medicina gestó dos nociones importantes que han calado con el tiempo en la opinión pública: a) por una parte la idea de que la enfermedad era la consecuencia de problemas adscritos al organismo, y no fruto de la desobediencia de las leyes espirituales o naturales [14] que gobernaban al hombre y b) por otra parte la noción de que los elementos corporales averiados son recambiables.

a) Uno de los objetivos de la medicina moderna ha sido encontrar y vencer los elementos (individuales o estructurales) que provocaban los fallos orgánicos, o las enfermedades. Sin embargo, la ubicación de los agentes de distorsión fuera o dentro del cuerpo ha ido cambiando según los paradigmas médicos dominantes.

En efecto, cuando aparecieron los medios de masas, a finales del XIX y hasta el primer tercio del XX, las teorías dominantes eran la miasmática y la del germen que ubicaban la etiología de las enfermedades básicamente en agentes externos (virus y bacterias) (Conrad, 1999). Así, la prevención pasaba en esencia por la protección frente a actores infecciosos (mediante las vacunas y la erradicación de la suciedad) y la conquista de la salud era la eliminación de aquellos. En este contexto, los salubristas incidían en exaltar en sus discursos los beneficios de la higiene [15] y de la asepsia y los medios recogían en distintos formatos estas ideas. La batalla contra los gérmenes en la publicidad de los productos de limpieza es hoy un remanente de estas creencias sanitarias.

A mediados del siglo XX este paradigma cambió y se empezó a localizar muchas causas de enfermedades en el interior del organismo. Uno de los hitos más importantes para esta transformación fue el descubrimiento del ciclo de Krebs en 1937 [16], que permitió desarrollar el modelo de pensamiento social de la importancia del metabolismo. Los problemas de salud no estaban causados únicamente por agentes externos, sino también por desequilibrios internos, y en este contexto no era suficiente con que la ciudadanía buscase la asepsia, porque para alcanzar la salud era también imprescindible conseguir un equilibrio biológico.

La traslación hiperbólica de este discurso a la opinión pública a través de los medios ha tardado casi treinta años, pero se ha hecho de forma grotesca. Como afirma Solans, hoy día hay "un oscuro terror a la organicidad del cuerpo, que se manifiesta socialmente en un peligro acechante, en la sombra de una amenaza, en el pánico a su alteración y proliferación excesiva de células (cáncer), a su desbordamiento descontrolado en la enfermedad (SIDA)" (Solans, 1999: 45).

 En lugar de divulgar razonadamente los beneficios del cuidado del organismo propuesto por las elites científicas, los medios que tienen el espacio para la reflexión limitado (potenciados por la industria de la belleza) han divulgado de forma violenta y simplificada el valor del fitness [17], la pureza biológica, la delgadez y un absurdo "culto al físico" y a la "vida sana" que en lugar de favorecer la salud no ha hecho más que minarla. Como sostiene Verdú (2000), "hay que relajarse a través del cuerpo, se está bien o mal en función de las endorfinas que fabrica el cuerpo. Los ejercicios espirituales de antes se han convertido en los ejercicios gimnásticos de ahora". Estamos inmersos en estos momentos en pleno apogeo científico del paradigma del gen. Es todavía arriesgado aventurar qué modelo de pensamiento social va a favorecer esta teoría cuando cale en la opinión pública.

b) El segundo modelo de pensamiento propiciado por la medicina, sobre todo a partir de los años 70, que está conectado con el modelo anterior, es la idea de que las partes de nuestro cuerpo que no funcionen se pueden cambiar. Un buen cuerpo, si se cuida y se restaura, aguanta casi infinitamente (igual que un buen coche) y si una pieza no responde (o no agrada), se puede sustituir.

La divulgación de esta noción, enfatizada por los avances en inmunología [18], cirugía y genética, ha favorecido sobremanera indirectamente a la industria de la plastia y de la estética en esta última década. En efecto, las intervenciones para reconstruir la fisonomía datan de la antigüedad, y el desarrollo de la cirugía reparadora se había iniciado con ocasión de los grandes conflictos bélicos, en los que muchos soldados resultaban mutilados. Sin embargo, no es hasta mediados de los 80 cuando comienza el ascenso exponencial días de la demanda de intervenciones cosméticas que dura hasta nuestros días, ¿por qué?

A nuestro juicio, por dos razones. La primera, remota, por el incremento de confianza de la opinión pública en la cirugía general, propiciado por la divulgación del éxito de los trasplantes de órganos vitales [19] en los años 70, que los cirujanos plásticos supieron utilizar para lanzar una campaña de comunicación [20]. El esquema mental que se formó con estas informaciones fue el de: "Si el corazón y el hígado, que son fundamentales, se recambian, porqué no van a restaurarse los pechos, los pómulos o la nariz".

La segunda, inmediata, porque a partir de estas ideas y a través de los medios, se ha exagerado la inocuidad de la cirugía, llegando incluso a frivolizarla y convirtiendo a la cirugía plástica en una marca de clase en detrimento de su finalidad terapéutica. En efecto, el salto continuado (desde los 80) en las agendas mediáticas de personajes públicos que, con ayuda de su bolsillo y de sus médicos han logrado cambiar su complexión, su fisonomía e incluso color ha hecho que la cirugía plástica se asimile socialmente con glamour, y dinero. Este simbolismo social ha propiciado un incremento de la demanda [21], que ha impulsado paralelamente un aumento de la oferta. Tener una liposucción, una rinoplastia, una foto depilación o una operación de varices se "vende" en la televisión y en las revistas, como en la revolución industrial se vendía tener una litografía, o en la edad media tener un retrato: es un signo de clase.

Para finalizar

No es mi propósito terminar estas líneas con una serie de conclusiones cerradas, sino invitar a la reflexión sobre una cuestión que, como sostiene Lipovetsky (1991), a primera vista, podría tacharse de superficial, pero que tiene, en realidad, para bien o para mal, connotaciones muy profundas.

Existe un consenso generalizado en que, el cuidado del cuerpo y de la imagen, que inicialmente pudo inculcar algunos valores positivos y potenciar ciertos comportamientos saludables, se ha transformado hoy en una "tiranía de la apariencia" que está imponiendo criterios y favoreciendo actitudes propias de una sociedad ilógica cuyos miembros se automutilan, sufren, y se castigan en aras a que su presencia sea socialmente aceptada y a no ser discriminados [22].

El desmontaje de este proceso irracional exige una revolución cultural (nuevos valores, actitudes y comportamientos) que puede comenzar con la reflexión y la actuación sobre los medios. Como instituciones que, imponen modos de entender la realidad y estándares estéticos y éticos, globalmente y en un tiempo récord, pueden ser el motor de una nueva valoración social de la apariencia, y unos nuevos cánones personales. El tesoro que esconden los mass media es su potencia de difusión geográfica y temporal, que permite que sus discursos tengan efectos (más o menos poderosos) pero inminentes, en el plano individual, sino también grupal, y estructural.

Estamos en un punto en el que es necesario aceptar la evidencia y entender que el poder de las imagen es ya una realidad: los avances tecnológicos no son aniquilables. Sin embargo, hay que aspirar a la reconstrucción de un patrón de belleza más racional, más naturalmente natural y más plural.

Al igual que la fotografía, el cine y la televisión fueron claves para la consolidación de la sociedad del culto al cuerpo, pueden también hoy ser las herramientas básicas para la reconstrucción de un patrón de belleza más equilibrado. Modificar la exégesis mediática de la apariencia no es fácil, pero sí fundamental. Requiere de una intervención en múltiples niveles, y tal vez el movimiento que pueda provocar posteriores cambios en cadena sea la toma de conciencia y el autocontrol por la comunidad de los profesionales de la comunicación.

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Notas

[1] Cfr. Otelo, Acto I, escena III, cuando Desdémona dice que "I saw Othello’s visage in his mind…".

[2] La iconografía cristiana ha presentado tradicionalmente a los espíritus buenos (ángeles, santos, mártires, vírgenes) como bellos, y a los malos (fariseos, diablos) como malos. En este sentido cabe la pena comentar que las civilizaciones con religiones iconoclastas (como por ejemplo la musulmana) han conferido menos importancia a la imagen corporal, y han tenido en la actualidad menos desarrollo de la industria de la belleza (moda, estética y cosmética) y menos disfunciones relacionadas con el culto al físico que las de tradición católica o cristiana (por ejemplo la incidencia de los trastornos de alimentación es mucho menor en los países del magreb). 

[3] Se siguen indirectamente en este texto los supuestos de la teoría del framing (gerundio del verbo to frame, enfocar) que es, entre otras cosas, el mecanismo que tiene lugar durante la génesis de la agenda mediática, es decir, el proceso enfoque de la realidad que llevan a cabo las distintas institituciones del ecosistema informativo, y en distintos niveles, y que da como resultado el repertorio mediático. Las tres modalidades de framing (sociocognitivo, funcional y como marca de poder) de las que se habla en este trabajo, responden a una división atendiendo a su naturaleza y sus consecuencias.

[4] Es lo que Tuchman explicó en el 78 como encuadre sociocognitivo Cfr. Tuchman, G. (1978), Making news. A study in the construction of reality, N.Y.: Free Press. Como resultado de un proceso sociocognitivo individual, Kinder y Sander (Kinder y Sander: 1990) denominan frame a un tipo especial de esquema, una estructura de conocimientos y creencias. Etman (1993: 53) a un cluster de ideas almacenadas en la mente, cuya función es la de ayudar a percibir, interpretar, organizar e integrar información, y que infiere en la percepción y construcción de los mensajes mediáticos.

[5] En este sentido, asociaciones individuales como la de la obesidad con la pereza, la sensualidad con la simpleza, la juventud con la falta de experiencia, o la raza gitana con la exclusión pueden ser el germen de que ni gordos, ni sex-simbols, ni adolescentes, ni gitanos tengan frecuente cabida en los medios de comunicación. 

[6] Sirva de ejemplo que, a pesar de que como se ha expuesto en el epígrafe anterior, las editoras de las revistas de moda identificaban seis prototipos de belleza, en una análisis de contenido de estas revistas se observó que éstos no aparecían homogéneamente representados. La belleza moderna, la clásica-femenina y la exótica-sensual eran en conjunto los ideales frecuentes mientras que los modelos de belleza mona, sexy o natural aparecían infra-representados, en parte porque no "servían para vender determinados productos". Pero además los investigadores descubrieron que había diferencias significativas en la distribución de estos modelos dependiendo de la revista analizada. En aquellas publicaciones cuyos contenidos estaban especialmente volcados a la moda, por ejemplo, Glamour y Vogue, los looks sensuales y modernos aparecían mucho más que el resto, y en aquéllas con contenidos más genéricos como Cosmopolitan, Mademoiselle y Self, era la belleza clásica la que aparecía representada con más frecuencia (Englis y Solomon, 94). En este caso, el frame funcional era la idiosincrasia del medio que condicionaba la elección de los modelos de belleza.

[7] La capacidad limitada de la agenda fue comprobada matemáticamente por Jian-Hua Zu, quien acuñó el término del "juego de la suma 0" para expresar la competición que existe entre los temas por aparecer en la agenda, y la competición que existe entre los temas de la agenda mediática por influir en las audiencias. Según este autor, la prominencia pública de un asunto aumenta a expensas de la disminución de la importancia de otro. El juego de la suma 0 es una comprobación empírica del concepto de los medios, y de la opinión pública, como arenas donde las cuestiones deben de luchar para sobrevivir [cfr. Zhu, J. (1992), "Issue competition and attention distraction: a zero-sum theory of agenda-setting", Journalism Quarterly 69, pp. 825-836]. 

[8] "La industria cosmética se desarrolló poderosamente a comienzos del siglo 20. Entre 1910 y 1950 las mujeres fueron informadas a través de los medios de que hacer ejercicio, dieta, y utilizar cosméticos y productos para el pelo las podía hacer más atractiva. Este uso de ayudas de belleza que no era un concepto nuevo en muchos círculos había estado sin embargo asociadas a las mujeres de moral sospechosa. Unos de los acontecimientos más importante para la industria cosmética fue la llegada del cine, y más tarde del cine en color" . Ad*Access On-Line Project (2000), Brief History of Beauty and Hygiene Products, John W. Hartman Center for Sales, Advertising & Marketing History. Duke University Rare Book, Manuscript, and Special Collections Library diponible en http://scriptorium.lib.duke.edu/adaccess/

[9] Según Infoadex (1999), en 1999, "Las 2.977 marcas de "Belleza, Higiene y Salud" invirtieron 70.043 millones, el 8,6% del total de la inversión publicitaria, con 23,5 millones de inversión media por marca, 0,6 millones más que en 1998 y manteniéndose como una de las más altas".

[10] El cuerpo y su significado ha sido objeto de reflexión filosófica desde comienzos de siglo. Para una revisión de este tema, véase Laín Entralgo, P. (1989), El cuerpo humano. Teoría actual, Madrid: Espasa, en especial 247-277

[11] Afirma Toro, por ejemplo, que en EEUU, "Al iniciarse la década de los 80 se calculaba que los americanos gastaban nos 10.000 millones y productos destinados a perder peso (Chernin, 1981). Más adelante, y en un solo año, concretamente en 1988, los americanos gastaron 74.000 millones de dólares en alimentos dietéticos, cifra que supone una tercera parte de todo el gasto de alimentación de la nación americana". En España se calcula que cada uno de nosotros gastamos 20000 pesetas al mes en cométicos, peluquería y otros tratamientos[11] 

[12] "En un solo año, 1994, Cindy Crawford ganó 6,5 millones de dólares, Claudia Schiffer 5,3 millones, Christy Turlington 4,8 millones, Lynda Evangelista 3 millones...." Toro (1996: 243).

[13] Como han probado distintos estudios empíricos, las personas con un buen físico se consideraban más sociables, más independientes, y más divertidas (Brigham 1980) que las personas menos agraciadas, "desviadas y estigmatizadas" (Jhones, Hammond y Philips 1978, Eagly, Ashmore, Makhijani y Longo 1991).

[14] Hipócrates fue el primer médico que trajo la salud del cielo a la tierra, y que en su obra Tierra, Aire y fuego trató de explicar la enfermedad desde la ley natural

[15] Por ejemplo, el invento del desodorante apareció a finales del siglo XIX. Estos valores se ven reflejados al hacer una revisión de los anuncios de jabón de la época, cuyos ejes de comunicación se centran frecuentemente en el peligro de la suciedad, y los beneficios para la salud de la limpieza. Algunos de los textos insertados en una muestra de anuncios de jabón de la década de los 20 a son: "La belleza y la suavidad que vienen a tu piel al usar el jabón Ibory son el resultado de la limpieza" (1924: jabón Ivory); "Si pudieran estar siempre a salvo de la suciedad" (Ivory, 1923), "El peligro de la suciedad diaria, la protección diaria" (para consultar estos anuncios: http://scriptorium.lib.duke.edu:80/adaccess/

[16] Proceso por el que se realiza la descomposición final de las moléculas de los alimentos y en las que se producen dióxido de carbono, agua y energía

[17] Estos valores comienzan ya a divulgarse a través de los medios en la década de los cincuenta, pero alcanzan su cota máxima a lo largo de los 80, en la que se produce una eclosión de recetas conducentes a la vida sana.

[18] Los avances en los trasplantes de órganos se deben en buena parte a los avances en inmunología (propiciados en buena parte por la lucha contra el cáncer) que han permitido evitar en muchos casos evitar los "rechazos" a los elementos implantados.

[19]De hecho el cirujano Joseph Murray que recibió el premio nobel de mediciona por un trasplante de riñón a comienzos de los 70 era miembro de la Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos.

[20] Como aparece reflejado en el web site de la Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos, a comienzos de los 80, la cirugía plastica hace un esfuerzo para dar conocimiento e información al público, dado que los estudios indicaban que los pacioentes querían información. Así esta asociación empezó a editar y a distribuir folletos y publicaciones. Plastic Surgery Information Services (2000), The history of plastic surgery, ASPS and PSEF, The American society of plastic surgery educational foundation disponible en http://www.plasticsurgery.org/index.htm

[21] Aunque en estos momentos es difícil tener datos sobre el sector en nuesto país, sirven de guía las cifras norteamericanas. Entre 1992 y 1999 la demanda de intervenciones cosméticas (no reparadoras) se ha incrementado en un 175%. Las operaciones que más se realizan son los aumentos y disminuciones de pecho (que han subido un 413% y un 381% en siete años), las liposucciones (que han aumentado un 389%) y los estiramientos de la frente (203% de incremento entre el 92 y el 99) . Cfr. ASPS and PSEF, The American society of plastic surgery educational foundation disponible en http://www.plasticsurgery.org/index.htm

[22] Las demandas a las empresas por discriminación laboral estética han aparecido en España en esta última década. En un artículo publicado en época, Paloma Aznar afirma que "El diputado de UV Juan Oliver Chirivela fue retirado como candidato de las listas electorales por su baja estatura y Alicia Serrano se quedó sin su empleo en un hotel de la Costa del Sol por tener vello facial. A Cristina y Nuria, de 22 y 24 años, no les renovaron el contrato en una tienda de moda para jóvenes por haber engordado./../Ricardo Seco, titular del registro de la propiedad de Roquetas del Mar, exige una serie de características estéticas para cubrir un puesto de trabajo en este departamento. Según un anuncio que puso hace poco, Ricardo Seocn necesitaba una señorita joven y rubia.". Aznar, P. (2000), Discriminación laboral sexista y estética en muchas empresas. Si engordas, te despiden, Epoca 830, 21 de enero 2001, p. 74.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Martín Llaguno, Marta (2002): La tiranía de la apariencia en la sociedad de las representaciones. Revista Latina de Comunicación Social, 50. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
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