Revista Latina de Comunicación Social 8 – agosto de 1998

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 1º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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[Febrero de 1998]

Mitos e información:  geografía fantástica y primeras apreciaciones del continente americano

(5.743 palabras - 12 páginas)

María del Mar Ramírez Alvarado ©

 

La reproducción en tierras americanas de mitos de la antigüedad y medievales relacionados con puntos geográficos de gran significado tuvo una profunda influencia en los primeros esbozos que de la realidad del continente hicieron los europeos de principios de la modernidad. Sin lugar a dudas el tratamiento de la información en las crónicas de Indias y la elaboración de las primeras imágenes del continente que circularon sobre todo a través de xilografías se encuentra vinculado al imaginario que llegó con los primeros viajeros.

Para los europeos de la Edad Media, los motivos insulares constituyeron aquellos bastiones territoriales y geográficos que ofrecían el emplazamiento físico necesario a todo un mundo de prodigios y de seres fantásticos. Los mapas del medievo recogen la existencia de estas islas desconocidas que fueron buscadas desde finales del siglo XV y durante el siglo XVI en las exploraciones del continente americano.

Las tierras míticas y fantásticas poseían algunos elementos que las caracterizaban en términos generales. Muchas veces constituían el escenario en el que se desarrollaban las hazañas y aventuras de dioses, semidioses, héroes y exploradores. En el caso de viajes reales, era común que los viajeros que decidían narrar las experiencias vividas retomasen elementos de viejas tradiciones y, además, enriqueciesen sus andanzas con un abigarrado conjunto de maravillas, portentos naturales y curiosidades diversas para reforzar así la condición fabulosa de los lugares visitados.

De igual forma, con frecuencia estos territorios se encontraban cercanos al mar o rodeados por el mismo; quizá debido a ello desde la antigüedad los océanos y mares se transformaron en el límite por excelencia entre el mundo conocido y el desconocido, entre lo real y lo fantástico. En reiteradas oportunidades, los lugares maravillosos se caracterizaban por accidentes geográficos que establecían el límite entre lo explorado y lo ignoto: una montaña o cadenas de altas montañas, una gran roca, un desierto, un abismo, bosques frondosos, marismas, etc. Muchas veces estas tierras poseían características especiales o prodigiosas como riqueza, fertilidad, exuberancia, belleza sin par, etc.

Otro elemento importante tiene que ver con el hecho de que, casi siempre, estas regiones se encontraban habitadas por seres de costumbres desconocidas, dotados por una fisonomía extraordinaria. En otros casos, sus pobladores fueron el objeto de las primeras idealizaciones etnográficas.

Por lo general, la situación lejana de los lugares fantásticos exigía un viaje largo y arriesgado imposible de realizar por simples mortales o seres humanos comunes. También debido a su aislamiento, estas zonas mantenían inmutables las condiciones físicas y naturales de universo primigenio. Muchas veces estos espacios imaginarios gozaban también de un carácter sagrado, relacionado al mundo de las ideas religiosas como en el caso del Olimpo, del paraíso terrenal, etc.). En algunas oportunidades, las islas y tierras fabulosas se encontraban custodiadas por animales míticos (grifos -mitad águilas, mitad leones-, dragones, serpientes gigantes de varias cabezas, etc.) o por seres fantásticos (cíclopes, centauros, sirenas, lestrigones, etc.).

Puede decirse también que el recuerdo de estas tierras fabulosas ha llegado al presente a través escritos, textos diversos y crónicas que, de forma importante, han recogido principalmente tradiciones orales (1)

OFIR Y TARSIS

Cristóbal Colón, en cuyas mesiánicas creencias se unían conocimientos diversos de la antigüedad y de la tradición judeocristiana, se dedicó persistentemente a la búsqueda de tierras maravillosas descritas por viajeros y de regiones bíblicas que, de alguna forma, tenían que ver con visiones paradisíacas-apocalípticas y con pasajes del Antiguo Testamento.

En determinado momento de su primer viaje, el almirante comienza a identificar a La Española con dos de las islas asociadas por antonomasia a los relatos bíblicos: las tierras de Ofir y Tarsis (2). Cuenta el libro primero de los Reyes el episodio de la colaboración de Hiram, Monarca de Tiro, con Salomón: "Y envió Hiram [...] a sus siervos, marineros y diestros en el mar, con los siervos de Salomón, los cuales fueron a Ofir y tomaron de allí oro, cuatrocientos veinte talentos" (3). También de Ofir la flota de Hiram trajo la madera de sándalo y las piedras preciosas que decoraron el templo de Jerusalén.

En relación con Tarsis, la comarca fenicia asociada a la cultura de los tartesos de la zona mediterránea de la península ibérica, en el primer libro de Reyes se menciona la flota que Salomón mantenía en el mar y que "una vez cada tres años venía [...] de Tarsis, y traía oro, plata, marfil, monos y pavos reales". También a Tarsis quiso huir Jonás de la presencia de dios, cuando fue engullido por un gran pez que lo acogió en su vientre tres días y tres noches. Tarsis se encuentra asociada de igual forma al lugar de procedencia de los tres reyes magos que adoraron a Jesús (4).

En su diario del cuarto viaje, cuando el almirante llega a las costas panameñas, cree estar sobre los pasos del Quersoneso de Oro, aquella península del Asia oriental tantas veces nombrada por los cosmógrafos de la antigüedad. Consecuente con esa tendencia de establecer correspondencias con lugares bíblicos, Colón identifica el Quersoneso de Oro con Tarsis y con las tierras de Veragua (Panamá).

La vinculación de las nuevas islas americanas con Ofir y con Tarsis guarda relación directa con el anhelo de búsqueda de oro. En una carta que escribe Colón al papa Alejandro VI en febrero de 1502 se refiere a la Isla de La Española en los siguientes términos: "Esta isla es Tharsis, es Chetia, es Ofir y Ophaz e Çipanga, y nos le havemos llamado Española" (5). El esplendor de las tierras hacía pensar al almirante en aquellos lugares geográficos de la antigüedad y medievales que se consideraban plenos de oro y riquezas. La Española, recién bautizada, podía ser cualquiera de aquellas islas.

A mediados del siglo XVI resurge de nuevo la historia de Ofir, esta vez vinculada al origen del Perú. Parecía lógico pensar que las barcas salomónicas hubiesen podido llegar a las costas peruanas por el océano Pacífico abasteciéndose allí del oro que abundaba en el vasto imperio de los incas. De tal manera, los aborígenes se transforman en descendientes de las tribus perdidas de Israel. Incluso llega a formularse una argumentación lingüística como soporte de esta idea: el vocablo Ophir (escrito con "ph" y no con "f") viene a constituir el revés del vocablo Pirú, clave probablemente cifrada por los judíos tan aficionados a los juegos de palabras (6). Estos razonamientos tuvieron varios defensores, entre ellos Benito Arias Montano (7).

El primero en descartar el vínculo entre Ofir y el continente americano fue Pedro Mártir de Anglería. Este ilustrado humanista italiano, que estuvo muchos años al servicio de Isabel de Castilla, describe en la primera de sus ocho Décadas del Nuevo Mundo el itinerario seguido por Colón en su primer viaje de la siguiente manera: "Volviendo, pues, la proa hacia el oriente cuenta [Colón] que encontró la isla de Ofir. Pero, considerando diligentemente lo que enseñan los cosmógrafos, aquellas son las islas Antillas y otras adyacentes. Llamó a ésta Española" (8).

A la identificación de Ofir con el Perú se opone terminantemente fray José de Acosta en su obra 'Historia natural y moral de las Indias'. El jesuita señala que resulta absurda la creencia de que las barcas salomónicas se hubiesen pertrechado de los maravillosos tesoros del Perú ya que, aún cuando la zona es rica en oro, no lo es en las piedras preciosas, marfil y maderas exóticas que aparecen en el relato bíblico. Acosta también se muestra reticente a la inversión del nombre del Perú para rastrear su origen geográfico en Ofir: "Más la etimología del nombre Ofir, y reducción al nombre de Perú téngole por negocio de poca sustancia, siendo como es cierto, que ni el nombre del Perú es tan antiguo, ni tan general á toda esta tierra". Finalmente José de Acosta ofrece a sus lectores la ubicación de Ofir:

"La principal razón que me mueve á pensar que Ofir está en la India oriental, y no en esta occidental, es porque no podía venir acá la flota de Salomón, sin pasar toda la India oriental, y toda la China, y otro infinito mar; y no es verosímil que atravesasen todo el mundo para venir á buscar acá el oro, mayormente siendo esta tierra tal, que se podía tener noticia de ella por viaje de tierra" (9).

Próximo a las argumentaciones de José de Acosta, Francisco López de Gomara se mofa de aquellos "modernos" que identifican a Ofir y Tarsis con el continente americano. Aunque hombres doctos como san Agustín se han preguntado acerca de dichas ciudades, el hecho es que para el cronista constituye un desatino el emplazarlas en el continente americano. Apunta López de Gomara concluyente:

"Tampoco fueron a nuestras Indias las armadas de Salomón, porque para ir a ellas habían de navegar hacia poniente, saliendo del mar Bermejo, y no hacia levante, como navegaron; y porque no hay en nuestras Indias unicornios ni elefantes, ni diamantes, ni otras cosas que traían de la navegación y trato que llevaban" (10).

En contestación a José de Acosta y a Francisco López de Gomara, y aproximándose a las ideas de Arias Montano, a principios del siglo XVII Gregorio García retoma nuevamente la controversia Ofir-Perú. Aún en esta época continúa la búsqueda de los míticos territorios salomónicos (11).

EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

El mito griego del jardín de las Hespérides es retomado también en el marco de las primeras apreciaciones del continente americano. Este mito se encuentra relacionado con la historia de Heracles (o Hércules en la mitología latina), hijo de Zeus, quien según la versión más generalizada mató a sus hijos en un arrebato de locura provocado por Hera. En arrepentimiento, Heracles emprendió la realización de doce difíciles ordenados por Euristeo, rey de Micenas (12).

Una de estas pruebas, la duodécima (en otros casos la undécima), consistía en que Heracles debía apoderarse de las manzanas de oro celosamente guardadas por tres doncellas o ninfas del ocaso (las Hespérides, sobrinas o hijas de Atlas y de Hepseris) y por un feroz e inmortal dragón de cien cabezas. Dichas frutas de oro, regaladas por Gea como regalo de boda a Zeus y Hera, proporcionaban la eternidad a quien las probaba y debían ser entregadas a Euristeo. Las historias relacionadas con esta prueba son diversas, ya que Heracles tuvo que pasar muchas vicisitudes antes de llegar al oeste de Libia, al país de los hiperbóreos, y aproximarse al monte Atlas donde se encontraba el jardín.

Existen tres tradiciones. Según una primera, en virtud de que con anterioridad Heracles había salvado a las Hespérides de las manos de Busiris, pidió a Atlas que le ayudara a someter al dragón y a las ninfas para así poder tomar las manzanas doradas de la vida eterna. Otra tradición señala que Heracles se ofreció a relevar a Atlas de su pesado trabajo de sostener la bóveda celeste sobre sus hombros (castigo decidido por Zeus luego de la pelea de los gigantes con los dioses olímpicos). Atlante, a cambio, debía recoger las manzanas de oro. Una última tradición cuenta que Heracles logró apoderarse de los frutos durmiendo o matando al dragón. Euristeo le ofrece como premio las frutas al propio Heracles, quien las rechaza y entrega a Atenea. Esta diosa finalmente las devuelve de nuevo al jardín de las Hespérides.

La búsqueda de manzanas, y la fruta en sí como motivo, se hicieron muy comunes a lo largo del medievo. John Mandeville menciona en su obra 'Las dulces manzanas del paraíso' que poseían la figura del crucifijo marcada en su piel. También habla de manzanas de hermoso color y maduras en cuyo interior podía encontrarse ceniza en señal de los pecados de Sodoma y Gomorra. Por último describe de manzanas de oro que se encontraban sobre la torre del palacio principal del Preste Juan de las Indias y aquellas manzanas salvajes cuyo olor daba vida a los habitantes de la isla Picán.

Todavía a mediados de la Edad Media muchos cosmógrafos ubicaban el jardín de las Hespérides en las islas Afortunadas o Canarias (la clave estaba en el monte Atlas, que no podía ser otro que el Teide). En el siglo XVI Gonzalo Fernández de Oviedo identifica el famoso lugar de la mitología griega con las islas de Cuba y La Española. Aún cuando el cronista no menciona en modo alguno el contenido mitológico de la historia, afirma tajantemente: "yo tengo estas Indias por aquellas famosas islas Hespérides (assi llamadas del duodécimo rey de España, dicho Hespero)" (13).

Fernández de Oviedo desarrolla entonces la primera argumentación del poder de España sobre las nuevas tierras. Fundamentándose en autoridades de prestigio y remontándose a la construcción de la torre de Babel, el cronista desglosa un linaje que comienza por el rey Hibero cuyo nombre designó el río Ebro, prosigue entre otros con Hispán "de quien se dixo España" y culmina con Hespero, de quien provenía el nombre del lugar en cuestión (según la opinión errónea de Fernández de Oviedo). En tal sentido, y luego de una larga exposición, el cronista concluye con el argumento que reconfirma el poderío por derecho ancestral de España sobre las Indias:

..."se nombraron Hespéridas y Hespéride de Hespero, rey duodécimo de España, assi las islas que se diçen Hespérides, é que señalan Seboso é Solino, é Plinio é Isidoro segund está dicho, se deben tener indubitadamente por estas Indias, é aver seydo del señorio de España desde el tiempo de Hespero, duodécimo rey della, que fue, segund Beroso escribe, mill é seysçientos é çinquenta é ocho años antes quel Salvador del mundo nasçiesse" (14).

A Fernández de Oviedo se opone López de Gomara, señalando jocosamente y con rima sonora que las Indias no son las Hespérides "ca las Hespérides son las islas de Cabo Verde y las Gorgonas, que de allí trajo Hanón monas" (15).

OTRAS ISLAS FANTÁSTICAS: MACHO Y HEMBRA, CRISE Y ARGIRE, LA ISLA DE SAN BRANDÁN

Existe otro repertorio de islas fantásticas asociadas con las tierras americanas. Marco Polo hablaba de las islas Macho y Hembra (16), las mismas que viajeros y conquistadores relacionarían de algún modo con el antiguo mito de las amazonas y que creerían encontrar en los predios de América del Sur.

Esta geografía fantástica, que nutrió el conocimiento del mundo de los viajeros de finales del medievo y principios de la modernidad, fue complementada por muchos otros puntos imaginarios de referencia. Mencionadas desde la antigüedad, citadas por Plinio, Pomponio de Mela, Estrabón e Isidoro de Sevilla, se encuentran las comarcas de Crise y Argire, ricas islas del oro y de la plata: "Frente al Tamo está la isla Crise; frente al Ganges, Argire; una de suelo de oro -así lo transmiten los antiguos-, la otra de plata" (17). Mandeville las ubicaba "allí donde la mar Bermeja se parte de la Océana". En el globo terráqueo de Martín Behaim, Crisos aparece cerca de Cipango y Algiros aledaña al mar de China. Las islas del oro y de la plata fueron buscadas insistentemente por conquistadores españoles y portugueses tanto en el continente americano como en las islas del Pacífico (18).

De la cultura anglo-normanda provino una leyenda monástica que determinó la búsqueda de un lugar de importancia en el imaginario geográfico vinculado a la exploración de las tierras americanas. Se trata del viaje de san Brandán (Balandrán o Borondón) quien, navegando en una pequeña barca durante siete años junto a un grupo de catorce monjes, sortearía miles de dificultades hasta arribar a un lugar cercano a las islas Afortunadas o Canarias. Esta leyenda se extendió a lo largo de la Edad Media a través de la versión que hiciera en el siglo XII el arzobispo Benedeit basándose en un manuscrito latino del siglo X (19).

San Brandán nació en el siglo VI d. C. La historia cuenta que el abad irlandés y sus acompañantes partieron en una barca en busca del paraíso terrenal (20). Diversos motivos se han asociado a esta historia, pero el más conocido de todos es el de san Brandán y sus compañeros sobre el lomo de una ballena. En este pez-isla los monjes oficiaron una misa e intentaron celebrar la pascua asando la carne de un cordero (el calor despertó a la ballena adormecida causando una terrible tempestad).

Son muchos elementos que confieren un carácter de viaje iniciático a la aventura del abad. Después de haberse enfrentado a monstruos diversos y de visitar muchas islas, los viajeros llegan al paraíso terrenal o jardín de las Delicias (se les menciona como sinónimos aunque aparecen como lugares diferentes en distintas historias y leyendas). Para ello atraviesan en última instancia un mar escondido en densas tinieblas (motivo éste típico del imaginario medieval) que imposibilitaba el retorno de los pasaban sus límites. Estas tinieblas dejaban ciegos a quienes no iban de parte de dios.

Las descripciones de este paraíso poseen una gran similitud con las primeras descripciones del continente americano:

"De hermosos bosques y ríos ven colmada aquella tierra. Los prados son verdaderos jardines, floridos con perenne hermosura -como en santas moradas, las flores exhalan dulces fragancias-, con árboles espléndidos, preciosas flores y frutas de deliciosos perfumes [...].

Arboles y flores a diario crecen y dan sus frutos, sin que les retrasen las estaciones: allí cada día reina un suave verano" (21).

San Brandán regresa y difunde por todos los países la noticia del paraíso terrenal. Poco tiempo después muere de acuerdo a la profecía recibida en el jardín de las Delicias por boca del mismo Dios: "Esta vez con el cuerpo viniste, dentro de poco con el alma has de volver".

Según la creencia popular medieval, la isla de san Brandán era un oasis de verdor que aparecía y desaparecía arbitrariamente evitando así ser descubierta (22). Esta leyenda alcanzó visos tan reales que hasta el siglo XVIII siguió siendo representada en diversos mapas y se mantuvo la creencia en una octava isla afortunada cercana al archipiélago canario y disputada por españoles y portugueses.

LAS SIETE CIUDADES DE CÍBOLA

Muy por el estilo de la historia de san Brandán es la leyenda que da origen a las siete ciudades que serán buscadas insistentemente en el continente americano. La leyenda medieval europea cuenta que un grupo de monjes (un obispo español en otra versión) y sus feligreses, huyendo de la invasión musulmana del siglo VIII, navegaron durante meses en el mar hasta asentarse en una ignota isla donde fundaron siete soberbias ciudades. Allí vivieron en armonía y felicidad, ya que dicha isla solía pasar inadvertida a los viajeros y, si acaso alguno daba con ella, era retenido por los habitantes de la misma impidiendo su retorno. En un principio las siete ciudades fueron ubicadas al lado de Antilia, otra isla característica del imaginario medieval, pero con el tiempo terminó confundiéndose a ambas.

El primero en dedicarse a la búsqueda de las siete ciudades que comienzan a llamarse "de Cíbola" fue Nuño de Guzmán. Entre los aztecas existía una leyenda similar según la cual los antepasados aborígenes habrían habitado siete cuevas en un pasado remoto. Esta noticia llegó a Nuño a través de un indígena que le servía, quien le dijo que al norte de México existían siete ciudades repletas de riquezas. En el año 1530 se organiza una expedición que no llega a cumplir su objetivo debido al enfrentamiento que mantenía Nuño de Guzmán con Hernán Cortés.

Algunos años más tarde Alvar Núñez Cabeza de Vaca, al relatar la frustrada expedición de Pánfilo de Narváez y sus posteriores aventuras por las tierras de Florida y México (1527-1537), hace mención de las informaciones que había oído en relación con las ricas ciudades del norte de la Nueva España. Con el relato de sus naufragios, Alvar Cabeza de Vaca reanima la creencia e impulsa la búsqueda de las siete ciudades perdidas (23).

Parte entonces una primera expedición en 1538 comandada por un fraile llamado Marcos de Niza quien, después de una peculiar historia, regresa certificando que observó con sus propios ojos las riquezas de Cíbola (24). Motivado por tan espectacular descubrimiento, Antonio Mendoza, virrey de Nueva España, obliga al franciscano a guiar la expedición de Francisco Vázquez de Coronado en dirección a las siete ciudades. El nutrido ejército, luego de pasar mil vicisitudes y de morir de hambre "muchos indios y algunos caballos", llega a la misteriosa "Sibola". Francisco López de Gomara relata la visión que tuvo el desencantado grupo:

"Es Sibola de hasta doscientas casas de tierra y madera hosca, altas cuatro y cinco sobrados, y las puertas como escotillones de nao. Suben a ellas con escaleras de palo, que quitan de noche y en tiempos de guerra. Tiene delante cada casa una cueva, donde, como en estufa, se recogen los inviernos [...] Las riquezas de su reino es no tener que comer ni que vestir" (25).

Girolamo Benzoni, en su 'Historia del nuevo mundo', relata el interés por la búsqueda de Sibola y el fracaso de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado: "Al llegar a aquel territorio, las riquezas que encontró fueron abundancia de nieve y carencia de provisiones". Finalmente, el capitán, luego de haber luchado encarnizadamente contra los indígenas de la zona y "maldiciendo a los frailes que tan buena nueva habían difundido sobre un territorio tan rico, [...] regresó a México pobre y desnudo" (26).

LA ATLÁNTIDA

Uno de los primeros grandes mitos que resurgen a lo largo del siglo XVI, ya despejada la incógnita referida a la identidad propia del continente americano, es el de la Atlántida. Dicha historia, retomada de los diálogos platónicos de Timeo y Critias, tiene que ver con el enorme cataclismo que hundió a una isla tan grande como Africa y Asia juntas en medio de un vasto océano. Fue Platón el primero en sugerir la existencia de esta gran masa territorial, aunque aclara que la historia fue referida por Solón (649-559 a.C.), quien a lo largo de su estancia en Egipto conoció las tradiciones orales vinculadas al pasado de Grecia y Egipto y a la existencia de la isla Atlántida.

Es al llegar al renacimiento, y con el hallazgo de los territorios americanos, cuando resurge con gran fuerza el relato platónico referido a la gran isla desaparecida. Para los europeos del siglo XVI, el retomar nuevamente el mito de la Atlántida permitía solventar varios de los problemas suscitados a raíz de la identificación del continente americano y, por ende, de la corrección del error que llevó a concebirlas como las Indias Occidentales. En primer término, se resolvía la duda concerniente al origen de los aborígenes, considerados como descendientes directos de los atlantes que lograron sobrevivir en algún elevado punto no sumergido de la milenaria isla o que pudieron pasar a un continente situado más allá de la Atlántida (la América misma).

En segundo lugar, quedaba solucionada una problemática de corte religioso que centrará algunos debates teológicos del XVI: si América se relacionaba de algún modo con la legendaria Atlántida, entonces el dios de los cristianos no se había olvidado de los indígenas durante tantos miles de años... por el contrario, en su infinita misericordia los había preservado como descendencia de los civilizados atlantes, tal cual lo hizo salvando a Lot durante la destrucción de Sodoma y Gomorra. Los europeos se transformarían entonces en aquellos enviados que llevarían la palabra divina a la perdida estirpe. Finalmente, el resurgimiento del mito de la Atlántida serviría como el soporte ideológico para argumentar la realidad objetiva del continente americano sin cortes abruptos con el pensamiento occidental.

Uno de los primeros y más fehacientes defensores de la teoría que vinculaba a la isla platónica con el continente americano fue Francisco López de Gomara. Para el cronista, el descubrimiento de las Indias evoca directamente la historia narrada por Platón. El hecho mismo de que en México se denomine al agua con el vocablo Atl viene a ser para el autor un indicio de la pervivencia de la Atlántida.

Otro encarnizado defensor de la pervivencia de la Atlántida fue Pedro Sarmiento de Gamboa, quien vivió en América entre 1557 y 1585. En su 'Historia de los incas', el autor describe la antigua división de la Tierra escindida en cinco partes, una de las cuales (la de mayor tamaño, igual que Asia y Africa juntas) era la "Isla Atlántica". Sarmiento de Gamboa señala que la Atlántida se extendía desde el estrecho de Gibraltar hacia el poniente, haciendo un arco sobre Africa e incorporando en sí a las islas Canarias. Finalmente se desplegaba hacia el suroeste "y se juntaba y era una cosa continente y tierra firme con estas Indias Occidentales de Castilla". Concluyendo su larga exposición, el cronista puntualiza:

Luego quede de aquí averiguado que las Indias de Castilla fueron continentes con la isla Atlántica y por el consiguiente la misma isla Atlántica, la cual procedía de Cádiz y venía por el mar que venimos a las Indias, al cual todos cosmógrafos llaman Mar Océano Atlántico, por haber sido en él la isla Atlántica. Y así navegamos ahora por donde antiguamente fue tierra (27).

Otro testimonio que concuerda con el de Pedro Sarmiento de Gamboa proviene de Agustín de Zárate, quien en 1543 dejaría España para aceptar el cargo de contador general en el Perú y Centroamérica y que posteriormente escribiría la 'Historia del descubrimiento y conquista del Perú'. Partidario de entender el continente americano como parte de la legendaria Atlántida, Zárate señala: "Quién podrá negar que esta ysla Athantica començaua desde el estrecho de Gibraltar [...] y llegaua y se estendia por esse gran golfo donde assi Nortesur como Lestehueste tiene espacio para poder ser mayor que Asia y Africa. Las Yslas que dize el texto que se encontrauan desde alli parece claro, que serian las Española, Cuba, y San Iuan, y Jamaica, y las demás que están en aquella comarca" (28).

Aún cuando para muchos el binomio América-Atlántida viniese a resolver diversos dilemas, el hecho es que para algunos autores, como por ejemplo el jesuita José de Acosta, tal planteamiento resultaba un tanto inverosímil y descabellado:

"Yo, por decir verdad, no tengo tanta reverencia á Platón, por más que le llamen divino, ni aun se me hace muy difícil de creer, que pudo contar todo aquel cuento de la isla Atlántida por verdadera historia [...] Sea como quisieren, haya escrito Platón por historia, ó haya escrito por alegoría, lo que para mí es llano, es, que todo cuanto trata de aquella Isla, [...] no se puede contar sino es á muchachos y viejas" (29).

Referencias bibliográficas básicas:

ACOSTA, Fray Joseph de: Historia natural y moral de las Indias. Madrid, Ramón Anglés Impresor, 1894. Edición publicada según el original editado en Sevilla, 1590.

ANGLERÍA, Pedro Mártir de: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Polifemo, 1989.

BENEDEIT: El viaje de San Brandán. Madrid, Siruela, 1988.

BENZONI, Girolamo: Historia del Nuevo Mundo. Madrid, Alianza, 1989.

CASAS, Bartolomé de las: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Madrid, Sarpe, 1985

COLON, Cristóbal: Diario. Relaciones de viaje. Madrid, Sarpe, 1985.

Cristóbal Colón. Textos y documentos completos. Madrid, Alianza

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CORTÉS, Hernán: Cartas de Relación. Madrid, Editorial Castalia, 1993. Edición de Ángel Delgado Gómez.

FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y VALDÉS, Gonzalo: Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano. Tomos I al IV. Madrid, Real Academia de la Historia, 1851. Edición de José Amador de los Ríos.

GARCÍA, Gregorio: Origen de los indios del Nuevo Mundo. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

LÓPEZ DE GOMARA, Francisco: Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1984.

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MAQUIAVELO, Nicolás: Historia de Florencia. Madrid, Alfaguara, 1979.

NUÑEZ CABEZA DE VACA, Alvar: Naufragios. Madrid, Alianza, 1996.

PLATÓN: Diálogos. Filebos-Timaios-Kritias. Madrid, Ediciones Ibéricas, 1969.

POLO, Marco: Viajes. Libro de las cosas maravillosas del Oriente. Madrid, Akal Editor, 1983.

SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro: Historia de los Incas. Biblioteca de viajeros hispánicos. Madrid, Miraguano Editores-Ediciones Polifemo, 1988. Según la primera edición de la obra hecha por Richard Pietschmann, Berlín, 1906.

ZÁRATE, Agustín de: Historia del descubrimiento y conquista del Perú. Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia Argentina y Americana, 1965.

NOTAS

  1. Ver: GOMEZ ESPELOSIN, F. Javier, PEREZ LAGARCHA, Antonio y VALLEJO GIRVES, Margarita: Tierras fabulosas de la antigüedad. Madrid, Universidad de Alcalá de Henares, 1994. En los relatos bíblicos no se señala que Ofir y Tarsis fuesen islas, aunque probablemente a lo largo de la Edad Media se dedujo esta idea por los datos de la narración: cada cierto tiempo Salomón "enviaba sus flotas" a Ofir y a Tarsis para que se apertrecharan de tesoros.

  2. Primer libro de los reyes, 9:27-28.

  3. La historia de Jonás y su relación con Tarsis se encuentra en el Libro de Jonás, 1:3: "Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Dios a Tarsis [...] y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis". Ver también: GIL, Juan: Mitos y utopías del descubrimiento. Tomo II, El Pacífico. Madrid, Alianza, 1989, pp. 52-56.

  4. COLON, Cristóbal: "Carta al papa Alejandro VI". En: Cristóbal Colón. Textos y documentos completos. Madrid, Alianza Editorial, 1989, p. 311.

  5. ACOSTA, Vladimir. El continente prodigioso. Mitos e imaginario medieval en la conquista americana. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1992, pp. 190-191.

  6. Experto en geografía del Lejano Oriente y en temas del Antiguo Testamento, entre otras obras traduce el itinerario oriental del judío navarro Benjamín de Tudela. FERNANDEZ VALLIN, Acisclo: Cultura científica en España en el S. XVI. Madrid, 1893. Edición facsímil publicada en Sevilla, Padilla Libros, 1989.

  7. ANGLERIA, Pedro Mártir de: "Primera década". En: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Polifemo, 1989, p. 11.

  8. ACOSTA, Fray Joseph de: Historia natural y moral de las Indias. Madrid, Ramón Anglés Impresor, 1894. Edición publicada según el original editado en Sevilla, 1590, pp. 62-63.

  9. LOPEZ DE GOMARA, Francisco: Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1984, p. 314. Edición según la primera impresión de 1554 hecha en Zaragoza, casa de Pedro Bernuz, y conservada en la Biblioteca Nacional de Perú.

  10. GIL, Juan: Mitos y utopías del descubrimiento, tomo I, pp. 216-257. GARCIA, Gregorio: Origen de los indios del nuevo mundo. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

  11. Heracles debía matar al león de Nemea y a la hidra de Lerna. También debía capturar al jabalí de Erimanto y a la cierva de Cerinia. La quinta prueba consistía en ahuyentar las aves del lago Estinfalo, la sexta en limpiar en un día los establos del rey Augias, la séptima en capturar vivo al terrible toro de Creta y la octava en quitar el cinturón a Hipólita, reina de las amazonas. Como novena y décima prueba, Heracles debía llevar a Euristeo las yeguas de Diómedes y los preciosos bueyes de Geriones que se encontraban más allá del océano. Como undécimo trabajo Heracles debía capturar al can Cerbero que cuidaba las puertas del infierno. La duodécima prueba consistía en robar las manzanas de oro cuidadas por las Hespérides. GRIMAL, Pierre: Diccionario de mitología griega y romana. Buenos Aires, Paidós, 1989, pp. 242-249.

  12. FERNANDEZ DE OVIEDO Y VALDES, Gonzalo: Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano. Madrid, Real Academia de la Historia, 1851, p. 14.

  13. FERNANDEZ DE OVIEDO Y VALDES, Gonzalo: Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano, p. 16.

  14. LOPEZ DE GOMARA, Francisco: Historia general de las Indias, p. 314. El autor hace referencia al viaje del cartaginés Hanón por las costas africanas. De acuerdo al mito, Hanón había encontrado a unas mujeres cubiertas de pelo en todo el cuerpo, especies de monas o gorilas. Algunas de estas pieles fueron llevadas al templo de Cártago por el viajero en testimonio de la veracidad de su famoso periplo. Por mucho tiempo se relacionó el pasaje de las mujeres gorilas de Hanón con la islas Gorgades donde habitaban las Gorgonas.

  15. "La isla a la que llaman Macho está situada en alta mar; y para llegar allí [...] hay que navegar quinientas millas en dirección al mediodía". La isla hembra se encontraba a 20 millas de distancia de la anterior. POLO, Marco. Viajes. Libro de las cosas maravillosas del Oriente. Madrid, Akal, 1983, pp. 456-458.

  16. La cita corresponde a Pomponio Mela. Plinio e Isidoro de Sevilla alaban la riqueza en metales de ambas islas.

  17. GIL, Juan: Mitos y utopías del descubrimiento, tomo I, pp. 126-147.

  18. Se ha seguido en este trabajo una edición reciente del escrito del arzobispo Benedeit hecha por Marie José Lemarchand. BENEDEIT: El viaje de san Brandán. Madrid, Siruela, 1988. Resulta interesante el estudio que aparece en: ACOSTA, Vladimir: Viajeros y maravillas. Tomo III: Viajeros reales e imaginarios del fin de la Edad Media. Caracas, Monte Avila Editores, 1993, pp. 12-39.

  19. "El abad Brandán, que era hombre de honda inteligencia y juicio muy prudente y ponderado, [...] empezó a desear algo por lo que rezaba a Dios con frecuencia: que tuviera a bien mostrarle aquel paraíso donde Adán estuvo sentado el primero, aquel patrimonio nuestro, del que fuimos desheredados". BENEDEIT: El viaje de san Brandán, p. 4.

  20. BENEDEIT: El viaje de san Brandán, p. 57.

  21. He escuchado sobre la existencia de un fenómeno óptico en el archipiélago canario, cerca de la isla de El Hierro, que permite, desde determinado ángulo, observar una especie de islote que desaparece cuando el observador cambia de posición. A este fen´ómeno óptico se le denomina, según tengo entendido, precisamente "Isla de san Borondón".

  22. NUÑEZ CABEZA DE VACA, Alvar: Naufragios. Madrid, Alianza, 1996, pp. 166-167.

  23. Fray Marcos "siguió con guías y lenguas el camino del sol, por más calor y por no alejarse del mar, y anduvo en muchos días trescientas leguas de tierra, hasta llegar a Sibola. Volvió diciendo maravillas de siete ciudades de Sibola, y que no tenía cabo aquella tierra, y que cuanto más al poniente se extendía, tanto más poblada y rica de oro, turquesas y ganados de lana era". LOPEZ DE GOMARA, Francisco: Historia general de las Indias, p. 303.

  24. LOPEZ DE GOMARA, Francisco: Historia general de las Indias, p. 304.

  25. BENZONI, Girolamo: Historia del Nuevo Mundo. Madrid, Alianza, 1989, pp. 223 y 224.

  26. SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro: Historia de los incas. Biblioteca de viajeros hispánicos. Madrid, Miraguano editores-Ediciones Polifemo, 1988, p. 31.

  27. ZARATE, Agustín de: Historia del descubrimiento y conquista del Perú. Buenos Aires, Publicaciones del Instituto de Historia Argentina y Americana, 1965, p. 9.

  28. ACOSTA, José de: Historia Natural y moral de las Indias, pp. 103-104.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Ramírez Alvarado, María del Mar (1998): Mitos e información: geografía fantástica y primeras apreciaciones del continente americano. Revista Latina de Comunicación Social, 8. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/a/
60alva.htm