Ámbitos 2 - Enero-Junio 99 (pp. 229-240)

El despegue de la «Buena Prensa» y El Correo de Andalucía en la Sevilla de comienzos del siglo XX

Dra. María José Ruiz Acosta

Profesora Asociada en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Sevilla

 

Las conmemoraciones -especialmente, las referidas al siglo de existencia- se han convertido en estos últimos tiempos en una buena ocasión para hacer balances. Más, si cabe, cuando la visión del fin de siglo imprime un singular ímpetu revisionista en casi todos los órdenes del saber.

En el caso concreto que hoy nos ocupa -el estudio de la «Buena Prensa»-, las citadas razones se dan cita con meridiana claridad. A las mismas, habríamos de unir una más: el deseo de conocer de cerca una de las publicaciones más emblemáticas y representativas de la capital hispalense, como es el caso de El Correo de Andalucía. Fundado hace cien años con el subtítulo de «Diario católico de Noticias», la trascendencia del rotativo radica en el hecho de que, tempranamente, se convirtió en uno de los periódicos más autorizados de la opinión pública sevillana, en el portavoz de sectores con claros objetivos políticos e ideológicos.

Desde las premisas indicadas, pues, iniciamos el presente trabajo. Y lo hacemos examinando uno de los aspectos más genuinos que definieron al diario en sus primeras décadas de vida: el ser el órgano autorizado de la «Buena Prensa».

 

1. La "Buena Prensa" y El Correo de Andalucía

El análisis de la influencia ejercida por El Correo de Andalucía desde el instante mismo de su fundación debe entenderse dentro del contexto vivido por la Iglesia católica española en las últimas décadas de la pasada centuria. Momentos marcados, de un lado, por la preocupación de las autoridades eclesiásticas ante el creciente clima de secularización y laicización de la sociedad occidental (1); de otro, por la toma de conciencia, en el seno de ese mismo círculo, de las posibilidades de la prensa, medio que ya había demostrado -con creces- ser un instrumento eficaz en la dirección de los movimientos de opinión.

 

1) A juicio de El Correo de Andalucía, «la inmoralidad que reina por todas partes y que avergüenza a las personas honradas llega a límites verdaderamente escandalosos y ya que la acción oficial muy poco o nada hace por corregir tales abusos precisa que los particulares se apresten» (R.M.B: «La inmoralidad», El Correo de Andalucía -en adelante, ECA-, 22 enero 1908, p. l). Vid. CUENCA TORIBIO, José Manuel: Aproximación a la historia de la Iglesia contemporánea en España, Rialp, Madrid, 1978; y PAYNE, Stanley S.: El Catolicismo español, Planeta, Barcelona, 1984.

 

A resultas del clima existente, desde la jerarquía se orquestó una cuidada estrategia que, con el nombre de Acción social católica, sería concebida para aglutinar a todos los fieles. Bajo ese espíritu surgió la «Buena Prensa», nombre genérico que pasaría a denominar «a la propaganda escrita de carácter católico, acción entendida como un verdadero apostolado» (2).

El término como tal había sido acuñado en Francia en 1873, a raíz del establecimiento en París de la Maison de la Bonne Presse por parte de los agustinos. En nuestro país, la creación de una prensa «buena en su fin, santa en ideal y divina en la fe» se llevaría a cabo dos décadas después, cuando algunos propagandistas -Adolfo Claravana, Bernardo Santiago, Francisco Picazo y Antonio Otero, entre otros-, dirigidos por el padre Tarín, plantaron (3) la primera semilla. Mas, el impulso definitivo de la obra vendría de la mano de Marcelo Spínola y Maestre y del grupo que éste lograra reunir en el seminario de la capital andaluza. Convencido de que debía aceptarse -como un mal menor- el sistema canovista y los poderes constituidos, el emprendedor arzobispo de Sevilla no dudó en articular los elementos necesarios al objeto de conseguir la unión de los distintos sectores católicos existentes en aquellos momentos: el liberal-conservador, el integrista y el carlista. Buen conocedor del distanciamiento existente entre estos, así como de la profunda crisis de la españolidad católica -notablemente deteriorada tras el Desastre de 1898-, Spínola emprendió la ardua tarea de reconducir la acción de la Iglesia utilizando para ello nuevas estrategias. En dicho contexto es como se entiende que creara El Correo de Andalucía, la publicación que nació para situarse por encima de bandos concretos, el rotativo que aspiraba a convertirse "en bastión de una única causa común a todos los católicos sevillanos (4).

 

(2) RUIZ SANCHEZ, José Leonardo: «Los seminaristas de Sevilla y la Buena Prensa. El centro Ora et Labora (1905-1925)», en Isidorianum, nº 6, Centro de estudios teológicos de Sevilla, Sevilla, 1994, p. 187. Vid. DESVOIS, Jean-Michel: La prensa en España (1900-1931), Siglo XXI, Madrid, 1977.

(3) «Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 7 abril 1908, p. 1.

(4) RUIZ SANCHEZ, José Leonardo: «Los católicos sevillanos ante en reinado de Alfonso XIII. Entre la tradición y el progreso», en Espacio, tiempo y forma. Revista de la Facultad de Geografía e Historia, Historia Contemporánea, Serie V 311, Uned, Madrid, 1990, p. 133.

 

Fundado el 1 de febrero de 1899 bajo los dictados de la «Buena Prensa», el decimoquinto diario de la ciudad del Betis significó todo un reto en unos momentos en los que, a decir de Pedro Gómez Aparicio, los periódicos sevillanos arrastraban, en su gran mayoría, una existencia difícil (5). Para llevar adelante la empresa, el cardenal Spínola, atendiendo a las consignas de León XIII y secundado de personalidades sevillanas que reunían la característica de ser católicas (6), aportó el capital inicial y depositó la confianza de la dirección en Rafael Sánchez Arráiz (7). El resultado de tal empeño sería un producto preferentemente doctrinal y poco informativo en comparación con los grandes diarios del momento; un periódico que, no obstante, satisfizo a su promotor, para el que representó el elemento aglutinante de los católicos en su lucha contra la expansión del liberalismo (8). Sirva en este sentido el texto que el Provincial de las Escuelas Pías de Valencia - Padre Rabazza- dirigiera al diario el mes de septiembre de 1908. La opinión -compartida- de la importancia de la prensa católica se expresaba de este modo:

«Llevamos un siglo luchando contra las ideas liberales infiltradas en las Cortes de Cádiz y transmitidas al pueblo por los que a sí mismos se llaman liberales. Hoy, ante los funestos frutos producidos por tales ideas, alzasen los soldados de la prensa católica, amparados por la Virgen <que no quiere ser francesa> y trabajando en este campo con heroicos sacrificios, vendrá la restauración por la prensa portadora de las verdades de la Iglesia» (9).

 

(5) Vid. GOMEZ APARICIO, Pedro: Historia del periodismo español. De la Revolución de Septiembre al desastre colonial, Editora Nacional, Madrid, 197 1, p. 673; y ALFEREZ, Antonio: Cuarto poder en España. La prensa desde la Ley Fraga, 1966, Plaza & Janés, Barcelona, 1986.

(6) Entre los hombres que el llamado «obispo mendigo» consiguió animar en la empresa de fundar el rotativo se encontraban, por ejemplo, el jesuita Padre Francisco de Paula Tarín, el canónigo y novelista Francisco Muñoz y Pabón, el jefe de las derechas sevillanas Manuel Rojas Marcos, el poeta y académico Luis Montoto y el futuro ministro conservador Carlos Cañal.

(7) Rafael Sánchez Arráiz venía dirigiendo el tradicional Diario de Sevilla. Hombre definido como de acendradas virtudes, dedicó los últimos años de su vida a cuidar a los enfermos del Hospital de la Caridad. Vid. RUIZ SANCHEZ, José Leonardo: Política e iglesia durante la Restauración. La Liga Católica de Sevilla (1901-1923), Diputación Provincial, Sevilla, 1995.

(8) RUIZ SANCHEZ, José Leonardo: «Magisterio de la Iglesia y poder político en la Sevilla de la Restauración (1881-1890>, en Trocadero. Revista de Historia moderna y contemporánea, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Cádiz, Cádiz, p. 99. Vid. «Por la Buena Prensa», ECA, 3 febrero 1908, pp. 2-3; «Digno de conocerse», ECA, 7 julio 1908, pp. 1-2; y CHECA GODOY, Antonio: Historia de la prensa andaluza, Fundación Blas Infante, Sevilla, 1991.

(9) MACIAS: «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 24 septiembre 1908, pp. 2-3. Vid. TOBAJAS, Marcelino: El periodismo español (Notas para su historia), Forja, Madrid, 1984.

 

2. La "Buena" y la "Mala" prensa

Partiendo del contexto descrito, qué duda cabe que merece nuestra atención el análisis detallado de los textos publicados por El Correo de Andalucía acerca de las cuestiones mencionadas. Al respecto hemos de apuntar que, tras un minucioso análisis de la ingente cantidad de informaciones ofrecidas por el rotativo en sus primeros quince años de vida, éstas fueron las grandes líneas de acción que emprendiera: a) ante todo, la descripción detallada del papel que le correspondía a la «Buena Prensa» frente a la denominada «mala Prensa» o «Prensa impía»; b) indesligable de lo anterior, la enumeración del conjunto de las actividades promovidas por la primera, al objeto de reforzar los logros -en el plano teórico y en el práctico- que se iban consiguiendo. Veamos ambos aspectos con más profundidad.

Acerca del primer tema, ha de tenerse en cuenta que, según las pautas informativas de comienzos del presente siglo, el periodismo católico debía presentarse a la sociedad desligado de compromisos de partido, lo que, por otra parte, no significaba renunciar a la defensa de intereses determinados (10). Tan delicada empresa exigía, previamente, el reconocimiento por parte de la cúpula acerca de la importancia del periodismo como instrumento para la defensa de la fe.

Desde esa perspectiva, no sería extraño que, ante el descenso de las manifestaciones católicas («los templos están desiertos y abandonados», clamaba El Correo de Andalucía) y la eficacia de otros medios de transmitir la doctrina («Bibliotecas y archivos vense hoy desiertos, los libros y folletos apenas si tienen lectores» (11), desde la jerarquía sevillana se animara "a buscar a las almas a donde se encuentren" 1(2); es decir, entre "el público de esa hoja de papel, flexible, ligera, efímera, flor de un día que hoy nace y hoy mismo muere" (13.)

 

(10) «La Independencia», ECA, 8 marzo 1908, p. 1.

(11) En el mismo sentido el rotativo recogía: «Si anteayer en la Epístola, ayer en el Libro, hoy en la Prensa» («Ora et labora», ECA, 7 febrero 1914, p. l).

(12) MACIAS: «Segunda Asamblea Nacional de la Buena Prensa», ECA, 23 septiembre 1908, p. 3. El artículo recogería ampliamente las palabras del que fuera magistral de Sevilla, señor Roca y Ponsa.

(13) SÁNCHEZ ARRÁIZ, Rafael: «Nuestras fiestas de ayer», ECA, 27 de enero de 1913, pp. 1-2.

 

A juicio de los comentaristas del momento, el periódico se presentaba como el medio de comunicación más eficaz de los existentes, mucho más incluso que la transmisión oral. Auxiliar del párroco en su labor de predicación, el «último valuarte para defender los intereses de la Religión y de la Patria» gozaba, igualmente, de una alta consideración entre los pontífices (14). Sirvan como muestra de este sentir las palabras que a la cuestión dedicara Pío X:

«En vano edificaréis iglesias, fundaréis escuelas, promoveréis misiones; porque todas esas buenas obras, todos vuestros esfuerzos y sacrificios serán inútiles si no manejáis y hacéis mejorar al propio tiempo las armas defensivas y ofensivas de la Prensa católica, leal y sincera» (15).

En su conjunto, la llamada «Buena Prensa» estaba formaba por una suma variable de periódicos de diferente regularidad y estilo; los unía, sin embargo, su exacto seguimiento de la doctrina católica -el Syllabus de Pío IX, las Encíclicas de León XIII y los documentos de Pío X y de los prelados españoles-, así como su carácter combativo en la defensa de la religión y los derechos de la Iglesia (16).

 

(14) ROLDAN, Federico: «¡Sacerdotes, a Zaragoza!», ECA, 1 agosto, 1908, p. 1. Vid. OBISPO DE JACA: «El periódico es auxiliar del párroco», ECA, 29 julio 1911, p. 1.

(15) «Su Santidad y la Prensa», ECA, 5 de febrero de 1909, p. 1. Vid. ALMARAZ, Enrique: «Por la Buena Prensa», ECA, 3 febrero 1908, pp. 2-3. El autor del texto, sucesor de Spínola en la sede hispalense, comentaría asimismo: «Si San Pablo viviera en los tiempos presentes, sería periodista».

(16) Vid. BONIFACIO: «La línea divisoria», ECA, 19 de octubre de 1908, p. 1; y «La grande obra», ECA, 10 febrero 1913, p. 1.

 

Amén de la justificación de unos ideales, los periódicos católicos se intentaron adecuar conforme a las exigencias informativas de aquel momento. De ahí que, sin olvidar su función de «arma» en la «cruzada» emprendida por los católicos, la «Buena Prensa» se orientara hacia la oferta de una alta dosis de instrucción y pasatiempo a sus lectores. Con una sencillez meridiana, resumió esos objetivos uno de sus más arduos defensores: el obispo de Plasencia. A su juicio, estos eran los fines:

«[impulsar] el bien individual, [fomentar] la industria, el comercio y la navegación; [resolver] los problemas de la política, para el buen gobierno de las naciones; [reseñar] los acontecimientos importantes, [revelar] los nuevos inventos de las artes; [hacer] la historia del día o de la semana, [defender] la religión, la verdad y la justicia, [estrechar] los vínculos de los que tienen idénticos pensamientos y [promover] así la unión de las voluntades, palanca poderosa para acometer las grandes empresas, que hacen prósperos a los pueblos» (17).

Indesligable de las alabanzas vertidas acerca de la «Buena Prensa», la crítica realizada contra la «prensa impía e incrédula».

Con el apelativo de «mala prensa» los rotativos católicos hacían referencia a aquellos medios caracterizados por una marcado talante liberal, publicaciones a las que no se dudaba en calificar de «sanguinolentas, escandalosas, propaladoras de cuentos y falsedades» (18). A decir de Marcelo Spínola, se trataría de un conjunto de impresos que, aprovechando las ventajas de la información periodística (tales como la rapidez en la transmisión de mensajes o la posibilidad de alcanzar a públicos amplios), tendría como único cometido el servir de "eco del materialismo contemporáneo", alejándose, así, de Ia virtud sobrenatural y ultraterrena" (19). Entre ellos, sobresalían -por la frecuencia con la que eran citados- ABC, La Correspondencia de España, El País, El Liberal o España Nueva, grupo al que se responsabilizaba de "robar al pueblo " y "hacer estériles los esfuerzos de la acción social (20).

Sirva como ejemplo de su «perniciosa» influencia -cuya reparación resultaba «imposible»- las palabras de Manuel Cabrera y Warleta acerca de algunos de los rotativos liberales. Decía así:

«Sin el relato minucioso y detenido de crímenes monstruosos, jamás muchos individuos impulsivos hubieran tendido a imitarlos; sin el auxilio de la amplia información periodística, jamás inteligencias obtusas hubiesen encontrado procedimientos para delinquir» (21).

 

(17) «La mala prensa y la buena prensa», ECA, 3 enero 1908, p. 1. Vid. CORNELIO: «El Periodismo», ECA, 13 febrero 1899, p. 1; y «Nuestras fiestas de ayer», ECA, 27 enero 1913, pp. 1-2.

(18) MACIAS: «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 24 septiembre 1908, pp. 2-3. Vid. TIMOTEO ALVAREZ, J. y otros: Historia de los niedios de coniunicación en España. Periodisnio, iniagen y, publicidad (1900-1990), Ariel Comunicación, Barcelona, 1989.

(19) ALMARAZ, Enrique: «Por la Buena Prensa», ECA, 3 febrero 1908, pp. 2-3.

(20) «El periódico», ECA, 8 enero 1908, p. 1.

(21) CABRERA Y WARLETA, Manuel: «Prensa criminal», ECA, 5 marzo 1908, p. 1.

 

Junto a la definición doctrinal, la defensa de la función de los periódicos católicos en el contexto citado se llevaría a cabo mediante la celebración de actos concretos, encuentros de los que la prensa confesional de la ciudad dio oportuna y detallada cuenta en sus páginas. Entre todos ellos, merecen nuestra atención las convocatorias de las Asambleas Nacionales de la «Buena Prensa».

El punto de partida de las mismas se situaría -no podía ser de otra forma- Sevilla, donde, en 1904, se reafirmó el papel de la prensa católica como instrumento para proclamar la verdad, el bien y defender los derechos e intereses de la Iglesia. Definida como la página más gloriosa del pontificado del cardenal Spínola, la convención sirvió para discutir a nivel nacional, por primera vez, todas las cuestiones relativas al papel que debían jugar los católicos en el nuevo siglo (22).

Como de la citada asamblea -a juicio de El Correo de Andalucía- «no salió el triunfo total, decisivo y completo de la Buena Prensa sobre la adversaria», los católicos organizaron un nuevo encuentro cuatro años después (23). En esta ocasión, la capital elegida sería Zaragoza, urbe a la que se calificó como "la Granada donde [se celebraría] el primer triunfo de esa epopeya" (24).

En la ciudad del Ebro se dieron cita, a lo largo del mes de septiembre de 1908, un total de 5.000 asambleístas en representación de 15 seminarios y 130 publicaciones, de las cuales 47 eran diarias (25). Amén de la mayor asistencia -fueron, a decir de El Correo de Andalucía, sectores y grupos que no habían acudido a Sevilla-, la peculiaridad de este segundo encuentro residiría en su empeño por resaltar el espíritu de lucha de los católicos; de ahí que fuera recurrente la comparación entre la batalla emprendida por los cristianos contra el liberalismo y la que entablara el pueblo español, cien años antes, frente a las tropas francesas. Restando protagonismo a la Exposición hispano-francesa -expresamente concebida para conmemorar el centenario de la Guerra de la Independencia-, la asamblea aragonesa se presentó como la verdadera encarnación del valor del español frente a las "huestes invasoras". Sirva de ejemplo del ánimo que reinó en el encuentro el paralelismo que realizaron sus promotores acerca de ambos acontecimientos:

«Todos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos, ancianos y niños, hombres y mujeres conmovidos por el amor religioso y patrio escribieron con su sangre aquella magnífica epopeya cuyo centenario conmemoramos: ( ... ) si queremos mostrarnos hijos dignos de aquellos héroes debemos aniquilar esa prensa afrancesada por sentimientos e ideas que nos engaña (26)».

  1. tenor de lo sugerido por la cita, la acción de los católicos en la prensa tomaría rumbos complementarios. Primeramente, destacaron las acciones de los seminaristas sevillanos, promotores de conferencias y campañas de propaganda en favor de las publicaciones católicas. Convencidos de que no había «acontecimientos más importantes en los actuales tiempos como los que con el periodismo se relacionan», la sección de propaganda del seminario hispalense acometió tareas como la de crear suscripciones a diversos periódicos -El Correo Español, El Siglo Futuro, La Lectura Dominical, La Hormiga de Oro, El Iris de Paz-, la distribución gratuita de periódicos en cafés, barberías y cocinas económicas, obra que coronarían con la fundación de revistas (27). En concreto la mencionada sección sería la promotora, en 1907, de Ora et Labora, así como de las llamadas Hojas parroquiales (28).

 

(22) Vid. «La Asamblea de Zaragoza», ECA, 4 enero 1908, p. 1; y «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 17 mayo 1908, p. 1. 21

(23) «Nuestra próxima asamblea», ECA, 5 septiembre 1908, p. 1.

(24) R.M.B.: «Hay que prevenirse», ECA, 26 febrero 1908, p. 1.

(25) Vid. MACIAS: «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 24 septiembre de 1908, pp. 2-3.

(26) R.M.B.: «Segunda Asamblea», ECA, 28 enero 1908, p. 1.

(27) MACIAS: «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 24 septiembre de 1908, pp. 2-3.

(28) Aunque ya existían en Barcelona y Zaragoza, las creadas en la capital andaluza gozaron de gran difusión. Su cometido, en cualquier caso, era el de exponer el evangelio del domingo de forma amena, comentario que se acompañaba de «una pequeña ración de catecismo, costumbres cristianas, historietas piadosas y edificantes», sin olvidar las notas de actualidad. Vid. «La hoja parroquial», ECA, 16 enero 1909, p. 1.

 

Indesligable de lo anterior, la mejora de las condiciones laborales de los informadores católicos. Consecuencia de una amplia corriente que, desde Francia, EE.UU. y Gran Bretaña, excitaba al perfeccionamiento profesional de los «escritores de periódicos», la idea caló entre los editores de hojas católicas. De ahí saldrían propuestas acerca de la pertinencia de fundar cátedras de periodismo y centros de enseñanza eclesiástia (29); del mismo modo, peticiones en favor de una asociación de escritores y periodistas católicos

«cuyos fines son dignificar la clase, costeándoles la asistencia médica, la farmacia y el entierro. Se les concederá retiro y se les facilitará destinos o colocaciones. Se les donarán vacaciones para que puedan veranear» (30).

 

(29) Vid. «¡Sacerdotes! al periódico», ECA, 13 junio 1908, p. 1. En idéntica línea se iniciaría la redacción de textos específicos como era el caso del realizado por el Obispo de Jaca, titulado U cruzada de la Buena Prensa. Igualmente, se facilitaría la actividad de la biblioteca circulante y de los viajes instructivos. Vid. «Bibliotecas de la Buena Prensa», ECA, 14 diciembre 1908, p. 1.

 

En esa misma onda, se alentaría la creación de juntas de letrados y procuradores católicos encargados de llevar a los tribunales a los que en los malos periódicos «calumniaban e injuriaban» al catolicismo. Igualmente, la fundación de asociaciones de Damas de la «Buena Prensa», es decir, de en las que la «reina del hogar» fuera aleccionada con el fin de «impedir que el apel impúdico o descreído se introduzca en el seno de la familia» (31).

Por último, en apoyo de esa prensa se iniciaría una amplia campaña destinada a mejorar los contenidos de las publicaciones católicas. Sin los principios que las sustentaban, desde el encuentro de 1908 se animó la puesta en marcha de aspectos diversos que ayudaran a hacerlas más; así, y junto al incremento de la información telegráfica y de los artículos de corresponsales, se solicitaba un profundo estudio de los aspectos físicos del rotativo (32).

Las razones expuestas explican la urgencia en crear una agencia de información nacional e internacional, imprescindible para que los periódicos católicos evolucionaran de acuerdo a las demandas planteadas por el nuevo siglo. Fundada en septiembre de 1908 -si bien entraría en funcionamiento en Madrid el mes de mayo del año siguiente-, Prensa Asociada vino a representar, gracias a la labor de su impulsor -el obispo de Jaca, Antolín López Peláez-, el primer intento serio por constituir en España una agencia de información confesional católica. A decir de El Correo de Andalucía, se caracterizaba

«no sólo [por informar] en católico, esto es, con verdad, de cuanto en el mundo ocurre, sino [por tener] montados sus servicios con perfección tanta que nada envidia a las Agencias neutras o sectarias» (33).

 

(30) MACIAS: «Segunda Asamblea Nacional de la Buena Prensa», ECA, 25 septiembre 1908, p. 3.

(31) ECHARRI, María de: «Asociación Nacional de Damas de la Buena Prensa», ECA, 20 agosto 1908, p. 1. La autora era, a la sazón, la secretaria de la mencionada entidad.

(32) Vid. «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 24 septiembre 1908, pp. 2-3; «Carta abierta», ECA, 12 enero 1909, p. 1; y «Otros modos de apoyar a la prensa católica», ECA, 27 julio 1911, p. 1. En este último texto, el obispo de Jaca sugería, para promover la prensa, la adopción de métodos como: «leer la prensa católica en voz alta, llevar el periódico por la calle desdoblado, pedirlo en los círculos de instrucción» así como «en las librerías».

(33) «Triunfos de la Agencia Católica de Información», ECA, 27 agosto 1911, p. 1. Vid. «Por la Agencia Católica de Información», 14julio 1911, p. 1; y SANCHEZARANDA, José Javier BARRERA DEL BARRIO, Carlos: Historia del periodismo español. Desde sus orígenes hasta 1975, Eunsa, Pamplona, 1992.

 

En sus primeros años la agencia contó con una media de 45 diarios suscritos a sus servicios; el incremento de sus clientes generaría -especialmente en provincias- una notable mejora de los contenidos de la prensa católica española (34).

 

3. Las dificultades de una gran obra

Pese al fuerte convencimiento existente en el seno de los católicos sevillanos acerca de la importante función de la prensa confesional en la sociedad española de aquellos años -lo que promovería las actividades e iniciativas apuntadas-, lo cierto es que no podemos obviar la persistencia de rémoras que el ejercicio pleno de los objetivos marcados. Los impedimentos detectados en aquellos momentos hacen referencia a una variada gama de cuestiones.

La más espinosa de las mismas conectaría con la contradicción existente en el seno de los católicos acerca del papel que debía jugar la prensa confesional. Reflejo de la división interna que caracterizaba al sector desde comienzos de la presente centuria, el periodismo sería apreciado en una doble vertiente. Para unos, su papel se entendía dentro de la lucha, de la oposición. Resultado del celo de los sectores más ortodoxos -que, en ocasiones, anteponían sus ideas particulares a las directrices marcadas por la jerarquía-, desde esta óptica se consideraba la función del periodismo en términos de exclusión y oposición. Contrarios a cualquier intento de reconciliación entre las ideas liberales y el catolicismo, su concepción del periodismo se movía entre parámetros como los siguientes:

«Hay dos maneras de concebir y de practicar el periodismo: como una milicia y como una industria. Para unos la pluma es un arma puesta al servicio de un ideal, para otros es un instrumento explotable. Los primeros luchan unos contra otros bajo banderas opuestas. Los segundos son industriales rivales que se disputan el mismo negocio. En ambos casos la discordia surge».

 

(34) Vid. «La Buena Prensa», ECA, 30 marzo 1913, p. 1; «Las fiestas de la buena prensa», ECA, 20 octubre 1913, p. 1; y SEOANE, MOaríaCruz y SAIZ, María Dolores: Historia del periodismo en España. 3. El siglo XX: 1898-1936, Alianza Universidad Textos, Madrid, 1996.

 

Actitud de enfrentamiento que, en definitiva, no podía desembocar sino en una única postura:

«El hecho de que ellos y nosotros manejemos una pluma no puede crear verdadera unidad. La afinidad no está en el pequeño trozo de metal que emborrona cuartillas, ni en el papel; está en las almas que en el papel vierten sus pensamientos y sus amores. No podemos dejar de ver en los periodistas anticatólicos esa fuerza que trabaja por destruir lo que es objeto de nuestra convicción, de nuestro culto» (35).

Desde una postura más conciliadora, otros concebían a la prensa católica como una realidad que, sin renunciar a la defensa de sus principios, debía adecuarse a los tiempos, modernizarse y adoptar -con el fin de alcanzar un mayor público- las técnicas empleadas por otros rotativos. En ese sentido, el escritor católico Severino Aznar animaría a la reforma de esas publicaciones al objeto de que fueran «más populares». He aquí su análisis de la situación a la altura de 1910:

«Todavía dan demasiado la impresión de que están hechos por políticos y para políticos ...); roban espacio y atención a las preocupaciones que entran más adentro de la vida de las clases sociales»16.

En la misma línea de crear una prensa para el pueblo y no sólo para burgueses, publicaciones más sociales y menos políticas, el articulista Miguel Peñaflor afirmó, tres años después, que, mientras la prensa liberal alcanzaba gran interés por su variada lectura, sus noticias frescas y rápidas, grabados, folletines, las informaciones de la prensa católica

«son rancias, sus folletines sosos (...). Si trajeran las noticias más pronto, si compitieran en informaciones con los extraños, entonces sí que seríamos sus constantes suscriptores y propagandistas» (37)

 

(35) R.M.B., «Hay que prevenirse», ECA, 26 febrero 1908, p. 1. Vid. R.M.B., «La verdadera causa», ECA, 2 julio 1908, p. 1; y «Segunda Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 23 julio 1908, p. 1,

(36) AZNAR, Severino: «El periódico popular», ECA, 28 febrero 1910, p. 1.

(37) PEÑAFLOR, Miguel: «De la Prensa», ECA, 19 septiembre 1913, p. 1.

 

Un análisis detenido de la cuestión nos descubre que, en gran medida, la situación precaria de muchos órganos católicos no constituía sino el resultado de la escasa atención que los mismos fieles prestaban al periodismo. Para contrarrestar tal dificultad, los colaboradores y redactores de los rotativos más influyentes apelaron al vital papel que jugaba la prensa como eficaz medio de contrarrestar la propaganda liberal. El modelo de tal iniciativa lo encontraban en la misma jerarquía, pues de sobra era conocido cómo León XIII siempre fue afecto al periodismo, hasta el punto de que subvencionaba impresos como La Aurora y El monitor de Roma.

Las medidas propuestas, sin embargo, ofrecieron un escaso éxito. De ahí que, no sin gran pesadumbre, El Correo de Andalucía recogiera en distintos momentos comentarios similares al que realizara uno de los asistentes a la Asamblea de 1908. Decía así:

«Los que se llaman católicos desconocen lastimosamente sus deberes respecto a la prensa, y éste es uno de los mil motivos de la decadencia de la nuestra. Entre los que van a misa son muy pocos los que prestan decidido apoyo a la prensa» (38).

En suma, muestras de una profunda desazón, incrementada al hacerse públicas las pésimas condiciones laborales que sufrían los periodistas católicos: bajos sueldos, pluriempleo, ausencia de recompensas o excesivo trabajo (39).

 

(38) «Asamblea de la Buena Prensa», ECA, 5 junio 1908, p. 1.

(39) VENTALLO, Cirici: «La Buena Prensa», ECA, 11 marzo 1913, pp. 1-2.

 

Referencia telemática:

http://www.ull.es/publicaciones/latina/ambitos/ambitos2/ruiz.html