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Rodríguez Martín valora el saber como un activo que hay que tener en cuenta en la economía mundializada

martes 28 de septiembre de 2004 - 00:00 GMT+0000

El Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Laguna (SPULL) ha editado la lección inaugural que leyó el catedrático en Economía Aplicada José ángel Rodríguez Martín durante la apertura del curso académico el pasado 24 de septiembre de 2004. La conferencia sellamó Islas, empresas y universidad: compartiendo horizontes, y en ella planteaba que las tres entidades del título comparten un mismo catalizador: el conocimiento.

El economista plantea en su discurso un modelo económico denominado Matriz de Interacciones Territorio -Empresas- Universidad (TEU). Este modelo, que está representado gráficamente en el apéndice del volumen, se basa en la economía de interacciones, uno de los enfoques más recientes de la economía espacial. Este modelo económico es definido como «un cuadro de vectores que intercambian, cooperan, colisionan, establecen juegos cooperativos para mutualizar un resultado superior». El esquema sirve para comprender cómo se relacionan cada una de las especificidades de una entidad del sistema con las dos restantes.

Además, hay otros componentes que determinan las interacciones entre los diferentes elementos y que pueden considerarse el «pegamento» del sistema. Entre otras, el autor cita el sistema técnico, las infraestructuras, las relaciones que tienen lugar en la matriz (como las transacciones económicas), los tiempos de las respuestas y las acciones y lo exterior (las relaciones con el resto del mundo). El trabajo presenta teóricamente este modelo, y posteriormente lo aplica al caso canario.

Para llegar a la formulación de la Matriz de Interacciones TEU, Rodríguez analiza pormenorizadamente cada una de las realidades implicadas en la misma. Acerca del territorio, sostiene que es «un sistema, no un escenario», para dejar claro que se trata de una entidad dinámica. Uno de los hechos que, desde el punto de vista económico, lo afectan, es la globalización o mundialización.

El territorio puede adoptar ante ella tres actitudes: la integración pasiva (equiparable a la no- resistencia), desentenderse de ella (escapismo) o la gestión de hibridaciones, la cual el ponente considera «la más compleja, pero más viable que la segunda y deseable que la primera». Añade, además, que «la hibridación permite un estrecho margen de maniobrabilidad, y eso es lo que debe exprimir con toda la inteligencia posible».

Sobre la empresa, el autor sostiene en la actualidad se mueve en tres frentes: la satisfacción al cliente, la productividad y la flexibilidad ante los cambios. También es importante el concepto de «valor añadido», que en ocasiones es lo que permite a unas corporaciones sobresalir sobre las competidoras. Las actividades relacionadas con el saber fomentan este tipo de valor añadido; en este sentido, Rodríguez sentencia que «la política general que abarca ese territorio tiene el compromiso de crear condiciones e invertir en inteligencia para impregnar a la fuerzas vivas de ese potencial creativo».

En cuanto a la universidad, está claro que como institución que opera con el conocimiento, debería tener un papel fundamental en los procesos de desarrollo económico. El autor se muestra precavido con las concepciones que defienden que la academia debe someterse a los dictados del mercado, pues de este modo se abandona la necesaria pero poco rentable a corto plazo investigación básica. Pero también rechaza el extremo contrario, la institución encerrada en sí misma y sus teorías, pues de este modo se cae en elitismo.

Normalmente se habla de la «empleabilidad» de los titulados, argumento que se esgrime para criticar el exceso teórico de la universidad. Rodríguez contrapone a ese concepto el de «educabilidad», como un valor que aporta la educación superior. Se trata «de la capacidad de una persona para su plasticidad en el mercado de trabajo debido a su entrenamiento educativo». Dicho de otro modo, estudiar aporta capaciadad de adaptación laboral. En este punto, el autor suscribe la doctrina defendida por teóricos como Tedesco y Wolton, que hablan de «socializar las técnicas y no tecnificar la sociedad».


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