Un grupo de investigadores de los departamentos de Física Básica y de Ecología de la Universidad de La Laguna, liderados por Juan Domingo Delgado García, acaba de publicar un trabajo en la revista Biodiversity and Conservation en 2007) en el cual se analizan los efectos de la intromisión de las carreteras en los ecosistemas de las especies endémicas de lagartos de Tenerife y La Palma.
Los investigadores en cuestión conforman el denominado Grupo de Investigación de Ecología Insular, que desde 1998 ha mostrado interés por el impacto que la creciente densidad de la red de carreteras está teniendo sobre los ecosistemas de Canarias y sus especies y endemismos clave. Como parte de un proyecto amplio de estudio de las alteraciones negativas que causa la red viaria en los bosques canarios y otros hábitats, se está estudiando el efecto de pistas y carreteras asfaltadas en el microclima, la vegetación y flora, y la fauna (invertebrados, aves, reptiles, mamíferos invasores como las ratas). Estos efectos viarios están siendo estudiados con mucha intensidad por muchos equipos en todo el mundo debido a la gran extensión global de las carreteras y la repercusión del tráfico de vehículos a motor.
Uno de los caballos de batalla en esta línea científica interdisciplinar, que podemos definir como «ecología de las carreteras», es la propagación desde el borde de la carretera hacia dentro de los ecosistemas que atraviesan, de una enorme cantidad de impactos de distinta índole, como la emisión de contaminantes, cambios del microclima, ruido y especies invasoras. En islas oceánicas como Canarias, los efectos de las carreteras son tal vez mucho más notorios que en los continentes, por lo limitado del recurso que supone el espacio habitable.
Uno de los primeros trabajos acometidos fue precisamente la evaluación de los efectos de estos corredores de transporte en el lagarto tizón (Gallotia galloti), endemismo de las islas de Tenerife y La Palma que cuenta con tres subespecies diferenciadas, G.g. galloti en el centro y sur-suroeste de la primera de estas islas, G.g. eisentrauti en localidades de la vertiente norte-noreste y G.g. insulanagae en el Roque de Fuera, en la costa Norte de Anaga.
El trabajo consistió en recorrer tramos de pistas en el pinar canario y en la laurisilva, realizando censos o recuentos del número de lagartos que allí habitan, comparando así su abundancia con la de los lagartos que moran en el interior del bosque, es decir, lejos de la influencia de las carreteras. La intención era comprobar si había cambios en el número de lagartos, de qué magnitud eran, y, especialmente, sondear las relaciones que mantiene el lagarto con su entorno (estructura del hábitat, porte de la vegetación, diversidad de la flora, pedregosidad, etc.), como variables que pueden determinar la «respuesta» ecológica de los lagartos a la cercanía de las carreteras.
El lagarto tizón es un reptil muy abundante en las islas, especialmente en las zonas agrícolas y matorrales de las medianías y zonas costeras. Es bastante menos abundante en los bosques, especialmente si estos son muy cerrados, umbríos y húmedos, como la laurisilva densa y bien conservada. Así pues, las poblaciones de la especie están, en cuanto a número, fuera de peligro. En lo que atañe a las carreteras, este reptil no sólo se muestra tolerante, sino que las carreteras forestales son un hábitat favorable, y resultó ser mucho más abundante a lo largo de los márgenes viarios que dentro del pinar o la laurisilva.
Esto es lógico, ya a que se trata de un animal poiquilotermo (vulgarmente, de «sangre fría»), lo que significa que requiere sitios despejados donde puede asolearse y calentarse al contacto con la roca, hasta alcanzar una temperatura corporal que le permita estar activo. Por todo ello, las carreteras sirven a esta especie no sólo como hábitat sino también como pasillo a lo largo del cual puede desplazarse por un entorno -el forestal- de otro modo hostil o, al menos, no óptimo.
Es precisamente esta capacidad de las carreteras, el permitir el movimiento y servir de conducto para los lagartos a lo largo y ancho de la isla, un factor de expansión de las poblaciones de este reptil. Por otra parte, es posible que esta continuidad del hábitat del lagarto, que facilita la red viaria en toda la isla, tenga algún efecto en las diferencias entre las subespecies presentes en el sur y en el norte de la isla, en el sentido que puede perderse diversidad genética (y lo que se conoce como «variabilidad microgeográfica») al favorecer las carreteras la mezcla de las distintas subespecies. Este es un extremo que, de momento, no se ha evaluado experimentalmente, y que hemos avanzado como hipótesis de trabajo en la revista Biodiversity and Conservation.
No obstante, estudios genéticos publicados por otros investigadores de La Laguna, revelan que las diferencias moleculares entre las subespecies tinerfeñas no son grandes. Por tanto, es posible que, o bien han sucedido ya estas mezclas, facilitadas por la muy densa red de carreteras y pistas que interconectan todos los hábitats de la isla, aumentando así el parecido molecular entre las subespecies tradicionalmente reconocidas, e incluso impidiendo -tal vez- futuras divergencias genéticas; o bien se da el caso de que no hay tal diversidad genética (aunque sí hay diferencias en el aspecto externo, como la coloración), y por tanto no estará justificada la hipótesis sobre el papel de las carreteras y la preocupación por sus efectos, en este caso. De cualquier modo, los efectos de la expansión de una especie oportunista y ubiquista, si bien nativa, como el lagarto tizón, por mediación de las carreteras, merece ser investigada por su potencial influencia sobre el funcionamiento de estos ecosistemas insulares.
(Nota cedida)
