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Una pianista entre la electrocatálisis y la energía

martes 05 de junio de 2018 - 07:46 UTC

Elena Pastor

Cada 11 de marzo, durante la celebración del Día Institucional, la Universidad de La Laguna entrega varios permios que visibilizan las buenas prácticas de los diferentes colectivos de su comunidad. El que reconoce la trayectoria investigadora recayó en 2018 en la química Elena Pastor y, algunos meses después, coincidiendo con la próxima presentación de su cátedra, la entrevistamos para repasar hablar sobre su carrera científica, su formación en Alemania, el papel de la mujer en la ciencia e, incluso, cómo eligió ser científica antes que pianista.

 

Elena Pastor

Pastor recibiendo el premio institucional a la investigación de manos dle rector.

Foto: Emeterio Suárez (CC BY 3.0)

En marzo recibió el Premio de Investigación de la universidad y, en un par de días, se presenta a la cátedra. ¿Está viviendo un momento “dulce” en su carrera académica?

Bueno, he estado seis años esperando para la cátedra, porque me acredité en 2012. Pero sí, este año estoy contenta, parece que los reconocimientos vienen juntos. Han sido varios años esperando, con problemas y retraso para sacar la cátedra. Pero dejemos el pasado y miremos lo bueno que viene. Me presenté al premio por presentarme: no tenía muchas referencias sobre él, y miré las bases, no era muy complicado el papeleo, me aventuré… y mira.

 

¿De dónde viene su vocación por la Química?

Mi padre y mi madre son químicos y, de hecho, mi madre fue la primera doctora en Química mujer de la ULL, que se quedó como docente en la Facultad de Química. De niña iba allí cuando todavía estaba en el Edificio Central. Y la hermana de mi padre, Gloria Pastor, ha estado dando clases aquí hasta hace unos diez años. Mi madre estaba embarazada de mí cuando hacía su tesis doctoral. Así que, de ahí viene, ¿de qué otra cosa iba a venir?

 

También podría haber salido una hija rebelde…

Claro, el rebelde fue mi hermano, que es filósofo. Mi padre trabajaba en una industria química vinculada a la refinería y mi madre era la universitaria, la docente y una enamorada de la química y del laboratorio. Fue una de las fundadoras del Departamento de Química Física y estuvo en él hasta 1980. También daba clases en un instituto de Bachillerato, pero llegó un momento en que no se podían compatibilizar ambas actividades y eligió el instituto. Pero para mí la química y la universidad han sido desde siempre mi medio natural.

 

¿Nunca tuvo dudas sobre su vocación?

Mi única duda fue dedicarme a la música, porque a los dieciocho años me quedaban dos asignaturas para acabar la carrera de piano y tenía que elegir entre eso o la universidad. Estudiar música es muy duros, tienes que dedicarle muchas horas tocando sola. Y la novelería de los dieciocho años me pudo y me decidí por la universidad, que me parecía un medio más natural para mí.

 

¿Y dónde quedó el piano?

A la vez que hacía el doctorado, volví al piano, saqué las dos asignaturas que me faltaban y ahora me dedico a mortificar a mis hijos, pues los dos están estudiando piano. Sigo practicando principalmente por ellos.

 

Una vez terminada la licenciatura, hizo la tesis y eso le llevó a Bonn. ¿Qué diferencias apreció entre una universidad y otra?

Hubo una diferencia conceptual en cuanto a lo que era la carrera, el doctorado y, sobre todo, el apoyo técnico que reciben los investigadores. En España pensamos que la formación profesional tiene que ver con oficios como fontanero o electricista. En Alemania, todos los encargados de electrónica, de vidrio, diseños para hacer determinado tipo de dispositivos… eran técnicos, no titulados superiores. Ese profesional que es técnico de apoyo para el desarrollo de la investigación en España no existe o al menos cuesta encontrarlo.

En Alemania, el hecho de que se te ocurra una idea y puedas hablar con esos técnicos con capacidad de adaptar una pieza de tal o cual modo, hace que la investigación sea muy diferente. Además, te imponen un respeto, porque ellos se consideran igual que tú y exigen ese trato profesional. Y da igual si lo que hacen es limpiar o barrer, ellos se consideran profesionales de su trabajo y exigen respeto por ello. Eso lo aprendí allí, pues en España no se valora la labor del técnico en el apoyo a la infraestructura científica.

 

Elena Pastor

Foto: Emeterio Suárez (CC BY 3.0)

Eso marca la manera de afrontar cómo hacer ciencia.

Claro. Por ejemplo, en el doctorado aprendí dos técnicas que después traje aquí, que no son comerciales, son adaptaciones a la investigación que yo realizo de técnicas que ya existían, la espectroscopía de infrarrojo y la espectrometría de masas. El primer espectrómetro de masas que utilicé aquí lo construimos allá y lo enviamos desde Alemania, aproximadamente en 1995. Fue bastante complicada la tramitación de las aduanas y el transporte, pero lo conseguí por el apoyo que me dieron desde Alemania. Así que tremendamente agradecida a los alemanes por ser como son.

 

Ha enfocado su investigación en la electrocatálisis y, últimamente, la búsqueda de nuevos materiales para utilizar en pilas de combustible

La electrocatálisis, que es el área de la electroquímica en la que empecé mi formación investigadora y me especialicé en Alemania, tiene gran importancia en el estudio de determinados compuestos que pueden ser oxidados para, posteriormente, obtener energía de ellos. Mi primer acercamiento a este campo fue desde el punto de vista fundamental, es decir, el estudio de estos procesos sobre materiales, llamados catalizadores, con unas estructuras muy bien definidas, pero que no se pueden utilizar en una pila de combustible o en un electrolizador, aunque sí sirven de modelo para entender las reacciones.

De estas investigaciones con catalizadores modelo pasé después a buscar materiales que se pudieran incorporar a una pila y, en general, a dispositivos electroquímicos que permitan almacenar y generar energía. A partir de aquí, se hace necesario que el estudio electroquímico se vincule al de las características físicas y químicas de los materiales utilizados.

 

Parce que cuando en ciencia se llega a cierto nivel, es necesario tocar otras disciplinas.

Sí. Por ejemplo, yo he estado involucrada ya en cinco proyectos del Plan Nacional con un grupo del Instituto de Carboquímica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Zaragoza, porque ellos son especialistas en carbones. En los primeros estudios fundamentales nos centrábamos en los procesos sobre láminas de platino o paladio, pero el material técnico que necesitamos ahora son nanopartículas de dichos materiales soportadas sobre carbón. Ellos preparan y nos envían los carbones y nosotros les añadimos las nanopartículas y estudiamos la electrocatálisis, analizamos las reacciones para saber cómo podemos hacer que el catalizador sea más eficiente y obtener así más energía. Nos hemos tenido que unir y este es un claro ejemplo de colaboración entre disciplinas.

Ahora nos hemos involucrado en las aplicaciones de los grafenos y sí los preparamos nosotros, pero hasta ahora no era así y tuvimos que buscar a colaboradores de otras áreas. Naturalmente, también tenemos que contar con físicos para toda la caracterización que hacemos. Nos falta ahora la conexión con los ingenieros, que serían quienes darían el punto final de desarrollo y diseño, porque yo me centro en el material, pero el diseño de lo que es en sí esa celda, esa pila o electrolizador, es una cuestión de ingeniería. Por eso, la colaboración entre áreas es imprescindible para avanzar en cualquier campo de la ciencia.

 

¿Cuál sería el objetivo final ideal de esta investigación?

Conseguir que todos estos tipos de dispositivos electroquímicos de almacenamiento y producción de energía entren en el mercado a unos costes razonables para poder, de una vez, dejar de depender de los combustibles fósiles. Para ello tenemos que abaratar y optimizar estos dispositivos.

 

Ya es posible, pero no es viable.

Económicamente no, porque, en primer lugar, en estos dispositivos muchas veces se utilizan metales nobles, como sucede también con los coches, cuyos catalizadores son de platino. Tenemos que abaratar el coste del material, ya que es una de las partes más importantes en cuanto al coste dentro de la pila.

Nuestro trabajo está directamente ligado a las energías renovables, así que es necesario que se apueste por ellas. Y en Canarias, si no apostamos es porque no hay una voluntad política. Si la hubiera y se produjera una amplia aceptación de las renovables, seguramente el coste se abarataría. Pero, insisto, es una apuesta política.

 

¿Tiene el ámbito científico capacidad para influir sobre el político para que se dé ese cambio?

Yo creo que, en este campo, es poca la capacidad de influencia. Por lo menos en España, creo que la presión debe ser externa, es decir, que a nivel mundial se tomen determinadas políticas claramente encaminadas a frenar el desarrollo de combustibles fósiles. Llevamos años hablando de todo esto, del Protocolo de Kioto y sus compromisos, y seguimos con la misma inercia.

Es verdad que hay más apuestas por las energías renovables y una mayor introducción en el mercado. Cuando eso suceda, los sistemas electroquímicos de acumulación de energía, las baterías y los electrolizadores para poder aprovechar la energía y producir hidrógeno, jugarán su papel y los científicos debemos estar preparados para cuando llegue ese momento.

 

Elena Pastor

Foto: Emeterio Suárez (CC BY 3.0)

Al margen de su carrera investigadora, también ha dedicado tiempo a cargos de gestión, como directora de la Oficina de Relaciones Internacionales varios años.

Fui directora de la ORI cuando por primera vez se apuesta porque haya un responsable dedicado específicamente a las relaciones internacionales en esta universidad, dependiente del Gabinete del Rector, pues hasta entonces siempre habían estado ligadas a algún vicerrectorado. También como labor de gestión he sido directora del Instituto de Materiales y Nanotecnología, del cual ahora soy secretaria.

Siempre he estado involucrada en la movilidad Erasmus, porque desde que dejé el cargo de directora de la ORI, he seguido como coordinadora de movilidad internacional de Química.

Y ahí seguimos peleando con los Erasmus, para que el alumnado tome conciencia de lo importante que es salir fuera. Yo lo hice terminando el doctorado; ellos tienen la oportunidad de hacerlo cinco años antes y muchas veces no valoran la posibilidad que tienen.

 

Pero es algo que le gusta, porque de lo contrario, sería una carga más.

Claro. Y también porque nadie más quiere hacerse cargo, no hay muchos voluntarios. La cooperación internacional siempre me ha gustado. El grupo de investigación al que estoy vinculada existe y se ha mantenido por los contactos con Iberoamérica. De hecho, hasta ahora he dirigido la tesis doctoral a un uruguayo, a un argentino, a dos colombianos, a una brasileña, a un panameño y a dos españoles.

En el grupo de investigación aprovechamos las primeras convocatorias que la Agencia Española de Cooperación hizo del programa Intercampus, que venía a ser una especie de Erasmus con menos dinero, con el fin de que los estudiantes de Iberoamérica vinieran a España para hacer una capacitación de un par de meses o para que el profesorado pudiera dar clases o hacer investigación. Luego ya empezaron los Proyectos de Cooperación con Iberoamérica (PCI). Y gracias a ellos, nuestro grupo firmó convenios con varias universidades argentinas, uruguayas y colombianas.

La colaboración ha sido espectacular, de forma recíproca, para nuestro grupo y para los iberoamericanos. Y en la actualidad son muy buenos amigos, que es una parte que también tenemos en cuenta: no es solamente que trabajemos y publiquemos juntos, es que a lo largo de los años se ha mantenido el vínculo.

 

Vínculo que le ha llevado a ser presidenta de la Sociedad Iberoamericana de Electroquímica.

Sí, en una semana marcho a Perú, pues la próxima reunión es en Cuzco y debo presidirla.

 

Quisiera hablar sobre el papel de la mujer en la investigación y en la universidad, mundos que, si ya de por sí son difíciles, para una mujer parecen serlo más. ¿Qué opina?

El problema que yo veo es que un hombre llega muchas veces a las mismas metas que nosotras sin tener que esforzarse tanto. Nosotras debemos hacer un sobreesfuerzo y, quizás no es que siempre te pongan zancadillas, pero desde luego tienes que saltar más alto para llegar al mismo sitio.

En mi caso, por ejemplo, la familia está muy compartida, porque además mi pareja es profesor de la universidad que trabaja en el mismo grupo, por lo que siempre hemos podido equilibrar en ese sentido, hemos compartido la carga. Pero soy consciente que a otras compañeras no les resulta tan fácil.

También se ve a la hora de las elecciones: cuando hay un hombre y una mujer en las mismas condiciones, no eligen a la mujer. Y en la universidad está claro: es muy probable que al mirar la composición de los departamentos y contar el profesorado titular, haya en muchos casos más mujeres que hombres. Pero cuando llegamos a las cátedras, miremos números. Hay algo que está frenando a las mujeres.

 

El techo de cristal es real.

Eso existe. Y todavía creo que en la universidad española queda mucho que aprender.

 

Y como docente que observa diariamente a las nuevas generaciones, ¿cree que se llegará a romper esa tendencia, o sigue viendo que persisten esos sesgos de género?

Yo creo que las chicas en las nuevas generaciones están tirando mucho para adelante. Cada vez que puedo, a mis alumnas les hablo y les digo que no piensen en ningún momento que por ser chicas no van a poder llegar. Van a llegar y no deben permitir que les hagan pensar lo contrario. Porque a veces, directamente, te “conquistan” para que creas que no puedes llegar. Y no: sí llegas. No te dejes convencer de lo contrario, eso es fundamental, porque es una cuestión de convicción. Independientemente de que después tengas otras obligaciones, ya se verá cómo se compagina. Pero no hay que renunciar a nada.

Recuerdo que cuando estaba en Alemania, mis jefes me dijeron: “Si quieres hacer algo en la ciencia, no tengas hijos”. Estamos hablando de los años 90, pero es muy duro que te digan eso. Pensaban que la sociedad española era machista y luego ellos mismos te decían una cosa así. “Cásate si quieres, pero no tengas hijos”.

Acabé el doctorado allí y no tenía plaza aquí, así que iba mirando a ver qué posibilidades tenía. Y te encontrabas con convocatorias en Alemania que decían que se daría preferencia a las mujeres en determinadas plazas. Y después veías los resultados y las plazas nunca eran para mujeres a pesar de que había candidatas. Y te planteabas “qué casualidad, que hay una plaza, otra y otra, y las mujeres siempre son segundas”. O sea, había una voluntad de hacer algo, un “blablablá”, pero luego, efectivamente, no se materializaba. Y eso que era Alemania….

 

Y en España, igual.

En España, igual. Pero te comento esto porque, en aquel momento, para mí Alemania era un referente en la investigación -lo sigue siendo- y ellos mismos te argumentaban que la sociedad española era machista, pero al final caían en lo mismo. No es la sociedad española, yo creo que es una cuestión mundial: el papel de la mujer en la ciencia se reconoce “de aquella manera”. Veamos los Premios Nobel, por ejemplo. ¿Es que no hay mujeres trabajando en ciencia? Se está luchando por la visibilidad: no para que te regalen nada, sino porque se reconozca tu trabajo, porque a veces te da la sensación de que eres invisible en ciencia por ser mujer.

Es algo en lo que la propia universidad tiene que tomar cartas en el asunto, porque si no sale de la universidad, ¿de dónde va a salir?

 

O incluso antes, empezar a dar a las niñas esta autoestima desde las etapas escolares previas.

Eso desde luego. Pero la universidad tiene que ser la que demuestre que eso es así.

El otro día un alumno, al que por cierto suspendí, me dijo que estaba estudiando química por la profesora que tuvo en Bachillerato. Me dijo: “su trabajo me pareció increíble y el tuyo también. Las admiro”. Que te lo diga un chico al que acabas de suspender te da una satisfacción especial y da a entender que las cosas empiezan a cambiar.

Cuando me dieron el Premio a la Investigación, al día siguiente tenía clase y, además, daba la casualidad de que era 7 de marzo, la víspera del Día de la Mujer. Entré a clase y me dirigí especialmente a las estudiantes. Les dije que me habían dado el premio, que estaba muy orgullosa, y añadí: “Les quiero decir que sí se puede. Si sigues adelante, se reconoce el trabajo, aunque te cueste”. Creo que ha llegado el momento de que tomemos un paso al frente no solo por nosotras, sino para las que vienen detrás.

 

Gabinete de Comunicación.


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