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Tras las huellas marinas del cambio climático

viernes 22 de febrero de 2019 - 10:25 GMT+0000

La investigadora Adriana Rodríguez, experta en cambio climático en el mar

La Universidad de La Laguna es una de las trece instituciones asociadas en el proyecto de investigación “Seguimiento, control y mitigación de proliferaciones de organismos marinos asociadas a perturbaciones humanas y cambio climático en la región macaronésica”, cuyo acrónimo es MIMAR. Los trabajos comenzaron en diciembre de 2016 y finalizarán en noviembre de 2019 y cuentan con una financiación de más de dos millones de euros a través del programa Interreg.

La institución tinerfeña participa en esta ambiciosa investigación a través del grupo de investigación Biodiversidad, Ecología Marina y Conservación (BIOECOMAC), que coordina el catedrático Alberto Brito Hernández del Departamento de Biología Animal, Edafología y Geología y en el que participan los investigadores predoctorales Cataixa López y Sergio Moreno, la profesora Sabrina Clemente y la investigadora postdoctoral Adriana Rodríguez Hernández, con quien hemos podido hablar sobre este proyecto y también sobre las dificultades que entraña ser mujer, madre e investigadora.

Así, explica que MIMAR valora el efecto a escala macro tanto del ser humano como del cambio climático en los ecosistemas marinos en toda la Macaronesia. Por ello, en el proyecto participan entidades asociadas de entornos archipielágicos como Azores, Madeira y Canarias, así como de países cercanos, como Mauritania, Senegal y Cabo Verde.

El proyecto se estructura en tres ejes: el primero se centra en estudiar la llegada de especies exóticas a través de puertos; el segundo está enfocado en el estudio de las explosiones de dinoflagelados relacionados con las floraciones algales tóxicas (HABs, de Harmfull Algae Blooms) y la ciguatera; y el tercero, que es en el que participa el equipo de la Universidad de La Laguna, analiza la afección de las comunidades marinas sobre el cambio climático.

“El objetivo”, explica la investigadora, “es detectar qué zonas marinas deberían ser especialmente protegidas, ya sea porque estén mejor conservadas, porque sus especies tengan más plasticidad para adaptarse o porque estén funcionando como micro-refugios climáticos donde, por sus condiciones oceanográficas, los incrementos de temperatura no estén sucediendo”.

De este modo, durante estos meses, tanto el equipo de investigación tinerfeño como su homólogo de Madeira han estado realizando un seguimiento de determinadas especies animales y vegetales marinas que pueden considerarse indicadoras del cambio climático a lo largo del gradiante térmico que existe en Canarias, desde Lanzarote, donde las aguas son más frías, hasta el Hierro, donde las aguas son más cálidas. Para ello, han instalado una serie de sensores de temperatura de registro continuo en el medio marino para poder apreciar las variaciones de temperatura que están sucediendo.

“Lo que estamos viendo es que, con el incremento de la temperatura del océano, las especies de apetencia más tropical están apareciendo por las aguas del El Hierro y se están extendiendo más hacia las islas orientales, como Lanzarote y Fuerteventura. También observamos que los inviernos son cada vez más cálidos. Vemos cómo es el movimiento de esas especies y que la distribución de especies de carácter más templado está retrocediendo: algunas que antes eran muy abundantes en Lanzarote o Fuerteventura, están disminuyendo por el incremento de la temperatura”.

Predicción de los efectos

Otra parte del trabajo se desarrolla en el laboratorio, con una serie de pruebas dirigidas a predecir cómo puede afectar a estos organismos el cambio climático. En estas pruebas han seleccionado especies que se pueden considerar estructurantes, como ciertos invertebrados y fanerógamas marinas, para observar cómo les afectan ciertos fenómenos asociados al cambio climático, como el aumento de temperatura del agua o la acidificación del océano, es decir, el descenso del PH.

“De forma manipulativa, podemos predecir qué va a suceder en un futuro y cómo van a responder estos organismos”, explica Adriana Rodríguez. “Y no solo en los organismos, también trabajamos con interacciones con su entorno. Las algas, por ejemplo, si les está afectando la temperatura o descenso del PH, pueden ser más vulnerables a ser consumidas por los herbívoros. En el mar está todo relacionado: si desparecen comunidades claves, las interacciones que dichas comunidades estaban soportando se rompen y todo va a cambiar”.

Con los conocimientos adquiridos a través de esas observaciones sería posible adelantarse a lo que va a pasar y, de ese modo, evaluar la implantación de posibles medidas como la creación de zonas de protección y reservas marinas como la creada en El Hierro en la Restinga, donde se ha conseguido una alta implicación de la población local, de tal modo que son los propios pescadores de la zona quienes la protegen.

“En este proceso, vemos que hay especies que están siendo capaces de tener esa plasticidad para adaptarse a un cambio gradual como este. Luego, habrá otras que variarán su distribución. Y otras que desaparecerán. Esto tiene muchas implicaciones: por ejemplo, puede cambiar la distribución de los recursos pesqueros”.

El proyecto requiere un trabajo de campo muy exigente: cada seis meses se hace una campaña por Tenerife, Lanzarote y El Hierro para realizar los muestreos y colocar los sensores. “Este verano también hemos tenido una campaña por todo el archipiélago canario, recorriendo la costa intermareal, buscando estas especies que podrían estar actuando como indicadores de cambio climático”.

Proyectos futuros

El proyecto MIMAR tiene financiación hasta noviembre de este mismo año, pero ya hay intenciones de solicitar una segunda parte para ampliar lo realizado en Canarias a Cabo Verde, que es más tropical y en donde aparecerán todas estas especies marcadoras del cambio climático antes, para luego llegar a Canarias, a continuación a Madeira y, finalmente, a Azores. “Queremos enseñarles todo lo que estamos haciendo aquí y tener un registro que abarque toda la región macaronésica”.

En todo caso, la finalización del proyecto supondrá un periodo en el que la investigadora estará desempleada hasta que logre reengancharse a otra investigación de las varias que el grupo BIOECOMAC ha solicitado, también relacionados con el cambio climático: al Plan Nacional de I+D, convocatorias de fundaciones privadas, y la ya mencionada ampliación de MIMAR.

“Si sale alguno de ellos, intentaré seguir vinculada, pero es bastante difícil porque hay pocas convocatorias y cada una tiene sus propios plazos. Así que nos vamos al paro, pero seguimos trabajando porque la carrera investigadora no la puedes interrumpir si quieres seguir siendo competitiva. Yo, personalmente, me presentaré a todo lo que pueda, como la convocatoria Juan de la Cierva de Inserción, aquí con la Universidad de La Laguna. Pero es verdad que la carrera investigadora es bastante dura”.

El propio periplo de Rodríguez Hernández es un ejemplo de esta dificultad, común al personal investigador. Tras licenciarse y doctorarse en la Universidad de La Laguna, estuvo adscrita a un grupo de investigación en la Universidad de Murcia y retornó al centro tinerfeño contratada como investigadora post doctoral en un proyecto del Plan Nacional de I+D+i, también relacionado con el cambio climático.

Luego consiguió un contrato del programa Agustín de Bethencourt relacionado con contaminación marina en larvas de erizo, al cual estuvo dedicada un año e, incluso, logró superar la primera evaluación. “De hecho”, explica, “teníamos resultados bastante buenos, pero yo quería seguir más ligada a la investigación y la universidad y me interesó estar contratada con el proyecto europeo MIMAR, que también me permitía dar clases y participar en otros proyectos, mientras que el Agustín de Bethencourt, no”.

Investigación y maternidad

La investigadora es, además, madre de dos hijos y aprovecha la ocasión para recalcar que esas dificultades se acentúan cuando se es mujer y madre. “Yo tuve problemas porque estando embarazada me concedieron una beca predoc y no me podía incorporar porque mi bebé acababa de nacer hacía dos semanas y las bases no contemplaban ese caso. Tuve que rechazarla”.

Posteriormente, obtuvo otra beca cuyo disfrute supuso renunciar a dos de los cuatro meses de permiso por maternidad. “Tuve un hijo en la etapa predoc y otro en la posdoc. En la primera, me encontré con que ni siquiera estaba contemplada la maternidad e, incluso, me llegaron a comentar que cómo se me ocurría presentarme estando embarazada. ¿Dónde pone que no puedo? En la etapa posdoc, igual: las bases lo contemplaban, pero si tenía el hijo el mismo año que había presentado el doctorado, no tenía derecho a ese año de prórroga”.

Poco a poco las convocatorias públicas están empezando a tener en cuenta la maternidad de las candidatas, pero siempre a base de reclamaciones y, en ocasiones, solucionado el problema de manera no del todo satisfactoria. “Cuando tienes niños, los primeros años suponen un cuidado intensivo y en el mundo de la investigación necesitamos que la sociedad acompañe un poco más a las mujeres y a las madres”.

Rodríguez Hernández cree que a las mujeres se las pone en la tesitura de tener que elegir ente maternidad o investigación. “Tengo muchas compañeras que lo tienen bastante difícil: o tienes una logística familiar y compañeros que se involucren en la crianza o esto es bastante complicado, porque tienes que solicitar proyectos para tener financiación, también tienes que tener currículo investigador, publicar, coger alumnado para trabajos fin de grado o master, todo esto con la crianza, lo que supone un esfuerzo bestial que no está compensado. Si todos estamos un poco más concienciados, es posible y en esa lucha voy: se puede, pero a base de muchas reclamaciones”.

El futuro, en juego

Pese a las dificultades descritas, la investigadora está muy motivada en su trabajo porque está plenamente comprometida con su materia de estudio: el cambio climático. Un fenómeno sobre el cual, pese a las evidencias científicas, todavía se ciernen ciertas opiniones negacionistas que ponen en duda que se esté produciendo o que tenga que ver con la acción humana.

En eso, Adriana Rodríguez es tajante: “El cambio climático se puede afirmar, lo vemos. Parte de ese exceso de calor es absorbido por el mar, igual que el 30% del CO2 de la atmósfera, el cual, al entrar en contacto con el agua, se disocia en iones bicarbonato, iones hidrógeno y carbonatos, disminuyendo el PH del mar. Los organismos van a tener problemas para compensar este desequilibrio químico del agua e incorporar esos excesos de iones hidrógeno y de carbonatos en sus esqueletos. Van a tener problemas para crecer, van a ser más vulnerables dependiendo de la especie, vemos que cada vez los inviernos son más cálidos y esto permite que ciertas especies lleguen y se establezcan aquí, desplazando a otras especies nativas. La sociedad debe mentalizarse de que el cambio climático es algo real, y quien no lo ve es porque no lo quiere ver”.

La acción humana es uno de los factores que han provocado esta situación. En Canarias, que en gran medida vive de su riqueza natural y su clima a través del turismo, cabe preguntarse si dicha actividad económica puede ser perjudicial desde un punto de vista medioambiental. Para la investigadora, su impacto será o no negativo dependiendo de la modalidad por la que se apueste: el turismo masivo “que viene aquí a pasárselo bien a cualquier precio y al que se le permite hacer lo que le dé la gana” sí es claramente perjudicial, pero existe otra tipología más concienciada con la naturaleza y que suele ir a las islas no capitalinas, que debería ser el modelo preferente.

En todo caso, en su opinión es necesario un cambio de mentalidad no solo en las instituciones, sino de manera individual. “Como isleños, todos deberíamos proteger el mar, no verter plásticos ni residuos porque, de todas formas, ya hay cosas que van a suceder de manera natural, como las microalgas: eso es el cambio climático. El mar es finito, tiene una capacidad determinada y lo estamos destruyendo. La sociedad tiene que ser más sostenible, porque esto se va a pique y nosotros con ello. Y, como madre, quiero que el futuro de mis hijos sea el mejor posible”.

Gabinete de Comunicación


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