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Benjamín Prado: «En España no hay petróleo, pero tenemos a Cervantes y a Goya»

jueves 11 de abril de 2019 - 21:00 GMT+0000

Benjamín Prado

En opinión del escritor Benjamín Prado, además del turismo, una de las grandes riquezas de España es su cultura. “Nosotros no tenemos petróleo, pero tenemos a Cervantes y a Goya”. Es uno de los elementos que contribuyen al reconocimiento internacional del país y, por ello, lamentó el maltrato que sufre y el desinterés de los propios españoles hacia sus grandes obras. “Hay una frase en Inglaterra que afirma que uno nunca es completamente británico si no ha leído completamente a Shakespeare. En cambio, aquí casi nadie ha leído el Quijote y a los jóvenes les damos, como mucho, a leer un capítulo en la escuela”.

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El escritor ha sido el ponente invitado en el acto de entrega de los premios literarios que anualmente convoca el Vicerrectorado de Relaciones con la Sociedad de la Universidad de La Laguna. Se trata, concretamente, del XXI Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve, cuyo ganador ha sido Ángel Olgoso, de Granada, con la obra “Hajdú” y del XX Premio Internacional de Poesía Luis Feria, que ha recaído en Verónica Aranda, de Madrid, por su poemario “Sin rumbo fijo (Haikus)”.

Prado dialogó con el periodista cultural Eduardo García Rojas sobre su última novela, “Los treinta apellidos” (2018), entre otros asuntos. Pero previamente, el vicerrector de Relaciones con la Sociedad, Francisco García, e Isidro Hernández, presidente del jurado del certamen poético, abrieron el acto resaltando el hecho de que ambos premios conllevan la publicación de dos volúmenes, uno por certamen, con los ganadores y una selección de obras presentadas. El vicerrector también quiso destacar la longevidad de estos premios, que abarcan ya dos décadas, lo cual supone para la institución “un orgullo pero también una responsabilidad”.

Benjamín Prado

El autor madrileño recordó que sus comienzos fueron en la poesía porque a los 17 años tuvo la oportunidad de conocer cerca de su casa a Rafael Alberti y, por circunstancias extrañas, hacerse amigo de él pese a que era una figura mítica en muchos ámbitos: el literario pero también el político o el social. Sin embargo, afirmó que no fue un autor que fuera especialmente influyente en su propia obra poética, pero sí lo fue en su vida.

Sobre su personaje Juan Urbano, protagonista de sus novelas, señaló que es su intención es que aparezca en una serie de diez novelas, cada una de las cuales abarque temas relevantes de la realidad española y, además, cada una sea de un género diferente. Así, “Los treinta apellidos” es una novela de piratas, pero ambientada en la actualidad, y habla de cómo algunas fortunas actuales provienen de la esclavitud y de la existencia de una elite de familIas que, desde hace siglos, manejan la sociedad española (esos treintas apellidos a los que se refiere el título). 

Frente a la dicotomía entre poesía o novela, Prado zanjó la cuestión señalando que “uno es escritor”. Por eso, reflexionó que no le gusta la pureza “porque lleva a los talibanes» y prefiere que los poemas tengan una “pizca de Rock and Roll” y las novelas, algún toque lírico. Es decir, aboga por que la mezcla esté presente y, por tanto, tampoco le gusta demasiado la repetición, razón que explica su preferencia por ir saltando de género.

Prado no se considera un escrito disciplinado y, de hecho, aprecia vivir en un mundo como el actual, en el cual todo es portátil y móvil, y ello le permite escribir en aviones u hoteles. En su opinión, saber que el viaje termina cuando lo indica el billete es un modo de disciplina, que le obliga a centrarse en su tarea durante esos trayectos.

Cree que este país necesita todo tipo de poesía, y que ésta no está solo en los libros, sino en todas partes: los cuadros, las películas, todo. “La cultura le hace a uno mejor, sea cual sea su profesión. Otorga una mayor empatía y hace que quieras llegar al fondo de las cosas”. Pese a ello, Prado considera que a los artistas y literatos se los utiliza “como a jarrón chino” y lamentó que  España es un país que no ha logrado algo tan importante como un pacto de estado por la educación.

“Hay que leer, hay que hacer todo lo posible por ser menos manipulable”, afirmó con rotundidad. Por eso cree que debe apostarse por la formación para ir “contracorriente en las corrientes de opinión” y abominó de términos  como “pensamiento único” o “realidad global”, que son “perversos” y propios de las sociedades neoliberales que están medrando ante la renuncia manifiesta de la socialdemocracia.

Pese a estas manifestaciones, el escritor no cree que la literatura deba tener una dimensión política necesariamente y que esa es solo una de sus posibilidades. En todo caso, consideró que “los libros son mejores en la medida en la que no cuentan la vida de quienes los escriben, sino de quienes los leen”. También reivindicó que la literatura no debe renunciar a ser entretenida. “Si al lector se le cae el libro de las manos, da igual que le quieres contar algo muy importante, porque no lo va a leer. Hay que saber ‘camelarse’ al lector”.

Preguntado por su postura ante el nacionalismo, Prado señaló que, en su opinión, los dos peores inventos de la humanidad han sido “el dinero y las fronteras”, y que por ello ya se veía demasiado mayor para ser nacionalista.

Premiados

La entrega del premios se celebró antes de la intervención de Prado. Ángel Olgoso, ganador del XXI Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve con la obra “Hajdú”, consideró este galardón un espaldarazo a cuarenta años que ha dedicado a la escritura de relatos. Recordó todas sus influencias literarias, entre las que citó al Propio Julio Cortázar, de quien destacó su carácter lúdico y su deslumbrante. Se refirió también a su relato ganador, en le que reivindica que “lo que se sueña tiene también su realidad, al igual que los que se vive”. 

Por su parte, Verónica Aranda recibió el XX Premio Internacional de Poesía Luis Feria, por “Sin rumbo fijo (Haikus)”. En sus palabras de agradecimiento, reconoció su admiración por Luis Feria, un poeta “de la palabra precisa” y se refirió a la humildad del género del haiku, al cual definió como “un encuentro entre la mirada del poeta y la naturaleza, que dura un instante”. Seguidamente, leyó cinco de las piezas que integran el libro, dos veces cada uno, tal y como se hace en Japón.


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