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Campus América desentraña la realidad del Atlántico Medio

miércoles 10 de julio de 2019 - 12:59 GMT+0000

La Universidad de La Laguna cuenta desde hace tiempo con un grupo de investigación consolidado de medievalistas denominado ‘Castilla y el Mar’, y liderado por el catedrático Eduardo Aznar. Este equipo aborda diferentes aspectos del Medievo, muchas veces de forma transdisciplinar con el objeto de dibujar la verdadera realidad de un periodo no muy conocido y lleno de arquetipos que poco tienen que ver con lo que realmente sucedió. Campus América recoge ese testigo y ofrece desde hoy 10 de julio un seminario que lleva por título “Desentrañando el nuevo mundo: de las ensoñaciones a la realidad”, y que se ha abierto con una ponencia de Aznar dedicada al Atlántico Medio.

Si bien hasta ahora el equipo de Castilla y el Mar contaba con colaboraciones venidas de México y Argentina, con Campus América ha ampliado su espectro de contactos internacionales, en este caso hacia Chile y Panamá. “Con este seminario queremos ir a la esencia de las cosas, porque hay muchas ideas arquetípicas que deben confrontarse”, explica Aznar, que centró su intervención en el análisis sobre la implantación de la nueva soberanía, lo que supuso para las poblaciones conquistadas y las transformaciones que sufren los territorios a los que llegan los españoles, junto con las realidades que se encuentran. “Frente a la idea de que había un modelo único de sociedad, que luego se llevó a Canarias y después a América, hay que contrastarlo con el hecho de la propia realidad americana, y el encuentro con los aztecas y otras poblaciones”.

El Atlántico Medio es visto así como la experiencia anterior a la americana, en esa idea de que Europa era pequeña y que había otras realidades y toda una riqueza cultural desconocida. “Desde esa perspectiva”, propone Aznar, “ese Atlántico Medio ya había comenzado con la Baja Edad Media, cuando el peso de la actividad pasa desde el Mediterráneo al Atlántico. Se producen transformaciones en el orden militar, político y diplomático, lo que también conlleva la adaptación de los sistemas de navegación. Todo eso marca el origen de la civilización atlántica”, asegura el catedrático de la Universidad de La Laguna.

A todos esos cambios se une el aprovechamiento de nuevos productos, y un contacto cultural que va a ser novedoso. Hasta entonces, la expansión europea había sido sobre todo de tierra, sobre poblaciones ya conocidas; ahora el gran cambio viene del descubrimiento de nuevas poblaciones, y se produce un choque en el imaginario. “Lo que los clásicos habían dicho del océano se va a contrastar con la realidad”.

Para realizar exploraciones ya no valían las galeras de antes, ni las grandes embarcaciones redondas, con dificultades para varar en una playa y también por su propio peso, relata el medievalista. “Cuando uno va a lo desconocido no puede llevar el barco cargado de cosas. Los europeos van así poniendo soluciones a los medios que necesitan. Empezarán utilizando barcos mixtos, sin puente, y luego van pasando a otros modelos, de tal modo que a mitad del siglo XIV aparece un nuevo tipo de navío, más adaptado a las necesidades del momento”.

Esa trasformación de las embarcaciones va a permitir adelantarse a zonas desconocidas y volver de ellas. “En ese camino, los europeos deben superar los miedos. Los marinos le decían al infante Don Enrique que navegar por la costa sahariana era muy difícil y arriesgado. Luego descubrieron que la costa no doblaba hacia el este, como imaginaban, sino que entraba hacia el Atlántico, lo que desmontaba su idea de que África era muy corta y de que el paso hacia Asia era casi inmediato”.

Lo que se busca es llegar a Senegal, prosigue el experto, y se completa con el descubrimiento de los archipiélagos atlánticos en el siglo XIV: Canarias, Cabo Verde y Azores. Se adentran así en el conocimiento más exhaustivo de los vientos y de las mareas, reconociendo que se baja a África bordeando la costa y aprovechando los alisios, pero para subir hay que alejarse de ella. También se avanza en el propio conocimiento de la navegación: el Atlántico Medio va a ser la ocasión para potenciar la navegación astrológica, porque no es hasta el siglo XV cuando en realidad comienza a hacerse un uso extensiva de ella, dado que la medición respecto a la estrella polar era el método más habitual.

Esta navegación se va a completar con las dificultades de orden práctico, puesto que son viajes largos y a ello se suma la navegación en aguas calientes, con la aparición de parásitos hasta el momento desconocidos. Se van a desarrollar dos tipos de puertos, los propios de la costa guineana y de las islas más abruptas, al borde de la desembocadura de los barrancos, y la otra modalidad en la zona llana de las islas o en la costa sahariana, en los arrecifes.

El comercio de trueque se enriquece cuando se llega a Guinea, añadiendo productos de prestigio como el marfil, además de otros manufacturados como el azúcar o el vino. En estas navegaciones se dieron cuenta de que para aumentar la riqueza era necesario potenciar el comercio triangular. Comienza así una aristocracia mixta entre los conquistadores y los capitalistas, con traslado de capitales mediante recursos no estrictamente monetarios, lo que luego devendrá en una de las bases de los nuevos estados-nación.

“Rápidamente se acepta la humanidad de estas nuevas poblaciones. Cosa distinta es la comprensión de la alteridad: son humanos, sí, pero distintos a nosotros”, señala Aznar. Los cronistas europeos miden esa alteridad describiendo el físico, la vestimenta, si son más o menos salvajes, si cocinan los alimentos o no o si viven al raso o bajo techo, atendiendo así a la imagen física, el retrato moral y el sistema productivo. La falta de determinados valores observados como contrapunto a los propios quedó reflejada en diversas crónicas, tildando a la población autóctona de charlatana, mentirosa y poco trabajadora.

Los europeos se fijan así en el modo de vida de estas poblaciones africanas, haciendo constar la precariedad de las viviendas y de la propia alimentación. La indolencia de estas sociedades, a juicio de los europeos, queda reflejada en textos en los que critican que los guineanos, por ejemplo, cultivan en el bosque tan solo para vivir, pero no pensando en un mañana y no se les pasa por la cabeza comercializar con ello, actividad que no comienza hasta que se instalan allí los europeos.


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