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El escritor que escuchaba a Dylan

viernes 10 de mayo de 2019 - 11:47 UTC

Benjamin Prado

Con prisas pero sin perder la sonrisa en ningún momento. Así concede el escritor Benjamín Prado (Madrid, 1961) esta entrevista, a escasos tres cuartos de hora de ser la estrella invitada en la entrega de los premios literarios Julio Cortázar y Luis Feria que convoca cada año el Vicerrectorado de Relaciones con la Sociedad de la Universidad de La Laguna, y que en esta ocasión recayeron en el novelista Ángel Olgoso y en la poeta Verónica Aranda.

En una charla apresurada pero reflexiva e intensa en la que confiesa su animadversión hacia las fotos que siempre le hacen en las entrevistas, “no por nada en contra de los fotógrafos, ‒comenta‒, sino por las caras tan raras con las que luego salgo”, Prado se aleja de su calificativo como escritor mediático. No en vano, llegó al periodismo desde la literatura, cuando ya había publicado 20 libros y se había ganado, por igual, el respeto de crítica y público.

Y aunque su rostro es habitual en tertulias televisivas ‘prime time’ y en algún que otro programa cultural donde sus recomendaciones literarias traspasan la pantalla cada semana, si de algo está seguro este escritor madrileño, ‒letrista, rockero convencido y amigo de los cantantes Joaquín Sabina y Coque Malla‒, es de que “a la literatura no le ayuda nada más que lo que hagas dentro de los libros. A la carrera no lo sé”. A ser más conocido sí, sin duda.

Una carrera literaria que arrancó con el libro de poemas Un corazón sencillo y continuó en 1995 con Raro, su primera novela. Una obra de culto con la que muchos quisieron encajarlo en la Generación Kronen que encabezaba un prometedor Ray Loriga, algo de lo que huyó siempre. Los encasillamientos no son lo suyo. Lo que sí define a este autor, que escribe las novelas a ordenador y los poemas a mano, es su indiscutible ‘savoir faire’.

Todo lo que hace lo hace bien. Su brillante producción poética no tiene nada que envidiar a su talento como ensayista y, mucho menos, a su condición de novelista, que ha traído de regreso a su personaje más recurrente, el profesor de literatura Juan Urbano, que vuelve a imprimir su carácter particular en Los treinta apellidos, un libro con el que ahonda en las grandes fortunas españolas nacidas del comercio de esclavos. La cuarta entrega de una serie de 10 novelas que Prado se ha propuesto culminar en los próximos años.

Nunca ha tenido la sensación de sentirse mejor o peor en un género que en otro, o de ser más poeta que novelista, o más ensayista que prosista. “Me gustan todos los géneros por igual, por eso me encuentro cómodo en todos ellos. Lo que no me gusta es repetirme. Por eso lo que intento siempre es dar cosas nuevas en cada libro y considerarlo como tierra quemada una vez terminado; un lugar al que no volver jamás. A eso me ayuda mucho acabar una novela y no ponerme con otra de inmediato, sino con un ensayo, por ejemplo. Es como un cambio de elemento”.

Literatura y rock and roll

Su negativa a apoltronarse en ninguno de los géneros que cultiva hace que su actividad, tan dispar como enriquecedora, le permita hacer cosas distintas que procura separar. Múltiples trabajos que lo sumergen en lo que él mismo define como pluriempleo, en el sentido más literal de la palabra: “Fragmentar las distintas actividades que realizo me permite tener un personaje que hable de actualidad política en un programa de televisión y que solo tenga algo que ver con el escritor que soy”.

En la senda hasta llegar a el que es hoy en día, ‒desde que a los 17 la canción Hurricane de Bob Dylan lo atrapó de tal forma que se propuso firmemente ser escritor‒, siempre ha tenido claro que los únicos a quienes debe rendir cuentas son sus lectores, a los que le dan ganas de “besuquear y dar un abrazo” porque les está muy agradecido. Ellos son los que lo ponen en su sitio cuando algo no les gusta: “A cada lector lo recibo como un tesoro porque ellos son mis jefes reales. A veces te dicen cosas tan fantásticas que terminas por descubrir que no sabes todo lo que has escrito hasta que te lo dicen los que lo han leído”.

“Yo lo que quiero es que me lean, ‒afirma Benjamín Prado‒, que mis libros aporten algo a la gente que los lea, hasta el punto de que les descubran historias que no habían imaginado que pudieran estar ahí”. Entre esas historias están también las letras que compone para Sabina, el ex ‘ronaldo’ Coque Malla o el grupo Pereza. Composiciones con las que, en un momento dado, echa un cable a los amigos y se sube a un escenario. “Yo lo considero una gamberrada. Una cosa muy al margen. Para mí escribir canciones es como estar en una fiesta de disfraces, donde voy con una ropa distinta a la mía”.

El encuentro en la ULL permitió a Prado entablar contacto directo con estudiantes, algo muy edificante: “Me gusta mucho ir a universidades e institutos y hablar a los alumnos. Si en nuestro país se lee poco es porque no se le ha hecho saber a la gente que le gusta leer. Cuando he hecho giras de conciertos leyendo poemas he sentido que la gente más joven sale descubriendo que le gusta la poesía. Hay muchísima gente joven oyéndote leer, se han renovado los lectores y editoriales que nunca habían publicado poesía ahora lo hacen”.

El concepto de la poesía que tenía Alberti, a quien trató durante años, ha cambiado mucho. “Hoy en día los poetas somos más mediáticos pero más discretos, y en eso estoy con W. H. Auden, uno de mis poetas favoritos, cuando afirma que tendemos a la intimidad de la inteligencia y no a la del mitin”. A Prado le gusta la idea de que el escritor del siglo XXI sea un poco ese poeta en la calle de Alberti, impregnado de cotidianidad, con una mínima dosis del aislamiento a la hora de crear que Juan Ramón Jiménez defendía en su torre de marfil.

Universidad y cultura

En este “momento dorado” que vive la poesía en España, un país donde “siempre han sobrado buenos autores”, lo que le gustaría mucho a Prado es “contribuir a que la universidad no esté tan aislada del mundo de la cultura como lo está y ha estado durante estos años. Creo que la universidad es un elemento decisivo de la cultura de un país y ahí es donde están las inquietudes”.

La clave con la que este poeta, novelista y ensayista se ha manejado durante todos estos años ha sido conservar intactas las ganas de hacer cosas, porque “eso significa que quieres seguir aprendiendo, que estás vivo y tienes la ilusión de llegar un paso más allá de donde ya has llegado”. Por eso procura impregnarse de lo que le muestran los jóvenes cuando acude a impartir charlas en institutos. “Poseen una mirada muy limpia y muy inocente, pero al mismo tiempo muy afilada sobre las cosas”.

Fue precisamente su profesor de instituto el que lo animó a leer a Rafael Alberti, a quien conocería años más tarde, a Pablo Neruda y a Dámaso Alonso. Y en este sentido no pone pegas a la vida. “Soy lo que quiero ser. Si hubiera querido ser cantante, como Dylan, probablemente lo habría sido porque soy perseverante, pero no hay nada que me haga ser más feliz en la vida que ser escritor. Disfruto escribiendo, me divierto escribiendo y también sufro cuando, escribiendo, no encuentro lo que quiero. Pero hubiera sido igual de feliz siendo jardinero, porque es otra forma de cuidar y de crear”.

En el trabajo de escribir, de cuidar las palabras, el lenguaje y las historias con mimo extremo no tiene cabida la idea romántica de la inspiración: sentarse ante un papel en blanco con bolígrafo en mano hasta que caiga el poema perfecto, sin asonancias ni consonancias indeseables, no es lo suyo. Las musas de Benjamín Prado son otras bien distintas. A sus hadas hay que ir a buscarlas una a una. “Yo creo que la literatura es el trabajo, tiene sus normas, su taller propio, diría. Las cosas a los libros vienen de todas partes, vienen de otros libros, de lo que se oye por la calle, de lo que les pasa a los demás, de lo que pasa…”.

Inspiración y tranquilidad

Un escritor tiene que tener una “gran formación” pero también un “gran conocimiento de lo que Balzac llamó la condición humana”, asegura Prado. Porque a pesar de internet, de las redes sociales, de los blog y del mundo virtual que nos rodea, el proceso de creación literaria no ha cambiado casi nada, más allá de poder inventar una historia con el portátil mientras se está sentado en un aeropuerto esperando un vuelo.

“Cuando estás escribiendo un libro casi todo pelea por entrar en él. Pasa un poco lo mismo con los temas que puedes elegir, que son infinitos”. Lo cierto es que no se da con la fórmula mágica por muchos años que se lleve en esto. Más que intuición, le mueve la ilusión de empezar un nuevo proyecto y encontrarse con la gente que lee sus libros, que siempre le resulta inspiradora. Ambas cosas, unidas a cierta dosis de tranquilidad y aislamiento cuando escribe, hacen el resto.

“Los libros tienen que ser como una casa con habitaciones para invitados y los invitados tienen que estar ahí dentro, si no, la casa está vacía”. Y sus ‘casas’ tienen resonancia internacional y han sido traducidas en distintos idiomas. Algunas antologías poéticas se han publicado en Argentina o Colombia, pero nunca en España. “Prefiero los libros sueltos. Yo decido lo que quiero leer, como decido las canciones que quiero escuchar. Mis favoritas de los Beatles no suelen estar en las recopilaciones”.

Sus preferencias literarias son tantas que se hace difícil concretar algunos nombres de autores a los que considere auténticos referentes. “Llenaría la plaza de toros de Las Ventas con sus obras porque admiro a muchísima gente”. A pesar del evidente peso de los clásicos, como Kafka, Sthendal o Dickens, le encantan la novela rusa, admira a la poeta Alejandra Pizarnik, a Richard Falk y a Peter Handke.

Incontables nombres en la vida de un escritor al que le gusta la gente que entra en una librería y elige los libros por mera intuición, ‒por el color o el diseño de la portada‒, que lee una media de cinco libros nuevos a la semana y relee poesía todo el rato. Porque a los buenos “uno va y vuelve”. Y los buenos para Benjamín Prado son Neruda, Alonso o Guillén. Y Dylan. Y muchos más.

Gabinete de Comunicación


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