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En busca de ADN antiguo

jueves 10 de enero de 2019 - 09:12 UTC

Rosa Fregel

Puede decirnos dónde estuvimos, cuáles fueron nuestros hábitos alimenticios e, incluso, qué enfermedades padecieron nuestros antepasados. El ADN obtenido a partir de restos arqueológicos aporta una información tan valiosa que permite hacer una reconstrucción veraz de las poblaciones antiguas canarias, tanto como para asegurar que no se puede hablar de ellas como algo uniforme. Así piensa la investigadora y profesora del Departamento de Bioquímica, Microbiología, Biología Celular y Genética de la Universidad de La Laguna, Rosa Fregel.

Absolutamente convencida de que el material arqueológico y el patrimonio existente en las islas sirven para “hacer ciencia en Canarias”, esta experta en paleogenómica (tecnología que permite analizar genomas de organismos antiguos) aboga por que se investigue aquí y por no depender del exterior: “Nuestro patrimonio es perfectamente válido para pedir proyectos de investigación altamente competitivos, a la vez que permite a alumnos de la ULL hacer trabajos de fin de grado y fin de máster”.

Hace unos años esto era prácticamente imposible. Las investigaciones sobre la población aborigen de Canarias basadas en el estudio de genomas completos se hacían fuera, pero ahora el grupo de investigación que dirige Fregel se dedica a la obtención de información genómica de restos arqueológicos. Sus componentes están ahora inmersos en un proyecto financiado mediante un convenio que mantiene la ULL con la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, cuyo objetivo es intentar reconstruir esas poblaciones autóctonas partiendo de los análisis de ADN antiguo, una auténtica cápsula del tiempo, tan certera como reveladora.

¿Qué clase de aspectos podrían desvelarnos esos análisis de ADN? Conocer cómo era la composición genética de los antiguos habitantes de Canarias, o de dónde procedían, son algunos de ellos. “En el caso de las islas, no solo estamos interesados en el origen de sus poblaciones, sino en cómo evolucionaron una vez que llegaron a Canarias, si se adaptaron bien al medio o no”, apunta Fregel. Preguntas que tienen respuestas distintas, pues cada isla canaria tenía una realidad genética diferente.

Los aborígenes canarios

Por este motivo, no sería eficaz hacer un análisis conjunto de la población aborigen. “Tenemos que empezar a estudiar cada isla por separado. Hasta ahora se han hecho los estudios considerando a la población aborigen de las islas como una sola, y nos hemos dado cuenta de que cada isla tenía sus peculiaridades”. Y son precisamente esas peculiaridades las que han llevado a considerar las islas como unidades aisladas, ya que todas evolucionaron de manera independiente.

Lo que se está haciendo es tomar una “muestra grande” de cada isla. Los análisis realizados hasta ahora indican que las islas tenían realidades genéticas diferentes: Gran Canaria y Tenerife, las mayores, tenían mucha diversidad genética. Sin embargo, en islas pequeñas como La Gomera, la población no era tan diversa. ”Había endogamia. Cuando la población es tan pequeña todo el mundo acaba emparentado”.

Gracias a los análisis de ADN antiguo se ha podido desterrar la creencia de que los guanches eran casi vikingos, altos, rubios y de ojos azules. La realidad es bien distinta. Apunta a que proceden del norte de África y que su fisonomía se asemeja bastante a la de los bereberes, de piel blanca, más bien cetrina, y ojos marrones o claros, en algunos casos. Tópicos o leyendas de la época, lo cierto es que los antiguos pobladores de Canarias no eran tan diferentes a los canarios de hoy en día.

Pero para llegar a estas conclusiones, basadas en hechos y alejadas de lo puramente anecdótico, en ocasiones hay que encajar un rompecabezas con muy pocas piezas, “algo muy complicado debido, a veces, a la falta de información”, tal y como apunta Fregel. A esa dificultad hay que sumar unos requisitos indispensables para que los análisis se realicen con el rigor científico necesario.

Las condiciones ideales

Obtener ADN de restos antiguos no es tan complicado, aunque se tienen que dar una serie de condiciones para que la molécula de ADN (que es muy estable) mantenga esa estabilidad en el tiempo: un bajo nivel de humedad y una baja temperatura. Puede parecer lo contrario, ‒en el archipiélago hay mucha humedad y altas temperaturas‒, pero Canarias sí es un territorio adecuado para estas prácticas porque los enterramientos aborígenes solían hacerse en cuevas, siempre frescas y secas, donde los restos se conservan muy bien.

Si además hay huesos densos como la falange o la denominada porción petrosa, que es una parte del hueso temporal, ‒consideradas las mejores fuentes de ADN‒, mucho mejor a la hora de obtener ADN de una muestra arqueológica. El protocolo es el mismo que se aplica a una de sangre o saliva, con una salvedad importante: “Hay que extraer la muestra en un ambiente controlado y tener muchísimo cuidado de no contaminar, porque la mayor dificultad al trabajar con ADN antiguo es intentar evitar la presencia de ADN moderno”.

Todo este proceso se realiza en un laboratorio específico y aislado del exterior porque las células de la propia piel o una simple pestaña podrían echar por tierra todo el trabajo. De ahí que los investigadores trabajen completamente forrados, como si fueran a operar, con dobles guantes y mascarilla y, por supuesto, con traje completo incluido. La extracción comienza con una pulverización mecánica (un lijado con una fresa específica) del material, al que se añaden reactivos que logran separar el ADN del resto de componentes de la mezcla.

Después de combinar una serie de soluciones siguiendo un estricto protocolo, se purifica el ADN y se construye lo que los genetistas llaman librerías de ADN, que permiten comparar las moléculas de ADN extraídas con otras, conocidas como adaptadores. Estas librerías se colocan en un secuenciador, que no es otra cosa que un aparato capaz de leer toda esa información y dar con la composición exacta de cada una de esas moléculas. El resultado es una especie de archivo de texto desordenado que después hay que organizar. Y se hace partiendo del actual genoma de referencia de la especie humana.

El encaje de las piezas sin orden aparente de este “gran puzle” se realiza en la “supercomputadora” que la ULL tiene para este tipo de análisis: “El archivo es grandísimo y dependiendo de la potencia del ordenador se puede acabar en un día o en siete”. Una fase que los genetistas denominan mapeado, y que fue la utilizada en la reconstrucción del rostro de la aborigen canaria del siglo VI, enterrada en La Fortaleza, el yacimiento prehispánico de Santa Lucía de Tirajana (Gran Canaria), y en la que Fregel participó.

“Cuando hicimos la extracción de ADN de la mujer vimos que la cantidad que quedaba era muy escasa, por eso tuvimos que reconstruir sus características usando otros aborígenes de Gran Canaria que estaban en mejor estado de conservación”. En este sentido se ha avanzado bastante. La muestra de La Fortaleza llevaba mucho tiempo excavada, por lo que “el ADN estaba altamente degradado” y pudo haberse contaminado, algo que hoy en día no ocurre porque los arqueólogos utilizan guantes al desenterrar el material arqueológico.

De Stanford a la ULL

De esos cambios sabe mucho Rosa Fregel, ya que fue en Stanford, una de las mejores universidades del mundo, donde esta genetista realizó su postdoctorado y trabajó durante cuatro años especializándose en técnicas genómicas. “Estaba trabajando en un proyecto de colaboración de análisis de muestras antiguas en Isla Mauricio, relacionado con el tráfico de esclavos en el Océano Indico y uno de los colaboradores me animó a ir a Stanford”.

Fueron cuatro años de aprendizaje y experiencia que la hicieron madurar y comenzar a llevar sus propios proyectos. Pero no dudó en dejar su puesto de investigadora en EE.UU cuando se enteró que se sacaba una plaza de profesora con su perfil en la ULL, donde se había doctorado. Aquí imparte clases de genética desde hace un año, además de ser la investigadora principal del grupo de investigación paleogenómica. “No quería que se perdiesen las cosas que aprendí en Stanford; me daba pena que no regresaran a La Laguna”.

Y ese sentimiento de pertenencia hacia la universidad donde se convirtió en lo que siempre quiso ser desde que descubrió a Darwin cuando estudiaba en el instituto es el que define, en gran parte, su faceta como investigadora: “He tratado siempre de devolver a la población todo aquello que he aprendido o descubierto. La divulgación en genética es esencial”.

En investigación, contar con los medios necesarios es esencial. En el área de la genética, como en otras muchas, la aparatología es cara, y los proyectos suelen tener un coste bastante elevado, especialmente en el campo de la paleogenómica, que no suele situarse en la primera línea de las convocatorias. Porque una de las muchas cosas que aprendió en Stanford esta investigadora es a no tener miedo a presentarse a nada a pesar de las escasas convocatorias específicas de proyectos de ADN antiguo existentes en España. Ahora, en su departamento, están pendientes de saber si les conceden o no los proyectos solicitados en 2018. Y si no son esos, habrá otros. Eso seguro.

Gabinete de Comunicación


Archivado en: Bioquímica, Microbiología, Biología Celular y Genética, Protagonistas

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