En el ensayo ¿Por qué leer a los clásicos? Italo Calvino describió su biblioteca ideal con estas palabras: “La mitad de ella consistiría en libros que hemos leído y que han significado algo para nosotros y la otra mitad serían libros que pretendemos leer y que suponemos que podrían significar algo. También deberíamos dejar un hueco para sorpresas y descubrimientos fortuitos”. Basándose en esta descripción, muchos piensan que la biblioteca ideal debería dividirse en tres partes: los libros que se han leído, los que se quieren leer y los que se releerían una y otra vez.
Independientemente de qué se considere un clásico y de cómo se organicen los libros, y Jesús tenía ideas muy claras acerca de ello, cualquier bibliófilo disfruta estando rodeado de libros. Y Jesús era un gran bibliófilo, amante de las buenas ediciones, las antiguas, las especiales, las de coleccionista, las novedades imprescindibles, una verdadera biblioteca ideal con un sistema de clasificación propio. Su biblioteca, que ahora podremos disfrutar gracias a la generosidad e implicación directa de Sunti dando forma al deseo de Jesús de que estuviera en la ULL, y el magnífico trabajo de Ana y las compañeras de biblioteca implicadas, es, por encima de todo, un reflejo de su enorme honestidad intelectual.
No están solo aquellos libros que podrían encajar mejor con sus ideas preferidas, o los de autores de referencia, sobre los que se suele volver una y otra vez. No, esta biblioteca es un reflejo de su compromiso con la pluralidad de las ideas y con el necesario debate crítico, desde todas las perspectivas relevantes, de un proceso de gestación de teorías, de un episodio o controversia científica determinada y de las implicaciones filosóficas, prácticas y culturales. Era un maestro en presentar con rigor los puntos débiles y fuertes de cada posición, estuviese hablando de la astronomía antigua, del papel de los instrumentos científicos y los experimentos imaginarios en la obra de Galileo, de los conceptos de Einstein o de las paradojas en la mecánica cuántica. Reflexionaba sobre las características de la práctica científica, siempre adecuadamente contextualizada, y ofrecía las claves y los porqués de las tesis filosóficas al respecto, destacando el rol de los valores, los aspectos sociales y los compromisos que guían esas prácticas humanas.
En definitiva, defendía una concepción de las teorías científicas como modelos interpretativos del mundo y su inserción entre las prácticas establecidas y reconocidas por la comunidad científica dentro de un determinado marco histórico-social. Y todo ello queda bien reflejado en la biblioteca, en los proyectos de investigación que lideró, en las publicaciones, en los textos inéditos, los congresos organizados, la labor de divulgación y transferencia, y el trabajo de toda una vida de implicación con cada nueva generación de estudiantes.
Conocí a Jesús Sánchez cuando llegué a La Laguna llena de ilusión para realizar la Licenciatura de Filosofía a mitad de los años 80. Sus clases de Filosofía de la Ciencia me impactaron, en aquel momento ni siquiera sabía que la filosofía se dedicaba también a reflexionar sobre los métodos y conceptos de la ciencia, sobre el tipo de conocimiento que genera, y por qué se afirma que nos proporciona conocimiento verdadero o aproximadamente verdadero sobre el mundo. El texto titulado: ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? de A. Chalmers era la lectura obligada para comenzar ese viaje de descubrimiento de la mano de Jesús.
Recuerdo nítidamente su estilo docente con el que lograba que todo un grupo quedara totalmente prendido en sus explicaciones y propuestas de debates. Todas y cada una de sus explicaciones teóricas, fueran sobre las tesis del Círculo de Viena y la Concepción Heredada, sobre el realismo crítico de Popper, sobre las revoluciones científicas y el concepto de paradigma de Kuhn, el impacto de Contra el Método de Feyerabend, sobre las concepciones semánticas o las tesis constructivistas sociales más contemporáneas, eran acompañadas de casos de estudio de la historia de la ciencia y episodios concretos de la ciencia contemporánea, aludiendo a un último avance científico o controversia y debate filosófico sobre la cuestión.
Jesús hacía suyo el lema de Lakatos parafraseando a Kant: “La Filosofía de la Ciencia sin la Historia de la Ciencia es vacía, la Historia de la Ciencia sin la Filosofía de la Ciencia es ciega”. Y él conocía bien la evolución y el desarrollo de la ciencia, los detalles y las implicaciones teóricas. Como docente ofrecía una narrativa sumamente atractiva, enfatizando el holismo de las ideas y su anclaje a las prácticas materiales de cualquier cultura y momento histórico, y siempre incluyendo su humor y fina ironía, lo que arrancaba nuestras risas. Muchas personas recordamos las clases de Jesús como las mejores. Era un erudito en el sentido clásico del término, un sabio.
Lo aprecié mucho mejor cuando, finalizada la carrera, Jesús dirige primero mi tesina y luego mi tesis doctoral. Ya contratada en la ULL, Jesús fue mi tutor, pero también mi compañero de departamento y poco a poco fue convirtiéndose también en ese amigo siempre respetuoso al que yo admiraba y respetaba profundamente. Recuerdo los años dedicados a la tesis: convertimos en costumbre finalizar la jornada de clases y dirigirnos a alguna de las cafeterías de Heraclio y comentar los avances en la misma. Jesús me explicaba, relacionaba, comparaba autores y perspectivas, aludía a las novedades de la ciencia, a los debates filosóficos más recientes, escuchaba atentamente mi perspectiva y mis dudas y siempre, sin excepción, me daba noticia de algún libro nuevo o artículo que acababa de ser publicado y que debía revisar, hasta el punto de que pensé que no acabaría nunca la tesis porque jamás iba a poder cerrar si debía incluir la última publicación sobre el tema.
Nunca agradeceré lo suficiente a Jesús todo ese tiempo dedicado a la conversación profunda, a veces directamente sobre el tema de la tesis, pero también sobre la cultura, las lecciones de la historia de la ciencia, la política, los cambios en la universidad, y siempre sobre los debates intelectuales relacionados con las claves del presente y sus implicaciones para el futuro.
Esta era una característica muy relevante de Jesús, y que aprendí a valorar muy pronto cuando empezaba a acudir a los congresos del área y me di cuenta de que muchos de los conferenciantes podían ser muy expertos en los detalles de un tema, pero no todos hacían el esfuerzo de estar al día y de relacionarlos con los acontecimientos presentes, lo cual considerábamos una carencia en una disciplina como la nuestra. Jesús hacía todo lo contrario y su magnífica biblioteca lo refleja perfectamente. A veces percibíamos que en los centros de Madrid o Barcelona se asumía que en la periferia ibamos por detrás, que la vanguardia en el pensamiento era propiedad de las grandes universidades y no de un área en una universidad alejada geográficamente como la nuestra. Y esto no era así. No lo era en el caso de Jesús y yo fui muy afortunada durante los treinta años que pude disfrutar de sus conversaciones, de su orientación continua y también del préstamo de muchos de los libros que ahora están en estas estanterías, y de los que están en la biblioteca gracias a su compromiso continuo con la incorporación de los ejemplares más relevantes de la disciplina, compras que año tras año contribuyeron a crear el fondo de Filosofía.
Pude comprobarlo también cuando me ayudó a gestionar una primera estancia en el University College London (UCL) con Nicholas Maxwell, en aquel momento director del Dpto. de Historia y Filosofía de la Ciencia. En una de las tutorías le llevé mi bibliografía seleccionada de la tesis y me confesó que algunas de mis referencias no las conocía y que las buscaría, eran novedades editoriales relevantes y yo las había trabajado ya. Cuando se lo conté a Jesús a mi vuelta recuerdo que me dijo: ¿ves? el que estemos en La Laguna no significa que vayamos por detrás ni mucho menos. Al contrario, hacemos un esfuerzo mayor por estar al tanto de los debates importantes y contribuir a ellos (no es necesario recordar que en estos años solo comenzábamos a manejar internet y que Jesús iba también a la vanguardia de su uso y conocimiento de sus potencialidades). Nicholas Maxwell había escrito un libro titulado: From knowledge to wisdom y reconozco que para preparar estas palabras he releído algunos pasajes. Les leo unas líneas:
“La sabiduría se entiende aquí como el deseo, el esfuerzo activo y la capacidad de descubrir y lograr lo que es deseable y valioso en la vida, tanto para uno mismo como para los demás. La sabiduría, al igual que el conocimiento, puede concebirse no solo en términos personales, sino también en términos institucionales o sociales. La tarea básica de la investigación racional es ayudarnos a desarrollar formas de vida más sabias, instituciones, costumbres y relaciones científicas más sabias, un mundo más sabio”.
Creo que a Jesús le hubiesen gustado estas palabras. Su compromiso con el alumnado, la facultad, con los compañeros y compañeras, y con la sociedad en general eran indiscutibles. Compromiso y pasión también con la labor de divulgación y la generación de proyectos singulares.
Recuerdo las primeras sesiones con el grupo de docentes de Bachillerato que dieron inicio al proyecto del Seminario Orotava de Historia de la Ciencia. Hoy la Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia es una institución reconocida con un bagaje importante, y Jesús fue su impulsor desde la universidad y representante del patronato una vez constituida. Un papel no siempre reconocido, pero yo quiero destacarlo aquí. Además, de forma simultánea a los seminarios, desde comienzos de los 90, se celebraron durante muchos años los cursos anuales de Extensión Universitaria sobre Historia de la Ciencia, con una programación de meses y con invitados que participaban también en las sesiones del Seminario Orotava. Jesús organizaba los cursos de Extensión con compañeros y compañeras de las Facultades de Ciencias. Uno de los carteles expuestos, del curso 2000-2001, refleja el espíritu de este inmenso proyecto: curso interuniversitario y VIII curso interfacultativo de Historia de la Ciencia, organizado por las Facultades de Biología, Filosofía, Física, Geografía e Historia, Matemáticas y Química. Este llevaba por título: La ciencia en el S. XX. Ciencia y Sociedad. No tengo datos de cuántas personas (muchos cientos) durante tantos años pudimos disfrutar de las mejores conferencias y debates con el “deseo de reencontrar convergencias entre áreas del saber que la modernidad ha venido separando: las Ciencias y Humanidades” como podemos leer en la presentación del primer volumen de conferencias del Seminario Orotava publicado en el año 1992, dando respuesta a la preocupación de C. P. Snow en el célebre texto “Las dos culturas” sobre el hiato entre ciencias y humanidades.
Tal separación, Jesús lo tenía claro, era el signo de unos tiempos donde la ultraespecialización, la legislación universitaria y los valores asociados a la competitividad y al “publica o perece” dejaban cada vez menos tiempo para el estudio, para la lectura atenta y reflexiva. Para, en términos del historiador de la ciencia A. Koyré, hacer el esfuerzo por “ver el mundo a través de los ojos” de aquellos que vivieron en la época objeto de estudio, tratando de captar los sistemas de creencias, la cultura y las condiciones materiales en las que un problema surge y trata de ser resuelto racionalmente. Razón, imaginación, creatividad y perspectivas en acción, los elementos siempre presentes en ciencia y en filosofía.
Él había estudiado en profundidad este rol de la imaginación creadora en Galileo y el magnífico texto publicado en el volumen Largo Campo di Filosofare lo atestigua. En él hace referencia al cellatone un instrumento científico que simplemente le fascinaba. También le apasionaba el estudio de la perspectiva y el rol epistemológico central que había tenido en el proceso de gestación de la ciencia moderna, tanto como los instrumentos científicos, los experimentos y las observaciones. El estudio de los aspectos del desarrollo científico era combinado magistralmente por Jesús con el de las perspectivas filosóficas y sociológicas sobre la ciencia. La traducción del texto de I. Hacking: Construcción social ¿de qué? o los artículos sobre sociología de la ciencia y del conocimiento científico, e incluso sobre retórica de la ciencia, reflejan la variedad de intereses filosóficos de Jesús, siempre tratando de responder a la pregunta ¿qué es esa cosa llamada ciencia?
Yo imagino a Jesús observando tantas veces el cuadro de M.C. Escher situado entre sus libros. Los espacios paradójicos y los mundos imaginarios, las múltiples perspectivas representadas como un compendio perfecto del esfuerzo humano por captar la complejidad, la riqueza y la diversidad de visiones que constituye el conocimiento. Navegar por él, como hacía Jesús, requiere sabiduría, excelencia, esfuerzo y pasión compartida por los conocimientos.
Siempre echaré de menos estos espacios compartidos y siempre echaré de menos a Jesús. Recuerdo mi última conversación con él, en la terraza del casino de La Laguna, un día de comienzos de verano de 2019. Estaba feliz, se había jubilado unos años antes y me contaba cómo disfrutaba de la vida tranquila y de los viajes con Sunti, muchas veces acompañándola a alguno de sus congresos donde era invitada como experta en derecho internacional, viajes en los que no faltaba alguna visita a las librerías del lugar, a exposiciones o a un buen mercado de productos gastronómicos. Siempre he pensado que la filosofía es imposible sin este gusto casi epicúreo por la vida.
Tenemos la inmensa fortuna de poder seguir compartiendo con Jesús, a través de este magnífico legado, sus valores, sus perspectivas, sus trabajos, sus ideas y proyectos. Ojalá las nuevas generaciones sepan iniciar viajes parecidos, con honestidad y pasión por el conocimiento como él.
Gracias por tu generosidad y trabajo Sunti, gracias a todas las personas de biblioteca, en especial a Ana, por el cuidado tan exquisito con este legado y gracias a todas las personas presentes.
