Letras en danza es una propuesta expositiva que pretende explorar la impronta de la danza en los libros y de los libros en la danza. Arte, literatura, pensamiento y ciencia se entretejen para celebrar conjuntamente el Día Internacional del Libro (23 de abril) y el Día Internacional de la Danza (29 de abril) con el fin de reivindicar un arte históricamente obliterado dentro y fuera de la universidad.
Ya Aristóteles en su Poética (siglo IV a. C.) asociaba la tragedia y su modo de representar las acciones con la danza, subrayando aquellos «metros de movimiento» como el yámbico o el trocaico, que se vinculaban con la coreografía. En la Biblia, también aparece un personaje que ha vertebrado uno de los mitos artísticos más fructíferos, como el de Salomé. En esta línea, han aparecido otras figuraciones como la de Carmen, fundada por Prosper Mérimée en 1847, lo que explica, entre otras razones, la existencia de un emoticono de flamenca en las redes sociales.
Bailar ha sido una actividad vital en las comunidades del mundo tanto por su condición artística como por operar como espacio de sociabilización y de expresión del yo y del nosotros. De hecho, el poeta bengalí Rabindranath Tagore confiaba en la capacidad de la danza para traspasar las fronteras por su significado abierto, siempre huidizo a interpretaciones unívocas y limitadas. Como la lectura, el baile permite explorar lugares inimaginados, en construcción continua, desde el diálogo de los cuerpos, una cuestión de la que era consciente el ilustrado Voltaire, quien apostilló en su Dictionnaire philosophique (1764, s.v. liberté d’imprimer) la necesidad de dejar leer y dejar bailar porque suponían entretenimientos que no hacían daño al mundo.
La literatura estuvo intrínsecamente relacionada a la aparición del ballet romántico europeo, con ejemplos paradigmáticos como El diablo cojuelo (1836), inspirada en la obra homónima del dramaturgo áureo Luis Vélez de Guevara; Giselle (1841), basada en un relato de Heinrich Heine; o Coppélia (1870), creada a partir de un cuento de E. T. A. Hoffmann. Era tal la convicción de que las letras se podían poner en movimiento que el escritor francés Théophile Gautier afirmó que el ballet era una «literatura de las piernas».
En buena medida, la lectura ha sido un motor creativo para la danza. Por ejemplo, Isadora Duncan, una de las grandes bailarinas de la danza moderna, consideraba que sus grandes maestros de baile habían sido Jean-Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche y Walt Whitman. Lo que desconocía Duncan es que sus bailes fueron un estímulo para escritores como H. D., Rubén Darío, Serguéi Yesenin, María (Lejárraga) Martínez Sierra o César Vallejo, como ya había sucedido antes con la influencia de las bailarinas Rosita Mauri y Loie Fuller en los textos de Stéphane Mallarmé o de Polaire y Colette en la escritura de Ramón Gómez de la Serna. Otra gran renovadora de comienzos del siglo xx fue Tórtola Valencia, quien siempre estuvo rodeada de escritores y llegó a justificar sus novedosas propuestas coreográficas bajo el lema «La danza es la poesía del cuerpo», atribuida al poeta Goethe, aunque realmente fue una invención propia.
Mirar hacia la poesía, dialogar con ella y entenderse desde ese lenguaje abierto y evocador son una constante que continúa reverberando en la actualidad. Como ya advirtiera Cristina Morales en Lectura fácil (2018), la danza nos lleva a reafirmarnos en la consciencia de que hay un lazo indiscutible que nos une a todas: poseer un cuerpo.
Desde él brota el movimiento de quienes bailan, pero también de quienes reflexionan y construyen el conocimiento, de quienes indagan nuevos caminos para las ciencias y habitan las bibliotecas; porque las bibliotecas, a fin de cuentas, son un cuerpo vivo.


