Téngase en cuenta que la bailarina no es una mujer que baila […], sino una metáfora que resume uno de los aspectos fundamentales de nuestra forma, espada, copa, flor, etc., […] sugiriendo, por el prodigio de atajos o de impulsos, una escritura corporal a la que le harían falta párrafos en prosa tanto dialogada como descriptiva para expresar en la redacción: poema desprendido de todo aparato del escritor.
Stéphane Mallarmé, Divagaciones (1897)
¡Bailar! En los años mozos, esta palabra tiene un sonido, un eco, un retintín especialísimo. Hay en ella prestigio singular, recóndito aleteo de esa esperanza compañera de la juventud, cuando presentimos la vida a modo de interesante novela y esperamos a la ventura como a algo positivo, que infaliblemente ha de realizarse cuando menos nos percatemos. Aparte del goce que encierra como ejercicio muscular, el chico adivina en el baile otra cosa: la representación simbólica del futuro drama amoroso, inseparable de la juventud.
Así es que bailábamos, si con total inocencia, con poderosa ilusión. Ya no envidiábamos a los estudiantes que, libres del yugo paterno, concurrían a los saraos zapateriles de los liceos; ni a los señoritos de levita y bomba, que en el Casino obsequiaban a las damiselas con azucarillos y bandejas de yemas acarameladas.
Emilia Pardo Bazán, El baile del querubín (1891)
¿Sabéis, emperadores del verso, que bajo el sol de Grecia el verso se creó para la danza, y que la cadencia de los menudos pies mostró a los elegidos de los dioses la posibilidad de la cadencia de las bellas palabras? ¿Qué así la poesía es una milagrosa revelación del movimiento?
Gregorio Martínez Sierra (María de la O Lejárraga),
«Para la danza», en La feria de Neuilly (1906)
Abordo de inmediato mis ideas y les digo, sin más preparación, que la danza, a mi parecer, no se limita a ser un mero ejercicio, una diversión, un arte ornamental, o a veces un juego de sociedad; es un asunto serio y, en ciertos aspectos, muy venerable. Toda época que ha comprendido el cuerpo humano o que por lo menos ha experimentado la sensación de misterio de este organismo, de sus recursos, límites y combinaciones de energía y sensibilidad, ha cultivado, venerado la danza.
Es un arte fundamental, como lo sugieren o lo demuestran su universalidad, su antigüedad inmemorial, los usos solemnes que se han hecho de él, las ideas y reflexiones que ha engendrado en todos los tiempos. Porque la danza es un arte que se deriva de la vida misma, pues no es más que la acción del conjunto del cuerpo humano. Pero una acción transferida a un mundo, a una especie de espacio-tiempo, que ya no es del todo el mismo de la vida práctica.
Paul Valéry, Filosofía de la danza (1936)


