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Qué frío ha quedado el mundo desde que Jane Goodall no está en él. Como una madre amorosa, su calidez reconfortaba a todo ser vivo que alguna vez se sintió irrelevante, ya fuera humano, hormiga o chimpancé. Aquellos que piensen que solo dedicó su vida a la defensa de un único animal, tan solo han arañado la superficie de lo que será su legado. Es habitual que pase un tiempo desde el fallecimiento de un personaje relevante hasta que este empiece a convertirse en leyenda. Sin embargo, ésta que escribe no puede esperar más para empezar a abrir el regalo que nos dejó esta pionera antes de partir.
La superficie
Jane Goodall fue una etóloga británica que desafió los conocimientos existentes sobre el comportamiento de los chimpancés en los años 60. Dotó a estos simios de personalidad, les dio nombres y determinó que eran capaces de usar herramientas. En esencia, descorrió la cortina que les ocultaba, permitiendo que el ser humano mirara con más atención a su hermano evolutivo.
Sobra decir que el camino no fue fácil para una mujer joven y, en sus comienzos, sin los títulos académicos pertinentes cambiar los paradigmas de la época sobre la profundidad e intencionalidad de las acciones de los chimpancés. En determinados lugares, algunos seres humanos seguían considerándose de segunda categoría y no se les otorgaba siquiera el estatus de persona. ¡Imaginen declarar entonces que unos simples primates podían pensar y sentir!
Las consecuencias de desdibujar las barreras entre nosotros y ellos incluyeron un aumento de la financiación para investigar a los primates, y despertaron una nueva conciencia social que defendía que debíamos proteger a quienes eran similares al ser humano, derribando una visión del mundo exclusivamente antropocéntrica.
La evolución
El nuevo despertar a la humanidad del chimpancé desencadenó una serie depreguntas, como es habitual cuando un descubrimiento hace tambalear loscimientos de la ciencia. ¿Existen otros animales con personalidades definidas y sociedades evolucionadas? Y si es así, ¿no debemos protegerlos e intentar conocerlos mejor? ¿No debemos también preservar otras especies y el entorno en el que viven? ¿De dónde sacamos financiación para hacerlo? ¿Cómo educamos a las nuevas generaciones para concienciarlas sobre estos asuntos? Jane intentó dar respuesta a todas estas preguntas a través de instituciones como el Jane Goodall Institute y el programa para jóvenes Roots & Shoots. Además, mediante numerosos libros, entre los que destacan A la sombra del hombre, A través de una ventana: treinta años estudiando a los chimpancés y Esperanza, la etóloga continuó sumergiendo durante años a sus lectores en la sociedad de los primates, la lucha contra la explotaciónanimal y el cuidado del planeta, convirtiéndose en una activista pacífica queconvencía con palabras dulces y miradas cariñosas. Todo ello llevó a Jane, y a la humanidad con ella, a una revelación lógica: el ser humano, el mundo animal, la naturaleza y el planeta forman un todo, y nuestros destinos están irremediablemente unidos.
La vuelta de tuerca:
La percepción cada vez más clara de que nuestras acciones tienen consecuencias a nivel planetario, nos lleva a una reflexión que va más allá de la biología o el conservacionismo. ¿Hasta qué punto podemos cambiar nuestro entorno -y nuestro propio futuro- con acciones pequeñas? Es ahí donde Jane se convierte en una guía de la conciencia global. En sus últimos años, la doctora Goodall recorrió su amado planeta azul llevando su mensaje. En todas sus charlas, incluyendo aquella con la que nos deleitó en el 2024 en el paraninfo de esta Universidad, Jane reservaba un espacio para recordarnos algo: “Todo lo que haces, por pequeño que sea, importa”, “Todo lo que inicias es un primer paso para cambiar las cosas”, “Está en mano de cada persona cambiar el mundo para mejor”.
Y parece dar la impresión de que Jane ya no hablaba únicamente de ciencia,sino de fomentar una conciencia global en la que todos nos sintamos importantes, relevantes y partes de un todo que debemos cuidar y proteger. Dejó un mensaje para educar a nuestros hijos, para que se sientan especiales y quieran usar ese poder para hacer el bien. Para que deseen crecer y arropar al mundo con sus acciones, por el simple placer de saberse protectores, y no por obtener ningún beneficio.
Jane Goodall cambió el mundo con sus pequeñas y grandes acciones; sin embargo, su legado más crucial fue hacernos saber que todos tenemos la capacidad y el deber de seguir sus pasos y continuar luchando por conservar el planeta y a sus habitantes individualmente: humano, hormiga o chimpancé.
Autora: Judith Noda MayorUnidad de Investigación del H.U.C.
Archivado en: Revista HipótesisEtiquetas: Artículo, Hipótesis, Universidad de La Lagun