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Opinión

Alquimia interior: El fuego de la pasión como motor de la creación humana

24 de febrero de 2026

 

Corren los días de agosto y, en el hemisferio sur, los cerros de San Luis —específicamente en Rincón del Este y Merlo— comienzan a teñirse de un verde renovado. Tras una larga sequía, el agua cae como una bendición y el aire puro parece penetrar hasta el inconsciente más secreto. Es en este escenario, donde la naturaleza despierta con una lluvia de asteroides luminosos de sensaciones, donde se hace evidente que el primer paso hacia el arte de la creatividad es, sin duda, la pasión. Este despertar no es un acto aislado, sino un movimiento continuo hacia un horizonte inalcanzable; una fuerza que suspira en el misterio del alma y clama hacia las estrellas un deseo sin fin.

A menudo, el racionalismo científico intenta desacreditar aquello que aún no logra explicar, pero quienes nos hemos formado en las ciencias empíricas sabemos que nada ocurre de forma aislada. Todo suceso se enlaza en un latido acompasado. Existe un ámbito de fenómenos que, aunque no sean mensurables para la ciencia ortodoxa, actúan con una precisión asombrosa. Desde la infancia, esa fuerza incontenible nos empuja hacia el conocimiento de la materia, pero esa fascinación no excluye la filosofía ni la búsqueda espiritual. La pasión es esa energía que orienta sin imponer, la que sostiene el estudio y la práctica sin agotamiento. No se trata de magia, sino de un desafío gozoso que permite reordenar lo existente y llevarlo hacia una nueva forma.

Este artículo no surge de la soledad, sino de un encuentro. En una época que privilegia la voz individual, hemos decidido ser fieles a la experiencia: la pasión es diálogo, es contagio y es creación compartida. A lo largo de décadas, esta dinámica ha dado lugar a una amistad espiritual donde lo que uno intuía, el otro lo encendía. Por eso, estas líneas deben leerse como el testimonio de una comunión creadora; una prueba de que la pasión también puede escribirse entre dos. Hablamos de una energía vital que es el principio generador de cualquier obra de arte, idea científica o vínculo humano profundo. Cuando la pasión falta, el pensamiento se vuelve un cálculo estéril y el arte se reduce a una repetición vacía.

La verdadera alquimia no es la búsqueda literal de transformar el plomo en oro, sino la transmutación interior. La pasión es ese fuego alquímico que no evita el caos, sino que lo atraviesa para que lo viejo muera y lo nuevo nazca. Beethoven, el científico y el pensador comparten ese mismo ardor en el laboratorio vivo del alma, donde las disciplinas se fecundan mutuamente. Hay experiencias que desbordan los sentidos —intuiciones repentinas, momentos de flujo creativo— que demuestran que el arte y la ciencia comparten una raíz común: la pasión como una forma de lucidez anticipada que ve lo que todavía no existe, pero que ya late en potencia.

Sin embargo, nos enfrentamos a una crítica necesaria de nuestra época. Vivimos en una cultura que exalta la productividad vacía, pidiéndonos ser originales sin correr riesgos. El resultado es un mundo saturado de estímulos sin alma, donde el arte se convierte en marketing y la ciencia en técnica sin asombro. La pasión incomoda porque exige verdad; sin ella, la belleza es solo decorado y la vida, una forma de anestesia. Pero cuando esa pasión se comparte, se crea un campo donde las ideas fluyen y el tiempo, esa gran pregunta de la filosofía, simplemente desaparece. Quien vive intensamente una creación sabe que la pasión no ocupa el tiempo, lo disuelve, intensificando nuestra presencia en el mundo.

La sensibilidad hacia la belleza no es una fragilidad, sino una forma profunda de percepción. El asombro es el umbral de toda creación auténtica y se manifiesta incluso en lo cotidiano. La ciencia ha comenzado a mostrar que incluso nuestras estructuras emocionales y cognitivas se transforman a través de la amistad verdadera y el entusiasmo compartido. El bien tiende a difundirse y la pasión potencia ese movimiento hasta convertirlo en un contagio vital que se expande como una galaxia en formación.

No escribimos estas líneas para convencer, sino para encender. La pasión no se enseña, se cultiva, y no necesita del espectáculo, sino de espacio para respirar. Ciencia, arte, filosofía y belleza son notas de una misma sinfonía vital que beben de la misma fuente. Este texto, que nació entre dos voces, busca ahora continuar entre muchos. Es una chispa lanzada al mundo: una invitación a no ignorar el fuego que nos hace verdaderamente humanos.

Autores: Juan Pedro Ceñal y David Díaz Díaz

 


Archivado en: Revista Hipótesis
Etiquetas:  Artículo, Hipótesis, Universidad de La Laguna