20 de abril de 2026 – 00:00 GMT+0000Compartir
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Cuando pensamos en la vegetación de un bosque, casi siempre miramos hacia arriba, observando las copas de los árboles o, como mucho, lo que nos llega por las rodillas, como flores o helechos. Son las formas que más llaman la atención. Rara vez miramos lo que crece a ras del suelo o en la roca, donde existe otro mundo vegetal, pequeño y silencioso que, escasas veces, ocupan el centro de la mirada.
Muchas personas los identifican, de forma coloquial, simplemente como “musgos”. No es raro, porque son la cara más conocida de este grupo. Sin embargo, los musgos son solo una parte de los briófitos. Junto a ellos están también las hepáticas y las antocerotas, tres grandes linajes de plantas pequeñas, antiguas y discretas que forman parte de la historia más temprana de la vida terrestre. Son plantas no vasculares, es decir, carecen de xilema y floema, los tejidos con los que las plantas vasculares transportan agua y nutrientes desde las raíces hasta las hojas.
Esa diferencia es clave para entender cómo viven. Los briófitos no regulan el agua de la misma manera que un árbol o un arbusto, sino que dependen mucho más de la humedad que los rodea. Toman agua del ambiente y del sustrato y, por eso, suelen desarrollarse sobre todo en lugares húmedos, frescos y protegidos, aunque también existen especies capaces de soportar condiciones mucho más duras, además de otras que se desarrollan como acuáticas en ambientes dulceacuícolas.
Y ahí aparece una de sus capacidades más sorprendentes. Los briófitos pueden desecarse por completo cuando las condiciones se vuelven adversas y, aun así, seguir vivos durante largos periodos. Cuando vuelve el agua, se rehidratan y reanudan su actividad. Esa tolerancia a la desecación, unida a su pequeño tamaño y a su dependencia directa del entorno, les ha permitido ocupar una enorme diversidad de microhábitats y sobrevivir allí donde otras plantas tendrían más dificultades.
Precisamente por su forma de vida, los briófitos desempeñan funciones ecológicas muy importantes. Ayudan a retener humedad, suavizan las condiciones del microclima y sirven de refugio y de alimento para multitud de organismos. También participan en la fijación de carbono, en la formación de sustratos más estables y en la conservación del suelo. En algunos ambientes también contribuyen a la formación del propio suelo y al aumento de su fertilidad, algo especialmente visible en grupos como Sphagnum, el género conocido por formar turberas. Allí donde forman céspedes, amortiguan el impacto directo de la lluvia y ayudan a proteger la capa superficial del terreno. Por eso su papel frente a la erosión resulta tan interesante.
Además, los briófitos son excelentes bioindicadores. Como dependen tanto de la humedad, la luz, el sustrato y las condiciones microclimáticas, responden con rapidez ante cualquier cambio en el ambiente. Su sensibilidad y su estrecha relación con el medio hacen que reflejen muy bien el estado de conservación de un ecosistema, su estabilidad o el grado de perturbación que ha sufrido.
Mirarlos de cerca permite leer el paisaje en otra escala. Donde dominan especies más resistentes y oportunistas, suele haber una mayor alteración. Donde aparecen comunidades más complejas, con especies longevas y exigentes, suele haber también una mayor estabilidad ambiental. Por eso resultan tan útiles para entender procesos de cambio, desde la degradación del hábitat hasta la recuperación tras una perturbación. El fuego es un buen ejemplo: después de un incendio, algunas especies pioneras recolonizan pronto el suelo desnudo y ayudan a reconstruir una primera cubierta viva, mientras que otras, más ligadas a bosques maduros, solo reaparecen cuando regresan la sombra, la humedad y la complejidad del hábitat.
En Canarias, todo esto adquiere un interés especial. El archipiélago alberga una notable diversidad de briófitos, con más de 500 especies. Sin embargo, sus niveles de endemicidad son mucho más bajos que los de las plantas vasculares. Mientras que estas últimas rondan el 30 % de endemicidad, los briófitos apenas alcanzan el 1 %. La razón más probable radica en su enorme capacidad de dispersión: al reproducirse por esporas, tan pequeñas y ligeras, muchas especies pueden viajar largas distancias y mantener poblaciones conectadas entre regiones muy alejadas, lo que reduce las posibilidades de aislamiento geográfico.
Figura 1. Individuos de Orthotrichum handiense desarrollándose sobre ramas secas de jorao (Asteriscus sericeus).
Aun así, esa gran capacidad de dispersión no borra por completo la singularidad insular. Un caso especialmente llamativo es Orthotrichum handiense, un musgo exclusivo de Fuerteventura y el único briófito endémico de una sola isla del archipiélago. Su historia resulta todavía más sorprendente si se tiene en cuenta que la especie con la que guarda mayor parentesco, Orthotrichum underwoodii, es endémica de California, en Estados Unidos.
Si hay un ambiente donde los briófitos alcanzan en Canarias una de sus expresiones más ricas y espectaculares, ese es la laurisilva. En estos bosques húmedos, sombríos y relativamente estables se dan condiciones especialmente favorables para su desarrollo. En la laurisilva, además, su papel va todavía más allá de lo visible. Los briófitos epífitos, que viven sobre troncos y ramas, también actúan como pequeños captadores de niebla y ayudan a mantener la humedad del ambiente. En un bosque donde el agua no llega solo como lluvia, sino también como niebla, esta función resulta especialmente valiosa. Por eso, cuando las comunidades de briófitos están bien desarrolladas, no son un simple acompañamiento de la vegetación: forman parte activa del funcionamiento del ecosistema. En los enclaves mejor conservados pueden encontrarse comunidades epífitas dominadas por especies como Leucodon canariensis y Exsertotheca intermedia, dos endemismos macaronésicos estrechamente ligados a estos ambientes maduros.
Figura 2. Leucodon canariensis en una rama de laurel (Laurus novocanariensis).
Figura 3. Exsertotheca intermedia sobre tronco de laurel (Laurus novocanariensis)
Quizá la mejor forma de reivindicar a los briófitos sea esa: aprender a mirar más despacio. Porque buena parte del funcionamiento de un ecosistema no depende solo de los grandes árboles o de las plantas más visibles, sino también de toda esa vida pequeña que conserva la humedad, protege el suelo, crea refugios y delata los cambios del ambiente. Los briófitos son discretos, pero en muchos sentidos sostienen mucho más de lo que parece.
AUTOR:
Ruymán David Cedrés-Perdomo
Archivado en: Revista HipótesisEtiquetas: Numero 18,, Artículo, Ciencia y Sociedad, Universidad de La Lagun
Departamento de Botánica, Ecología y Fisiología Vegetal, Universidad de La Laguna.