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Microorganismos que generan vida

jueves 20 de julio de 2017 - 14:16 GMT+0000

Ana Díaz Marrero, licenciada en Química Orgánica por la ULL

Licenciada en Química Orgánica por la ULL, Ana Díaz Marrero realizó su doctorado en  el Instituto de Productos Naturales y Agrobiología del CSIC. Una vez doctorada en 2003, la investigadora llevó a cabo una estancia postdoctoral de tres años en la universidad canadiense de British Columbia, donde continuó trabajando en la química de productos naturales marinos.

A comienzos del año 2007 se reincorporó al instituto del CSIC con un contrato Juan de la Cierva. Luego pasó a otras fórmulas contractuales para volver a esta universidad de la mano del grupo de investigación que lidera el catedrático Manuel Norte, a través del proyecto europeo Marex. Tras formar parte del proyecto Imbrain, fue finalmente contratada por el programa canario Agustín de Betancourt, con una proyección de cuatro años aunque renovable en cada anualidad.

Lleva seis meses de recorrido con el Agustín de Betancourt, lo que le ha permitido continuar con la línea de investigación iniciada con el Imbrain, centrada en la búsqueda de nuevos metabolitos secundarios producidos por bacterias de origen marino. El propósito es enfocar su trabajo investigador hacia la transferencia, en concreto, e idealmente, hacia la obtención de una molécula de interés para la industria farmacéutica.

El camino para alcanzar esa meta resulta proceloso, porque en el área de la  biomedicina el proceso de obtención de resultados es largo y costoso. De hecho es posible que en cuatro años no lo consiga. Con todo, para estar en la primera anualidad del proyecto van avanzados. “Tenemos una importante colección de bacterias de origen marino que pudimos obtener a través de una campaña oceanográfica a la que fui invitada en octubre del año pasado. Nos acercamos al volcán submarino Tagoro de El Hierro y de las muestras que se extrajeron pude obtener pequeñas cantidades y crear mi propia colección de bacterias”. La investigadora tiene una colección de más de 150 bacterias de origen marino, procedentes de un ecosistema único, que está reinventándose de nuevo. “Se trata de una singularidad que supone un valor añadido para el proyecto”, añade la experta.

“Estamos trabajando en fermentaciones a pequeña escala para ver qué compuestos producen. A partir de ahí vamos a evaluar su citotoxicidad para centrarnos en aquellos microorganismos más prometedores con vistas a buscar actividad anticancerígena”, explica. Se trata de un trabajo muy laborioso, hay que desarrollar los cultivos por fermentación de  las cepas bacterianas. Ésto se hace de manera escalonada, ya que lleva alrededor de un mes por cada uno, después hay que hacer extracciones de estos cultivos y finalmente se evalúa la actividad antiproliferativa de los extractos obtenidos, para lo cual colaboran con el grupo Biolab de José Manuel Padrón, también del Instituto Universitario de Bio-Orgánica Antonio González (IUBO).

Con los extractos que presenten mejores resultados en el cribado inicial, PharmaMar, la empresa que avala este proyecto del programa Agustín de Betancourt, realiza estudios en mayor profundidad. A partir de ahí  se seleccionan las cepas más prometedoras, que se vuelven a cultivar a mayor escala para para poder estudiar así su contenido químico y aislar e identificar los compuestos potencialmente anticancerígenos. De ser así, los resultados podrían conducir a,  por ejemplo, desarrollar una patente.

No es necesario volver al mar a obtener de nuevo los organismos productores, puesto que en el cepario del IUBO albergan la colección de microorganismos que requieren para investigar. Con todo, la tarea no es ni mucho menos sencilla. Lograr un fármaco que sea comercializable supone evaluar de 5000 a diez mil compuestos químicos en un periodo de quince años. “Mi gran satisfacción sería obtener al menos una cepa bacteriana que sea de interés para la industria farmacéutica”, comenta la investigadora.

Experiencia canadiense

Si bien continuó trabajando en la química de productos naturales marinos, su trabajo en el laboratorio del canadiense Raymond Andersen le resultó de sumo interés. “Comencé a trabajar en líneas de investigación de tipo multidisciplinar, orientadas hacia la búsqueda de fármacos, con lo cual pasé de hacer un trabajo puramente químico a otro más aplicado”.

Durante su estancia posdoctoral, la investigadora de la ULL consiguió aislar una molécula de una esponja recolectada en Papúa Nueva Guinea, que fue muy interesante para la comunidad científica. “Estructuralmente tenía un origen biogenético muy complejo y mostró tener una actividad antiinvasiva moderada, por lo que a priori tenía interés para el desarrollo de anticancerígenos”. Estuvo próxima a ser patentada, aunque finalmente se desestimó.

Duda ante la pregunta de si se hubiese quedado en  Canadá. Le ofrecieron además a su salida una plaza de profesora en una universidad de Siracusa, Nueva York, de los Estados Unidos, pero justo en ese momento obtuvo el contrato de reincorporación del programa Juan de la Cierva y decidió volver. “Me encantaría hacer más estancias fuera, pero temporales”, matiza. “El trabajo me apasiona, pero no lo es todo”.

Con los más jóvenes

Ana pasa el día en el laboratorio, donde tiene asignados a varios doctorandos con los que trata y comparte conocimientos a diario. Una de ellas es una estudiante mexicana, biotecnóloga, que está realizando parte del trabajo experimental de su tesis en la ULL. Ana le ayuda en la purificación de los compuestos del alga que está analizando, y a su vez ella apoya a la investigadora en el aislamiento y los cultivos de las bacterias marinas.

Recientemente se ha incorporado al grupo otra joven investigadora, en este caso tunecina. Realiza parte su tesis doctoral en el Laboratorio de amebas de vida libre del Instituto de Enfermedades Tropicales y Salud Pública de Canarias, mientras que en el IUBO, Ana la apoya en el aislamiento de los compuestos activos del alga con la que trabaja.

Ana está en cierta medida orientando a las dos jóvenes investigadoras, mientras que ella se dedica a analizar y a orientar los resultados de la investigación que están desarrollando, al tiempo que continúa la dedicación a su proyecto Agustín de Betancourt. Hay también en el equipo un estudiante voluntario, biólogo, que está trabajando con los cultivos de dinoflagelados que tienen en el laboratorio del IUBO. “Intento que se impliquen lo más posible en el trabajo que hacen, que aprendan toda la parte química que no conocen porque proceden de otras áreas, además de establecer un diálogo y darles margen para que ellos también desarrollen su punto creativo”, comenta Díaz Marrero.

“Me encanta interaccionar con la gente joven, me entusiasma ver cómo van saliendo los resultados y comprobar que ellos se motivan aún más. Es una gran suerte dedicarse a lo que a una le gusta”, sostiene la investigadora, lo que no quita para alzar la voz ante la continua temporalidad de los investigadores más jóvenes de la universidad. “Esta situación te resta en rendimiento, porque cada cierto tiempo hay que preocuparse de los aspectos burocráticos. De cualquier modo”, añade, “eso también es parte de nuestro trabajo, como lo es solicitar proyectos y generar resultados para poder seguir avanzando”.

Gabinete de Comunicación

 


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