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Larga vida a un nuevo material modelable

martes 13 de noviembre de 2018 - 12:41 UTC

Damián de Torres y Carlos Morán

Ellos mismos siguen sorprendiéndose al comprobar cómo un producto compuesto por elementos naturales y con una composición química tan sencilla tiene una resistencia tan elevada. Porque así es el formaché, el material creado por Carlos Morán, graduado en Bellas Artes, y por su director de tesis, el docente e investigador del Departamento de Ingeniería Agraria, Náutica, Civil y Marítima de la Universidad de La Laguna, Damián de Torres. Ambos han trabajado hasta conseguir las patentes de las dos versiones de esta pasta ecológica multiusos basada en fibras de papel, tan útil en el campo de la construcción como en las artes plásticas y el diseño: el formaché modelable y el formaché inyectable.

Aunque los dos nuevos materiales tienen una cantidad increíble de aplicaciones, Carlos Morán reconoce que “el artista ermitaño” que lleva dentro encuentra más aplicable la pasta inyectable. Desde el campo de la escultura, en el que se ahorrarían todos esos pasos engorrosos con barro, moldes de escayola y cera perdida para fraguar figuras y bustos, hasta las impresiones en 3D, las artes plásticas e, incluso, la medicina. ¿Por qué no aplicarlo sobre la espalda para crear una férula en caso de dolores de columna o emplearlo en la inmovilización de un miembro o articulación si hay un esguince? Como es algo que se realiza a temperatura ambiente no causaría daño alguno a la piel.

El formaché modelable tampoco se queda corto en usos. Trabajarlo se asemeja a la creación con plastilina o barro, tanto en la textura como en el manejo. Su aplicación en el campo de la construcción, como relleno de grietas, en la formación de placas de pladur y, por supuesto, en el bricolaje o la jardinería, son algunas de las numerosas posibilidades que tiene esta increíble pasta.

Pero este nuevo material modelable tiene aún más atributos que hacen que sea tremendamente prometedor. Su materia prima es barata. Es accesible y competitivo en el mercado en comparación con otros que se comercializan en la actualidad. Eso sin olvidar que es muy ecológico, ya que ninguno de sus componentes es tóxico. La suma de todas estas propiedades se debe a sus ingredientes: fibras celulósicas vegetales o de papel, aglutinante, agua y un árido o cementante que ayude al fraguado.

La interactuación de todos ellos crea una estructura unida capaz de aguantar una gran resistencia mecánica. Tanto es así que los pequeños moldes con forma semiesférica que se probaron en laboratorio solo se rompieron cuando soportaron 600 kilos de peso, algo increíble cuando uno los mira detenidamente: el aspecto de su superficie no dista demasiado de la de la cáscara de un huevo, su grosor es similar al de una cáscara de nuez y su supuesta fragilidad recuerda a la de una fina figurita de escayola. Una apariencia totalmente engañosa. Solo intentar romperlo con la fuerza bruta de las manos es tan absurdo como imposible.

La gran ventaja

La gran ventaja del formaché es que ha sido patentado como material nuevo; antes no existía. “Y hasta tal punto es un producto nuevo, ‒comenta Damián de Torres‒, que esta patente ha requerido una revisión en el ámbito internacional por si había algo parecido y no, no lo hay”. Por eso se ha otorgado la patente de ámbito mundial y de protección nacional a “una conjunción de elementos base que forman un material nuevo”.

Dos meses y medio después de la concesión de las patentes a través de la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación de la ULL (OTRI) hay mucho por hacer. De momento, ambos (Morán y De Torres) están barajando qué movimientos dar. Además de valorar las propuestas efectuadas por la OTRI han dado el paso previo a la presentación del producto creando una web (formache) y embarcándose en la realización de un análisis DAFO antes de la primera toma de contacto con grandes empresas que pudieran estar interesadas en su comercialización.

Y es que la cosa promete. “Tenemos la impresión de que nos van a seguir sorprendiendo sus aplicaciones”. La fórmula base se puede variar según los usos que se le quiera dar, y esa es la razón por la que el estudio sigue abierto: “No he tenido tiempo de poner a prueba cuánto puede abarcar el producto, ‒dice Carlos‒ porque aún tenemos en mente darle nuevas utilidades. Nosotros hemos dejado abiertas las formulaciones a nuevos materiales y dosificaciones. Ahora las estamos realizando con fibras de papel, pero las podemos hacer con materiales poliméricos, por ejemplo. Esa es la fase que queremos avanzar con en el programa Agustín de Betancourt, a cuya convocatoria nos hemos presentado: introducir materiales de desecho y procedentes de reciclado que sean interesantes por sus propiedades mecánicas y utilizarlos para darles un segundo uso”.

En esa línea ya están embarcados. Quieren innovar y lo están haciendo en forma de colaboración con la empresa de reciclaje E-Waste Canarias, radicada en el PIRS, que trabaja con residuos electrónicos. Una de las posibilidades que contemplan es utilizar el polvo de poliuretano comprimido, ‒resultante de la espuma de poliuretano de los refrigeradores‒, que al estar ‘peletizado’ no contamina, y utilizarlo en la formulación del formaché. Sería una manera de dotar de nueva vida a los materiales desechables y dar salida a las toneladas de residuos que se acumulan.

La tesis

Para llegar al punto en el que están ahora hay que echar la vista atrás y tener muy presente que Carlos es graduado en Bellas Artes, con formación de escultor y con una pequeña obsesión: siempre ha estado persiguiendo un material modelable que al secar sea el “material definitivo” para usar en el campo de las artes plásticas. En esa búsqueda permanente comenzó a experimentar con microcementos y cementos de alta tecnología que sí consiguen ese efecto final deseado, pero que son muy caros, tóxicos y poco accesibles.

Tras finalizar un máster en Historia del Arte se especializó en las pastas de papel, y en concreto en el papel maché, al darse cuenta de que “hay un vacío histórico y documental enorme: al ser una disciplina de arte povera no tiene un tratado como la pintura o la arquitectura”. Nadie, hasta entonces, se había tomado la molestia de averiguar cómo se hacía el papel maché (compuesto por desechos de papel y aglutinante) de calidad y costaba encontrar documentación sobre qué protocolo seguir.

Fue entonces cuando Carlos decidió hacer la tesis doctoral sobre la influencia de los aglutinantes en las propiedades mecánicas del papel maché bajo la tutela de dos directores: Damián de Torres, de la Universidad de La Laguna, y Santiago Samaniego, de la Universidad de Salamanca (donde se graduó), que era quien supervisaba el estudio de la técnica en el ámbito nacional.

Después de hacer un barrido por todo el país y enviar más de 10.000 e-mails para descubrir que no existía ningún tratado oficial sobre la técnica de elaboración del papel maché, había que dar un giro y focalizar la tesis, que en ese momento estaba casi en punto muerto. Y la manera de hacerlo fue “centrarla en un lugar donde poder investigar, como La Palma”, ‒indica Damián de Torres‒, y comenzar a trabajar en formulaciones propias, algo que “fue muy fácil con Carlos, porque a pesar de venir de Bellas Artes aplicó con rigor, disciplina y mente de ingeniero todos los pasos a seguir”, aclara el investigador.

En esta etapa, ya familiarizados con las técnicas de la creación de vestuarios del Corpus Christi o de los cabezudos, fue fundamental lograr entrar en un recinto al que muy pocos tienen acceso: “Nos abrieron las puertas de los talleres donde se hacen las cabezas de los enanos danzantes de las Fiestas Lustrales de la Bajada de la Virgen de las Nieves”.

Muchas investigaciones, idas y venidas a La Palma, conferencias y reuniones dieron paso a la segunda fase (la científica) de la tesis «Estudio de la influencia de los aglutinantes sobre las propiedades mecánicas del papel maché: aplicación en vaciados escultóricos para la realización, conservación y restauración de los mascarones de la isla de La Palma». Se hizo la selección de materiales y la concreción de las proporciones en las que se utilizaba cada uno de ellos. “Ya en la tercera fase definimos y ajustamos las medidas de las formulaciones. Es ahí cuando pudimos decir qué producto era adecuado para cada aplicación”.

Las posibilidades

Ahora es cuando ambos son conscientes de las numerosas perspectivas que permite el formaché, y que ya se venían venir cuando testaban su resistencia mecánica en el Servicio de Laboratorios y Calidad de la Construcción del Gobierno de Canarias, donde contaron con un apoyo “valiosísimo”, en palabras del investigador Damián de Torres: “No solamente contamos con el material que necesitábamos en todo momento, sino con el apoyo del personal en las pruebas que se realizaban, que fueron muchas”.

El abanico de posibilidades a partir de ahora es enorme. Para el investigador caben muchas, no solo respecto a las aplicaciones que brinda este nuevo material, sino a sus vías de comercialización. “Se puede licenciar por cada producto, por sector o por concesiones determinadas e, incluso, se podría optar por la venta completa o llegar a un acuerdo con una empresa y darle el material de forma compartida”. De una u otra forma, ellos ya han conseguido dar el primer e importantísimo paso, el de proteger una idea sencilla y superefectiva, algo muy difícil hoy en día.

Lo que queda por delante tienen que compaginarlo ahora con sus respectivas profesiones, la de profesor e investigador y la de creativo y empresario, algo que no será un problema debido a la “simbiosis especial” que hay entre los dos, como ambos reconocen. Tanto Damián de Torres como Carlos Morán tienen varias patentes a sus espaldas, así que caminan por terreno conocido.

Gabinete de Comunicación


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