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El dato es la clave

jueves 04 de abril de 2019 - 12:00 UTC

Genís Roca

El consultor Genís Roca fue el ponente invitado al III Encuentro con Empresas Colaboradoras que la Universidad de La Laguna organizó recientemente para facilitar el contacto entre la institución y las entidades que, de un modo u otro, ayudan al centro en su labor. Roca es un arqueólogo de formación a quien el devenir profesional lo ha trasladado de los yacimientos paleolíticos hasta los centros de datos y las salas de juntas de las empresas. Se ha especializado en la transformación digital, un concepto que en la actualidad centra la actividad de instituciones públicas y privadas que deben afrontarla para poder seguir respondiendo a los desafíos no ya del futuro, sino del competitivo presente.

Su conferencia giró en torno a la transformación digital, un concepto que puede significar muchas cosas.

Es un término que se ha puesto de moda pero que es absolutamente impreciso. Casi ninguna organización tiene un reto de transformación digital, lo tiene de actualizar catálogo de productos, de diseñar una nueva categoría de servicios, de acompañar un cambio cultural en sus equipos, de dotarse de nuevos talentos, de reorientar su estrategia, de reaccionar ante un competidor, de aumentar la cuota de mercado… La transformación digital es el gran argumento para convencer a los demás de hacer un esfuerzo y por eso está de moda.

Pasa pocas veces que el mismo argumento sirva para muchos sectores y funciones distintas. Y la excusa la transformación digital la utiliza tanto la banca como la automoción; tanto el departamento de recursos humanos como el de marketing. Pero el primer trabajo serio de alguien que quiera hacer transformación digital es dejar de esconderse bajo ese concepto y especificar claramente lo que necesita, porque es muy distinto impulsar un cambio cultural que para aumentar la cuota de mercado.

Por taGenís Rocanto, hablamos más de un cambio de modos de hacer que de tecnología en sí.

La tecnología está ahí, es una constante, lo diferencial ya no es eso. Hay gente que tiene la tecnología y fracasa, por lo que hacen falta más cosas y empieza a ser más interesante fijarse en ellas. Yo hago un triángulo con tres elementos y la tecnología no está. Una es la estrategia, otra es la actividad y la otra es equipo.

En la estrategia nos preguntamos ¿dónde crees que estamos? ¿Hacia dónde y cómo quieres que vayamos? ¿Cuál es tu plan? En la segunda, la actividad, ¿qué haremos? ¿Qué venderemos? ¿Cuál es nuestro producto? ¿Y nuestro resultado? Y en cuanto a la tercera, el equipo: ¿estamos bien organizados? ¿Tenemos las personas que necesitamos y la actitud adecuada? Estrategia, actividad, equipo y, después, la tecnología, la luz, el agua y el dinero.

Y siempre con el dato como centro.

Siempre ha sido el dato. Se va sofisticando y ampliando. Antes era la noticia publicada por el periódico y con eso actuabas: “La bolsa de Tokio ha subido, pues vendo”. Pero el espectro del dato lleva veinte años ampliándose y mejorando. Ahora tienes el dato de la cotización de una empresa en el índice Nikkei de Japón pero también tienes el dato de si está lloviendo en Barcelona, y hay un algoritmo que, en función de los resultados de tu equipo de ayer y de si llueve o no, envía más o menos periódicos deportivos a un kiosko. Esto es muy sofisticado, pero enviar 20 periódicos y que te devuelvan 18 es un desastre y enviar 5 y que te devuelvan tres es una caña. Tener acceso a ese dato y saber utilizarlo cambia la distribución de un periódico.

La explotación de datos y qué podemos hacer con ellos también lleva aparejado unos componentes éticos y, además, la legislación parece que va siempre por detrás.

Yo soy arqueólogo de formación, por lo que la variable social de todo esto me interesa tanto o más que la empresarial. En la historia de la humanidad siempre que hay una disrupción tecnológica de este calibre, necesitamos un movimiento social que la corrija. La revolución industrial modificó nuestra relación con el trabajo: antes trabajabas en casa, eras artesano, tenías un taller, cuidabas tus gallinas y tu granja y, de repente, hay una disrupción tecnológica tras la cual trabajar implica ir a donde está la máquina. Y resulta que la máquina es de un propietario y aparece la necesidad masiva de ir a trabajar para otro.

Cuando un grupo significativo de la sociedad modifica su relación con el trabajo por una tecnología, hay un montón de reglas no escritas que tienen que escribirse y contratos sociales que hay que revisar. Por ejemplo: ¿Los niños pueden ir a trabajar o no? ¿Las mujeres por el mismo precio? ¿Tiene prioridad tu primo antes que mi hijo para un cargo público? Hay que regular el acceso al trabajo, qué pasa si me pongo enfermo, si tengo un mes de vacaciones, si la jornada es de 11 horas o de 8, si tengo derecho a una indemnización y a paro, si me puedo jubilar o no…

Todo esto es nuevo en ese momento. El primer día que alguien dijo que un mes de vacaciones y dos días a la semana libres sería lo razonable, otro dijo: “Si no te gusta, no vengas”. Eso fue un movimiento de lucha que se llamó sindicalismo. Si una tecnología modifica algo que afecta al contrato social, se cometen unos excesos, no porque el empresario sea mala persona, sino porque no hay una norma y hay que fijarla y discutir dónde están los mínimos y los máximos.

Pues ahora, esta sociedad está modificando su relación con la información de manera masiva y tenemos que discutir las normas, porque no están claras. Los resultados del análisis de sangre que me hicieron ayer en el hospital público, ¿son míos o del Sistema Público de Salud? Habría que discutirlo, porque el Sistema Público de Salud dice que son suyos y yo solo digo que no lo hemos discutido. Una vez discutido y suponiendo que tú tengas derecho sobre esos datos para determinadas cosas, ¿los puedes compartir con un laboratorio farmacéutico? Porque eso no está hablado. Igual lo están haciendo o igual no. Es lo mismo que nos pasó con el trabajo, pero ahora con la información.

Y volviendo al símil con la prehistoria, es lo que en su día ocurrió con el hacha de sílex.Genís Roca

Cuando los homínidos empezamos a hacer herramientas, modificamos nuestra relación con la naturaleza. Con el Neolítico y la agricultura y la ganadería, modificamos nuestra relación con el espacio: somos capaces de quedarnos en el mismo sitio para siempre y esto es nuevo para nosotros. Y cuando tú modificas la relación con el espacio, hay cláusulas con el contrato social que hay que discutir. ¿Quién vive en el centro del pueblo y quién en el extremo? ¿Quién donde toca el sol y quién donde toca la sombra? ¿Quién tiene una cabaña de 20 metros y quien la tiene de 5? Hay que discutirlo.

La revolución industrial modifica nuestra relación con el trabajo y, según qué historiador consultes, la Primera y la Segunda Guerra Mundial son consecuencia de ella sin lugar a dudas. Ahora estamos en una de estas, modificando nuestra relación con la información y, en mi mirada de arqueólogo, esto va a estar en la lista de Top 10 de cambios de la humanidad. Es muy relevante y, sin lugar a dudas, la resultante será un nuevo contrato social, una manera distinta de organizar la sociedad, que está por ver si será buena o mala, porque en ningún diccionario dice que progreso sea bueno. Progreso es cambio, ya veremos.

Hay mucha incertidumbre con la automatización del proceso, la robotización total. Parece que va a implicar cierta pérdida de empleo

La mayoría de nosotros vivimos mejor de lo que hubieran vivido nuestros antecesores con nuestro origen y nuestras condiciones, porque esto de la Revolución Industrial generó una clase media con la que nos ha ido bien. Solo hay un pequeño detalle: hemos esclavizado a África y a Asia durante siglos. Hemos tenido a niños hindúes haciendo camisetas por medio euro la jornada laboral, por lo cual nuestro beneficio ha sido explotando a alguien. Vamos a ver quién sale explotado ahora, igual somos nosotros.

La transformación digital llevará sí o sí desigualdades: quién tiene el dato, quién no lo tiene el dato, quién lo maneja…

Yo me pongo poco dramático porque, por suerte, soy arqueólogo. Mi respuesta es: sí, claro, como siempre. Lo contrario es cándido o no querer mirar lo que nosotros hemos hecho en otras partes del mundo en otra época.

Pero si se toma un poco de perspectiva y se abre el foco, eso no es eximente ni justifica dejar hacer y someterse. Nuestra generación tiene la obligación moral de personarse en esta lucha. Y como queremos que sea una sociedad basada en datos, yo estoy dispuesto a participar del debate y del conflicto, pero para esto hay que quemar contenedores: esto no va de que hemos estado hablando y le decimos a Facebook lo que está mal; hay que ser más claro. Esto es un tema de lucha, como siempre.

Genís RocaY en ese contexto, ¿cree que las universidades están capacitadas para preparar a esa nueva generación?

Mi método es la historia. Retrocedo mucho para tomar perspectiva y entender mejor hacia dónde vamos. La universidad que tenemos hoy es víctima de la Revolución Industrial, porque en ese viaje de modificar nuestra relación con el trabajo, la universidad cayó en una trampa y se dedicó a preparar a la gente para acceder a un puesto de trabajo. Esto es del siglo XIX. La universidad de antes de ese periodo era un espacio de acceso al conocimiento, ahora lo es de acceso al trabajo, y eso tiene poca gracia.

El diagnóstico de la universidad hoy no hay que hacerlo mirando a lo digital sino a lo industrial. Su situación actual, que no es buena, es por haberse sometido a las peticiones de una sociedad industrial. La sociedad está dejando de ser industrial pero la universidad sigue capacitando gente para un puesto de trabajo. Va a tener un problema.

La universidad ha caído en una deriva empleadora cuando el concepto del trabajo está en crisis. A mis hijos les animo a que no caigan en la trampa de aceptar un puesto trabajo, sino que compaginen siete trabajos a la vez. La probabilidad de que tengan un puesto de trabajo por 800€ es alta y eso es precariedad extrema. No quiero animar a mis hijos a que aspiren a que tengan un trabajo de 800€ porque la expectativa de que tengan un trabajo de 5.000€ es una minoría; prefiero que tengan cinco trabajos de 300€ y, si se les cae uno, forman parte de un ecosistema de cinco redes, que son cinco oportunidades. Si tengo solo uno de 800€ y el viernes lo pierdo, paso directo a la miseria. Y, sin embargo, la universidad sigue entrenando para aspirar a un puesto de trabajo. Vamos mal.

La universidad niega esto y te dice que te está dando acceso al conocimiento. No estoy de acuerdo: te está dando acceso a la certificación necesaria para acceder a un puesto de trabajo, y ha llegado un punto en que esa certificación ya solo la pide la Administración o empresas muy grandes. O, dicho de otra manera, certificarte para acceder solo te lo exigen los puestos de trabajo para lo que hay 2.000 candidatos.

En el sitio donde solo hay cinco o seis opciones, lo del título no sale en la entrevista: sale qué has hecho, dónde has estado, qué sabes hacer, a quién conoces… salen otras cosas. Por ejemplo, yo soy arqueólogo y he sido responsable de informática de una universidad, en algún momento les daba igual que no fuera informático y eso ha vuelto, excepto en la Administración, donde hay un protocolo muy establecido para el acceso a puestos de trabajo que es claramente industrial. En los sitios interesantes, modernos, nuevos, haces cosas sin títulos. La universidad no certifica si soy innovador, proactivo o buena persona, certifica que soy ingeniero, y esto me parece cada vez menos relevante.

¿Qué cambio cree que tendría que hacer la universidad para seguir siendo relevante en la actualidad?

Tiene que reconsiderar su modelo de negocio porque, en el fondo, su métrica es número de alumnos y número de aprobados, y con esa métrica va muy mal. No me gusta la métrica, ni el modelo de acceso ni la orientación a la certificación, pero como está en crisis y tiene un problema grave de viabilidad, no se puede permitir según qué alegrías. Se parece bastante a un periódico, que ve problemas pero, haga lo que haga, necesita ingresos… y no hay ingresos. Cuando tienes el modelo de negocio tan afectado, tu capacidad de innovación es baja. La universidad ahora está en una posición delicada como para hacer propuestas disruptivas porque no se las puede permitir. Estas cosas las haces cuando te va bien.

La brizna de esperanza podría ser que la sociedad quiere centros donde desarrollarse y capacitarse. A diferencia de otros negocios, creo que la sociedad seguirá demandando cosas a instituciones parecidas a la universidad. Una vez me preguntaron en una entrevista cuál es el futuro de la universidad y yo les dije que la pregunta era arrogante. El futuro de la universidad ya veremos, pero la formación superior seguro que tiene futuro. Ya veremos quién la hace.

Gabinete de Comunicación


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