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La (r)evolución de los imanes

miércoles 26 de febrero de 2020 - 14:23 GMT+0000

Unas pequeñas piezas que no exceden de los cuatro milímetros de tamaño fueron suficientes para conseguir algo muy grande: crear un dispositivo que ayuda a desplazarse a personas con graves problemas de movilidad. Un imán, a modo casi de ‘piercing’ situado en la lengua y otro tipo diadema, colocado a la altura de la boca, y parecido al pinganillo que usan los presentadores de televisión, obran el prodigio que aún está tomando forma.

Ese prodigio es ciencia, y concretamente robótica, concebida con un único objetivo: hacer más fácil la vida a personas cuyo día a día ya es sumamente difícil, al tener que lidiar con parálisis tan graves como la tetraplejia. Algo posible gracias a un sensor, que controlado por la lengua, permite conducir una silla de ruedas. No hacen falta las manos, ni siquiera la voz, para dar órdenes precisas. La lengua, con sus movimientos, es la que marca la pauta: girar a la derecha, a la izquierda, ir al centro…

Detrás de este dispositivo, registrado como modelo de utilidad por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI), está Jonay Tomás Toledo Carrillo, profesor del Departamento de Ingeniería Informática y de Sistemas de esta universidad. Él es el director del Trabajo de Fin de Grado (TFG) de Daniel Acosta, en el que se desarrollaba este sensor. “Parte del proyecto trata sobre cómo una persona con este tipo de limitaciones puede controlar este dispositivo, y una de las ideas que se nos ocurrió, que posteriormente dio origen al TFG de Daniel, fue por qué no controlarlo con el movimiento de la lengua”.

“En ese momento (el de las órdenes) hay un proceso de calibración. Y aunque cada persona es distinta, en la pantalla del ordenador se materializan las instrucciones necesarias para moverte. Eso, directamente, se traslada al movimiento de la silla de ruedas”, explica Jonay. Y quien dice silla de ruedas dice coche u otros aparatos, porque este invento también sirve para mover otras cosas, incluso, el ratón de un ordenador.

Imanes, circuitos y sensores

Los materiales que se usan en esta invención no son nada caros. Al contrario. Son circuitos electrónicos, imanes normales y corrientes. Sensores magnéticos, como los que llevan incorporados los móviles, cuyo coste no pasa de siete u ocho euros, a lo sumo. Este dispositivo es el que se aplica a una silla inteligente. Solo hay que indicarle qué hacer. ¿Pero cómo? De momento, con los movimientos de la lengua, aunque los sensores también pueden obedecer órdenes mediante la voz o las pupilas de los ojos. Todo es posible.

“La versión que tenemos hecha es un prototipo básico que lleva un cable pero, en el caso de que llegue a comercializarse, se le incorporarían unos auriculares inalámbricos ‘bluetooth’, con una  pequeña batería recargable. Lo que queremos conseguir es un sistema que sea robusto, a la vez que cómodo y sencillo de manejar para las personas con movilidad reducida”.

El siguiente paso al registro de la invención, en el que están inmersos ahora en la Universidad de La Laguna, conlleva encontrar alguna empresa interesada en su comercialización. En este caso, el prototipo debe dejar de ser demostrativo para convertirse en vendible. Un trabajo que, desarrollado por un “ingeniero o ingeniera” y con la “financiación adecuada”, podría materializarse, después de poco más de un año, en una silla manejable para cualquier persona. Con, eso sí, un debido entrenamiento

El modelo de utilidad del sensor surgió a raíz del proyecto de investigación «Sistema de asistencia robótica para el transporte y la mejora de la percepción del entorno para personas con discapacidad, Sirtape, DPI2017-90002-R», cuyo fin es el desarrollo una silla de ruedas inteligente. En este proyecto matriz, que es el que marca la línea de investigación, y se desarrolla en colaboración con la Fundación ONCE, trabajan siete investigadores. Con sus fondos (Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación) pueden desarrollarse iniciativas propuestas por el alumnado y profesorado.

De ‘buggy’ a silla eléctrica

Investigar es una tarea que tiene un comienzo pero de la que muchas veces se desconoce el final. Es como tirar del hilo de un ovillo que nunca se desmadeja del todo. Una cosa lleva a la otra y, casi sin pretenderlo, una investigación inicial se convierte en dos, en tres, o evoluciona por otros derroteros. Antes del prototipo de la silla eléctrica existió un coche, también eléctrico, que funcionaba de manera autónoma.

Era, originariamente, un ‘buggy’, un carrito de golf hasta que un buen tuneo lo convirtió en un coche que funcionaba sin conductor, y que llegó a pasearse por las calles de La Laguna o Tegueste sin nadie que pisase el acelerador, lo que se conseguía cuando los sensores que llevaba incorporados se activaban mediante un láser y tomaban decisiones en función de lo que iban encontrándose por el camino. De esto hace ya cinco años.

“No tenía mucho sentido seguir pidiendo más proyectos porque era un prototipo bastante avanzado. Tras hacer reuniones y rondas de consultas con varias empresas y la OTRI, y comprobar que no había ninguna interesada en su comercialización porque su mantenimiento era caro, llegamos a la conclusión de que teníamos que darle otra vuelta y convertirlo en algo más sostenible y con una utilidad social”.

Y así se convirtió en la silla que es hoy. Misma idea, distinta utilidad y un avance gigantesco: poder ayudar a la gente que verdaderamente lo necesita. “El ordenador es el cerebro de la silla de ruedas. Las órdenes se pueden dar con la voz y la vista, aunque la voz en sitios en los que hay ruido se pierde, por eso estamos probando distintos dispositivos, a ver cómo se mueve la silla”.

El trabajo que se está realizando ahora es el correspondiente a la interfaz persona-ordenador. “Estamos trabajando los sistemas de lectura de la mente con unos electrodos, de tal forma que, en función de lo que pienses, das comandos a la silla”, algo que suena a ciencia ficción al más puro estilo Matrix, pero que es toda una realidad que Jonay conoce muy bien, como profesor de Robótica y de Sistemas Operativos de la ULL, una labor “muy enriquecedora” en la que cada día encuentra alumnado más motivado.

“Hay tecnologías que no funcionan del todo bien pero con las que se pueden hacer cosas. Al poner sensores eléctricos en ciertas partes del cerebro pueden procesarse ciertos conceptos. Si piensas en levantar la mano derecha se te activa la zona derecha del cerebro”. En función de lo que se piense se activa una zona u otra del cerebro, que luego se traduce en comandos concretos. Se trata de un sistema “muy poco robusto, pero que con un buen entrenamiento funciona”.

El negocio robótico

Su especialidad, la robótica, movió alrededor de 30.000 millones de dólares en todo el mundo en 2019, y dejó de ser el futuro hace tiempo para convertirse en un presente, no solo rentable, sino útil y alucinante: drones tiburones, mochilas para realizar trabajos subacuáticos o un robot médico de última generación fueron algunos de los extraordinarios sistemas que pudieron contemplarse en la última edición del Congreso Mundial de Robótica celebrado el pasado año en China.

Una industria que más que caminar parece volar, pero en la que aún quedan cosas por hacer. “La robótica industrial está muy avanzada porque económicamente es rentable. La debilidad es la inteligencia y la toma de decisiones, así como la adaptación al entorno. Cuando tienes que decidir conducir un coche o seleccionar una imagen, pueden producirse muchos fallos. Un robot no puede improvisar, y es hacia ese punto al que se dirige la inteligencia artificial”.

Y aunque un robot no es capaz de ver más allá de lo que le han dicho que vea, aún se desconoce adónde nos puede conducir el Deep Learning, que ya se está utilizando en numerosas aplicaciones en el mundo real. Su increíble potencial puede disparar el progreso científico y la innovación a límites insospechados. Una muestra palpable de que a la simbiosis humano-máquina le queda todavía mucho recorrido por delante.

Gabinete de Comunicación


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