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Josep Dalmau y la revolución de la neuroinmunología

martes 24 de febrero de 2026 - 14:20 GMT+0000

En el corazón de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de La Laguna, el ir y venir, las charlas de pasillo, el silencio habitual de las aulas, se vio interrumpido el pasado 12 de febrero por una lección de humildad y vanguardia científica. El protagonista no era otro que  Josep Dalmau, neurólogo, Premio Nacional de Investigación en Medicina 2025 e investigador de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA).  

Dalmau, quien reparte su labor entre el Hospital Clínic de Barcelona y la Universidad de Pensilvania, no es solo un nombre en los libros de medicina; es un ejemplo del puente entre la cama del paciente y el microscopio de alta resolución. Durante su estancia en la ULL, desgranó una trayectoria que comenzó en el estudio del cáncer y terminó transformando la psiquiatría y la neurología moderna, identificando hasta la fecha 11 de las 17 encefalitis autoinmunes conocidas. Durante su estancia, el investigador nacido en Sabadell visitó las instalaciones del Instituto de Tecnologías Biomédicas y pudo conocer de primera mano sus principales líneas de investigación.  

«Thinking out of the box»

La trayectoria de Josep Dalmau es una lección de tenacidad. Su formación inicial fue en medicina y neurología, con fuerte componente en oncología. Durante gran parte de su carrera en Estados Unidos, se centró en lo que se conoce como síndromes paraneoplásicos. Estos procesos ocurren cuando un cáncer, en un intento por proliferar, expresa proteínas que normalmente solo se encuentran en las neuronas. 

El sistema inmunológico, en su labor de defensa, detecta estas proteínas como extrañas y lanza un ataque masivo. «El sistema inmunológico va a eliminar el cáncer… pero no sabe distinguir si estas proteínas son del tumor o son del cerebro», explica el investigador. El resultado es una inflamación cerebral devastadora que a menudo mata al paciente antes que el propio tumor.

Sin embargo, el verdadero giro de guión ocurrió cuando Dalmau llegó a la Universidad de Pensilvania. Allí se encontró con pacientes que no encajaban en el molde: mujeres jóvenes y adolescentes en cuidados intensivos con síntomas devastadores, pero sin rastro de cáncer ni factores de riesgo. No eran los típicos pacientes fumadores de 60 años; eran jóvenes sanas que, de repente, perdían la razón o la capacidad de moverse.  «Se le había hecho todos los test, todo salía negativo», relata Dalmau sobre una de las primeras pacientes que vio.

La intuición clínica fue clave. Al recordar casos anteriores, se dio cuenta de que tenía ante sí a cuatro pacientes que eran «casi copia» una de otra: mujeres jóvenes con un pequeño tumor benigno de ovario (teratoma) y síntomas idénticos. «No se tiene que ser muy listo para pensar que todos tienen lo mismo», afirma con modestia. Fue entonces cuando su equipo decidió aplicar el famoso «thinking out of the box» (pensar fuera de la caja), buscando anticuerpos que no se asociaran al cáncer conocido hasta entonces.

Tras meses de trabajo con una estudiante italiana y el uso de cerebros de rata —cuyas proteínas son muy similares a las humanas—, descubrieron que el objetivo del ataque era el receptor de NMDA, una proteína fundamental para la sinapsis, el aprendizaje y la memoria. Aunque el artículo de The Lancet en 2008 es el más citado, Dalmau precisa que el camino comenzó con publicaciones previas en 2005 y 2007 en revistas americanas.

La encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA es hoy un modelo de estudio por su impacto clínico. «Puede simular perfectamente un cuadro psicótico», advierte el doctor, señalando que en adolescentes y adultos jóvenes la enfermedad aparece de forma brusca con psicosis, lo que a menudo lleva a ingresos erróneos en centros psiquiátricos. En niños, el rostro de la enfermedad es distinto: irritabilidad, trastornos de conducta, crisis epilépticas y alteraciones del movimiento.

A pesar de ser una enfermedad grave que puede mantener al paciente meses en el hospital, el mensaje de Dalmau es de esperanza: el 80% de los pacientes mejoran de manera importante tras el tratamiento. No obstante, la batalla no está ganada para todos; un 15% sufre secuelas graves y un 5% fallece.

Lo que hace fascinante a este proceso, según explicó Dalmau en la ULL, es lo que ocurre a nivel microscópico. Gracias a la tecnología de microscopía a escala nanométrica, hoy podemos ver casi todas las moléculas aisladas. En esta enfermedad, los anticuerpos se unen a los receptores NMDA en la superficie de la neurona y alteran su dinámica, haciendo que se internalicen. «La neurona queda como un poco desnuda de estos receptores», describe gráficamente Dalmau. Sin estos receptores, la comunicación entre los 80 billones de neuronas del cerebro se rompe, afectando la memoria y el pensamiento de forma masiva.

El espectro se amplía: del sueño a la demencia

El descubrimiento inicial fue solo la punta del iceberg. Desde aquel primer descubrimiento, el campo ha explotado. Hoy se conocen 17 tipos de encefalitis autoinmunes, y el equipo de Dalmau de Barcelona ha descrito 11 de ellas, señala, mencionando una especialmente intrigante donde el síntoma principal es una alteración del sueño muy característica. “Esta variante suele afectar a adultos mayores y puede evolucionar lentamente durante meses, simulando procesos degenerativos como el Alzheimer o demencia”.

Este abanico de patologías ha obligado a colaborar a varios especialistas como neurólogos, psiquiatras, pediatras e intensivistas. «El impacto ha sido un espectro de especialidades», afirma Dalmau, destacando cómo el campo ha evolucionado desde el desconocimiento casi total hasta la existencia de test diagnósticos sencillos y estrategias terapéuticas claras.

Si algo definió la estancia de Dalmau en la Universidad de La Laguna fue su defensa de la investigación traslacional. Para él, la ciencia no nace en el vacío, sino en la duda ante el paciente. «Yo soy médico antes que investigador», sentencia. Su método es un ciclo constante: ver un paciente, identificar una dificultad, llevar la pregunta al laboratorio y devolver la respuesta a la clínica.

En el Hospital Clínic de Barcelona, este concepto es físico: un puente de apenas siete metros conecta el centro de investigación del Institut d’Investigacions Biomèdiques August Pi i Sunyer (IDIBAPS) con el hospital. «Me puedo plantar en neurología en 50 segundos», explica para ilustrar la cercanía que debería existir en todo centro académico. Dalmau lamenta que este modelo esté bajo amenaza, incluso en Estados Unidos, por las presiones económicas y la altísima competición por becas que obliga a elegir entre ver pacientes o investigar.

Ante el alumnado de la Universidad de La Laguna, el doctor Dalmau lanzó un reto: «navegar los dos mares», el de la asistencia y el de la investigación. Aunque reconoce que la medicina es profundamente vocacional y centrada en curar, considera «obligatorio» para un médico académico tener formación en investigación básica. «Ayuda a tener una mentalidad de razonamiento y una rigurosidad que ayuda en tu vida profesional, aunque no vuelvas nunca a hacerlo». Entender cómo se demuestra una teoría en un laboratorio es, para él, la única forma de comprender realmente los ensayos clínicos y los nuevos medicamentos que transformarán la práctica médica del futuro.

No dejen de tocar el piano

Lo que hizo que la visita de Josep Dalmau a la Universidad de La Laguna fuera excepcional no fue solo su prestigio internacional, sino el origen mismo de la invitación. El encuentro nació de la curiosidad de los alumnos de Medicina, Pablo Siberio y Carlota Rodríguez, quienes, mientras realizaban su Trabajo de Fin de Grado sobre la obra del investigador, propusieron traerlo a la isla. Durante la charla, se hizo evidente que Dalmau no acudió solo a impartir una lección magistral, sino a establecer un diálogo directo con quienes representan el futuro de la medicina, mostrándose «muy contento» y agradecido por el interés de los jóvenes.

Uno de los momentos más memorables de su interacción con los alumnos fue cuando Dalmau recurrió a una metáfora artística para explicar la dificultad de ser un profesional de élite en dos campos a la vez. “Tengo amigos que son muy buenos pianistas y también son médicos”, relató el investigador, explicando que, si bien uno puede seguir tocando el piano con maestría, es casi imposible ser un concertista profesional altamente competitivo si también se ejerce la medicina a tiempo completo. 

Con este símil, Dalmau advirtió a los estudiantes sobre la creciente disociación entre la clínica y la ciencia básica debido a las presiones competitivas y económicas, que obligan a muchos a elegir un solo camino. Sin embargo, su consejo final para los alumnos de la ULL fue rotundo: “No dejes de tocar el piano”. Instó a los futuros médicos a, por lo menos, familiarizarse con la investigación, ya que esa formación inicial «no se olvida» y proporciona una «manera de pensar metódica» que es vital incluso para quien solo se dedique a ver pacientes.

Dalmau compartió con el auditorio su experiencia directa con sus propios alumnos, quienes a menudo deben hacer malabares para compaginar sus estudios con el laboratorio. El doctor describió cómo algunos estudiantes “vienen al laboratorio a las horas que pueden, a veces por la noche o se escapan unas horas” para sacar adelante su trabajo de fin de grado. Para el investigador, ese esfuerzo no es en vano: la rigurosidad necesaria para intentar demostrar una teoría o publicar un artículo científico otorga una estructura mental y una capacidad para entender ensayos clínicos que no se adquieren de otra forma. Su objetivo fue desmitificar el laboratorio y presentarlo como una herramienta al servicio de la curiosidad clínica, animando a los alumnos a no ver la investigación como algo ajeno, sino como una «ventana abierta» necesaria para transformar la práctica médica.

Al finalizar su encuentro, Dalmau expresó su deseo de que esta jornada no fuera un evento aislado, sino el “inicio de una línea de participación de los estudiantes”. El investigador lanzó un guante a las autoridades académicas presentes, sugiriendo que la universidad debería establecer subvenciones o fondos para que cada año un experto invitado acuda a dialogar directamente con los alumnos. Con una mezcla de esperanza y realismo, cerró su intervención confiando en que este tipo de intercambios ayuden a reconciliar los mundos de la asistencia y la ciencia básica, inspirando a los jóvenes a buscar respuestas para aquellas preguntas que la medicina actual aún no puede resolver.

Gabinete de Comunicación


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