El sol cae con fuerza sobre la orilla occidental del Nilo. Frente a la ciudad egipcia de Luxor, el paisaje se transforma en una sucesión de montañas de roca caliza, barrancos secos y terrazas naturales que descienden hacia el desierto. Durante la mayor parte del año el terreno permanece inmóvil y silencioso, como si el tiempo se hubiese detenido. Pero bajo esa superficie aparentemente inmutable se conserva una historia que abarca decenas de miles de años.

El wadi Hatasun con la tienda del equipo encima de la ladera sobre la que se construyó la TT 209. Fotografía_ Pdcn_M.Á. Molinero Polo.
En uno de esos barrancos, el wadi Hatasun, un equipo internacional de investigadores trabaja cada invierno retirando capas de sedimento, catalogando objetos diminutos y reconstruyendo pacientemente fragmentos de una historia larguísima. Allí desarrolla su trabajo la misión arqueológica de la Universidad de La Laguna, que entre los meses de febrero y marzo de 2026 lleva a cabo la undécima campaña del Proyecto dos cero nueve.
Lo que comenzó hace más de una década como el estudio de un monumento funerario concreto —la tumba tebana TT 209— ha terminado convirtiéndose en una investigación mucho más amplia. Hoy, el proyecto permite reconstruir la historia de este territorio desde la presencia de los primeros Homo sapiens hasta el desarrollo de la necrópolis tebana durante la época de los faraones.
Durante cinco semanas de trabajo de campo, el equipo combina las labores de excavación arqueológica con el estudio de los materiales recuperados tanto en esta campaña como en las anteriores, muchos de ellos conservados en el interior de la tumba y en los almacenes estatales egipcios. Los últimos días de la misión se dedican a completar la documentación científica: inventario y fotografiado de los materiales hallados, elaboración de cartografías digitales y redacción de las memorias de campaña.
Detrás de esta investigación se encuentra Miguel Ángel Molinero Polo, profesor de Historia Antigua de la Universidad de La Laguna y director del Proyecto dos cero nueve. Desde hace más de una década coordina esta misión arqueológica internacional que trabaja en uno de los sectores menos estudiados de la necrópolis tebana.
El punto de partida fue una pregunta aparentemente sencilla. “Desde que empezamos a excavar la TT 209 nos preguntamos por qué la tumba se construyó en un wadi, un lugar por el que circula el agua y que, por tanto, suponía un riesgo continuo de inundación”, explica el investigador. Para encontrar la respuesta, añade, “posiblemente el único método era interrogar al entorno, interrogar al paisaje”.
Esa pregunta llevó al equipo a ampliar su mirada más allá del monumento funerario. Lo que comenzó como el estudio de una tumba aislada terminó convirtiéndose en una investigación sobre todo el paisaje arqueológico del wadi Hatasun, un territorio que ahora revela una secuencia de ocupación humana de miles de años.
Una tumba redescubierta
El núcleo inicial del proyecto fue la tumba tebana TT 209, situada en el sector de Asasif Sur, dentro de la necrópolis de Luxor, uno de los paisajes funerarios más importantes del mundo antiguo.
Cuando la misión arqueológica de la Universidad de La Laguna comenzó a trabajar en este lugar, el monumento apenas había sido estudiado y ni siquiera se conservaban evidencias claras de su ubicación en superficie. De hecho, una de las primeras tareas de las campañas iniciales consistió en localizar nuevamente el complejo y comenzar su excavación sistemática.
Los trabajos han permitido determinar que la tumba fue construida durante la dinastía XXV, un periodo especialmente interesante de la historia egipcia en el que el país estuvo gobernado por una dinastía de origen nubio procedente del actual Sudán.
“Confirmamos que correspondía a una fase histórica muy poco conocida, un momento en que la civilización egipcia fue conquistada por una potencia que venía de África Central”, explica Molinero.
El propietario del monumento fue Nisemro, un alto funcionario vinculado a la administración económica del Alto Egipto. Su nombre aparece en los textos conservados en la entrada del recinto, donde se mencionan también los cargos que ocupó en la administración del Estado. Según explica el investigador, el nombre egipcio Nisemro probablemente se pronunciaba en nubio como Nasamalu, lo que refuerza el vínculo cultural entre Egipto y Nubia en este periodo.
La arquitectura del complejo resulta igualmente singular. Para construirlo se recortó la ladera del wadi Hatasun en varias terrazas sobre las que se levantaron los edificios exteriores del conjunto. “La tumba se construyó de una manera muy original; era realmente un edificio monumental”, señala Molinero. “Se cortó la ladera del wadi en tres terrazas y sobre ellas se levantaron edificios que podían llegar a tener unos siete metros de altura”. La disposición del monumento debió producir un fuerte impacto visual en el paisaje funerario de la zona.
Cuando el equipo comenzó las excavaciones, las cámaras subterráneas estaban completamente colmatadas por sedimentos acumulados durante siglos de riadas. A medida que esos depósitos han sido retirados, los arqueólogos han podido documentar la estructura interna de la tumba y excavar varias cámaras funerarias que permanecían intactas desde la Antigüedad.
Actualmente los trabajos se concentran en los últimos sectores pendientes de investigación, entre ellos un muro que podría cerrar uno de los accesos interiores y el rebaje del suelo del patio hasta alcanzar el cauce del wadi, un paso clave para comprender la relación entre el monumento y el curso de agua en cuyo entorno fue construido.

Excavación de la plataforma en la ladera meridional del wadi. Fotografía_ Pdcn_J.M. Barrios Mufrege.
El trabajo invisible de la excavación
Excavar una tumba no consiste únicamente en retirar arena. Cada objeto hallado inicia un proceso minucioso de estudio, restauración y documentación. Entre los materiales que aparecen durante la excavación se encuentran los llamados small finds, pequeños objetos arqueológicos que deben ser fotografiados, restaurados y catalogados antes de poder estudiarlos.
La egiptóloga Emma Perezzone Rivero se encarga de incorporarlos a una base de datos científica en la que se documentan sus características y medidas. “Los small finds, que son los hallazgos más pequeñitos, una vez han pasado por fotografía, restauración y estudio, tenemos que introducir todos los datos y todas sus medidas en la base de datos”, explica.
Otros especialistas trabajan en la restauración de objetos funerarios. La investigadora Laura Di Nóbile Carlucci, especialista en joyería del Egipto antiguo, intenta reconstruir una malla funeraria formada por pequeñas cuentas y canutillos que aparecieron separados tras la degradación de los hilos originales. “Se han encontrado todos los canutillos y las cuentitas separadas, sin hilo, porque el hilo se destruye. Y aquí estoy intentando reconstruirla con muchas agujas, bolillos e hilos”, relata.
También se están recuperando figuras funerarias conocidas como ushebtis, pequeñas estatuillas que formaban parte del ajuar depositado en las tumbas. El restaurador Manuel Guerra-Librero de Hoyos se encarga de extraer cuidadosamente estas piezas, muchas de ellas deterioradas por las inundaciones que afectaron a las cámaras subterráneas. “Es un trabajo meticuloso, porque hay que extraerlas una a una, pero permite el posterior estudio de las piezas”, explica.
Otros hallazgos permiten reconstruir aspectos del ritual funerario. La restauradora Pía Rodríguez Frade trabaja con telas halladas en jarras utilizadas durante los procesos de momificación, que se empleaban para limpiar el cuerpo y aplicar resinas y ungüentos destinados a su conservación.
La cerámica constituye otro de los pilares de la investigación. La especialista María González Rodríguez analiza los fragmentos recuperados durante la excavación, un material fundamental para establecer la cronología de los distintos estratos arqueológicos.

El equipo mirando qué puede haber detrás de una pared que disimula un vano. Fotografía_ Pdcn_J.M. Barrios Mufrege.
Un paisaje que guarda miles de años de historia
Con el paso de las campañas, el proyecto ha ampliado su ámbito de estudio más allá de la tumba. Las investigaciones se extienden ahora a distintos enclaves del wadi Hatasun con el objetivo de comprender mejor el entorno en el que se construyó el monumento.
Uno de los elementos más llamativos del paisaje es una gran calzada monumental. Durante mucho tiempo se pensó que por ella podían haber discurrido procesiones religiosas con estatuas de dioses.
Sin embargo, las excavaciones están revelando una realidad más compleja. En este espacio se han identificado talleres donde se trabajaba el sílex y la piedra caliza para fabricar herramientas, así como una estructura de adobe asociada a numerosos restos humanos cuya interpretación todavía está en estudio. Pero la historia de este lugar comienza mucho antes.
Los trabajos dirigidos por Cristo Manuel Hernández Gómez, profesor de Prehistoria de la Universidad de La Laguna y subdirector del proyecto, han permitido documentar evidencias de presencia humana que se remontan al Paleolítico.
En las terrazas del barranco se conservan herramientas de sílex fabricadas por grupos de cazadores-recolectores hace entre 100.000 y 60.000 años. Estas piezas fueron elaboradas mediante técnicas características de la Middle Stone Age, como la talla Levallois y la denominada tecnología nubia.
Durante ese periodo, el valle del Nilo actuó como un corredor natural que facilitó la movilidad de los primeros Homo sapiens hacia otros territorios. Por ello, este enclave resulta clave para comprender las rutas de expansión humana fuera de África.

Azzab Ahmed reconstruyendo los recipientes cerámicos de un ritual de ofrenda. Fotografía_ Pdcn_J.M. Barrios Mufrege.
Un proyecto internacional
El Proyecto dos cero nueve constituye hoy una de las principales iniciativas de investigación internacional impulsadas desde la Universidad de La Laguna en el ámbito de la egiptología.
La misión reúne a más de una veintena de especialistas de distintas disciplinas —egiptólogos, prehistoriadores, osteoarqueólogos, geólogos y expertos en conservación y restauración— procedentes de diversas instituciones académicas y científicas.
El equipo integra investigadores de las universidades de La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria, Burgos y Atlántico Medio, así como del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Autoridad Arqueológica de Sharjah (Emiratos Árabes Unidos) y el Museu Egipci de Barcelona, además de profesionales de empresas especializadas en gestión patrimonial.
La campaña cuenta con financiación de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes del Ministerio de Cultura de España, la Fundación Palarq y la propia Universidad de La Laguna, lo que permite mantener una investigación continuada en uno de los paisajes arqueológicos más complejos y fascinantes del mundo antiguo.
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