En la cara norte del Teide, el paisaje obliga a detener la mirada. Bajo la apariencia inmóvil de la alta montaña, entre coladas oscuras, bloques de obsidiana y antiguos pasos abiertos en el terreno, permanecen las huellas de una actividad humana desarrollada durante siglos. A veces aparecen como pequeños fragmentos de piedra tallada, como concentraciones de material apenas perceptibles o como zonas de tránsito que solo cobran sentido cuando se leen en conjunto. Pero ahí están: señales de que este territorio no fue únicamente un paisaje volcánico, sino también un espacio habitado, recorrido y trabajado por la población guanche.
En el Tabonal de los Guanches, uno de los principales enclaves de explotación de obsidiana de Tenerife, un equipo de investigación de la Universidad de La Laguna trabaja para reconstruir la relación entre las comunidades indígenas de la isla y el territorio volcánico en el que desarrollaron su vida. Al frente del proyecto está Cristo Manuel Hernández Gómez, profesor de Prehistoria de la institución académica, en el marco de la Convocatoria 2022 de Proyectos de Generación de Conocimiento, impulsada por el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Agencia Estatal de Investigación.
El proyecto lleva por título Volcanismo y sociedades insulares: erupciones, medioambiente y poblamiento humano en Tenerife durante los últimos 2.000 años, aunque su acrónimo, ArqueoVOL, resume bien su propósito: poner en diálogo la arqueología y los volcanes. La pregunta de partida es tan directa como compleja: cómo gestionó la población indígena de Tenerife la actividad volcánica con la que tuvo que convivir durante el tiempo en que se desarrolló su cultura en la isla.
La pregunta permite mirar el pasado guanche desde una perspectiva menos habitual en la arqueología canaria: no solo a través de sus asentamientos, sus materiales o sus prácticas productivas, sino también desde los cambios bruscos que pudo imponer un territorio volcánico activo.
Una montaña que también cambió
Uno de los puntos más sugerentes de la investigación es que el Teide no siempre tuvo la fisonomía que hoy forma parte del imaginario de Tenerife. Según Hernández Gómez, el cono que corona el gran estratovolcán se formó durante la última erupción del Teide, cuando la isla ya estaba habitada. Aquel episodio generó coladas lávicas alrededor del edificio volcánico y afectó también a espacios vinculados con la explotación de la obsidiana.
“El Teide, tal como lo conocemos hoy, con esa fisonomía tan característica que a todos nos transporta a la isla de Tenerife, no es el Teide que los aborígenes conocieron cuando llegaron a la isla”, afirma. La frase desplaza la mirada. Invita a pensar que aquellas comunidades no habitaron un decorado fijo, sino un territorio vivo, expuesto a transformaciones capaces de alterar caminos, recursos y formas de ocupación.
Una erupción puede sepultar territorios, interrumpir vías de comunicación o generar espacios inhabitables hasta que el tiempo permite su recuperación. En ese escenario, las sociedades humanas deben responder con estrategias de adaptación y reorganización. El equipo se encuentra aún en fase de recogida de datos, pero ya reúne indicios que apuntan a la necesidad de considerar el factor volcánico para interpretar los cambios en el poblamiento de la cumbre de Tenerife.
Esa mirada permite continuar revisando la interpretación tradicional de Las Cañadas del Teide, entendidas durante mucho tiempo sobre todo como un espacio de pastoreo estacional. Los trabajos desarrollados en las últimas décadas por el equipo de Matilde Arnay de la Rosa, profesora titular jubilada de la Universidad de La Laguna, han ido mostrando un paisaje más complejo, articulado por actividades productivas diversas, caminos, áreas de captación de recursos, lugares de ocupación y enclaves funerarios. “Hoy estamos reformulando esa explicación, ese paradigma, y Las Cañadas debió ser un espacio mucho más orgánico y complejo en el mundo de los guanches, en el que el volcanismo también jugó un papel fundamental”, sostiene el director del proyecto.
La reformulación de Las Cañadas como un espacio más diverso y articulado no parte de cero. En 2024, Hernández Gómez, Marrero Salas y Arnay de la Rosa publicaron Patrimonio Arqueológico de Canarias. Tenerife, una obra que reúne una síntesis del conocimiento disponible sobre las primeras poblaciones de Tenerife a través de las huellas materiales que han llegado hasta el presente. ArqueoVOL recoge parte de esa trayectoria y la lleva hacia una pregunta específica: cómo el volcanismo, los recursos líticos y la ocupación de la alta montaña se cruzaron en la vida de las comunidades indígenas de la isla.
La obsidiana, recurso y rastro
La obsidiana ocupa un lugar central en esa historia. Este vidrio volcánico, abundante en la zona cumbrera de Tenerife, fue una materia prima esencial para fabricar herramientas cortantes. Su importancia se entiende mejor si se observa el contexto de las primeras poblaciones que llegaron a Canarias desde el norte de África: grupos humanos que conocían el uso de los metales, pero que tuvieron que adaptarse a un territorio insular donde esos recursos no estaban disponibles.
En ese escenario, las rocas volcánicas se convirtieron en materiales fundamentales para la vida cotidiana. La obsidiana adquirió un valor especial por sus propiedades: se talla con facilidad y produce filos muy cortantes. “Tiene una capacidad cortante como un cuchillo, como una hojilla de afeitar”, resume Hernández Gómez.
El Tabonal de los Guanches funcionó como uno de los principales espacios de aprovisionamiento de Tenerife. El profesor de la Universidad de La Laguna lo define, utilizando una imagen actual, como “el principal supermercado de obsidiana” de la población guanche. Desde allí, esta materia prima llegó a distintos puntos de la isla, como han permitido rastrear los análisis geoquímicos realizados por el equipo.
Esa lectura del territorio es una de las tareas que desarrolla Efraín Marrero Salas, codirector de las prospecciones en Las Cañadas y de PRORED, empresa dedicada al estudio y la gestión del patrimonio que colabora habitualmente con la Universidad de La Laguna. El equipo realiza esta actividad de identificación de restos arqueológicos en superficie, sin excavación ni sondeos, para localizar talleres de talla, áreas de aprovisionamiento, restos cerámicos, percutores o indicios de tránsito. No se trata solo de saber dónde aparece la obsidiana, sino de reconstruir cómo fue explotada: qué bloques se seleccionaban, qué zonas de la colada eran más adecuadas, cómo se organizaban los talleres y de qué manera circulaba después ese material.
“Estamos analizando esa organización del trabajo especializado dentro de la propia colada”, afirma Marrero. Los posibles pasos entre talleres y áreas de tránsito internas ayudan a interpretar la explotación de la obsidiana no como una actividad dispersa, sino como un sistema con una lógica espacial y social.
Para el codirector del trabajo de campo, aprender a leer este paisaje implica comprender cómo la población guanche se enfrentó al espacio insular para habitarlo. Sus asentamientos, sus áreas de captación de recursos y sus caminos no aparecen al azar. La conservación de ese registro convierte Las Cañadas en un espacio especialmente valioso, sobre todo frente a las transformaciones más intensas que han sufrido la costa y las medianías desde la conquista.
“Me gustaría que se entendiera que Las Cañadas del Teide es un paisaje antropizado, un paisaje que siempre ha estado ocupado por personas”, defiende Marrero. Reconocer esa historia implica también cuidar los vestigios que permanecen en el territorio: no se trata solo de un paisaje de enorme valor natural, sino de un espacio que conserva información fundamental para conocer cómo vivieron las comunidades guanches.
Lo que no se ve a simple vista
La lectura del paisaje se completa con el trabajo de laboratorio y con una mirada científica que cruza diferentes disciplinas. El estudio reúne a especialistas en arqueología, volcanología, geografía, geoarqueología, paleomagnetismo, paleoecología y análisis de materiales, entre otros perfiles vinculados al conocimiento arqueológico, volcánico y paleoambiental de Las Cañadas del Teide.
En el trabajo de laboratorio participa Idaira Brito Abrante, investigadora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, incorporada recientemente al estudio tecnológico y funcional de la obsidiana. Su labor permite comprender mejor cómo la población indígena de Tenerife produjo, utilizó y dio sentido a estos materiales. La observación en superficie permite identificar talleres o áreas de explotación, pero el laboratorio ofrece información que el ojo no siempre alcanza.
La traceología estudia las marcas microscópicas que deja el uso de una herramienta y ayuda a aproximarse a actividades que no siempre han dejado otros restos conservados. En un entorno de alta montaña, árido y sometido a fuertes contrastes de temperatura, una pieza de obsidiana puede convertirse así en una vía para reconstruir prácticas cotidianas desaparecidas.
Para Brito, las erupciones pudieron representar una amenaza, pero también generaron materiales que se convirtieron en recursos. Esa tensión entre riesgo y oportunidad atraviesa buena parte de la investigación. “Me gustaría que las personas vieran que las piedras fueron un recurso muy importante para la población aborigen, pero también lo son para nosotros para poder entender cómo estas personas se relacionaron en un entorno insular, aislado y sin metal”, sostiene.
Aprender arqueología en el Teide
La campaña tiene también una dimensión formativa. En ella participa Andrés Pérez Barroso, estudiante de tercero del Grado en Historia de la Universidad de La Laguna, que se ha incorporado al trabajo de campo para conocer de primera mano cómo se desarrolla una investigación arqueológica en la alta montaña. Su labor consiste principalmente en prospectar las áreas seleccionadas por el equipo y revisar la superficie para localizar talleres de obsidiana, zonas de aprovisionamiento, restos cerámicos, percutores u otros indicios de actividad.
La experiencia le ha permitido comprobar la diferencia entre estudiar los materiales en clase o en el laboratorio y reconocerlos dentro de su propio contexto. “No tiene nada que ver una lasca en el laboratorio que verla in situ, identificarla y saber que es una lasca trabajada y que no es natural”, cuenta el estudiante. También le ha sorprendido la magnitud del Tabonal de los Guanches y la cantidad de talleres que conserva. Su participación en la campaña ha cambiado, además, su forma de mirar el Teide: frente a la imagen habitual de la montaña como símbolo natural, ahora percibe Las Cañadas como una red de espacios conectados por actividades, recursos y circulación humana.
Una cultura del territorio volcánico
La investigación aspira a ampliar el conocimiento sobre el pasado indígena de Tenerife, pero también a generar una reflexión sobre el presente. Para Hernández Gómez, la ciencia no puede limitarse a mirar hacia atrás: en un archipiélago volcánico, comprender cómo se relacionaron las sociedades humanas con el territorio puede ayudar a desarrollar una cultura más consciente del lugar que habitamos. La reciente erupción de Tajogaite, en La Palma, recordó a la sociedad canaria que el volcanismo forma parte de su realidad y, en ese contexto, el profesor de la Universidad de La Laguna defiende la importancia de “conocer cómo funciona el territorio en el que tenemos nuestra casa, conocer cuál es el comportamiento de la naturaleza, de qué manera podemos protegernos y cuidarla”.
Desde esa perspectiva, estudiar a la población guanche no significa aislarla en un pasado remoto, sino comprenderla como una sociedad que tuvo que trabajar, desplazarse, organizarse y adaptarse a un territorio vivo. Frente a las visiones idealizadas o heroicas, Hernández Gómez propone una aproximación más humana, centrada en las condiciones reales de vida, el esfuerzo colectivo y las estrategias de supervivencia.
“Nos puede ayudar a humanizar a esta población, a verla no desde el idealismo del héroe mítico del pasado, sino desde una perspectiva mucho más humana”, concluye. Y añade una frase que resume buena parte del sentido de este trabajo: “mirar a la población guanche a la cara y no ver un héroe, sino un ser humano”.
Ahí se condensa el valor de esta investigación. El Teide no es solo una referencia paisajística, geológica o simbólica. Sus coladas, sus caminos y sus obsidianas conservan todavía parte de la historia de quienes vivieron en Tenerife antes de la conquista. Leer esas huellas permite acercarse a una memoria que sigue escrita en el propio territorio.
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