Cuando iniciaba su andadura profesional en la Universidad de La Laguna unos quince años atrás, Laura Aguilera Ávila se convirtió en una de las principales precursoras de los estudios en materia de género en el ámbito del trabajo social, llegando también a contribuir con su labor a las políticas transversales de igualdad de la institución académica.
Licenciada en Psicología, se doctoró en Psicología Clínica con especialidad en Estudios de la Mujer. A la vez, cursaba la diplomatura en Trabajo Social en la Universidad de La Laguna y trabajaba en atención psicológica individual y grupal a mujeres víctimas de violencia en lo que hoy es el Servicio Insular de Atención a la Mujer (SIAM), en Santa Cruz de Tenerife. Esta actividad que la especialista inició en 2003, antes de que se aprobara la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (2004), abarcaba cualquier forma de violencia, no solo en la pareja.
En su primer año de doctorado, que entonces aún se organizaba a través de cursos, recibió una beca para hacer una investigación sobre apoyo social a mujeres víctimas de violencia, que se denominaban “mujeres maltratadas”. Fue así que participó en artículos del ámbito a partir del año 2002. Actualmente, no solo es la primera sino la única profesora titular del área de Trabajo Social y Servicios Sociales hasta el momento.
El género ha permeado toda la carrera científica de Aguilera Ávila, especialmente, en torno a la prevención e intervención en materia de violencia de género. En el presente, a partir de la tesis de una alumna que había puesto el foco en la exclusión social de familias monoparentales, lidera un proyecto de intervención con familias monomarentales constituidas a partir de situaciones de violencia de género. Esta iniciativa analiza las necesidades específicas de las mujeres que, tras haber sufrido violencia de género, forman una familia monomarental. Se está desarrollando a lo largo de tres años, desde mediados de 2025, con financiación de la Fundación “la Caixa” y Fundación CajaCanarias.
El equipo responsable de llevarlo a cabo está formado por profesorado de diferentes ámbitos que, desde un enfoque interdisciplinar, aporta al trabajo social diferentes recursos: derecho civil para asentar bien la base legal, especialmente mirando a la familia; comunicación audiovisual, para buscar una estrategia para hacer llegar tanto el proyecto, haciendo partícipes a más mujeres, como los resultados; sociología, para tratar la parte metodológica cuantitativa; y pedagogía con especialización en violencia de género.
En el proyecto se estudian diferentes tipologías: violencia ejercida por el padre de sus hijos e hijas y violencia por parte de la pareja sin ser el padre, que en ambos casos produce como consecuencia que la mujer se quede sola a cargo de los menores. También pude darse el caso de que una mujer que está en situación de prostitución quede embarazada, o ya tuviera hijos, y se constituye también en ese tipo de familia, aunque no haya recibido violencia por una pareja, sino de otro tipo. “Incluso puede darse el caso de que la violencia surgiera tras la separación del padre, pero que había oculta una violencia psicológica que se manifiesta después de la ruptura a través de los hijos, a través de terceras personas”, precisa la especialista.
El proceso que se está siguiendo es, en primer lugar, confeccionar un diagnóstico de esas familias, “de mujeres que encabezan una familia monomarental, para ver sus necesidades y, a partir de su percepción, las de sus hijos e hijas, ya que entrevistar a los y las menores supone muchísima complejidad”, explica. El objetivo es elaborar un programa de intervención a partir de esta valoración de las necesidades de estas mujeres para ver de qué manera se pueden cubrir desde el trabajo social. Al final, se realizará una evaluación de efectividad del programa.
En los últimos años, gracias al apoyo en financiación de la Dirección General de Juventud del Gobierno de Canarias, el equipo ha realizado varias acciones encaminadas a la prevención la violencia de género en la infancia y la juventud. Así, ha llevado a cabo una formación de abogados y abogadas jóvenes tras finalizar el Máster de Abogacía de la Universidad de La Laguna y estudios sobre la percepción de la violencia en jóvenes. “Siempre me ha interesado la violencia de género simbólica y desde la Cátedra de Infancia y Adolescencia me propusieron realizar un estudio de este ámbito centrado en niñas y adolescentes, como estas rutinas de belleza que denominan autocuidados, algo que está totalmente pervertido”, explica la investigadora acerca de uno de sus últimos trabajos, publicado en 2025.
Previamente, colaboró en un artículo sobre violencia obstétrica, que también se considera violencia de género institucional y simbólica, como fruto del Trabajo de Fin de Máster (TFM) de su compañero de departamento, el profesor Paulo Adrián Rodríguez. La propia científica, embarazada en el momento del desarrollo del estudio, fue una de las 282 mujeres participantes cuyos partos tuvieron lugar entre enero de 2008 y febrero de 2016. El resultado fue que el 56,4% de la muestra sufrió este tipo de violencia durante el parto, dentro de la cual los indicadores más frecuentes fueron la participación de alumnado en prácticas sin el consentimiento de la mujer y el cambio de ritmo en el parto por conveniencia del personal sanitario.
La investigadora también escribió varios artículos sobre el ciberacoso como otro tipo de violencia de género además de cómo se representa a las mujeres en internet. “Todo lo multimedia, no solo los medios de comunicación, desplaza a otro agente socializador y cómo se perpetúa ahí la violencia como medio socializador”, apunta.
Roles de género, salud y videojuegos
Aguilera Ávila defendió en 2007 su tesis doctoral “Género y salud: un análisis de la relevancia de la tipificación sexual en la salud de mujeres y hombres”. Su enfoque resultaba muy innovador para la época, ya que el concepto de género dentro de las Ciencias Sociales se empieza a usar en los años sesenta en Estados Unidos, apenas unos cuarenta años antes. Este trabajo se desarrolló en torno a si ajustarse al rol de mujer u hombre era beneficioso para la salud desde una perspectiva integral. Para la clasificación de la muestra, se siguió el Inventario de Roles Sexuales de Bem (BSRI), de 1974, que ofrecía cuatro categorías: mujeres femeninas, hombres masculinos, personas andróginas (con altas características masculinas y femeninas), personas indiferenciadas (con bajos rasgos masculinos y femeninos, última clase añadida en 1981).
Entre las conclusiones del estudio, se advierte que las peor paradas son las mujeres femeninas: las mujeres indiferenciadas tienen mejor salud que las mujeres femeninas, quienes, a su vez, tienen peor salud que las mujeres andróginas. Entre los factores que se analizan, está la triple jornada: trabajo dentro y fuera del hogar, además de la participación en actividades comunitarias y de activismo, “en una época en la que no se contemplaba aún el cuidado a personas mayores, sino que los cuidados estaban relacionados con la conciliación, con la atención a menores”, puntualiza la especialista. Los hombres masculinos de la muestra son los que mejor salud tienen de todos los grupos, estableciéndose “la masculinidad como factor protector de la salud”, señala.
Su doctorado supuso un punto de partida para investigar sobre el género desde diversos ángulos. Así, dirigió un TFM que llevó a la publicación de un artículo en el año 2021 titulado “Desigualdades en el mundo de los videojuegos desde la perspectiva de los jugadores y las jugadoras”. La alumna que realizó este análisis, Sara Alonso, era jugadora y llevó a cabo “un trabajo de campo muy interesante” porque habló con las jugadoras a través de la plataforma Discord. Entre los resultados, destaca que, a pesar de que las jugadoras suponen hoy la mitad de la comunidad gamer, “muchas veces tenían que ocultar su identidad o no revelar el sexo porque si no, recibían un trato vejatorio, recibiendo comentarios como: ‘en realidad eres un hombre pero estás mintiendo’ cuando una mujer les ganaba la partida, mostrándose incapaces de asumir que las mujeres también juegan y ganan”, detalla la experta.
A pesar de los avances en materia de género, el debate en torno a la prostitución está muy presente en el ámbito académico y se dan dos grandes posturas opuestas: el regulacionismo, la visión dominante en Norteamérica, y el abolicionismo que defiende Aguilera Ávila, más extendido en Europa. La investigadora lleva dos años de espera desde que presentó un artículo acerca de la imagen de la prostitución en los videojuegos y que partía también de un TFM. “Lleva dos años completos circulando por diferentes revistas europeas, americanas, españolas… De hecho, desde una revista española me llegaron a decir que no podía hacer esa afirmación sobre la prostitución en ese ámbito porque el patriarcado no estaba presente en todas las sociedades”, expone.
Igualdad de género en la innovación educativa
Durante varios años desde 2020, la experta fue secretaria del Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres (IUEM), del que sigue formando parte en la actualidad, que funciona como marco teórico e institucional de los estudios de las mujeres y la teoría del género en la Universidad. Anteriormente, estuvo a cargo de la Unidad de Igualdad de la institución académica, primero como subdirectora cuando la profesora titular de Derecho Civil Aránzazu Calzadilla Medina dirigía, y luego como directora, junto a la profesora de Derecho del Trabajo Sarai Rodríguez como subdirectora.
En un principio, el equipo de esta unidad intentó formar al profesorado sobre cómo incluir el género en la docencia y, como dicha iniciativa no fructificó, pasaron a plantear cursos con el alumnado. Entre 2017 y 2019, lograron implementarlos añadiendo módulos de género a cursos específicos de las diferentes facultades, por ejemplo, sobre género y salud. “Aparte de los módulos introductorios sobre qué es el género y el sexo, cómo se socializan… Si íbamos al Campus de Anchieta, incluíamos un módulo sobre tecnología y género, y así íbamos rotando por toda la universidad; fue una experiencia muy interesante, porque era la primera vez que se acercaban al tema”, explica satisfecha Aguilera Ávila. También revisaban los contenidos de los títulos que se proponían, sobre todo los títulos propios, donde más capacidad tenían de actuar, para que incluyesen materias sobre género de manera transversal o específicas.
En un Claustro que abordó el acoso -algo que nunca se había llevado a cabo en otras universidades españolas- se acordó renovar el protocolo y llevar a cabo un curso cero sobre género y acoso destinado al profesorado y al alumnado. “Había varias formas de ofertarlo: que el profesorado que enseñara en primero nos cediera dos horas en su clase, modelo que tuvo más éxito; también podría hacerse a través de los Planes de Orientación y Acción Tutorial (POAT), entre otros”. La especialista califica estas charlas como “revolucionarias” y recuerda el caso de algún decano que inicialmente señaló que no había acoso en su centro y luego salió muy afectado, admitiendo que no se lo esperaba.
En este período, asesoraron sobre casos de mujeres con sentencias de violencia de género que estudiaban en el horario de tarde y se sentían vulnerables a la salida de clase por la noche. Además, renovaron protocolos de intervención en caso de situaciones de acoso para incluir en ellos la comunicación informal, una medida que presentaron a nivel nacional como experiencia piloto e innovadora en una reunión de la Red de Unidades de Igualdad de Género para la Excelencia Universitaria (RUIGEU).
También concedieron unos premios a TFG y TFM que versaran sobre género que se entregaban en unas jornadas en las que se establecía un diálogo entre una persona representante de la academia y alguien especialista externo, con el apoyo del área de Igualdad del Ayuntamiento de La Laguna. La investigadora resumió, con una sonrisa, que en la Unidad trabajaban entonces “con recursos mínimos y muchísimo entusiasmo”.
Laura Aguilera Ávila lidera también el grupo de investigación GENITUS, constituido desde septiembre de este año. Está destinado al estudio crítico de las dinámicas sociales vinculadas al género, la interseccionalidad y la justicia social desde el enfoque del trabajo social, para transformar las desigualdades estructurales, articulando los saberes del campo de estudio con otras disciplinas afines. “Es el primer grupo de investigación de trabajo social como tal, está constituido por miembros del trabajo social y coordinado por una persona de área”, destaca, mostrando satisfacción por el logro.
La experta reconoce que su ámbito está en una situación deficitaria respecto al personal, limitado por el hecho de que antes su carrera universitaria era una diplomatura, lo que supone que no hubiera créditos suficientes para que las personas egresadas pudieran optar a posteriori a un doctorado. El resultado ha sido que el cuerpo docente ha tenido que dar más créditos de los que le corresponde. “La parte positiva es que hemos podido impartir muchas materias, aprender de la experiencia de ocupar diferentes cargos de gestión, y somos un área joven de edad y trayectoria, pionera en muchos sentidos”, apostilla la profesora universitaria.
Por ello, considera que la institución debe enseñar trabajo social para que se sepa usar herramientas como la “ficha social”, un instrumento documental básico y estandarizado que recopila de forma sistemática datos esenciales sobre una persona o familia. Aguilera Ávila imagina un futuro en el que la investigación responda al abordaje de las necesidades de las personas, complementando a las herramientas tecnológicas, como la IA, pero previendo que surgirán nuevas necesidades por ello. “La universidad no debe despistarse de que está formando a personas, no solo a profesionales, a la ciudadanía, pues cada vez más familias estudian en ella, fomentando el espíritu crítico y la capacidad de reflexión”.
Gabinete de Comunicación



