La filosofía no apareció en la vida de Óscar Marrero Pérez como una vocación evidente desde el principio. Durante el bachillerato, su camino parecía orientado hacia otros ámbitos, especialmente las matemáticas y la psicología. Había participado incluso en un programa de estimulación precoz del talento matemático y todo apuntaba a que continuaría vinculado al ámbito científico. Sin embargo, entre lecturas, inquietudes y una curiosidad cada vez más presente, terminó descubriendo que lo que realmente le atraía eran las grandes cuestiones relacionadas con la realidad, la conciencia o el conocimiento.
Ese interés acabaría llevándolo al Grado en Filosofía de la Universidad de La Laguna y, años después, a convertirse en el estudiante con mejor expediente académico de la institución durante el curso 2024/2025, reconocimiento por el que recibió el XIV Premio Alumni ULL al mejor expediente académico. Un logro que certifica no solo sus calificaciones, sino también una trayectoria marcada por la constancia, la curiosidad intelectual y una profunda implicación con aquello que estudiaba.
“Creo que para conseguir una nota tan alta, en primer lugar, tiene que motivarte mucho lo que estás estudiando”, explica. Para él, la diferencia no estuvo únicamente en el esfuerzo académico tradicional, sino en mantener el interés más allá de las clases. “La motivación de seguir aprendiendo y descubrir que todavía hay cosas que no entiendes es un motor para seguir formándote, no solo dentro del aula, sino también en el tiempo libre”.
Su acercamiento a la filosofía comenzó mientras intentaba ampliar sus conocimientos sobre psicología. Investigando por su cuenta descubrió que buena parte de la historia temprana de esta disciplina estaba estrechamente relacionada con la filosofía y comenzó a leer por curiosidad. Primero llegaron algunos textos introductorios que encontró en casa y, más adelante, autores como Nietzsche o Descartes. “Yo no entendía nada, pero seguía leyendo”, recuerda entre risas.
Aquellas primeras lecturas terminaron despertando un interés cada vez mayor por cuestiones más amplias y abstractas. “Me di cuenta de que me interesaban más las preguntas generales y fundamentales”, explica. Al mismo tiempo, encontró dentro de la filosofía espacios donde seguir conectado al ámbito matemático a través de disciplinas como la lógica o la filosofía analítica.
Eligió estudiar en la Universidad de La Laguna principalmente por cercanía y por contexto personal, aunque reconoce que su experiencia universitaria terminó superando ampliamente sus expectativas. “Estoy muy contento con la formación que he recibido aquí”, afirma. La sección de Filosofía terminó convirtiéndose para él en un espacio de debate constante, intercambio de ideas y cercanía académica que marcó profundamente su trayectoria universitaria.
El inicio de la carrera, no obstante, estuvo marcado por un importante proceso de adaptación. Recuerda especialmente el impacto que le produjo enfrentarse a textos complejos durante el primer curso, una etapa que describe como exigente, pero también muy enriquecedora. “En bachillerato tienes una idea muy concreta de lo que es la filosofía y cuando llegas a la universidad descubres que el campo es muchísimo más amplio”, explica.
Ese cambio de perspectiva se consolidó especialmente durante el segundo cuatrimestre, gracias a una asignatura impartida por la profesora María del Rosario Hernández, a quien señala como una de las docentes más importantes de su trayectoria universitaria. “Fue la primera profesora con la que me quedaba después de clase a debatir”, recuerda. Aquellas conversaciones terminaron acercándolo a la filosofía analítica, una corriente vinculada al lenguaje, la lógica y las matemáticas que acabaría marcando buena parte de sus intereses posteriores.
Junto a Hernández, también menciona a Manuel Liz y Margarita Vázquez como figuras fundamentales durante la carrera, especialmente durante el desarrollo de su Trabajo de Fin de Grado y su participación en proyectos de investigación. “Son personas muy inteligentes, muy interesantes y con intereses muy parecidos a los míos”, señala. Más allá de los contenidos académicos, destaca especialmente el diálogo constante y la cercanía que encontró en el profesorado de la sección.
Su TFG, titulado Revisión de los enfoques pansiquistas del hard problem de la conciencia, abordó uno de los debates más complejos de la filosofía de la mente: el problema de la experiencia subjetiva y la conciencia. La investigación partía de una idea tan llamativa como sugerente: la posibilidad de que algún tipo de conciencia exista en toda la materia, incluso en elementos aparentemente inertes. “Me parecía algo súper loco”, reconoce. Precisamente esa mezcla entre fascinación y extrañeza intelectual fue lo que terminó impulsándolo a profundizar en el tema.
Buena parte de sus intereses filosóficos han estado influenciados por autores como Gottlob Frege o David Chalmers, referencias clave dentro de la filosofía analítica y la filosofía de la mente contemporánea. El descubrimiento de textos relacionados con la lógica, la semántica o la conciencia terminó reforzando esa conexión entre filosofía y matemáticas que llevaba años persiguiendo. “Abría textos esperando encontrar una cosa y me encontraba fórmulas, razonamientos lógicos o debates sobre el lenguaje que me parecían fascinantes”, comenta.
Más allá de la complejidad técnica de sus investigaciones, Óscar Marrero reivindica la filosofía como una disciplina que también puede disfrutarse. “Hay filosofías que son casi un juego: argumentar, pensar, conectar ideas”, explica. Por eso rechaza entender el estudio únicamente como sacrificio o sufrimiento. “Cuando algo te apasiona no lo vives como un castigo”.
Aunque reconoce que durante la carrera atravesó momentos de cansancio y cierta pérdida de motivación, considera que esas etapas forman parte natural de cualquier proceso universitario exigente. Tanto el desarrollo de su TFG como su actual etapa en el Máster de Formación del Profesorado le permitieron reencontrarse con la disciplina desde nuevas perspectivas.
Precisamente, uno de los aspectos que más reivindica de su experiencia universitaria es la manera en la que aprendió a enfrentarse al conocimiento. En su caso, nunca fue especialmente partidario de memorizar de forma mecánica. “Si entiendes bien las ideas principales, luego puedes conectar conceptos e improvisar en un examen porque realmente lo has interiorizado”, explica.
Actualmente cursa el Máster de Formación del Profesorado en la propia Universidad de La Laguna y tiene claro que la docencia ocupa un lugar importante en su futuro profesional. “La educación en secundaria y bachillerato me motiva muchísimo”, afirma. Especialmente le interesa la posibilidad de transmitir la filosofía de una manera cercana y estimulante, alejándose de la idea de una asignatura inaccesible o excesivamente teórica.
Considera que gran parte de la relación que el alumnado desarrolla con la filosofía depende precisamente de cómo se enseña. “Todos recordamos haber tenido profesores que te acercaban muchísimo a una materia o que conseguían alejarte completamente de ella”, reflexiona. Por eso le interesa explorar metodologías más dinámicas y participativas que permitan acercar cuestiones filosóficas complejas al alumnado de una forma más cercana.
No descarta, sin embargo, continuar vinculado a la investigación mediante un doctorado, más como una inquietud personal que como una decisión puramente profesional. “Dedicar unos años a
investigar algo que realmente me interese sigue llamándome mucho”.
En un contexto social marcado por la inmediatez, las redes sociales y la sobreinformación, Óscar considera que la filosofía puede aportar herramientas valiosas para reflexionar críticamente sobre la realidad. Aun así, evita plantearla como una solución absoluta y defiende que el pensamiento crítico debe construirse desde múltiples ámbitos del conocimiento.
También cuestiona algunos tópicos asociados a las Humanidades y a su supuesta falta de salidas profesionales. Recuerda que actualmente existen múltiples ámbitos donde los perfiles filosóficos tienen presencia: desde la docencia hasta la bioética hospitalaria, la filosofía política o los equipos interdisciplinares vinculados a la inteligencia artificial. “Si alguien piensa que estudiar filosofía solo sirve para ser profesor, eso no es verdad”, afirma.
En ese sentido, considera importante romper con ciertas ideas preconcebidas sobre las Humanidades y reivindicar que disciplinas como la filosofía continúan teniendo un papel relevante en debates contemporáneos relacionados con la ética, la tecnología, la comunicación o la política. “La filosofía está más presente de lo que pensamos”, apunta.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué es lo más importante que se lleva de su paso por la universidad, no menciona ni el premio ni las calificaciones. Habla primero de las personas. De las amistades construidas durante estos años, de los profesores y profesoras que marcaron su trayectoria y de las conversaciones compartidas dentro y fuera del aula.
También habla de algo menos visible, pero probablemente más importante: las herramientas intelectuales adquiridas durante la carrera. “Sales de la universidad sintiendo que no sabes mucho de nada”, reconoce, “pero lo importante es que tienes las competencias para enfrentarte a textos, problemas y contextos nuevos”.
Y quizá ahí reside una de las claves de su recorrido académico. No tanto en haber encontrado respuestas definitivas, sino en haber aprendido a seguir haciéndose preguntas.
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