Personal investigador de la Universidad de La Laguna ha analizado cómo evoluciona la forma de sujetar el lápiz durante los primeros años de escolarización y qué relación tiene con el desarrollo de la escritura. El estudio siguió a 290 escolares de Tenerife desde Educación Infantil hasta el final de segundo de Primaria y tuvo en cuenta, además del tipo de agarre, el tipo de tarea de escritura y la posible presencia de riesgo de dificultades de aprendizaje.
Los resultados, publicados en la revista científica Reading and Writing, apuntan a que aprender a escribir no depende solo de las capacidades lingüísticas y cognitivas. También interviene la capacidad para controlar los movimientos de la mano de manera cada vez más eficaz, hasta conseguir que los trazos se realicen con mayor precisión y automatismo.
El equipo investigador, formado por Juan E. Jiménez, Jennifer Balade y Eduardo García, del grupo de investigación Dificultades de aprendizaje, psicolingüística y nuevas tecnologías de la Universidad de La Laguna, evaluó a los escolares en cinco momentos distintos a lo largo de 30 meses. En cada momento de evaluación, el alumnado participante realizó dos tareas de escritura: copiar letras y escribir nombres de compañeros. El equipo registró, además, doce formas diferentes de sujetar el lápiz, que se agruparon en tres categorías según el nivel de desarrollo: agarres primitivos, transicionales y maduros.
Los datos muestran que quienes utilizaban agarres maduros alcanzaban de manera consistente una mayor fluidez en la escritura y progresaban a un ritmo más rápido que aquellos escolares que empleaban agarres transicionales o primitivos. La diferencia era especialmente clara cuando la tarea consistía en escribir nombres.
El estudio señala también que el periodo que va desde el final de Educación Infantil hasta el comienzo de Primaria es especialmente importante. Es precisamente en esta etapa cuando se observaron las mayores diferencias en la evolución de la fluidez entre los distintos tipos de agarre.
Otro aspecto que analizó el equipo investigador fue la situación de los y las escolares con riesgo de presentar dificultades de aprendizaje relacionadas con la escritura. Este grupo mostró, en general, una menor fluidez que sus compañeros. Sin embargo, quienes utilizaban un agarre maduro y realizaban tareas más significativas avanzaron a un ritmo mayor. Para los autores y autoras, este resultado apunta a que un mayor desarrollo motor podría ayudar a compensar, al menos en parte, algunas dificultades cuando las condiciones de la tarea son favorables.
La situación fue diferente en las tareas de copia de letras. Al tratarse de actividades que requieren un mayor esfuerzo perceptivo y motor, las diferencias de rendimiento entre los distintos tipos de agarre y los grupos de riesgo se redujeron.
El equipo científico plantea que la forma de sujetar el lápiz puede ser algo más que un aspecto visible del desarrollo infantil. También podría servir como una señal temprana de cómo se está automatizando la escritura. Estos resultados podrían ser útiles para mejorar la detección de posibles dificultades desde las primeras etapas y para diseñar intervenciones preventivas centradas en el desarrollo motor durante la Educación Infantil.
No obstante, en su opinión todavía es necesario ampliar esta línea de investigación con futuros estudios que deberían analizar, además de la fluidez, otras dimensiones de la escritura como su calidad o la complejidad sintáctica. También sería necesario replicar los resultados con muestras más amplias y lingüísticamente diversas, así como realizar estudios de intervención que permitan determinar si existe una relación causal entre el desarrollo de la prensión y la evolución de la escritura.

