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Carlos Malamud: “Eso de que la historia se repite hay que ponerlo en cuarentena”

martes 20 de octubre de 2026 - 11:24 GMT+0000

Carlos Malamud (Buenos Aires, 1951) es investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano y catedrático de Historia de América en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Además, forma parte del consejo editorial de Pensamiento Iberoamericano, la revista de la Secretaría General Iberoamericana. Gran americanista, abrió la sesión inaugural de Campus América, para explicar los retos y desafíos de América Latina en un mundo cada vez más convulso.

Su trayectoria ha dado luz a varias generaciones de historiadores especializados en América Latina. Al frente del doctorado en América Latina Contemporánea del Instituto Universitario Ortega y Gasset, reunió a destacados especialistas de distintos países y consolidó el programa como un referente internacional. Su recorrido personal y profesional ha estado marcado por experiencias como el exilio, que lo llevó de Argentina a España en el contexto del golpe de Estado de 1976. Actualmente combina su trabajo como historiador con el de analista político y de las Relaciones Internacionales de América Latina. 

Su presencia en la conferencia inaugural de Campus América nos traerá un análisis en profundidad sobre la intensa situación geopolítica del continente latinoamericano y, en esta entrevista, nos deja ver su capacidad para ser un sabio relator del clima de una época y nos habla de su salida de Argentina, las heridas de las dictaduras y los acuciantes desafíos de las democracias globales. 

Lleva ya muchos años viviendo en Madrid. ¿Cómo ve la situación en la capital con todo lo que está pasando? 

Complicada. Es decir, la situación política que ha llevado a la convocatoria electoral, la tensión y la polarización son crecientes, y eso hace que cualquier hecho, por mínimo que sea, tenga una repercusión mucho mayor que las podría traer en otras condiciones. Obviamente, una cuestión como la del desahucio de esta señora, Mari Carmen, en un momento especial donde la crisis de la vivienda afecta básicamente a los jóvenes, pero no solo a los jóvenes, tiene una gran trascendencia, pero en estos momentos creo que la situación está siendo utilizada por unos y por otros para sus propósitos políticos. 

Hablemos un poco de sus orígenes. Han pasado 50 años del golpe y 42 del fin de la dictadura. ¿Cómo valora el proceso de reparación del trauma colectivo en Argentina? ¿Qué heridas siguen abiertas y hasta qué punto condicionan la capacidad del país para avanzar?

La recuperación de la dictadura en Argentina de la mano de Raúl Alfonsín fue bastante positiva y dejó un saldo muy favorable a la consolidación de la democracia en el país. Hemos tenido en Argentina gobiernos mejores y gobiernos peores, pero lo que es indudable es que el camino central de la democracia es el que se sigue recorriendo, en ningún momento ninguna de las elecciones ha sido cuestionada por el perdedor. 

Todos los traspasos presidenciales se han realizado con entera normalidad salvo, quizás, el momento en que Mauricio Macri sucedió a Cristina Kirchner y ésta no asistió a la ceremonia de traspaso, pero eso no impidió que no aceptara el resultado electoral y que el traspaso se hiciera con normalidad. El Parlamento ha seguido funcionando desde entonces, con sus más y sus menos, pero ha seguido funcionando y, aún hoy, dentro del gobierno de Javier Milei, sigue teniendo un protagonismo importante. El propio Javier Milei que llega al poder pensando “vamos a destruir al estado, vamos a achicar el estado en todo lo posible” se ha encontrado con que hay unas limitaciones institucionales, unas limitaciones políticas que no se pueden traspasar y que, por más alta investidura que él tenga, esos límites deben ser mantenidos. 

¿Cómo fue tomar la decisión de marcharse de Argentina?

Una decisión traumática, de alguna manera provocada por un hecho fortuito. Yo estudiaba Historia en Buenos Aires y un día me cruzo con un compañero que era dirigente de la Federación Comunista a nivel universitario y me comenta que estoy en una lista de la facultad. Eso implicaba un nivel de exposición, de peligro bastante grande, y más en un momento en que el golpe ya se había producido. Los desaparecidos no figuraban como tales, pero sí se sabía que estaban pasando cosas, que mucha gente era secuestrada, muchos asesinados. Ante la posibilidad de que mi vida corriera peligro decido marcharme, como tantos otros.

En su libro, ‘Golpe militar y dictadura en Argentina (1976–1983)’ que se publicó este mismo año, vuelve como historiador a un periodo que también vivió personalmente. ¿Cómo se concilia el trabajo académico con esa experiencia individual?

Sí, el libro tiene bastante de mi vida, ya que, desde el golpe de estado hasta que me voy, viví en primera persona muchos de los acontecimientos. Cuando me pidieron escribir este libro, lo hice intentando tomar la mayor distancia posible. Es un libro con componentes autobiográficos, pero no es una autobiografía, y eso es lo que intenté mantener durante su escritura, intentando ser fiel a mi oficio, tomar la mayor distancia posible, teniendo en cuenta todas las voces, todos los testimonios, todas las perspectivas que hay o que existen para abordar el problema. 

Intenté dar respuesta a muchas preguntas que todavía persisten sobre la historia militar en Argentina; no es una investigación original, no se centra en ningún tema concreto, es más bien una obra de síntesis y, si se quiere, de divulgación para el gran público sobre lo que fue la dictadura militar argentina, sobre lo que representó el golpe, sobre cómo se llegó a ella y sobre cuáles son algunos de los problemas que todavía están pendientes y que la sociedad argentina sigue sin resolver. El principal desafío era precisamente cómo conciliar mi propia vida, mi propia existencia, mi propia experiencia en torno a estas cuestiones con un libro que debía ser una obra de historia. 

Usted es también ciudadano español. ¿Qué paralelismos encuentra entre ambos países en su relación con el pasado? ¿Cómo valora el proceso español de reconciliación y la Ley de Memoria Histórica?

Hay algunas cuestiones sobre las cuales se puede establecer una cierta comparación entre Argentina y España. Una de ellas es que todavía el pasado de la Guerra Civil y la dictadura en España sigue vivo, y en Argentina también, es decir, en ninguno de los países se ha podido pasar cómodamente página. Aunque debo decir que la Ley de Memoria Histórica aprobada en España es mucho más amplia y mucho más comprensiva en el tratamiento de las víctimas que en Argentina. Obviamente muchas de las víctimas son de un bando, son del otro, pero la Ley de Memoria Histórica hace precisamente un esfuerzo por hacer de las víctimas a todas las víctimas. 

Y en ese sentido, tenemos también el ejemplo de Chile; si uno va al Museo de la Memoria en Santiago de Chile, se encuentra con que todo lo ocurrido con el terrorismo de estado durante la dictadura está presente y es el hilo conductor de todo el museo y es lo que predominantemente se ve, pero no se olvida la acción del terrorismo de las organizaciones armadas como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. 

Por el contrario, si uno pasea por el parque de la memoria frente al aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires lo que se encuentra es que las víctimas son solo las víctimas del terrorismo del estado, las víctimas del llamado campo popular. Pero solo eso. Hay un caso muy interesante en la historia de España, que es el de dos amigos, conocidos granadinos intelectuales. Uno de ellos es Federico García Lorca, muerto al principio de la Guerra Civil, y el otro amigo es un intelectual católico conservador que nueve días después de la muerte de Lorca, fue arrojado a un barranco en Ronda por los republicanos. 

Esto sintetiza de alguna manera la importancia de hacer víctimas a todas las víctimas, establecer este diálogo, este paralelismo entre Lorca y su amigo conservador. Es algo que permitiría dar un paso importante en la normalización del pasado tanto en España como en Argentina y que, precisamente, la polarización política existente en otros países en este momento complica y dificulta.

En Canarias existe cierta percepción de que la Guerra Civil pasó de puntillas y hubo poca represión, algo que los relatos históricos contradicen. En Santa Cruz de Tenerife continúa la polémica por la retirada del Monumento a la Victoria, conocido como monumento a Franco. Tras años de litigios, este año el Estado ordenó retirarlo del espacio público, Canarias rechazó declararlo Bien de Interés Cultural pero el Ayuntamiento decidió recurrir. ¿Qué nos dicen estas controversias sobre nuestra relación con la dictadura?

Partiendo de su propio nombre, el Monumento a la Victoria evidencia esa distinción entre ganadores y perdedores. Si seguimos manteniendo esa dinámica, estamos condenados a no entendernos. Pero también es verdad que un monumento de esas características nos recuerda permanentemente el pasado y la necesidad de aclarar cuentas con él. Uno puede cambiar su emplazamiento o guardarlo en un depósito, pero eso no elimina lo que supuso la Guerra Civil en Canarias. 

No tengo una solución mágica para este tipo de problemas. Quizá el problema es diferenciar la memoria de la historia. Solemos hablar de la memoria como si hubiera una sola, cuando hay múltiples memorias y no siempre son coincidentes. Si queremos que la memoria sirva para interpelar nuestro pasado, no sé si eliminando símbolos como este uno puede terminar logrando el objetivo propuesto. Obviamente ya partiendo de su propio nombre, el Monumento a la Victoria, implica que se evidencia esa distinción entre ganadores y perdedores y, si seguimos manteniendo esa dinámica, pues estamos condenados a no entendernos por los siglos de los siglos. 

Pero también es verdad que un monumento de esas características nos recuerda permanentemente el pasado y la necesidad de aclarar cuentas con ese pasado. Hay una costumbre relativamente reciente, aunque tiene numerosos precedentes a lo largo de la historia, de arrasar con los monumentos, como si el hecho de cancelar a los monumentos, por llamarlo de una manera actual, permitiera normalizar el pasado o, por lo menos, resumir ese pasado de acuerdo con nuestra propia consciencia actual. Cuando me estaba formulando la pregunta, lo primero que se me vino a la cabeza fue el campo de concentración de Auschwitz, porque fue en su día el símbolo máximo del horror y que no fue destruido, ahí está y permite precisamente mantener viva la memoria. 

Es decir, quizá el problema es diferenciar la memoria de la historia. La historia permite muchas interpretaciones, la hacen los historiadores a través de las preguntas que ellos mismos se formulan en relación con su propio presente, pero la memoria es, por un lado, mucho más flexible y, por otro lado, solemos hablar de la memoria como si hubiera una sola memoria, cuando, en realidad, hay múltiples memorias. Pero si queremos que la memoria sirva para interpelar nuestro pasado, no sé si precisamente eliminando símbolos como este, uno puede terminar logrando el objetivo propuesto.

Nos gusta el término «densidad temporal». A veces parece que las situaciones y la sensación de alarma se repiten. ¿Estamos realmente en peligro? ¿Qué aporta la historia para reconocer las amenazas reales y cuándo podría confundirnos mirar al pasado?

Creo que mirar al pasado nunca confunde. Mirar al pasado siempre es útil y nos recuerda precisamente dónde estamos. Esa frase de Cicerón de que la historia es la maestra de la vida debe ser tomada con cierta cautela. Obviamente, en tanto seres humanos tenemos características que perviven desde nuestra aparición en la faz de la tierra y si, por ejemplo, miramos hacia la civilización romana, nos encontramos con que muchos de los elementos que acompañaban su vida cotidiana siguen presentes. Muchas de las instituciones siguen vigentes, el derecho romano, allí donde el derecho significa algo, lo cual últimamente no es corriente, sigue teniendo presencia… Pero eso de que la historia se repite, hay que ponerlo en cuarentena, es decir, uno puede encontrar muchas similitudes, por ejemplo, entre los años 30 del siglo pasado y la actualidad, pero la situación es totalmente diferente y lo es por múltiples razones, comenzando por los cambios tecnológicos que nos rodean. 

Si uno no incorpora en el análisis todos esos cambios tecnológicos, partiendo de la IA, el efecto de las redes sociales, internet y demás, pues se pierde. Claro que tenemos que tener en cuenta qué es lo que pasó en los años 30, el auge del fascismo, de los autoritarismos en general, incluyendo el estalinismo, pero estamos en un momento diferente. En los años 30, por ejemplo, es verdad que los fascismos eran claramente xenófobos y lo siguen siendo, pero en los años 20 hasta los años 30, Europa exportaba masivamente población, millones de europeos, empezando por españoles, italianos, portugueses, pero también habitantes del imperio turco otomano emigraron a América. Entonces, la xenofobia se concentraba sobre determinados grupos, los judíos, los gitanos y otras minorías. 

Pero hoy esa xenofobia se dirige básicamente hacia los inmigrantes y en primer lugar, hacia los inmigrantes que llegan del norte de África y hacia los inmigrantes que profesan el Islam. Eso ya marca una diferencia radical con el pasado. Entonces, ¿hay amenazas? Muchas. ¿Estamos en un momento de gran incertidumbre? Absolutamente. ¿Va a desembocar esto en nuevas dictaduras? Puede ser, pero puede no ser. No sabemos hacia dónde vamos. Obviamente, y lo estamos viendo, comenzando por Estados Unidos, la democracia está en retroceso en todo el mundo, pero esto se puede revertir de un momento a otro. 

Percibimos mucho miedo y pesimismo a nuestro alrededor ¿Cómo podemos afrontar mejor la situación actual que estamos viviendo?

No, ni el miedo, ni el pesimismo ayudan en una situación como esta. Evidentemente, hay que estar atentos, vigilantes, hay que saber discernir qué es cierto y qué es falso de todo lo que se dice y todo lo que circula por las redes sociales, que es mucho, y donde los intereses de determinados actores globales son constantes. 

En los años 30 las principales amenazas a las democracias europeas surgían desde dentro de las propias sociedades europeas. Hoy, buena parte de las amenazas a las democracias europeas y a las democracias en general vienen de fuera. Por ejemplo, Rusia tiene un interés muy concreto en destruir a la Unión Europea y en destruir a las democracias europeas. Pero Estados Unidos, por ejemplo, está también interfiriendo en algunas elecciones latinoamericanas. 

Recientemente, Lula presentó una denuncia sobre un mal funcionamiento de META para condicionar la llegada de sus mensajes a través de las redes sociales, limitándolos. Entonces, de confirmarse este extremo que hay que probarlo, sería de una enorme gravedad.  

Se habla de un descenso del nivel educativo de los jóvenes. ¿Cómo lo interpreta?

Los resultados de PISA están a la vista. Pero también estamos ante una educación cada vez más masificada y esto repercute sobre su calidad. Si antes la educación era un elemento que te permitía ascender socialmente, hoy es mucho más complicado. Ante cualquier puesto de trabajo se presenta una gran cantidad de jóvenes, muchos con varios másteres, varias lenguas extranjeras, experiencia, y aun así es difícil encontrar un trabajo de calidad. Es normal que cunda el desánimo. No me extraña que se hable de un deterioro de la educación, entre otras cosas porque el propio futuro de lo público en Europa está siendo puesto en cuestión. Una parte importante del recorte fiscal comienza por lo más fácil y eso suele ser el sistema educativo.

Estamos viendo movilizaciones juveniles en Europa. En España, tras el caso de Mari Carmen y las protestas por la vivienda, han vuelto las acampadas a las plazas, recordando al 15M. En Francia, algunas protestas han escalado en violencia. ¿Cómo interpreta esta situación?

La situación en Europa es sumamente complicada. Hablábamos de que la democracia está en retroceso, pero es que también está en cuestión el estado de bienestar. A esto se suma un hecho novedoso y es la necesidad de incrementar el presupuesto en materia de defensa, que responde a una doble dinámica. Por un lado, a las exigencias del gobierno de Estados Unidos, algo que no es nuevo, no es un invento de Trump, sino que viene de atrás. Esa idea de que Europa se haga cargo de su propia defensa. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y sobre todo a partir de la Guerra Fría, Europa se benefició del paraguas de la OTAN, y eso le ha permitido destinar buena parte de los gastos que debía destinar la defensa a financiar políticas públicas y de orientación social, descansando en el hecho de que finalmente la defensa de Europa estaba en manos de Estados Unidos. Hoy la exigencia estadounidense sobre que Europa pague más por su propia defensa, en boca de Trump supuso la demanda de llegar al 5 % del PIB en gastos de defensa. 

La segunda cuestión que tiende a estimular este gasto es la amenaza rusa que es una amenaza real, no únicamente para los países vecinos. Los países bálticos, Polonia u otros países fronterizos con Rusia viven con mucha angustia las amenazas de invasión rusa, las bravuconerías de Putin, el precedente de la invasión rusa de Ucrania, pero a esto se suma las amenazas vinculadas con una guerra híbrida. 

Recientemente se ha producido en Francia un suceso sumamente inquietante que nos habla de la trascendencia y la profundidad que puede tener esto. Francia está a miles de kilómetros de la frontera rusa. Sin embargo, hace unos días vimos cómo varios supermercados franceses se vieron afectados por el hackeo a un programa informático que controlaba sus cámaras de refrigeración. Hubo que tirar toneladas de productos con un coste de millones. Esto ha pasado en los supermercados, pero puede pasar en los transportes, en las comunicaciones o en la banca. De aquí se entiende que los estados europeos se sientan en la necesidad de reforzar sus sistemas de defensa, lo cual implica, teniendo en cuenta el alto nivel de endeudamiento de muchos gobiernos, el francés, por ejemplo, que haya que producir ajustes. Ajustes que afectan a los trabajadores públicos, que afectan los servicios públicos como educación o salud, pero están otras prestaciones como la vivienda. Todo esto está desembocando en un malestar muy amplio y que se está trasladando a las calles.

¿Cómo valora el adelanto de las elecciones generales en España y el momento político en el que se ha producido?

El adelanto de las elecciones en España es consecuencia del contexto general del gobierno. De alguna manera hay un paralelismo ante la situación que vivía el gobierno de Felipe González en el 93. Todo indica que asistiremos a un cambio de gobierno aunque no necesariamente tiene que ser así. De momento, en las encuestas quedan como favoritos al PP y VOX y si finalmente hay un cambio de gobierno, por un lado veremos los ajustes que tengan que hacer el PP y Vox para acomodarse en un gobierno de coalición, lo cual no va a ser sencillo. Y, al mismo tiempo, también habría ajustes dentro del PSOE para acomodarse a la nueva situación. Habrá voces dentro del PSOE, como ya lo hubo en su día con Rajoy, partidarios de apoyar al PP en algunas cuestiones para que se detenga a VOX, y habrá otras voces dentro del PSOE contrarias a cualquier acuerdo con la derecha. Entonces, de cómo se resuelvan estas dos cuestiones va a depender bastante del futuro del país en los próximos años.  

¿Qué similitudes y diferencias encuentra entre España, Argentina y Estados Unidos? ¿Confía en las garantías del sistema electoral español?

Primero marcaría una gran diferencia: tanto Estados Unidos como Argentina tienen sistemas presidencialistas, donde el poder del Ejecutivo es más amplio que en España, que tiene un sistema parlamentario. La polarización está ahí, las amenazas desde dentro del sistema al propio sistema democrático también. Encontramos casos de corrupción a ambas orillas del Atlántico, que cruza transversalmente todo el espectro político, pero las diferencias siguen siendo muy significativas. De la Transición hasta aquí, la Constitución y el sistema institucional español han demostrado una gran resiliencia, una gran eficacia, y confío en que va a seguir siendo así.

¿Qué explica que Chile haya pasado del proyecto transformador de Gabriel Boric a José Antonio Kast? ¿Cuál cree que fue la motivación social de este cambio?

Sin los sucesos de 2018 el ascenso de Boric al gobierno de Chile no se explicaría. Pero también hay que tener presente que ya desde entonces, inclusive de antes, no solo en Chile, sino en América Latina en general, estaba muy presente lo que se puede llamar el voto de protesta, el voto de cabreo, el voto anti oficialista. De modo tal que, ante las promesas incumplidas por los gobiernos, la sociedad elegía apostar por nuevas soluciones y votaba figuras opositoras. Pasó con Boric y ha vuelto a pasar con Kast. 

Yo creo que el gobierno de Boric cometió un pecado original bastante serio. Cuando Boric llega al poder, estaba en marcha ya en el proceso de reforma constitucional. Boric, que podía haberse manifestado como presidente en función de su investidura presidencial, decidió tomar partido por un proyecto de reforma constitucional muy futurista que fue rechazado mayoritariamente por la sociedad chilena y fue un tema del que no pudo recuperarse. 

Al mismo tiempo, el gobierno de Boric fue incapaz de resolver algunas cuestiones esenciales de la sociedad chilena, la más importante la de la inseguridad. Pese a lo que se dice, la macroeconomía chilena iba razonablemente bien, pero el tema de la seguridad, como en el resto de América Latina, se convirtió en un problema esencial de la sociedad chilena, y esto hace que Kast apoyado en un programa de mano dura, de refuerzo de la seguridad, llegue al poder. Pero, al igual que Boric, se encuentra con que las limitaciones legales e institucionales son elevadas. Esto hace que la situación sea complicada, que muchas de sus promesas todavía no las haya podido cumplir, que sus márgenes de aprobación hayan bajado… Vamos a ver si es capaz en el futuro de revertir esta situación.

Tras lo sucedido en Venezuela, ¿cómo ve la relación de Estados Unidos con América Latina?

A finales de 2025, la Casa Blanca presentó su estrategia de seguridad nacional de la cual el corolario de Trump sobre la doctrina Monroe era una parte esencial que ponía el acento en la seguridad del hemisferio occidental, apuntando a que esta era vital para la propia seguridad en Estados Unidos. Esto fue una buena y una mala noticia para América Latina. Una buena noticia porque después de 2001, tras los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos volvía a mirar con atención a la región. Pero fue una mala noticia porque la organización Trump pretende imponer una visión hegemónica muy intervencionista, una visión hegemónica que al mismo tiempo trata de limitar cuanto menos la presencia china en la región y, de ser posible, expulsar a China de la Tierra. 

Lo que pasa es que este es un objetivo de difícil realización porque en los últimos 25 años China se ha convertido en un gran actor económico en América Latina, sobre todo en América del Sur. China es el principal socio comercial de la mayor parte de los países sudamericanos, quizás excluyendo a Colombia y ahora Venezuela, dada la relación especial que tiene con Estados Unidos. También tiene un nivel de inversión muy alto; Estados Unidos sigue siendo el principal inversor, Europa está por encima de China, pero aún así, en los últimos años, la inversión china en algunos sectores claves ha crecido muchísimo. 

De momento es imposible expulsar a China de la región, básicamente porque el mercado estadounidense es incapaz de reemplazar al mercado chino como destino de las principales exportaciones latinoamericanas, sobre todo las no industriales, y porque las empresas estadounidenses que se mueven por un claro criterio de rentabilidad, como no podría ser de otra manera, no invierten allí donde el riesgo es menor, donde la expectativa de rendimiento de beneficios es menor. Este no es un problema que tienen las empresas chinas, por cuanto uno de los principales criterios para decidir dónde invierten está relacionado con las directrices del Partido Comunista Chino y con los intereses del estado chino. 

Entonces, esto lleva a muchos gobiernos latinoamericanos a tener en estos momentos una estrategia que podríamos llamar dual. Por un lado, en lo político, sobre todo en lo que atañe a la seguridad y defensa, recostarse más en Estados Unidos y, por otro lado, en lo económico, sobre todo en el comercio y en las inversiones, mirar más hacia China en la medida en que sea posible. 

Van a seguir insistiendo en esto, de hecho, por ejemplo, con fuertes aliados de Estados Unidos como Chile o Ecuador hemos visto al presidente ecuatoriano recientemente en una visita oficial a China y lo mismo el ministro de exteriores chileno, Francisco Pérez Mackenna, quien precisamente dijo algo así como “No somos antiestadounidenses ni anti China, somos Pro Chile”.  Acorde con los últimos resultados electorales en la región se está produciendo eso que se puede llamar un giro a la derecha. Veremos qué pasa en la segunda vuelta de Brasil a celebrarse el domingo próximo, el 25 de octubre, y probablemente tenga un resultado muy, muy igualado. A priori, Flavio Bolsonaro parte con mayores opciones, pero yo no daría a Lula por enterrado. 

Gabinete de Comunicación


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