Las humillaciones, los chantajes emocionales o el lenguaje sexista son las violencias invisibles que sostienen otras más graves, como los asesinatos, las agresiones físicas o las violaciones. Todas ellas afectan a las mujeres y configuran el llamado iceberg de la violencia de género. “¿Dónde están las mujeres sin hogar?” se preguntó Alejandra Rodríguez Alemán, autora de la tesis «Sinhogarismo femenino y violencia de género desde una perspectiva interseccional en Canarias», recientemente defendida en la Universidad de La Laguna.
La pregunta surgió mientras trabajaba en Cáritas y constataba que la mayoría de personas sin hogar eran hombres. Para Rodríguez Alemán, trabajadora social y socióloga siempre vinculada al estudio de la violencia de género, resultaba desconcertante: “Si histórica y culturalmente las mujeres somos las más empobrecidas, ¿dónde se encuentran?”, reflexiona. En Canarias, segunda comunidad con mayor riesgo de pobreza y exclusión social en España según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión en el Estado Español, esta pregunta adquiere aún mayor relevancia.
La trayectoria profesional de Rodríguez Alemán está estrechamente ligada a la violencia de género. Ha elaborado herramientas y protocolos para que desde las distintas administraciones se aprenda a identificar y abordar desde un entorno profesional y comunitario. Así, al decidir continuar su carrera académica, optó por centrar su investigación en el sinhogarismo femenino desde la perspectiva de la violencia de género y la interseccionalidad.
La tesis, dirigida por la catedrática en Sociología y Antropología de la Universidad de La Laguna, Carmen Ascanio Sánchez, se circunscribió a Gran Canaria, decisión motivada por los plazos de la investigación y las restricciones de la pandemia de la COVID-19. “La tesis estaba planteada para toda Canarias, pero la pandemia me obligó a entrevistar a mujeres muy difíciles de localizar, que sobreviven en el sinhogarismo invisible y están infrarrepresentadas por la administración pública”, explica.
Muchas mujeres sin hogar no viven en la calle, sino en pensiones, habitaciones compartidas o espacios ocultos como cuevas o barrancos. Para acceder a ellas, la investigadora comenzó “desde abajo”, contactando con profesionales que prestan servicios a estas mujeres y estaban sensibilizados con la violencia de género. Luego, estableció contacto con la dirección de las entidades.
La investigadora realizó entrevistas semiestructuradas y biográficas, complementadas con diarios de campo para registrar el lenguaje verbal y no verbal. Las entrevistas se realizaron por videoconferencia o en espacios como parques, adaptando siempre el lenguaje y los formatos a las capacidades de las participantes, muchas de las cuales no dominaban el castellano o no sabían leer ni escribir.
Los testimonios recogidos reflejan la complejidad del sinhogarismo femenino y las múltiples violencias que atraviesan estas mujeres. Por ejemplo, una mujer joven, con varios hijos e hijas, adicción a sustancias y víctima de violencia de género, contaba su experiencia sin poder identificar que estaba sufriendo violencia por parte de su actual pareja. “No podía intervenir ni persuadirla. Mi misión era recoger el testimonio”, afirma. Otro caso es el de una mujer colombiana que se definía a sí misma como una máquina de hacer dinero. “A pesar de ser muy válida y sentirse capaz de generar recursos, para ella cuatro paredes no era sinónimo de acceder a un hogar”, explica.
La investigación también documenta la violencia estructural y psicológica que enfrentan las mujeres trans, desde el rechazo familiar hasta la discriminación escolar y laboral. “Muchas veces empieza con el padre, que puede rechazar a su hijo por motivos de identidad o porque no se ajusta al modelo tradicional de masculinidad hegemónica”, indica.
Otros testimonios muestran la violencia intergeneracional que perpetúa la pobreza y la exclusión. “Una mujer de etnia gitana era incapaz de afrontar una entrevista de trabajo con un hombre debido a las experiencias previas de violencia”, afirma. “Había sufrido agresiones sexuales por parte del abuelo, y sus padres lo sabían, pero tenían que respetar la voluntad del patriarca de la familia”, cuenta. Además, la investigación documenta casos extremos de violencia. Una mujer que huye de Mali para proteger a su hija de la ablación genital es violada en frontera, pierde a su bebé en alta mar y atraviesa una prolongada situación de sinhogarismo en Canarias.
Rodríguez Alemán destaca la necesidad de contemplar la diversidad cultural y generacional. Las mujeres jóvenes y mayores son las más invisibilizadas. “Las jóvenes parecen tener herramientas, pero no siempre es así; y las mayores han atravesado un ciclo completo de sinhogarismo y violencia que las ha sumido en una pobreza irreversible, al no poder integrarse en el mercado ni contar con una red de protección familiar”, afirma.
La investigadora advierte que los recursos y políticas públicas están diseñadas principalmente para hombres y tienden a ser asistencialistas y temporales, incapaces de ofrecer estabilidad a largo plazo. Por ello, propone adoptar modelos europeos como Housing First, que prioriza el acceso a un hogar estable antes de otras intervenciones, y mejorar la coordinación entre las redes de servicios sociales, de salud, de atención a la violencia de género y aquellas dirigidas a mujeres migrantes o personas con discapacidad. “Si no tienes un hogar donde sentirte protegida, ¿qué me estás pidiendo?”, cuestiona Rodríguez Alemán.
Además de visibilizar a las mujeres sin hogar, la autora quiere devolver los resultados de su tesis a administraciones públicas y recursos que les prestan servicio, para que puedan valorar y mejorar las políticas implementadas. “España es pionera en políticas públicas de género en Europa, pero aún son insuficientes. Hay que implementar otras estrategias para reducir de forma efectiva este fenómeno”, concluye.

