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“La corrección política es la versión contemporánea de la censura”

domingo 29 de octubre de 2017 - 20:49 UTC

Darío Villanueva dirige desde 2014 la Real Academia Española (RAE). Este filólogo de la Universidad de Santiago de Compostela, de la que fue rector, está a la cabeza de la institución cuyo afamado lema es ‘Limpia, fija y da esplendor’, y al que él añadiría que también proporciona unidad. Acudió recientemente a la Universidad de La Laguna, con motivo de su 225 aniversario, junto con otros académicos españoles e iberoamericanos, para dar el pistoletazo de salida a la próxima obra de esta institución, el Diccionario Fraseológico Panhispánico, un volumen que pretende recoger la enorme riqueza de expresiones a uno y otro lado del Atlántico.

¿Qué opina de las guías de género elaboradas por las unidades de igualdad de muchas instituciones?

El problema de esas guías es que no están elaboradas con criterios lingüísticos, sino de corrección política, que es la manifestación contemporánea de la censura.

¿Pero no cree que el uso de la lengua perpetúa ciertos roles y actitudes personales que poco ayudan a la igualdad? ¿No debería la Academia de tomar baza en el asunto?

La Academia no inventa palabras, no hace propagada de ellas, no pide a nadie que use una determinada palabra. Simplemente recoge las palabras que existen, y por supuesto nosotros estamos a favor de un lenguaje no machista, ni violento, ni discriminador. Lo que no podemos hacer es censurar el diccionario porque, ya lo decía Aristóteles: las palabras sirven para lo justo  y para lo injusto, para lo conveniente y lo que no lo es.

Nosotros usamos las palabras para ser educados y finos, pero también para ser canallas, groseros y machistas. Si no registráramos esos vocablos estaríamos censurando el idioma. Un diccionario censurado sería una auténtica calamidad. Además, dónde ponemos los limites y quién tiene capacidad para censurar. Hubo un movimiento que llegó a pedirle al Parlamento español que le exigiera a la Academia que retirara la cuarta acepción de la palabra cáncer, referida a cualquier desorden que afecta al funcionamiento de las relaciones sociales, con el ejemplo de que la droga es el cáncer de la sociedad. Esta acepción era ofensiva a los enfermos de cáncer, decían, pero resulta que la gente la sigue usando.

¿La lengua es entonces el espejo del alma?, ¿somos lo que hablamos?

Sin duda alguna, pero también parece que lo es la cara y la mirada. Con las  palabras estamos ofreciendo un retrato robot de lo que somos, y definen a quien las usa.

¿Le parece excesiva la preponderancia del inglés en nuestra sociedad?

Hay un auténtico papanatismo con eso. Casi todos los programas de televisión tienen nombre en inglés, hasta el punto de que hay uno, también español, que se llama Family. El festival Eurovisión lo ven millones de personas en el mundo entero. España canta en inglés y queda la  última, y gana Portugal con un tema en portugués; los felicito por ello.

¿A usted cuál es la variante del español que más le gusta?

Todas las variantes del español me fascinan. Hace unos meses me llamaron de Radio Caracol, en Colombia, y me hicieron una entrevista muy educada, de guante blanco. Al final me preguntaron que qué pensaba acerca de que el peor español hablado se daba en España. Les respondí que yo no creía que eso fuera así, solo que los colombianos hablan tan bien el español que nos suben los colores a nosotros.

Dice usted que tiene constancia de que ha mejorado la apreciación social del español en Estados Unidos….incluso, pese a que Trump suprimiera la versión española de la web de la Casa Blanca.

No hay que olvidar que Trump dejó por el camino a tres candidatos hispanos por el partido republicano. Con todo, hay alcaldes, senadores, congresistas, profesionales de origen hispano. En las empresas el hablar español se está considerando como un mérito profesional y el poder adquisitivo de la minoría hispana es creciente, además de medios de comunicación que usan nuestra lengua y grandes artistas y deportistas españoles…Todo eso hace prestigio, y en consecuencia el español deja de ser la lengua de los ‘espaldas mojadas’ y ya tiene otra consideración diferente. Además, demográficamente es imparable.

¿Qué opinión tiene del uso de la lengua que se hace en la mensajería instantánea de los dispositivos móviles?

A mi eso no me preocupa porque siempre que hay una nueva tecnología de comunicación se crean protocolos de actuación lingüística diferentes, que pueden no coincidir con lo normativo. El telégrafo del siglo XIX se inventó para ahorrar palabras en las comunicaciones, y no pasó nada, pero es que si vamos a la Edad Media, los textos están llenos de abreviaturas, había que ahorrar tiempo y dinero porque el soporte de la escritura era muy caro. A nadie se le ocurriría escribir el currículo con el mismo procedimiento con el que se dirige a una amiga.

¿Cómo son los debates en la RAE?

Son debates muy apasionados, donde se aprende muchísimo, porque salvo el director –ironiza- hay grandes especialistas. Tenemos médicos, físicos, historiadores, escritores, bioquímicos, filósofos, periodistas…

¿Por qué hay tan pocas mujeres en la Academia?

Es un claro déficit que arrastra la Academia y que hay que resolver. En el siglo XVIII quiso entrar en la Academia doña Isidra de Guzmán y de la Cerda, quien leyó su discurso pero al poco tiempo murió, y ya no hubo más. En el siglo XIX, Gertrudis Gómez de Avellaneda, hispano cubana, solicitó entrar en la Academia, y ésta le contestó con una tontería, diciéndole que en los estatutos no estaba prevista la entrada de una mujer. Lo malo es que unos años después, Emilia Pardo Bazán, que era una intelectual extraordinaria y una escritora magnífica, pidió también entrar y se le contestó con el precedente de Avellaneda. Fueron unas reacciones incomprensibles e indignas de una Academia razonable.

La primera mujer que entró fue Carmen Conde, ya en la etapa democrática, en 1977. Pero hay que decir que también la primera mujer que formó parte de la academia francesa, Marguerite de Yourcenar, fue tan solo al año siguiente. En estos momentos tenemos ocho académicas, y estamos intentando ganar el tiempo perdido. Lo único que pido es que a los académicos actuales se nos juzgue por lo que hacemos ahora.

Gabinete de Comunicación


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