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Expertos en Educación señalan en la ULL que educar sobre emprendimiento es fundamental para la formación del carácter

miércoles 25 de octubre de 2017 - 11:04 UTC

Debate sbre emprendimiento en educación

La Universidad de La Laguna celebró el pasado martes 24 de octubre una nueva edición de su ciclo ULL Debates, que en esta ocasión se centró en la educación y reunió en el Paraninfo a cuatro especialistas en la materia para participar en el coloquio denominado “Las claves para el futuro de la enseñanza: ¿enseñar para emprender o emprender para enseñar?”. Una de las conclusiones expuestas fue que la formación en actividad emprendedora va más allá de lo empresarial y aporta una serie de habilidades, actitudes y valores fundamentales en la formación del carácter del alumnado.

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Intervinieron Carmen Pellicer, presidenta fundadora de la Fundación Trilema; Aitor Barbosa, tutor del curso de introducción a la gamificación de ScolarTIC; José Manuel Pérez (Pericles), experto en emprendimiento en el área educativa, social y de creación de empresas; y Manuel Area, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la ULL, moderado por la periodista Rocío Celis, directora del programa “Recreándonos” de Radio El Día. Esta conversación fue la culminación de una intensa tarde de actividades, ya que desde las 16.30 los ponentes habían impartido varios talleres simultáneos sobre diferentes aspectos del emprendimiento en el aula.

La velada fue presentada por el vicerrector de Relaciones con la Sociedad de la ULL, Francisco García, ya que es su departamento el promotor de estos debates, y ya en su intervención resumió la idea fuerza del encuentro: “El emprendimiento hay que entenderlo no sólo como la creación de empresas sino como una actitud ante la vida”.

Seguidamente, como introducción al asunto, la directora de la Agencia Universitaria de Empleo de la Fundación General de la ULL, Inés Ruiz, resumió las actividades que actualmente desarrolla la institución académica en el campo de fomento del emprendimiento, las cuales pasan por proyectos para estudiantes de Primaria como “Enseñar para emprender”; el nuevo programa “Idéalo” para asesorar al profesorado encargado de impartir estos conocimientos en Bachillerato y FP; o el programa “Invéntalo”, que asesora a los doctorandos sobre cómo podrían monetizar los resultados de sus investigaciones, entre otras iniciativas.

Emprendimiento en las aulas

Los cuatro ponentes invitados coincidieron en destacar que el emprendimiento supone un corpus de habilidades que preparan al alumnado a afrontar la sociedad actual y ser competitivos en un mercado laboral tan incierto como el que se avecina. De este modo, citaron el desarrollo del liderazgo, la negociación, el trabajo en equipo, el compromiso con una meta común, la capacidad de innovación, la asunción de riesgos, la adaptación a los cambios y la eficacia en la realización de las tareas.

A esta catarata de habilidades Carmen Pellicer añadió la ética, pues se trata, sobre todo, de educar el carácter y, por ello, es importante incentivar “el sentido de la actividad”, es decir, saber dotar de un objetivo a todo lo que se hace que debería ir más allá de ganar dinero y relacionarse con el impacto social que se puede lograr.

En ese sentido, José Manuel Pérez expuso que, en sus años como formador, él realizaba una clara distinción entre formación empresarial y formación emprendedora. La primera se centra exclusivamente en la creación de empresas, pero la segunda va más allá y es aplicable a todas las áreas de la actividad humana: se puede ser emprendedor en lo empresarial, pero también en lo social, lo familiar, lo cultural, lo artístico, etc. Eso sí, matizó que todos ellos deben ser tan rigurosos en la gestión como los empresarios: “Si, por ejemplo, tienes una ONG y gestionas mal los recursos, los donativos que hayas logrado para una causa podrían no llegar a su destino”.

Por su parte, Manuel Area reflexionó que durante mucho tiempo ha existido cierta prevención contra la palabra emprendimiento, por temor a que se tratara de una vía para que la economía financiera entrara en los currículos académicos, una idea que se ha ido superándose con el tiempo.

Aitor Barbosa apostó por darle un sentido de utilidad a la formación. Por un lado, apostando por la metodología del juego como herramienta para la adquisición de formación (gamificación) y, por otra, impulsando enfoques como el “aprendizaje servicio”, que permite al alumnado ver en el mundo real la aplicación de lo que se crea en el aula.

La tecnología es un elemento fundamental en la formación para las nuevas generaciones, algo que para Area es “inevitable” porque ya es algo presente en todas las actividades humanas. “Antes, la información era escasa y tramitarla era complicado, había que empaquetarla en libros. Hoy es abundante y el alumnado debe aprender a reconstruirla e innovarla”, para lo cual las herramientas TIC pueden ser de utilidad.

Pellicer compartió la idea, pero matizó que “Google no tiene todas las respuestas, la solución no está siempre en la tecnología. Hay que amueblar bien las mentes y los corazones de los niños”. A su juicio, “el uso de la tecnología no garantiza necesariamente el éxito docente”, por lo que es necesario afianzar los principios éticos del alumnado en este periodo de avance tecnológico. “Eso hay que entrenarlo porque no es innato, las aulas deben ser un laboratorio de “vida buena”.

Formación docente

Pérez abordó el problema tecnológico desde la formación docente, “pues sin el profesorado adecuado que domine las tecnologías que deba conocer, no sacaremos nada adelante. Las leyes educativas cambian cada pocos años y jamás se pregunta a este colectivo: ahí está la clave de porqué estamos mal. La innovación tecnológica y pedagógica debe llegar a todo el mundo”. Señaló, además, que la edad del profesorado no es un obstáculo para este punto y, de hecho, muchos estudios señalan que es el profesorado con más de veinticinco años de experiencia laboral es el que suele resultar más proclive a utilizar nuevas herramientas tecnológicas.

En opinión de Barbosa, efectivamente hace falta formación “y la hay”. Pero entiende que puede suponer mucha exigencia para el profesorado que, de entrada, debe cumplir con sus horas de clase y de preparación de materias. “Los que hacen bien las cosas lo hacen por motivación, porque hay mucha formación online, pero eso supone trabajo extra”. Por ello, cree que debería haber más apoyos en el aula, reducir la ratio de alumnos, o aumentar el apoyo docente externo para facilitar el profesorado tiempo para esa formación.

Area distinguiría entre la formación de futuros profesores de Primaria o Secundaria, de la que se da de manera continuada a quienes ya trabajan. “En el primer caso hay que hacer autocrítica de las universidades, pues la LOMCE ya incluye la tecnología y el emprendimiento como contenidos formativos y en los planes de estudio universitarios luego no aparecen”. Sobre la competencia digital, entiende que el problema es el modelo organizativo de la escuela, que sigue anclado en el siglo XX, cuando se funcionaba en base a un libro de texto que secuenciaba lo que debía enseñar el profesor. “Ahora debería hacerse sobre proyectos de trabajo. Hay que cambiar las condiciones de trabajo y organizativas”.

Sobre ese asunto, Pellicer consideró que los docentes deberían superar un “practicum” de modo similar al que pasan los médicos o abogados, en donde el profesorado novel fuera mentorizado y aprendiera “la artesanía del oficio”. Además, de este modo se aseguraría que ejerzan la carrera docente personas que realmente son adecuadas para ello.

En ese punto, Pérez matizó que es irreal pensar que los 800.000 profesores que hay en España “van a ser Superman y Superwoman. No podemos basar el sistema en la gente más capaz y con más pasión. También me preocupa ese otro 10% que se limita a esperar la hora de salida: a esa gente hay que motivarla. En todo caso, hay que hacer una revolución basada en la gente normal”.

Abundando en el asunto, Area criticó que la innovación educativa sea considerada como un problema individual de cada docente cuando, en su opinión, “la unidad de cambio debe ser el centro escolar, que haya una comunidad de docentes con un equipo directivo innovador que la arrastre”. Barbosa sacó a colación una metáfora que le escuchó a otro profesional, Fernando Trujillo, según la cual el sistema es como un lápiz: hay profesores que son la punta, otros que son la madera y se agregan, y otros que son la goma y tratan de borrar lo que se hace. “Hay que tratar de tener más madera”.

Como corolario, Pellicer señaló la necesidad de abordar un cambio político y sistémico que acabe con la burocratización, proteja las mejores prácticas y “permita hacer bien lo que se sabe hacer bien. En educación, los cambios no son inmediatos, hace falta pensar a medio y largo plazo”.

 


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