Aunque hoy en día, afortunadamente, el término emérito lo asociamos al ámbito puramente universitario, en su origen los eméritos no tenían ni cátedra ni birrete, portaban casco y espada. Durante el Imperio romano un emérito era un soldado veterano, normalmente legionario, que había cumplido con su servicio militar con honores. Al jubilarse, tras 25 años de fiel servicio al emperador, el Estado le otorgaba tierras y honores a la altura de su nueva categoría social.
El salto de este reconocimiento, del ámbito militar al académico, se remonta al siglo XVII. Podemos encontrar restos bibliográficos de esta transición en varias universidades de Centroeuropa, donde los profesores eméritos no se jubilaban y ejercían hasta su muerte.
Lo que todos sabemos hoy es que la figura de profesor y profesora eméritos es un reconocimiento a una carrera brillante, destacada por su labor docente e investigadora que, ante la jubilación, continúa vinculada a la universidad ofreciendo su experiencia a la academia durante algunos años más.
La Universidad de La Laguna aprobó su último reglamento de profesores eméritos en 2023 para “favorecer que algunos/as docentes en situación de jubilación continúen colaborando, con carácter temporal, en tareas docentes e investigadoras en calidad de personal emérito, contribuyendo desde su experiencia a mejorar la docencia e impulsar la investigación y la transferencia e intercambio del conocimiento e innovación”. Nos hemos citado con cinco profesoras y profesores eméritos para conocer sus experiencias y vivencias bajo este reconocimiento académico. Un diálogo sobre lo que significa ser «emérito», un término que a menudo se confunde con el retiro, pero que para ellos representa la voluntad de seguir entregando un «asesoramiento desapasionado» a la casa que los vio crecer.
Rafael Alonso Solís (Fisiología y Medicina), Manuel Norte Martín (Química Orgánica), María Isabel Navarro Segura (Historia del Arte), Eduardo Aznar (Historia medieval) y Lidia Esther Santana (Didáctica e Investigación Educativa) componen un mosaico de saberes que derriba la vieja frontera artificial entre las ciencias y las letras. Una radiografía crítica y profundamente humana de una universidad que navega entre la tradición del «mano y cerebro» y el vértigo de la inteligencia artificial.
El emérito: ¿Un recurso desaprovechado?
La figura del profesor o profesora emérito ha evolucionado. Rafael Alonso Solís recuerda con alivio cómo la universidad pasó de una elección departamental, a menudo viciada por rencillas internas, a una convocatoria competitiva que evalúa la excelencia real del currículo. Sin embargo, la teoría no siempre encaja con la práctica de los pasillos. Manuel Norte, con la franqueza que dan décadas de laboratorio, relata cómo en sus inicios no se entendieron sus funciones y se le equiparaba a un personal laboral recién llegado. Para él, este tipo de interpretaciones erróneas ha provocado que otros investigadores de primer nivel dudaran en solicitar el cargo.
Frente a esa visión más crítica, Lidia Esther Santana aporta el entusiasmo de quien acaba de firmar su nombramiento. Para ella, el emérito es un faro para los «profesores noveles», una figura de acompañamiento capaz de dirigir tesis y trabajos de fin de grado con una calma que el fragor de la gestión diaria no permite. Esta dicotomía recorre toda la conversación: el deseo de ser útil frente a una burocracia que, a veces, olvida que estas personas son «profesores del distrito» y no solo piezas de un departamento. Isabel Navarro llega a recordar, con una sonrisa irónica, cómo durante su etapa como profesora honoraria el sistema ni siquiera le permitía sacar libros de la biblioteca, una metáfora perfecta de la desconexión que a veces sufre la institución con su propio capital intelectual. Situaciones que se han ido corrigiendo en los últimos años.
Navarro propone una vía para la recuperación de la dignidad académica a través de la clase magistral en los primeros cursos, pero entendida como un ejercicio de síntesis magistral donde «mano y cerebro» operan juntos. La profesora defiende que el alumnado de primero, aún «no adulterado», es el receptor ideal para una veteranía capaz de interpretar la complejidad y reducirla a su esencia, convirtiendo la docencia no en un trámite administrativo, sino en una oportunidad impagable de formación intelectual.
Esta nueva adscripción dota al emérito de una libertad intelectual envidiable. Mientras que el profesorado en activo desarrolla una actividad vibrante y con muchas exigencias de gestión que Isabel Navarro describe como «imposibles de resumir», el emérito habita un espacio de observación privilegiado. Es un «agente libre» capaz de ofrecer un asesoramiento desapasionado, alejado del fragor de las cuotas de poder y los intereses de carrera, permitiendo que la institución piense a largo plazo sobre su propia rentabilidad social y académica.
Eduardo Aznar aporta un matiz que trasciende el deseo individual del docente para situar la veteranía en el plano de la estrategia corporativa. Para Aznar, el marco normativo actual de la Universidad de La Laguna es un avance necesario, pero cree que la institución debe dar un paso más y comportarse como una empresa proactiva que identifique dónde le interesa situar a sus activos más experimentados. Desde su perspectiva, no se trata solo de qué quiera hacer el profesor o profesora, sino de qué necesita la casa, proponiendo que los eméritos asuman roles de adjuntos a la dirección en institutos o bibliotecas, o que lideren programas transversales donde el colectivo combine disciplinas tan dispares como la medicina, la psicología y la historia para analizar, por ejemplo, el impacto de la inteligencia artificial.
Esta visión estratégica se materializa en lo que los eméritos entrevistados definen como el «conseguidor». Tras décadas de carrera, el profesor emérito posee una red de contactos internacionales que es, en la práctica, un patrimonio de la universidad que no debería caducar con la jubilación. Eduardo, por ejemplo, relata cómo esa veteranía sirve para atraer eventos de prestigio, como la reunión de la Sociedad Española de Estudios Medievalistas, o para actuar como puente diplomático: sus vínculos con universidades francesas en Lyon o La Rochelle pueden abrir puertas a investigadores de Química o cualquier otra rama que necesite establecer convenios allí. Cita como ejemplo el trabajo de su colega Basilio Valladares, cuya influencia en Cabo Verde permite a la universidad interlocución directa con ministros y empresas, una capacidad de gestión que solo se adquiere con el tiempo y que Aznar considera vital para las relaciones exteriores de la institución.
Sin embargo, tras esta fachada de gestión estratégica, late una motivación profundamente humana. Aznar confiesa que su trabajo y su hobby coinciden, por lo que su labor como historiador habría continuado de forma privada, pero fue la «relación profunda de amistad y colaboración» en su instituto lo que le impulsó a solicitar la plaza. El factor determinante no fue una ambición personal, sino que sus propios compañeros le pidieron que se quedase porque su experiencia aún podía ayudar. Habiendo dirigido los últimos cinco proyectos de investigación de su área, ahora asume con naturalidad el relevo, participando como asesor de los nuevos investigadores principales porque, como él mismo reconoce, siempre queda algo de ese bagaje que puede allanar el camino a quienes vienen detrás, prestando así un último servicio de vocación y lealtad a sus colegas y a la propia universidad
El aula frente al espejo de la tecnología
Cuando la conversación gira hacia la docencia, el tono se vuelve más reflexivo. Hay una preocupación compartida por la pérdida del «diálogo humano» en el aula. Lidia Esther Santana es contundente: se le rinde demasiada pleitesía a la tecnología. Para ella, la universidad debería ser un espacio de «Citius, Altius, Fortius» (más rápido, más alto, más fuerte) donde se exija un pensamiento crítico que hoy parece diluirse en un pensamiento único dictado por la inmediatez de las pantallas.
Esta desconexión tecnológica tiene efectos físicos. Lidia observa con frustración cómo la capacidad de atención de los estudiantes ha caído de los 45 minutos teóricos a apenas 10, víctimas de una «conducta de adicción» al móvil que interrumpe el intercambio visual necesario para el aprendizaje. «A veces tengo que decir: por favor, desconecten de la pantalla y conecten con esta profesora», confiesa, lamentando que el aula se convierta en un espacio de soledades conectadas.
Isabel Navarro refuerza esta idea desde las humanidades, defendiendo el silencio necesario para que el cerebro trabaje sin elementos interpuestos. Es la defensa del pensamiento artesanal frente a la respuesta automática de la inteligencia artificial, una herramienta que Rafael Alonso tacha de peligrosa no por su capacidad, sino porque empuja a la gente a preguntar «sin plantearse ni siquiera por qué lo preguntan». Para Rafael, el gran reto de la universidad moderna es volver a unir lo que el sistema ha separado: las ciencias y las letras deben hablarse de nuevo, o llegaremos a un punto en que «quien sepa de números no entenderá las palabras y quien conozca las palabras no sabrá hacer una resta».
El sacrificio de investigar en el siglo XXI
Como reconocen nuestros protagonistas, la labor investigadora se mueve bajo la tiranía de los ciclos de financiación, normalmente de tres años. Es una maquinaria implacable donde la supervivencia de un grupo depende de los resultados del proyecto anterior, una carrera de obstáculos que los eméritos han corrido durante décadas. Lidia Santana pone el foco en la cara más humana y amarga de este sistema: el sacrificio de los doctorandos, especialmente de las mujeres.
Como nos confiesan, la investigación no es solo una cuestión de laboratorios; es una historia de investigadores e investigadoras que, en su afán vocacional, han llegado a costearse estancias internacionales con sus propios ahorros, arrastrando a sus familias en un esfuerzo de conciliación que a menudo roza lo imposible. En este contexto de precariedad y exigencia vertiginosa, el emérito aporta la estabilidad y la memoria necesaria para que los «profesores noveles» no pierdan el rumbo. Ellos son el testimonio de que, aunque los métodos cambien, la perseverancia y la curiosidad intelectual son los únicos motores que garantizan la renovación de la ciencia.
Lejos de la imagen del académico en su torre de marfil, los cinco docentes rompen una lanza por los jóvenes investigadores. Manuel Norte desmiente que las nuevas generaciones tengan menos compromiso; en su instituto, los doctorandos siguen pasando el día entero en el laboratorio, «llevándose el táper para comer» y manteniendo un ritmo de producción científica que es vital para la supervivencia de los grupos. Isabel y Lidia ponen el foco en la cara más dura de esta carrera: la precariedad y el sacrificio personal, que hacen milagros para conciliar su vida laboral con su faceta profesional, una realidad que califican de «chapó» y que demuestra que la pasión por el conocimiento sigue intacta, a pesar de que el sistema de financiación competitiva obliga a renovar proyectos cada tres años bajo una presión constante.
Y ahora, el merecido descanso activo
¿Qué queda después de una vida dedicada a la universidad? Para Rafael Alonso Solís, la respuesta es una libertad recuperada. Tras ser vicerrector, director de departamento y fundador de un instituto, confiesa no echar de menos nada de la gestión. Manuel Norte también admite haber pasado a «otro estadio», visitando el laboratorio solo para que sus antiguos compañeros le expliquen los nuevos avances que ya no sigue a diario.
Isabel Navarro resume el sentir de muchos docentes con una confesión en la que todos coinciden en la mesa. Extraña el contacto con el alumnado que obliga a reflexionar, pero no echa de menos, «en absoluto, evaluar, examinar y poner notas». Es, según sus palabras, el «aspecto más tedioso» de una profesión que, en su esencia, consiste en algo mucho más elevado: mantener viva la curiosidad intelectual a lo largo de toda una vida.
Al asomarse al espejo de su propia trayectoria, los protagonistas de este reportaje comparten una serenidad ganada a pulso. Rafael Alonso Solís confiesa, con una elegancia literaria que el tiempo recuperado le ha devuelto a su pasión original por la literatura, cerrando un círculo vital con la satisfacción del deber cumplido. Por el contrario, Isabel Navarro y Lidia Santana coinciden en un alivio compartido: haber dejado atrás los exámenes y las evaluaciones, dedicando ahora su tiempo a los temas que más les apasionan.
La figura del emérito no es, en última instancia, una concesión de la universidad hacia el docente, sino un acto de sabiduría institucional. Eduardo Aznar resume esta esencia al explicar que su permanencia nació del deseo de sus propios compañeros y compañeras; la amistad y la lealtad profesional se convierten así en el último eslabón que mantiene unida la cadena del conocimiento. El profesorado emérito se erige como un faro de experiencia y memoria histórica, una luz que la Universidad de La Laguna debe cuidar para no verse obligada a repetir, una y otra vez, los mismos errores del pasado.
El cierre de este ciclo vital y profesional no se entiende como una retirada, sino como una redefinición del compromiso con la universidad. Como bien señala Lidia Esther Santana, el nombramiento de emérito tiene una vocación de permanencia «de por vida», una distinción que busca convertir el bagaje acumulado en un faro para quienes comienzan su andadura docente. Esta transición, sin embargo, exige que la propia institución dé un paso al frente; Eduardo Aznar es rotundo al afirmar que la universidad debe actuar como parte proactiva que sepa dónde situar a sus voces más experimentadas, aprovechando su capacidad e integrando a estos perfiles en labores de asesoramiento desapasionado y coordinación que trascienden el fragor de la gestión cotidiana.
Al final, lo que subyace en las reflexiones de estos cinco catedráticos es una defensa férrea de la esencia universitaria. Frente a la fragmentación del saber, Rafael Alonso Solís nos recuerda que la distinción entre ciencias y letras es artificial y que el futuro pasa por recuperar una visión humanista donde los números y las palabras vuelvan a entenderse. Es la misma resistencia que María Isabel Navarro Segura opone a la mediación tecnológica constante, reivindicando el trabajo artesanal de la escritura como herramientas indispensables para el pensamiento crítico.
Para Manuel Norte, el paso a esta «otra etapa» de la vida permite observar con distancia la evolución de la ciencia, manteniendo el vínculo con el laboratorio pero lejos de las tensiones del pasado. Todos coinciden en que, si bien no echan de menos la carga de evaluar y calificar, sí extrañan ese intercambio de opiniones con el alumnado que obliga a repensar lo propio.
La Universidad de La Laguna se despide así de su gestión, pero no de su sabiduría; se queda con la lealtad de quienes decidieron permanecer por amistad y vocación, convencidos de que «algo queda de experiencia» para allanar el camino a las nuevas generaciones. El profesorado emérito representa la memoria viva de una institución que, en palabras de sus protagonistas, sigue siendo el lugar donde el porqué de las cosas debe prevalecer sobre cualquier diploma o algoritmo.
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