Las personas mayores representan uno de los grupos de población que más crece en Canarias como consecuencia del aumento de la esperanza de vida y de los cambios demográficos experimentados en las últimas décadas. Sin embargo, este envejecimiento progresivo de la población no siempre ha ido acompañado de una mayor visibilidad o reconocimiento social. A pesar de que la población de mayor edad desempeña un papel fundamental en sus familias, comunidades y entornos más cercanos, continúan enfrentándose a numerosos prejuicios asociados a la vejez.
Precisamente, muchos de estos prejuicios se materializan a través del edadismo, una forma de discriminación que normaliza determinados comportamientos hacia las personas mayores y condiciona la manera en que son tratadas por la sociedad. La profesora titular del Departamento de Enfermería de la Universidad de La Laguna Sara Darias señala que este trato desigual puede observarse en numerosas situaciones muy habituales: “Por ejemplo, cuando en diversos contextos, a las personas mayores se les grita como si todos sufrieran alguna deficiencia auditiva cuando no es necesario y sobre todo, gritándoles no haces que te entiendan mejor ”.
Este tipo de actitudes, lejos de ser anecdóticas, responde a una visión social más amplia en la que la juventud se convierte en sinónimo de valor. María Inmaculada Fernández, directora académica de los Estudios de Extensión Universitaria para Personas Mayores (EUPAM) indica que “estamos acostumbrados a que en general lo válido en la sociedad es lo joven”. También, Amanda Negrín, docente en el grado de Trabajo Social, subraya el origen estructural de este prejuicio: “Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud, y si no queremos parecer mayores es porque existe un recelo previo sobre lo que significa ser mayor”. Sin embargo, Ana Isabel González, directora de la Cátedra de Ciclos de Vida y Personas Mayores de la ULL, señala que se está rechazando a personas que “necesitan sentirse reconocidas por el valor que tienen, la aportación que siguen haciendo a la sociedad y el bagaje de la experiencia de toda una vida”.
La pérdida de un conocimiento que nadie aprovecha
Las especialistas apuntan que esta mirada condiciona la forma en que se percibe la vejez, reduciendo a menudo a esta parte de la población a una posición pasiva o dependiente, ignorando su trayectoria vital y su capacidad de seguir contribuyendo socialmente. “Hemos perdido esa visión de que son personas que tienen un bagaje personal y cultural”, explica Darias. Por su parte, Fernández advierte de la invisibilización de su papel histórico en la construcción de derechos fundamentales: “Que nosotros podamos hablar de derechos laborales, del reconocimiento de las personas LGTBIQ+, salud mental o feminismo es también producto de su lucha”.
Amanda Negrín considera que todavía predominan estereotipos asociados a la dependencia y la inactividad, alejados de la realidad de este segmento de la población. «La realidad es que muchas personas mayores tienen ganas de vivir, de aprender, de enamorarse, de participar y de seguir contribuyendo a la sociedad», afirma. La docente relaciona esta percepción con una visión excesivamente productivista, en la que el valor de las personas se mide en función de su capacidad para generar riqueza económica. «Se entiende que para colaborar en la sociedad tienes que aportar económicamente y cómo las personas mayores son receptoras de prestaciones, parece que no valen nada», señala.
Frente a ello, Negrín defiende la necesidad de apostar por el envejecimiento activo y por fórmulas que permitan a las personas de edad avanzada seguir participando en la vida social. «Parece que lo que hay que hacer es poner más residencias o más plazas, cuando en realidad en lo que hay que trabajar es en ese envejecimiento activo», concluye.
Esta reflexión conecta con otra de las preocupaciones señaladas por Fernández, quien alerta de la pérdida de conocimientos que se produce con la jubilación de los trabajadores más veteranos. «Nuestro sistema no está capacitado para aprovechar el potencial que esa persona ha ido desarrollando», afirma. A su juicio, la sociedad desaprovecha una experiencia atesorada durante décadas, ya que «acumula un saber que vamos a perder”.
En este sentido, la Universidad de Mayores de la ULL, con alumnado entre los 50 y los 86 años y una gran diversidad de experiencias vitales, profesionales y culturales, aparece como un espacio de recuperación de ese valor social y personal. “Cuando esas personas ven que no solo han aprobado, sino que han sacado muy buena nota, el efecto que se produce en ellos no es el mismo que en un joven”, explica Fernández.
Además del aprendizaje, la dimensión social resulta fundamental: “Hay un componente de relaciones sociales en la Universidad de Mayores que no lo hay en ningún grado, ni siquiera en los pisos de estudiantes”, subraya la directora, destacando la importancia de estas redes de apoyo que trascienden el aula.
La soledad no deseada como epidemia silenciosa
Si existe un fenómeno al que hacen referencia las especialistas es la soledad no deseada, entendida no solo como ausencia de compañía, sino como la pérdida de identidad propia y de vínculos significativos. “La soledad no solamente es una cuestión de no tener personas a tu lado, sino también de no tener un significado en tu vida”, puntualiza Negrín
En esta línea, advierte de que muchas personas mayores llegan a una situación de vacío vital tras la jubilación o la pérdida de su entorno cercano: “Muchas veces, cuando las personas mayores alcanzan cierta edad, sienten que no tienen un proyecto vital por el que luchar o por el que seguir adelante, muchos se enfrentan a un enorme vacío”, con consecuencias no solo emocionales. “La soledad no se relaciona exclusivamente con la ausencia de una red de apoyo social cercana, sino que también puede tener una dimensión existencial, vinculada a la falta de propósito y a la dificultad para percibir la propia vida como significativa”, añade Negrín.
Sara Darias va más allá y vincula la soledad con el abandono: “Es una forma de maltrato, al igual que la estigmatización que hay hacia este grupo de la población, se ven como un estorbo social y piensan que ya no contribuyen o que no tienen nada que aportar”.
En muchos casos, se minimiza el posible abandono que puedan sufrir por parte de sus familiares. Muchas personas mayores “intentan excusar esta conducta de sus allegados diciendo que están muy ocupados. Sin embargo, en el fondo el sentimiento de soledad y abandono es real y sigue ahí”, explica Darias. Por su parte, Amanda Negrín apunta que esta es la razón de que “en algunas personas mayores, la demanda de atención sanitaria puede estar vinculada no solo a necesidades de salud física, sino también a necesidades psicosociales y existenciales, como la soledad, la pérdida de propósito o la ausencia de espacios significativos de interacción social”.
Una crisis social que también afecta a los jóvenes
La soledad no es exclusiva de la vejez. Ana Isabel González advierte de que se trata de un fenómeno intergeneracional: “Se están viendo problemas importantes de soledad en la adolescencia, una problemática que comparten de manera significativa con las generaciones de más edad”. Este enfoque permite comprender la soledad como un fenómeno social estructural. Proyectos realizados en la cátedra como “Guateque” y «Actividades físicas cooperativas para el encuentro socio-afectivo intergeneracional» trabajan, precisamente, sobre esa conexión entre generaciones: “Es curioso cómo en ambos ciclos de vida aparecen corporales significativos que coinciden en etapas de mayor sensación de desconexión con el cuerpo, con el propio mundo emocional y afectivo, con claras evidencias de la soledad no deseada”.
Del mismo modo, la digitalización de los servicios públicos ha generado nuevas formas de exclusión. “Existe un maltrato institucional hacia las personas mayores simplemente en la medida en la que no se les dan los apoyos que requieren”, declara Amanda Negrín. También pone el foco en que “no pueden ejercer plenamente sus derechos en ámbitos como la salud, la administración pública o la banca porque no se les proporciona la formación ni el acompañamiento necesario”. Desde la Cátedra de Ciclos de Vida, para hacer frente al manejo de las herramientas digitales en edades más avanzadas, cuentan con el proyecto «Investigando la Brecha Digital: una batalla por la inclusión de las personas mayores »
Sara Darias coincide en el diagnóstico: “Todo cambia muy rápido y las personas de edad avanzada saben utilizar el móvil para llamar, pero no tienen a quién pedirle ayuda para aprender otras cosas”. Esta brecha no solo limita la autonomía, sino que incrementa la vulnerabilidad frente a fraudes o estafas, generando incluso miedo a la tecnología.
La crisis de los cuidados y la pérdida de comunidad
Las expertas insisten en que el sistema de cuidados es otro de los puntos críticos. “Antes los cuidados recaían en las familias, ahora esa red se ha debilitado y parece que todo queda en manos del Estado, pero tampoco llega a cubrir todas las necesidades”, señala Negrín. Esta transformación ha dejado a este colectivo en una situación de fragilidad, especialmente a las mujeres, cuya trayectoria vital ha estado marcada por el trabajo doméstico no remunerado: “Muchísimas mujeres se han dedicado prioritariamente al cuidado de sus familias y cuando se enfrentan al momento de la jubilación ven que no tienen cotización”, subraya. La falta de reconocimiento de estos trabajos tiene consecuencias directas en su autonomía económica y social, generando desigualdades que se añaden a las acumuladas a lo largo del ciclo vital.
“Muchas personas mayores se están enfrentando a dificultades relacionadas con el precio de la vivienda, viéndose obligadas a dejar sus hogares para trasladarse a zonas con precios más asequibles o, incluso, a compartir vivienda con otras personas”, explica Negrín. Las causas están en el aumento del alquiler o la presión del mercado turístico y tienen un impacto profundo: “El desarraigo es muy fuerte, ya que pierden a sus vecinos, sus rutinas, su asociación de mayores, los comercios que frecuentan y toda la red social que habían construido durante décadas”.
Discriminaciones múltiples y exclusión LGTBIQ+
Otro aspecto a tener en cuenta es que la vejez no afecta a toda la sociedad por igual. La Cátedra de Vida y Personas Mayores trabaja en la inclusión de personas mayores LGTBIQA+ en residencias, donde se han detectado situaciones de aislamiento. “El problema que nos trasladan es que dentro de los centros realmente hay exclusión, con discusiones entre los propios residentes”, señala Ana Isabel González. En algunos casos, añade, “les inducen a permanecer en sus habitaciones”. Estas situaciones evidencian cómo la discriminación puede multiplicarse cuando se cruzan edad, identidad y contexto institucional.
Por otro lado, la experiencia acumulada por la población mayor también se convierte en una herramienta valiosa para abordar algunos de los grandes desafíos sociales actuales. Uno de ellos es el reto demográfico que afronta Canarias, marcado, entre otros factores, por los movimientos migratorios. Precisamente, esta realidad es objeto de análisis en una de las asignaturas impartidas dentro de los Estudios Universitarios para Personas Mayores de la Universidad de La Laguna.
María Inmaculada Fernández explica que las generaciones de mayores tienen mucho que aportar a este debate debido a sus propias trayectorias vitales. Una circunstancia que conecta directamente con la experiencia de buena parte del alumnado de la Universidad de Mayores, ya que «muchas de las personas que ahora están matriculadas emigraron a América Latina en los años 60 y 70, o son hijos de migrantes».
La directora académica destaca que escuchar a quienes vivieron, en primera persona, procesos de migración permite comprender mejor los desafíos actuales relacionados con la integración y la convivencia intercultural. «Nos pueden enseñar mucho sobre cómo aceptar y reconocer la diversidad cultural, cómo se sintieron cuando fueron a otro país o cómo les hubiera gustado que les hubieran incluido en esa sociedad», explica.
Desigualdades entre el mundo rural y urbano
Las desigualdades territoriales también condicionan la calidad de vida de muchas personas mayores, especialmente de aquellas que residen en municipios rurales o alejadas de los principales núcleos urbanos. Aunque el acceso a los servicios sanitarios ha mejorado durante las últimas décadas, las especialistas señalan que todavía persisten dificultades que afectan directamente a este colectivo. “A lo mejor si te ibas a otros municipios, tenías que compartir un centro de salud entre tres pueblos diferentes», explica Sara Darias.
Precisamente, la movilidad se convierte en una de las principales barreras para quienes han dejado de conducir y dependen del transporte público para acudir a consultas médicas o realizar trámites cotidianos. La investigadora relata un ejemplo que refleja las dificultades a las que se enfrentan cuando viven fuera de las ciudades: “No tengo transporte porque ya no conduzco, pero la guagua pasa a las seis de la mañana para poder estar a las ocho, entonces tengo que estar esperando aquí fuera para que me atiendan”.
A pesar de los desafíos, las especialistas coinciden en que es posible avanzar hacia una sociedad más inclusiva con las personas mayores. Para ello, consideran fundamental escuchar sus necesidades reales y romper con los prejuicios que siguen condicionando la forma en que se aborda el envejecimiento. «Lo primero que debemos hacer para cuidar bien es escucharles, porque a veces vamos contaminados de los estigmas», afirma Ana Isabel González. Por ello, una de las actividades que ofrecen desde la cátedra son talleres de Mediación Artística para conectar el ámbito emocional y afectivo de las personas mayores.
En esa misma línea, Sara Darias recuerda que el reconocimiento y el afecto son necesidades humanas que no desaparecen. «A todos nos gusta sentirnos apreciados, independientemente de la edad», señala. La investigadora insiste en que muchas personas mayores continúan teniendo capacidad para participar, decidir y aportar a la sociedad, pero con frecuencia no encuentran espacios donde hacerlo.
Las expertas advierten además de que el maltrato no siempre adopta formas visibles. El aislamiento, la falta de escucha o la ausencia de apoyos también pueden convertirse en formas de violencia cotidiana. En un contexto de creciente envejecimiento poblacional, el reto pasa por reconocer el valor de la experiencia, fortalecer los vínculos comunitarios y garantizar que las personas mayores sigan ocupando un lugar activo y visible dentro de la sociedad.
(Este reportaje es una iniciativa enmarcada en el Calendario de Conmemoraciones InvestigaULL, proyecto de divulgación científica promovido por la Universidad de La Laguna).
Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (Cienci@ULL)



