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Canarias, tierra de cultivos y conocimientos

miércoles 14 de octubre de 2026 - 08:24 GMT+0000

Antonio César Perdomo Molina, Carmen Concepción Jiménez Mendoza y Cristina Giménez Mariño.

La agricultura ha desempeñado un papel esencial en el desarrollo de las sociedades desde hace miles de años. Garantizar la producción de alimentos favoreció el establecimiento de los primeros asentamientos y civilizaciones humanas. Tal es así, que su importancia se mantiene vigente hasta nuestros días, si bien el sector ha experimentado una profunda transformación que debe responder a nuevas necesidades sociales, económicas y ambientales.

Es una actividad que implica a millones de personas en todo el mundo y que debe afrontar desafíos como la adaptación al cambio climático, la degradación de los suelos, la escasez de agua o la necesidad de avanzar hacia modelos de producción más sostenibles. Ante estos retos, la investigación científica resulta fundamental para generar conocimiento y desarrollar soluciones que contribuyan al futuro de la agricultura y a garantizar la seguridad alimentaria.

La búsqueda de respuestas a estos desafíos no parte únicamente del conocimiento generado en laboratorios y centros de investigación. La experiencia acumulada durante generaciones por quienes han trabajado la tierra constituye también una valiosa fuente de información para la ciencia. Esta relación entre investigación y saber campesino ha marcado buena parte de la trayectoria del ingeniero técnico agrícola y geógrafo y profesor asociado del área de Producción Vegetal de la Universidad de La Laguna, Antonio César Perdomo Molina.

Gran parte de su trabajo se ha centrado en recuperar y poner en valor conocimientos tradicionales transmitidos durante generaciones que, en muchos casos, nunca habían quedado recogidos por escrito. “Escuchar, sistematizar y valorizar todo el conocimiento del campesino ha sido siempre mi forma de investigar”, señala el ingeniero. “Desde que empecé mis investigaciones observé que quienes trabajan la tierra conocen el medio mejor que nadie y que existe un conocimiento campesino del cual se puede extraer mucha información valiosa para seguir investigando y para mejorar el cultivo”, explica Perdomo Molina.

Antonio César Perdomo Molina

Antonio César Perdomo Molina.

El valor científico del conocimiento campesino

Esto ha sido relevante a la hora de desarrollar investigaciones sobre las variedades locales tradicionales de Canarias, que presentan características agronómicas diferentes a las variedades mejoradas. Diversos estudios han demostrado que pueden alcanzar una producción similar e incluso “son más resistentes a plagas, ya que cada individuo cultivado de la variedad tradicional posee una genética diferente, frente a las variedades mejoradas, que poseen casi el mismo genoma, lo que las hace más vulnerables a la llegada de plagas y enfermedades”, explica Perdomo Molina. Estos resultados ponen de manifiesto la importancia de conservar cultivos variados y genéticamente heterogéneos, que ofrecen una mayor estabilidad y resistencia frente a plagas y enfermedades.

Perdomo apunta que gran parte de este conocimiento tradicional se ha transmitido de forma práctica y nunca ha sido sistematizado como ocurre en el ámbito científico. Sin embargo, añade que muchas de estas prácticas campesinas, que a primera vista pueden parecer simples creencias populares, esconden una explicación agronómica. Como ejemplo, cita la antigua costumbre de “amenazar” a los árboles frutales que producen poca cosecha, una práctica extendida en numerosos territorios y que consiste en golpear ligeramente el árbol mientras se anuncia que será talado si no vuelve a dar fruto. Aunque tradicionalmente se interpretaba como un acto simbólico, el investigador explica que este tipo de intervenciones puede estimular la floración y la fructificación, lo que demuestra que la experiencia acumulada durante generaciones dio lugar a técnicas eficaces mucho antes de que existiera una explicación científica.

Este trabajo de recuperación de las variedades tradicionales también tuvo continuidad a través del Proyecto Germobanco Agrícola de la Macaronesia, una iniciativa europea en la que participó Perdomo Molina y que impulsó la creación de infraestructuras dedicadas a la conservación de la biodiversidad agrícola del archipiélago. Entre sus principales resultados destaca la puesta en marcha del Centro de Conservación de la Biodiversidad Agrícola de Tenerife (CCBAT), integrado en la Red Nacional de Bancos de Germoplasma, así como el fortalecimiento del Centro de Agrodiversidad de La Palma y el nacimiento de la Red Canaria de Semillas. Esta última reúne a personas vinculadas a la agricultura, personal técnico y voluntariado con un objetivo común: mantener las variedades tradicionales vivas y en cultivo, favoreciendo su intercambio y evitando que desaparezcan.

La Rebusca

La transferencia del conocimiento también ha dado lugar a iniciativas con un marcado impacto social. Un ejemplo es La Rebusca, un proyecto impulsado por Perdomo Molina, que pone en contacto a agricultores con excedentes de producción, voluntariado y entidades sociales para recuperar frutas y hortalizas que, de otro modo, se perderían en el campo. La iniciativa surge como respuesta al desperdicio alimentario y busca dar una segunda vida a productos que, pese a encontrarse en buen estado, no llegan al mercado por motivos comerciales o estéticos. De este modo, se reducen las pérdidas de alimentos y recursos agrícolas al tiempo que se abastece de productos frescos a comedores y organizaciones sociales.

El proyecto integra además al alumnado del Grado en Ingeniería Agraria de la Universidad de La Laguna mediante actividades de aprendizaje-servicio, en las que el estudiantado participa en las jornadas de recolección y reflexiona sobre el desperdicio alimentario y la función social de la agricultura. Desde su puesta en marcha, se han realizado una decena de rebuscas, gracias a las cuales se han recuperado más de 5.500 kg de alimentos destinados a entidades sociales. Para Perdomo Molina, esta iniciativa demuestra que la universidad puede convertirse en un puente entre la investigación, el sector agrícola y la ciudadanía, generando beneficios tanto para los agricultores como para las personas en situación de vulnerabilidad.

Cristina Giménez Mariño

Cristina Giménez Mariño.

Manejo integrado para una agricultura más sostenible

La colaboración entre la investigación y quienes trabajan en el campo también resulta fundamental a la hora de buscar nuevas soluciones a algunos de los problemas que afectan a los cultivos. Así lo defiende Cristina Giménez Mariño, profesora contratada doctora del área de Fisiología Vegetal, cuya investigación se centra en la búsqueda de productos naturales de origen vegetal y fúngico que puedan utilizarse como biopesticidas para combatir plagas y enfermedades.

La investigadora apuesta por el denominado manejo integrado, una estrategia que combina distintas herramientas para mejorar el control de estos organismos y en la que la colaboración entre la ciencia y el sector agrícola resulta esencial. “Una sola herramienta o estudio de investigación no es la panacea, debemos unir distintas investigaciones y, sobre todo, no dejar de lado el conocimiento y trabajo del sector agrícola, que resultan fundamentales para obtener resultados muy interesantes”, explica Giménez Mariño.

Dentro de este manejo integrado, su investigación trata de identificar compuestos naturales capaces de actuar frente a insectos y microorganismos que provocan plagas y enfermedades en los cultivos. Para ello, estudian especies vegetales con propiedades de interés y organismos asociados a ellas, como los hongos endófitos, que viven en el interior de las plantas sin causarles daño. Estos se aíslan y cultivan para obtener extractos que posteriormente se ensayan frente a diferentes plagas y patógenos. “En el laboratorio tenemos todos los parámetros controlados, pero en el campo es más complicado”, señala Giménez Mariño, ya que factores como la temperatura, la humedad o la insolación pueden condicionar la eficacia de estos productos al trasladarlos a los cultivos.

Para Giménez Mariño, avanzar hacia una agricultura más sostenible no implica sustituir una herramienta por otra, sino combinar el uso racional de determinados productos químicos con estrategias como el control biológico, los productos naturales o las propias prácticas desarrolladas por los agricultores.

Esta coordinación de estrategias se observa en el control de la polilla de la papa, una plaga presente desde hace más de dos décadas en Canarias y cuyo comportamiento puede variar considerablemente entre cosechas. Entre las herramientas estudiadas para combatirla se encuentra una pequeña avispa parasitoide capaz de desarrollarse en el interior de las larvas de la polilla e impedir que completen su ciclo. “Aunque en condiciones de laboratorio se han alcanzado niveles muy elevados de parasitismo, su eficacia en el campo es menor, por lo que su utilización se combina con otras medidas, como extractos naturales o trampas de feromonas para las polillas”, explica la investigadora, quien ha colaborado en estos programas de manejos integrados junto con el Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA). Entre otras colaboraciones destacan la empresa canaria Bioagrológica, especializada en la cría de enemigos naturales para el control de plagas agrícolas, y el Servicio Técnico de Agricultura y Desarrollo Rural del Cabildo Insular de Tenerife.

Otro ejemplo que destaca Giménez Mariño se encuentra en algunas fincas de plataneras donde se aplica el control biológico para combatir plagas de lepidópteros. La investigadora explica que, al reducir el uso de pesticidas y apostar por un manejo integrado, no sólo se consigue actuar sobre la plaga, sino también favorecer el aumento de insectos y otros organismos beneficiosos que ya estaban presentes en el cultivo de poblaciones muy reducidas. A ello contribuyen también las denominadas hierbas adventicias, tradicionalmente eliminadas de las fincas por considerarse malas hierbas, pero que, si se mantienen de forma controlada, pueden servir como refugio para estos organismos.

Carmen Concepción Jiménez Mendoza

Carmen Concepción Jiménez Mendoza.

Sembrar sobre tierra volcánica

La búsqueda de una agricultura más sostenible también pasa por comprender las características del territorio y recuperar prácticas que, como señala Antonio Perdomo, recogen el conocimiento acumulado durante generaciones por quienes han trabajado la tierra. En Canarias, esta relación adquiere especial importancia por el origen volcánico de los suelos y la diversidad climática del archipiélago. Carmen Concepción Jiménez Mendoza, profesora titular del área de Edafología y Química Agrícola de la Universidad de La Laguna, ha dedicado parte de su trayectoria a estudiar estos suelos y los sistemas agrícolas tradicionales desarrollados para aprovechar sus particularidades.

“Los suelos volcánicos se caracterizan por tener unos componentes muy específicos y únicos que aportan propiedades ándicas”, explica la investigadora. Estas propiedades, asociadas a su formación a partir de materiales volcánicos, les confieren características de especial interés para la agricultura, como una elevada capacidad para retener fósforo y agua. “Son suelos capaces de mantener la humedad, incluso en el mes de agosto”, señala Jiménez Mendoza.

La diversidad climática de Canarias hace, sin embargo, que estos suelos presenten características diferentes según la isla, la altitud o la vertiente. En las zonas húmedas del norte predominan los andisoles, favorecidos por la influencia de los alisios y el mar de nubes, la conocida panza de burro, que aporta la humedad necesaria para su formación incluso durante los meses más secos.

En islas más áridas como Fuerteventura y Lanzarote, las condiciones son diferentes y han propiciado el desarrollo de sistemas agrícolas tradicionales adaptados a la escasez de agua. Entre ellos destacan los arenados, que consisten en la presencia de capa de picón para conservar la humedad. Uno de los ejemplos más representativos se encuentra en La Geria, donde este sistema permite cultivar la viña en secano y producir algunos de los vinos característicos de la isla conejera.

Junto a los arenados, otros sistemas tradicionales han permitido aprovechar al máximo el agua disponible en las zonas más áridas. Es el caso de las gavias, parcelas rodeadas por pequeños muros de tierra que recogen y conducen el agua de escorrentía hacia los cultivos, o del jable, una capa de arena de origen marino transportada por el viento que ayuda a conservar la humedad y proteger el suelo del calor. Las investigaciones del grupo RESUA (Recursos de Suelos y Aguas) han estudiado la temperatura y la humedad en estos sistemas y han comprobado su capacidad para amortiguar las condiciones extremas. “En un mes de agosto, mientras que en los suelos desnudos podían alcanzar temperaturas de hasta 40ºC, en los suelos arenados se mantenían homogéneas durante todo el día”, explica Jiménez Mendoza. Además, estos agrosistemas son capaces de recuperar suelos salinos y de reducir los problemas de erosión, actuando como una estrategia de lucha contra la desertificación.

Sin embargo, estos sistemas tradicionales no son suficientes para responder a las necesidades hídricas de la agricultura canaria. La escasez de agua y la aridez, agravadas por el cambio climático, hacen cada vez más necesario recurrir a recursos hídricos no convencionales como las aguas desalinizadas y regeneradas. Estas últimas han mejorado considerablemente su calidad gracias a los avances en los sistemas de tratamiento. Jiménez Mendoza destaca el caso de la depuradora de Valle Guerra, donde el grupo RESUA ha estudiado su utilización en cultivos de platanera con resultados muy favorables. “De hecho, se está copiando este sistema para otras depuradoras de la isla, como en Punta del Hidalgo, Santa Cruz o Güímar”, señala.

De cara al futuro, Jiménez Mendoza considera que mantener una agricultura viable en Canarias exigirá combinar estas prácticas tradicionales con nuevas soluciones capaces de responder a la creciente escasez de agua. “Los recursos que vamos a tener que utilizar para el riego van a tener que ser no convencionales”, señala la investigadora, quien destaca la necesidad de garantizar la calidad de las aguas regeneradas y desalinizadas para evitar efectos negativos sobre los suelos. Al mismo tiempo, defiende la conservación de sistemas agrícolas tradicionales como los arenados, las gavias o los bancales característicos de islas como La Gomera, que durante generaciones han permitido adaptar los cultivos a las condiciones particulares de cada territorio.

La agricultura canaria afronta así el reto de seguir produciendo en un territorio condicionado por la disponibilidad de agua, la aridez y las particularidades de sus suelos. Un desafío en el que la investigación científica y el conocimiento acumulado por quienes trabajan la tierra no representan caminos separados, sino herramientas complementarias para conservar los recursos disponibles, adaptar los cultivos y avanzar hacia una agricultura más sostenible.

(Este reportaje es una iniciativa enmarcada en el Calendario de Conmemoraciones InvestigaULL, proyecto de divulgación científica promovido por la Universidad de La Laguna)

Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (Cienci@ULL)


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