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Los latidos de una vida saludable

miércoles 14 de octubre de 2026 - 08:13 GMT+0000

De izquierda a derecha, Ithaisa Marcelino, Alberto Domínguez, Antonio Cabrera, David Funes e Ingrid Morales, las personas entrevistadas para este reportaje.

Las enfermedades cardiovasculares siguen ocupando un lugar central entre los problemas sanitarios a escala mundial. La Organización Mundial de la Salud las considera la principal causa de muerte en el mundo y estima que llegaron a causar 19,8 millones de fallecimientos en 2022. Al mismo tiempo, la OMS señala que buena parte de los factores que incrementan el riesgo cardiovascular pueden prevenirse o modificarse mediante cambios relacionados con el consumo de tabaco, la alimentación, la actividad física o la prevención de la obesidad.

Detrás de estas cifras existe, sin embargo, una realidad mucho más compleja. El corazón no depende únicamente de una dieta concreta o de las horas que una persona pasa haciendo ejercicio. La genética, el envejecimiento, las condiciones laborales, los ingresos, el lugar donde se vive o incluso la calidad del aire forman parte de una ecuación en la que intervienen muchos factores.

Durante décadas, la investigación cardiovascular ha permitido identificar buena parte de los factores que intervienen en la aparición de las enfermedades del corazón. Algunos de ellos son hoy ampliamente conocidos, pero su incorporación al conocimiento cotidiano ha sido el resultado de años de investigación, campañas de prevención y cambios sociales.

Antonio Cabrera.

Antonio Cabrera.

Antonio Cabrera, catedrático e investigador en el área de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de La Laguna, recuerda que esta transformación ha sido especialmente importante en los últimos años. “Tenemos grandes factores identificados que hemos conseguido que ya sean cultura popular, pero esto no era así hace 20, 30 o 40 años”, explica. Añade que “el sedentarismo, la obesidad, el tabaco y el colesterol siguen siendo hoy los cuatro grandes factores de riesgo”.

Factores que han cambiado la prevención

El cambio resulta especialmente visible en el consumo de tabaco. El investigador señala que, hace apenas unas décadas, fumar formaba parte de los hábitos cotidianos de una proporción muy elevada de la población: “A finales de los años 70, podría estar fumando en el caso de los varones más del 70%”.

Por otra parte, se ha modificado la relación de la población con la actividad física. El catedrático señala que antes resultaba poco habitual que una persona de 60 años incorporara caminar o hacer ejercicio en su rutina. Hoy, sin embargo, “hay una vejez mucho más activa y saludable”, apunta Cabrera. El ejercicio físico aparece así como una de las herramientas fundamentales para reducir el riesgo cardiovascular. Pero hacer ejercicio físico no significa necesariamente correr largas distancias o entrenar durante horas. Alberto Domínguez, profesor titular universitario vinculado al Servicio Canario de la Salud en la Universidad de La Laguna y cardiólogo del Hospital Universitario de Canarias (HUC), señala que el objetivo debe ser abandonar el sedentarismo. “El ejercicio es probablemente el mejor medicamento que existe, y encima es gratis”, insiste.

Por su parte, David Funes, profesor del departamento de Ciencias Médicas Básicas, afirma que no existe una única actividad que pueda considerarse superior a las demás desde el punto de vista del corazón. “Caminar, correr o montar en bici, puedes hacer cualquier cosa desde el punto de vista de la salud cardiovascular”, explica.

Moverse para proteger el corazón

 La elección, sin embargo, debe adaptarse a las características de cada persona. La edad, la condición física, los antecedentes médicos o incluso determinados problemas articulares pueden hacer que unas actividades sean más adecuadas que otras. Por ejemplo, Funes apunta que en personas mayores o con artrosis y sobrepeso puede resultar más recomendable recurrir a ejercicios de menor impacto como la bicicleta, la natación o caminar.

En cualquier caso, el mensaje de partida es sencillo: “Mejor moverse que no moverse”, señala el profesor. La intensidad también importa. No es lo mismo caminar tranquilamente que hacerlo a un ritmo que eleve la frecuencia cardiaca y la respiración. Las recomendaciones generales sitúan el objetivo en torno a los 150-300 minutos semanales de actividad física moderada.

Alberto Domínguez.

Alberto Domínguez.

Alberto Domínguez coincide en que no es necesario comenzar con grandes esfuerzos. “Quien más beneficio obtiene es la persona que pasa de no hacer nada a hacer algo, no hace falta correr maratones, hace falta empezar”, declara. Caminar puede ser precisamente ese primer paso. Además, considera que hacerlo a diario constituye “el punto de partida ideal” para muchas personas, aunque distingue entre un paseo tranquilo y una actividad deportiva que implique un esfuerzo moderado.

A partir de ahí, incorporar progresivamente cuestas, escaleras, bicicleta o natación puede aumentar la intensidad. Pero el ejercicio cardiovascular no debería limitarse al trabajo de resistencia. David Funes destaca que el entrenamiento de fuerza ha adquirido cada vez más importancia para cuidar el corazón.

“Si bien el ejercicio de resistencia es el que siempre se ha prescrito por los beneficios cardiovasculares que tiene, actualmente también se opta por el entrenamiento de fuerza”, indica el investigador. Esto es debido a que se trata de un tipo de trabajo que puede mejorar la presión arterial, la elasticidad de los vasos sanguíneos y la sensibilidad a la insulina.

La edad no marca un único camino

La importancia de esta combinación aumenta con el paso del tiempo. Funes explica que la capacidad máxima del organismo para utilizar oxígeno disminuye con la edad y lo hace de forma más acusada en las personas sedentarias. Al mismo tiempo, se produce una pérdida progresiva de masa muscular, conocida como sarcopenia.

“Con 30 años hay que construir. Con 50 tienes que preservar”, resume el docente. En edades avanzadas, el objetivo se desplaza hacia el mantenimiento de la autonomía, el equilibrio, la fuerza y la capacidad para realizar las actividades cotidianas. Una opinión que comparte Ingrid Morales, profesora del departamento de Ciencias Médicas Básicas: “Cuando eres joven tienes que ganar mucho para luego ir manteniendo, siempre bajo la supervisión de profesionales”. Con el paso de los años, el objetivo pasa de ganar capacidad muscular a conservarla y, finalmente, a evitar que su pérdida comprometa la autonomía.

La investigadora insiste en que la edad por sí sola no determina qué ejercicio físico debe realizar una persona: “No solo depende de la edad, también de dónde parte”. Además, señala que una persona de 70 años físicamente activa puede presentar una situación completamente diferente a otra de la misma edad que nunca haya hecho ejercicio. En estos casos, la progresión debe ser gradual y tener en cuenta posibles enfermedades previas, problemas de equilibrio o limitaciones físicas.

Ingrid Morales.

Ingrid Morales.

Romper con el sedentarismo

El ejercicio físico no se limita solo a ir al gimnasio o practicar deporte. Una persona puede entrenar varias veces por semana y, sin embargo, permanecer sentada durante muchas horas cada día. Morales llama la atención sobre este fenómeno y plantea la necesidad de romper los periodos prolongados de inactividad. “Cada hora o media hora te levantes y haces un paseo o una actividad de tres o dos minutos”, indica.

David Funes define estas acciones como parte de la actividad física incidental, es decir, aquella que forma parte de la vida cotidiana. Subir escaleras, cargar bolsas de la compra, caminar para realizar desplazamientos o levantarse periódicamente durante la jornada laboral también contribuye a reducir el tiempo sedentario.

El profesor advierte de que el ejercicio físico debe realizarse “en dosis saludables”. Un volumen o una intensidad demasiado elevados pueden generar fatiga y aumentar el estrés fisiológico. “Si la intensidad del ejercicio es siempre muy alta y constante, en vez de generar beneficios cardiovasculares y evitar el estrés genera todo lo contrario”, explica. Por su parte, Morales recuerda que el organismo necesita tiempo para adaptarse al estímulo del ejercicio y desarrollar las modificaciones musculares y metabólicas asociadas al entrenamiento. “Tienes que hacer periodos de descanso para que tu cuerpo se adapte”, señala.

Los investigadores advierten que a esto se suma la popularización de determinadas disciplinas deportivas que generan nuevos riesgos cuando se confunde esfuerzo con salud. Funes considera que existe una creciente presión estética asociada al mundo del fitness y advierte de posibles trastornos alimentarios, uso de sustancias dopantes o entrenamientos de alta intensidad realizados sin una técnica adecuada.

Los especialistas ven necesario incidir además en que la prevención de enfermedades cardiovasculares no consiste únicamente en proporcionar información, sino que requiere acompañamiento y unas condiciones que permitan mantener los cambios a largo plazo. Y ahí aparece una cuestión que atraviesa buena parte de las investigaciones sobre el corazón: no todas las personas parten del mismo lugar.

Itahisa Marcelino, profesora en el área de Medicina Preventiva y Salud Pública, estudia las enfermedades cardiovasculares y metabólicas desde la perspectiva de las denominadas enfermedades complejas. Se trata de patologías en las que intervienen numerosos factores y en las que resulta difícil señalar una única causa. “Cuando necesitas muchas papeletas para que se desarrolle una enfermedad, ahí es cuando hablamos de enfermedades complejas”, explica. La investigadora utiliza este concepto para explicar cómo se evalúa el riesgo de padecer este tipo de afecciones: “Tú puedes tener cierta predisposición genética, pero lo que hagas a lo largo de tu vida puede modificar las cosas”, señala.

Además, conocer la predisposición de padecer estas enfermedades puede servir para reforzar la prevención. Marcelino explica “si se toma la decisión de que tienes ese riesgo de base, pero te esfuerzas en mantener un peso y moverte, toda esa resistencia a la insulina te la vas quitando de encima y las papeletas se minimizan”.

En Canarias, una de las cuestiones que continúa despertando interés científico es la elevada frecuencia de la diabetes y sus consecuencias sobre la salud cardiovascular. En el archipiélago un 15% de la población padece esta enfermedad, una de las tasas de incidencia más elevadas de España y de Europa. Sin embargo, la preocupación médica no se relaciona únicamente con cuántas personas padecen diabetes, sino en cómo evoluciona la dolencia: “Existe en Canarias una cantidad de personas dializadas, amputadas o con ceguera por diabetes mucho más alta que en cualquier otra comunidad autónoma”, manifiesta Marcelino.

Ithaisa Marcelino.

Ithaisa Marcelino.

La desigualdad también enferma

La prevención cardiovascular tampoco se produce en condiciones iguales para toda la población. Las recomendaciones sobre alimentación o actividad física pueden parecer sencillas, pero llevarlas a la práctica depende en parte de los recursos disponibles. Antonio Cabrera estudia precisamente la relación entre las condiciones socioeconómicas y la evolución de los pacientes cardiovasculares.

“Los aspectos ligados a la pobreza generan infartos”, sostiene el catedrático. El investigador considera que no basta con atribuir determinados hábitos a decisiones individuales, puesto que las circunstancias materiales pueden condicionar las opciones disponibles. “Es muy fácil decirle a la gente ‘no comas procesado’, pero luego, si hay que llenar el carrito de la compra y no hay dinero, a lo mejor solo se llena de bolsas de papas fritas”, apunta.

La desigualdad introduce además una dimensión diferente. No se trata únicamente de disponer o no de recursos, sino de la distancia existente entre distintos grupos sociales. “No es igual la pobreza con una igualdad muy alta, en la que todo se comparte y todos somos pobres, que la pobreza cuando tú eres sumamente pobre y a tu lado hay gente sumamente rica”, explica.

Un corazón expuesto al aire que respiramos

A esta desigualdad se suman otros factores que pueden pasar más desapercibidos. Uno de ellos es el lugar en el que se vive y, en particular, la calidad del aire que respiramos. Para Alberto Domínguez, la contaminación constituye un problema cardiovascular, aunque habitualmente se asocia de forma casi exclusiva con las enfermedades respiratorias. “Es una de las cosas que más sorprende a la gente”, reconoce. Las partículas finas presentes en el aire contaminado pueden atravesar los pulmones y llegar al torrente sanguíneo, donde favorecen procesos inflamatorios y alteraciones que afectan directamente al sistema cardiovascular. “Respirar aire contaminado durante años es un poco como fumar pasivamente, no lo notas en el día a día, pero el daño se acumula”, advierte.

La investigación adquiere una dimensión especialmente relevante en Canarias debido a los episodios de polvo sahariano. El archipiélago ofrece unas condiciones particulares para estudiar sus efectos porque permite comparar periodos de aire relativamente limpio con episodios de calima en los que la concentración de partículas aumenta considerablemente. “Canarias es un laboratorio natural para estudiarlo”, explica Domínguez. Según sus datos, mientras que normalmente se registran alrededor de 20 microgramos de partículas por metro cúbico, durante algunos episodios de calima se pueden alcanzar los 360.

El grupo de población que más preocupa al investigador en este contexto son los pacientes con insuficiencia cardíaca. “En nuestros datos, los episodios de polvo sahariano se asociaron a la mortalidad durante el ingreso en estos pacientes”, afirma. Actualmente, su equipo estudia los mecanismos que pueden explicar esta relación y analiza si el polvo sahariano provoca inflamación de las vías respiratorias y estrés oxidativo en pacientes con insuficiencia cardiaca estable.

Los efectos de la contaminación, sin embargo, no son iguales para todas las personas. En uno de sus trabajos, el equipo analizó a 2.416 pacientes ingresados por síndrome coronario agudo y no encontró relación entre los episodios de polvo desértico y los infartos en menores de 55 años. “Me parece importante contarlo, porque la ciencia también consiste en decir lo que no hemos encontrado”, subraya.

David Funes.

David Funes.

Dormir es cuidar el corazón

El ejercicio, la contaminación, la alimentación, la genética o las condiciones socioeconómicas muestran que la salud cardiovascular no puede reducirse a una única conducta. Además, intervienen otros hábitos cotidianos, como el descanso. Los especialistas señalan que el sueño desempeña un papel importante en la regulación del funcionamiento del corazón. Durante la noche, la tensión arterial y las pulsaciones disminuyen y el organismo entra en una fase de recuperación. Cuando este descanso se reduce de manera habitual, pueden aumentar diferentes factores de riesgo, entre ellos la hipertensión, la obesidad o la diabetes.

Domínguez destaca la importancia de los ritmos biológicos. “El corazón tiene su propio reloj interno”, explica. Por la noche, la tensión disminuye y las pulsaciones se ralentizan, mientras que al despertar aumentan la actividad hormonal, la presión arterial y el ritmo cardiaco. “No es casualidad que los infartos sean más frecuentes a primera hora de la mañana”, señala.

El investigador lleva años estudiando precisamente la relación entre estos ritmos y la salud cardiovascular, incluida la función de la melatonina, una hormona vinculada al ciclo de sueño y vigilia. “Cuanto más estudiamos estos ritmos, más claro tengo que respetar el reloj biológico es también cuidar el corazón”, afirma.

Los horarios de trabajo y el ritmo de vida pueden alterar este equilibrio. Las personas que trabajan de noche o por turnos durante largos periodos se enfrentan a una alteración continuada de sus ritmos biológicos. Por otro lado, pueden influir hábitos más cotidianos, como acostarse a horas muy diferentes, cenar justo antes de dormir o mantener una exposición prolongada a pantallas durante la noche.

Frente a esta suma de factores, la prevención cardiovascular aparece como una tarea que combina decisiones individuales, atención sanitaria y condiciones sociales. No existe una única fórmula capaz de proteger al corazón, pero sí un conjunto de medidas que pueden reducir el riesgo: no fumar, mantener una alimentación adecuada, realizar actividad física adaptada a cada persona, controlar la tensión, el colesterol y el azúcar, dormir suficientemente y seguir los tratamientos cuando existe una enfermedad diagnosticada.

(Este reportaje es una iniciativa enmarcada en el Calendario de Conmemoraciones InvestigaULL, proyecto de divulgación científica promovido por la Universidad de La Laguna).

 Unidad de Cultura Científica y de la Innovación (Cienci@ULL)


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