El Paraninfo de la Universidad de La Laguna ha recibido a lo largo de su historia a grandes artistas que han dejado su impronta en la memoria de la sala. Joan Manuel Serrat se sumó ayer, jueves 1 de octubre, a esta tradición cuando, acompañado por la Coral Universitaria, entonó una de sus canciones más célebres, “Cantares”, como cierre a la conversación que mantuvo ante una sala abarrotada con los estudiantes de la Facultad de Humanidades José Luis Saorín y Alba Rodríguez.
Fue un momento especial, pues el cantautor hace tres años que se retiró de los escenarios y, desde entonces, sus intervenciones musicales son poco frecuentes. Aunque inicialmente solo declamó el recitado de la pieza, acabó cantando las estrofas finales, acompañado por un entregado público que se sumó al estribillo. Fue el cierre de una noche en la que Serrat repasó su carrera, explicó detalles de su proceso creativo, reafirmó su compromiso social y político y mostró su preocupación por problemas tan actuales como el cambio climático y el influjo negativo de la tecnología y los oligarcas que la controlan.
La música también tuvo presencia al inicio de la velada gracias al grupo CervanTres, que interpretó algunas versiones del repertorio de Serrat, algunas de ellas muy arriesgadas, como Algo personal con acompañamiento de timple y pito murguero, o un medley que fusionó dos de sus canciones con nombre de mujer, Penélope y Lucía.
De la universidad a la sala de conciertos
Durante la conversación, Serrat rememoró sus orígenes como estudiante de Biología, titulación que abandonó al tercer año, si bien le sirvió para desarrollar una conciencia ecológica que desde entonces siempre ha estado presente en su pensamiento. “[Ramón] Margalef, que fue uno de los sabios más grandes que ha dado nuestro país, fue el que me enseñó todo lo que era la ecología y la dependencia que teníamos con el medio. Esto creó en mí una gran sensibilidad hacia eso, y al mismo tiempo un dolor y una necesidad de reivindicarlo constantemente”.
En esos años universitarios ya había publicado discos mientras cursaba estos estudios, y estuvo compaginando ambas actividades con una beca en el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC, hasta que comprendió que debía focalizarse en la música. Recordó divertido que adoptó esta decisión “con el evidente disgusto” de su madre, si bien la desazón le duró poco cuando comprobó que su hijo se ganaba bien la vida, y también por la complicidad de su padre, que ayudó a suavizar las cosas.
Esa preocupación materna no era baladí, pesto que la situación económica de su familia no era holgada: “Tenéis que pensar que yo provengo de una familia obrera, una familia humilde que tuvo que hacer el sacrificio de permitir que su hijo fuera a la universidad”. Explica que él también aportaba dinero a la economía familiar haciendo “chapuzas” y alguna otra labor remunerada, y esos ingresos dejaron de engrosar la bolsa familiar cuando se puso a estudiar. Había becas y otras ayudas, pero eran “miserables”.
También fue determinante el hecho de que en aquellos momentos uno de sus discos alcanzó el número uno de la lista de ventas. “Creo que fue el primer disco en catalán que fue número uno en las listas en España. Y entonces yo estaba un poco agrandado ya, y me dije: ‘nada, adiós, me dedico a esto”. En ese sentido, Serrat reconoció que fue afortunado por que su carrera musical arrancó con relativa rapidez.
El compromiso político
El compromiso político estuvo presente desde sus inicios, incluso si la dictadura franquista no era, obviamente, el periodo más propicio para la expresión en libertad. Por ejemplo, fue integrante
del grupo Els Setze Jutges, que reivindicaba el uso del catalán más allá del folclore regional, en un periodo en el cual las lenguas cooficiales estaban proscritas. El bilingüismo forma parte de la identidad de Serrat y, preguntado sobre el criterio que aplica para utilizar el castellano o el catalán en sus composiciones, explicó que es un proceso orgánico que, en muchas ocasiones, está marcado por la propia temática de la pieza. Por ejemplo, una canción como El Meu Carrer, que alude a su niñez, sólo podía concebirse en catalán.
El cantautor expuso las duras condiciones que suponía desarrollar una carrera musical en los tiempos de la censura. “No pueden imaginar lo dura que era”, enfatizó antes de recordar lo perfectamente organizada que estaba la maquinaria censora. Así, en más de alguna ocasión las autoridades le requirieron cambiar ciertas palabras de una letra porque lo acusaban de aludir con ellas a los colores de la bandera republicana (“Y era verdad”, apostilló). Por otra parte, antes de cada concierto debía enviar a la delegación del Gobierno Civil el listado de las canciones que iba a interpretar, que debía recibir un sello de aprobación y, además, un funcionario se desplazaba al teatro en cuestión para cotejar que, efectivamente, ese era el repertorio interpretado.
Su continuo posicionamiento político en plena dictadura supuso que en 1975 tuviera que exiliarse a México para evitar su detención. Precisamente con ese episodio arrancó la primera pregunta de la noche, en la que le recordaron cuando en agosto de 1976 aterrizó en Barcelona tras este exilio y un periodista le preguntó si era feliz. Serrat puntualizó que en ese momento “estaba acojonado, no sabía qué me iba a pasar” porque todavía estaba activo el Tribunal de Orden público y sobre él todavía pesaba una condena por el delito de injurias al Jefe del Estado. Por eso, su paradero durante esos primeros días tras este retorno se mantuvo en secreto para no ser localizado con facilidad por parte de las autoridades.
Dado todo ese periplo vital, Serrat fue muy claro al señalar que le resulta imposible separar su faceta creativa de sus convicciones: “Yo no tengo una parte de mí que sea política y otra parte de mí que sea artista. Primero, porque todo lo que hagamos en la vida es político: cualquier gesto, cualquier actitud, cualquier movimiento, cualquier posición, ahí detrás hay un posicionamiento político, siempre”. Por eso, rechaza la noción de que pueda haber creadores en posiciones equidistantes: “Un artista que dice que él es apolítico, es que es de derechas”, sentenció.
El presente
Trayendo la misma pregunta que le formularon en 1976 a la actualidad, Serrat se declaró “agradecido con la vida”, pero si observa todo lo que hay alrededor, tampoco se atreve a declararse optimista. “Vivo con todo lo que veo: las guerras, migraciones, los problemas con el cambio climático que tenemos encima, que son realmente gravísimos, tenemos una espada de Damocles en la cabeza con el calentamiento global de la Tierra, y con el desprecio con el que los poderes están enfrentando algo que es un problema vital para el mundo”.
No tiene el autor confianza en que los líderes actuales sean capaces, o siquiera deseen, poner solución a estos problemas, pues siguen empecinado en depender de los combustibles fósiles pese a que señales inequívocas como los veranos cada vez más infernales certifiquen la urgencia del cambio climático. “Están desbaratando el mundo y están contentos, silbando y haciendo fracking tranquilamente y montando una guerra en Irán tranquilamente, o invadiendo Venezuela para llevarse el petróleo”.
Tampoco cree que haya motivos de satisfacción en lo referido a las libertades, incluso si en la actualidad no existe un órgano censor como sucedía antaño. Al menos, oficialmente: “La censura siempre está ahí, no se engañen. Está en todos los medios de comunicación; en la presión que puedan ejercer por redes o por los pseudomedios digitales. La censura está en sancionar con cárcel a artistas que cantan canciones groseras o, a su entender, sucias o que faltan a las instituciones. En estos momentos hay gente en la cárcel por delitos de este tipo. Es decir, que no nos vengan con cuentos, que la censura está ahí y lo de la libertad de expresión es un camelo”.
En este panorama ciertamente distópico ya no se puede confiar en la certeza de palabras que antes tenían peso, como “libertad”. Sobre ella, el cantautor reflexiona que las protestas en la calle siguen estando reprimidas en muchos casos. “Pobrecita libertad: en su nombre, cuántas barbaridades se hacen”, se lamentó en un momento de la conversación. Por todo ello, recapituló su postura
vital de presente explicando que el pesimismo de la realidad lo combate “con el optimismo de la necesidad”.
Edadismo
Con 82 años, Joan Manuel Serrat es muy consciente del tiempo y, por ello, entre los muchos males del presente de los que habló, se detuvo especialmente en el edadismo, es decir, la discriminación de las personas ancianas. “Yo sé que soy una persona mayor tirando a viejo. Y no es que lo sepa porque yo haya hecho un descubrimiento, sino porque me lo dicen los demás. Si no me lo dijeran, yo no lo sabría y viviría encantado de la vida”, ironizó ante de manifestar su “dolor y vergüenza de vivir en una sociedad que desprecia a los viejos”, algo sobre lo que habló en su canción Llegar a viejo, que tiene ya tres décadas y sigue estando de actualidad.
El cantautor catalán entronca este desprecio a la senectud con el voraz modelo socioeconómico actual: “Los viejos no son rentables y esta sociedad nuestra vive por la rentabilidad”, resume la cuestión con esa demoledora frase. Es un modelo de convivencia en la que el único valor es el dinero: no importa que se tenga éxito en otras facetas o áreas de la vida, no se aprecia la importancia de las cosas bien hechas: el valor supremo, el único, es el dinero. “Ahora forrarte, aunque sea mangando en las cajas públicas, es éxito”.
Por eso, entiende que en este entorno tan materialista se desprecie a los canciones porque estos representan el conocimiento, pues en sus arrugas están escritas innumerables vivencias y experiencias, una sabiduría vital e intelectual que, sin embargo, es despreciada sistemáticamente. Y añade que es también tirarse piedras al propio tejado, pues todas las personas están destinadas a envejecer. “Por eso, maltratar a los viejos a mí me parece algo tan absurdo, ridículo y miserable como quemar los libros”.
El proceso creativo
El diálogo mantenido con el alumnado de la Facultad de Humanidades estuvo enmarcado en el proyecto estructurante del Vicerrectorado de Cultura y Extensión Universitaria “Los días del libro: un año para habitar la palabra”, con el cual se ha pretendido reivindicar el gusto por la lectura. Eso explica que la intervención de Serrat estuviera especialmente enfocada en su faceta más literaria y que, entre otras cuestiones, abordara su proceso creativo.
Explicó que cuando está de gira va anotando ideas que podrían ser la matriz de una canción, pero para desarrollarlas necesita tiempo y sosiego. Incidió en la idea de que lo suyo es, ante todo, un oficio, un trabajo y, por tanto, necesita de horas de dedicación. “No espero a que acuda una idea, voy a por ella. Tienes que tener algo de talento, pero sin trabajo, estoy seguro de que no se puede hacer absolutamente nada en mi oficio ni en cualquier otro que yo conozca que tenga que ver con la creación”. Desde que se sienta a escribir hasta que finaliza una canción pueden pasar días, pero explicó la satisfacción que le produce entrever que en esas líneas a las que todavía les falta mucho trabajo se puede vislumbrar que “ya hay algo ahí”.
Comparó el trabajo de composición con el mecanismo de una máquina de vapor: arranca lento, dando una primera vuelta muy lenta, otra un poco más acelerada y, cuando lleva un tiempo prudencial en marcha, por fin alcanza la velocidad óptima y el proceso avanza a buen ritmo. También explicó que no escribe canciones sueltas, sino enmarcadas en una idea conceptual concreta que casi siempre ha derivado en un álbum completo, y también que en sus letras siempre hay un alto componente narrativo que le ayuda a definir mejor lo que quiere explicar.
La poesía
Antonio Machado, Mario Benedetti, Miguel Hernandez, Violeta Parra y Joan Salvat-Papassei son algunos de los poetas que han inspirado a Serrat para convertir algunas de sus obras en canciones. “El poeta me elige a mí cuando yo lo leo y descubro que allí hay una canción, hay algo que me conmueve especialmente y que puede jugar la guitarra”, explica. “Es que se produce la coincidencia de que descubro algo que, con profunda envidia, me hubiera gustado escribir a mí”, explica con algo de socarronería.
Suele ocurrir que cuando cae rendido ante la obra, también acaba enamorado de su autor: “Tanto Machado como Hernández son dos figuras que a mí me producen, de manera muy diferente y por motivos a veces parecidos y a veces muy diferentes, una gran simpatía, una gran empatía y una gran emoción”. También asumió la responsabilidad que conlleva este tipo de adaptaciones, porque en ocasiones ha ocurrido que la popularidad que alcanza la canción acaba ensombreciendo la obra originaria del poeta; en ese sentido, recuerda una crítica que le gustó en la que se recordaba que “Antonio Machado era un poeta maravilloso y magnífico, antes incluso de que lo cantara Serrat”.
Pese a esa cercanía con lo literario, Serrat distinguió la escritura de canciones de la poesía, dejando muy claro que son géneros muy diferentes pese a que puedan tener muchas semejanzas. “No necesariamente un buen poeta puede ser un buen escritor de canciones, sobre todo si no trabaja el verso ajustado, el verso antiguo, por decirlo de alguna manera”.
La conversación duró más de una hora y fueron muchos los asuntos abordados en la amena, divertida y por momento emotiva conversación: desde el tiempo que dedica ahora a leer hasta las obras literarias que ha descubierto últimamente (como El primer hombre de Albert Camus), pasando por su preocupación por la Inteligencia Artificial y la siniestra ideología de la Ilustración Oscura que defienden los grandes tecno-billonarios de Silicon Valley, entre otros. También recordó las ocasiones en las que ha estado en Canarias, con hitos como descubrir los bazares de indios, coincidir con Antonio Machín en un cabaret de Las Palmas de Gran Canaria y alquilar un descapotable en una de sus primeras visitas: “Es que, claro, andar por aquí con veintipocos años y en estas condiciones… Me lo pasé de locura”.
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